La recepcionista nunca había estado con una mujer
Bianca Vela tenía una forma muy concreta de entender el deseo: cuando lo sentía, iba a por él. Nunca le había servido esperar a que las cosas pasaran solas. Cuando su cuerpo le pedía algo, ella elegía a alguien y lo decía en voz alta, sin rodeos. La mayoría de las veces ese alguien era su marido. Pero cuando viajaban, los dos disfrutaban abriendo la puerta a otras personas: un chico, una chica, una pareja que coincidía con ellos en una terraza. No tenía pudor para empezar una conversación ni para terminarla donde quería terminarla.
Aquella semana habían salido de ruta por el sur, sin un itinerario fijo, parando en pueblos de montaña que iban eligiendo según el humor del día. La primera parada fue Cazorla, un pueblo encajado entre laderas de pinos, con calles empinadas y un silencio que de noche se volvía espeso. Se alojaron en un hotel pequeño, de piedra y vigas oscuras, con habitaciones cálidas y un olor a leña que se colaba por los pasillos. Era el tipo de sitio donde la gente iba a descansar. Bianca no había ido a descansar.
Esa tarde, mientras su marido se echaba un rato en la habitación, ella bajó a recepción con la excusa de preguntar por algún paseo. Detrás del mostrador había una chica que no debía de pasar de los veintipocos, de pelo oscuro recogido sin demasiado cuidado y unos ojos verdes que se movían demasiado deprisa cuando alguien la miraba de frente. Llevaba una rebeca abrochada hasta arriba, como si quisiera ocupar el menor espacio posible.
—Hola, soy Bianca —dijo, apoyándose en el mostrador con una naturalidad estudiada—. ¿Me puedes recomendar algún sitio bonito para caminar por aquí cerca?
La chica, que se presentó como Noa, le habló de un sendero que subía hasta un mirador y de una poza más abajo, donde el río se remansaba entre piedras. Hablaba bien, pero las manos la traicionaban: no paraba de mover un bolígrafo entre los dedos. Bianca la escuchaba a medias. Le interesaba más la manera en que se le encendían las mejillas cada vez que sus miradas coincidían demasiado tiempo.
—Gracias, creo que mañana subiré a ese mirador —dijo, sin enderezarse—. Oye, ¿siempre estás tú sola por las tardes?
—Casi siempre —respondió Noa, bajando un poco la vista—. Por la tarde hay poco movimiento. ¿Le gusta el hotel?
—Mucho. Es acogedor. —Hizo una pausa deliberada—. Aunque creo que sería todavía más interesante con una conversación más tranquila. Y mejor compañía.
Noa levantó la cabeza, sin saber muy bien si había entendido lo que creía haber entendido. No apartó la mirada, y eso a Bianca le bastó. No era de las que daban rodeos.
—Me gustas, Noa —dijo, en voz baja, como si fuera lo más normal del mundo—. Me encantaría pasar un rato contigo. Sin prisa, sin compromiso. No tienes que contestarme ahora. Piénsalo.
La chica se quedó sin palabras. Abrió la boca, la cerró, miró hacia la puerta como para asegurarse de que no entraba nadie. Bianca, sin esperar reacción, escribió el número de su habitación en una esquina de un folleto y lo deslizó por el mostrador.
—Por si te apetece subir luego —añadió, y se fue hacia el ascensor sin volverse, sabiendo que la chica seguía mirándola.
***
Esa noche cenaron en el comedor del hotel. Mientras compartían una botella de vino, Bianca le contó a su marido lo que había pasado en recepción. Él sonrió por encima de la copa. Hacía tiempo que habían dejado de tener celos de esas cosas; al contrario, le gustaba verla así, decidida y encendida. La conocía lo suficiente para saber que necesitaba esos momentos, y nunca le había estorbado en ellos, participara o no.
—Pues que disfrutes —le dijo él, apretándole la rodilla por debajo de la mesa—. Yo me llevo el libro a la cama y te dejo el campo libre.
Después de la cena, Bianca se quedó en el salón del hotel, en un sillón apartado junto a la chimenea apagada, con una novela negra entre las manos que apenas leía. Releía la misma página una y otra vez, pendiente del ruido de la puerta. No tuvo que esperar mucho.
Noa apareció con paso indeciso, vestida de calle, con el pelo suelto por primera vez. Sin el mostrador delante parecía más joven y más frágil, pero también más decidida. Se quedó de pie a un par de metros, retorciéndose los dedos.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, casi en un susurro.
—Claro —respondió Bianca, cerrando el libro y haciéndole sitio—. Me alegra que hayas venido.
Se sentaron muy cerca, en el mismo sofá. Bianca no se lanzó. Le tomó una mano entre las suyas y se la sostuvo, despacio, mirándola. La chica temblaba un poco, pero no la apartó. Empezó a hablarle en voz baja, contándole tonterías al principio —el viaje, el pueblo, el frío de la montaña—, y poco a poco Noa fue soltándose.
—Nunca he estado con una mujer —confesó, mirándose las manos—. Pero siempre he tenido curiosidad. A veces, con algunas huéspedes, me quedo pensando cosas que no debería. Y nunca me he atrevido a nada.
—No tienes que atreverte a nada que no quieras —dijo Bianca, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. Pero si te apetece probar, yo te llevo. Sin prisa. A tu ritmo.
Noa la miró por fin a los ojos, y en esa mirada había nervios pero también algo más firme, una decisión que había venido tomando desde la tarde. Asintió, sin palabras. Bianca se levantó y le tendió la mano. La chica se agarró a ella como quien se agarra a una barandilla.
***
Subieron juntas. La habitación de Bianca estaba al final del pasillo, lejos de cualquier ruido. Su marido se había trasladado discretamente a otra habitación que habían reservado por si acaso; ese era su acuerdo silencioso. Bianca cerró la puerta, sirvió dos copas de un cava que tenían enfriando y le tendió una a Noa.
—Para soltar los hombros —dijo, sonriendo—. Los tienes pegados a las orejas.
Noa se rió, y la risa rompió algo de la tensión. Bebió un sorbo, luego otro. Hablaron de pie, junto a la ventana, mientras fuera la noche cerraba el valle. Bianca se acercó sin que la conversación lo justificara, le quitó la copa de la mano y la dejó en el alféizar. Le apartó un mechón de pelo de la cara y la besó.
El primer beso fue lento, casi una pregunta. Noa contestó despacio, con la boca rígida al principio, hasta que entendió que no había nada que demostrar y se dejó ir. Bianca la besó con calma, sin invadirla, dejándola marcar la profundidad. Cuando notó que la chica empezaba a buscarla a ella, supo que ya estaba.
Le bajó la rebeca por los hombros. Debajo llevaba una camiseta fina, y Bianca pasó las manos por encima de la tela antes de tocar la piel, dejando que la espera hiciera su trabajo. Le besó el cuello, justo debajo de la oreja, y notó cómo la respiración de Noa se entrecortaba contra su mejilla.
—¿Vas bien? —le preguntó al oído.
—Sí —dijo Noa, con la voz quebrada—. No pares.
La llevó hasta la cama y la sentó en el borde. De rodillas frente a ella, le quitó las botas, los pantalones, despacio, mirándola a los ojos cada vez que la chica parecía a punto de pensar demasiado. Le besó la cara interna de los muslos, sin llegar todavía a ninguna parte, solo para que sintiera el calor de su boca acercándose. Noa se agarró a las sábanas con las dos manos.
Cuando por fin la tocó, lo hizo con cuidado, atenta a cada reacción. Empezó con los dedos, suave, leyendo en el cuerpo de la chica qué le gustaba y qué la hacía tensarse. Noa intentaba quedarse callada, como si tuviera miedo de hacer ruido, hasta que Bianca le murmuró que no había nadie cerca, que podía soltar todo lo que llevaba dentro. Y lo soltó.
Bianca bajó la cabeza y usó la boca. Lo hizo despacio, sin acrobacias, concentrada en el ritmo que la chica le iba marcando con las caderas. Noa enredó los dedos en su pelo, ya sin contenerse, y empezó a moverse contra ella buscando más. El cuarto se llenó de su respiración, de un gemido bajo que crecía con cada pasada de la lengua.
—Espera, espera... —jadeó Noa, y luego, casi enseguida—: no, no pares, por favor.
Bianca no paró. Sujetó las caderas de la chica con las dos manos y mantuvo el mismo ritmo, exacto, hasta que el cuerpo de Noa se arqueó de golpe y se quedó así unos segundos, tenso como una cuerda, antes de aflojarse de un tirón. La chica se tapó la cara con el antebrazo, temblando, mientras Bianca subía a abrazarla y le besaba el hombro, el cuello, la mejilla.
—Nunca había sentido nada así —dijo Noa, con la voz ronca, cuando recuperó el aliento.
—Y esto es solo el principio —respondió Bianca, apartándole el pelo pegado a la frente—. ¿Quieres más?
Noa no contestó con palabras. Se giró sobre ella y la besó con una seguridad que media hora antes no tenía, las manos torpes pero hambrientas, explorando el cuerpo de Bianca como quien acaba de descubrir que se le permite. Se equivocaba, dudaba, volvía a intentarlo, y cada acierto la hacía sonreír contra la piel de la otra. Bianca la dejó hacer, guiándola apenas con un susurro o con la mano sobre la suya, disfrutando de verla perder la vergüenza centímetro a centímetro.
Pasaron buena parte de la noche así, sin reloj, alternando la urgencia con la calma. Hubo risas a media voz, alguna torpeza, un par de silencios largos en los que se quedaban mirándose como si no entendieran del todo lo que estaba pasando. Para Bianca era el viejo placer de iniciar a alguien; para Noa era abrir una puerta que llevaba años espiando por la rendija.
Cuando por fin se quedaron quietas, enredadas y agotadas bajo las sábanas, Noa apoyó la cabeza en el pecho de Bianca.
—Gracias por venir a recepción esta tarde —dijo, medio dormida.
—Gracias a ti por subir —respondió Bianca, acariciándole la espalda.
La chica se durmió enseguida, con esa respiración profunda de quien se ha quitado un peso de encima. Bianca se quedó despierta un rato más, mirando el techo de vigas oscuras, satisfecha de esa manera tranquila que solo conocía después de una noche bien aprovechada.
Por la mañana, Noa volvió a su rebeca abrochada y a su voz de recepcionista, pero al despedirse en el mostrador le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, y esta vez no se sonrojó. Bianca y su marido cargaron las maletas en el coche y arrancaron carretera arriba, dejando Cazorla atrás entre la niebla.
La siguiente parada era Úbeda. Allí, en una casa rural de las afueras, una pareja recién casada se cruzaría con ellos en el desayuno y se convertiría en el centro de la próxima historia. Pero esa, como suele decirse, es otra noche.