La recepcionista nunca había estado con una mujer
Bianca Vela tenía una forma muy concreta de entender el deseo: cuando lo sentía, iba a por él. Nunca le había servido esperar a que las cosas pasaran solas. Cuando su cuerpo le pedía algo, ella elegía a alguien y lo decía en voz alta, sin rodeos. La mayoría de las veces ese alguien era su marido. Pero cuando viajaban, los dos disfrutaban abriendo la puerta a otras personas: un chico, una chica, una pareja que coincidía con ellos en una terraza. No tenía pudor para empezar una conversación ni para terminarla donde quería terminarla, con la mano metida entre las piernas de alguien o con la polla de otro hundida en la boca.
Aquella semana habían salido de ruta por el sur, sin un itinerario fijo, parando en pueblos de montaña que iban eligiendo según el humor del día. La primera parada fue Cazorla, un pueblo encajado entre laderas de pinos, con calles empinadas y un silencio que de noche se volvía espeso. Se alojaron en un hotel pequeño, de piedra y vigas oscuras, con habitaciones cálidas y un olor a leña que se colaba por los pasillos. Era el tipo de sitio donde la gente iba a descansar. Bianca no había ido a descansar.
Esa tarde, mientras su marido se echaba un rato en la habitación, ella bajó a recepción con la excusa de preguntar por algún paseo. Detrás del mostrador había una chica de pelo oscuro recogido sin demasiado cuidado y unos ojos verdes que se movían demasiado deprisa cuando alguien la miraba de frente. Llevaba una rebeca abrochada hasta arriba, como si quisiera ocupar el menor espacio posible.
—Hola, soy Bianca —dijo, apoyándose en el mostrador con una naturalidad estudiada—. ¿Me puedes recomendar algún sitio bonito para caminar por aquí cerca?
La chica, que se presentó como Noa, le habló de un sendero que subía hasta un mirador y de una poza más abajo, donde el río se remansaba entre piedras. Hablaba bien, pero las manos la traicionaban: no paraba de mover un bolígrafo entre los dedos. Bianca la escuchaba a medias. Le interesaba más la manera en que se le encendían las mejillas cada vez que sus miradas coincidían demasiado tiempo, y le calculaba mentalmente las tetas debajo de la rebeca, pequeñas y firmes, seguramente sin sujetador.
—Gracias, creo que mañana subiré a ese mirador —dijo, sin enderezarse—. Oye, ¿siempre estás tú sola por las tardes?
—Casi siempre —respondió Noa, bajando un poco la vista—. Por la tarde hay poco movimiento. ¿Le gusta el hotel?
—Mucho. Es acogedor. —Hizo una pausa deliberada—. Aunque creo que sería todavía más interesante con una conversación más tranquila. Y mejor compañía.
Noa levantó la cabeza, sin saber muy bien si había entendido lo que creía haber entendido. No apartó la mirada, y eso a Bianca le bastó. No era de las que daban rodeos.
—Me gustas, Noa —dijo, en voz baja, como si fuera lo más normal del mundo—. Me encantaría follarte esta noche. Sin prisa, sin compromiso. No tienes que contestarme ahora. Piénsalo.
La chica se quedó sin palabras. Abrió la boca, la cerró, miró hacia la puerta como para asegurarse de que no entraba nadie. Bianca, sin esperar reacción, escribió el número de su habitación en una esquina de un folleto y lo deslizó por el mostrador.
—Por si te apetece subir luego a que te coma el coño —añadió, sin cambiar el tono, y se fue hacia el ascensor sin volverse, sabiendo que la chica seguía mirándola con la boca entreabierta.
***
Esa noche cenaron en el comedor del hotel. Mientras compartían una botella de vino, Bianca le contó a su marido lo que había pasado en recepción, con pelos y señales, incluyendo cómo le había soltado a la chica que quería comerle el coño. Él sonrió por encima de la copa y se removió en la silla. Hacía tiempo que habían dejado de tener celos de esas cosas; al contrario, le gustaba verla así, decidida y encendida, y solo con oírla contarlo ya se le había puesto dura debajo del pantalón.
—Pues que disfrutes —le dijo él, apretándole la rodilla por debajo de la mesa, subiéndole la mano hasta rozarle el borde de las bragas—. Yo me llevo el libro a la cama y te dejo el campo libre. Mañana me cuentas cómo sabe la recepcionista.
Bianca se rió, le apartó la mano con suavidad y le prometió por lo bajo que se lo contaría con detalle, cada lametón. Después de la cena, se quedó en el salón del hotel, en un sillón apartado junto a la chimenea apagada, con una novela negra entre las manos que apenas leía. Releía la misma página una y otra vez, pendiente del ruido de la puerta, con el coño ya latiendo bajo la falda. No tuvo que esperar mucho.
Noa apareció con paso indeciso, vestida de calle, con el pelo suelto por primera vez. Sin el mostrador delante parecía más frágil, pero también más decidida, con unos vaqueros ajustados que le marcaban el culo y una camiseta fina bajo una chaqueta abierta. Se quedó de pie a un par de metros, retorciéndose los dedos.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, casi en un susurro.
—Claro —respondió Bianca, cerrando el libro y haciéndole sitio—. Me alegra que hayas venido.
Se sentaron muy cerca, en el mismo sofá. Bianca no se lanzó. Le tomó una mano entre las suyas y se la sostuvo, despacio, mirándola. La chica temblaba un poco, pero no la apartó. Empezó a hablarle en voz baja, contándole tonterías al principio —el viaje, el pueblo, el frío de la montaña—, y poco a poco Noa fue soltándose.
—Nunca he estado con una mujer —confesó, mirándose las manos—. Pero siempre he tenido curiosidad. A veces, con algunas huéspedes, me quedo pensando cosas que no debería. Me imagino besándolas, tocándolas… metiéndoles la mano por debajo del vestido. Y nunca me he atrevido a nada.
—Esta noche te vas a atrever a todo —dijo Bianca, deslizándole el pulgar por el dorso de la mano—. Voy a hacer que te corras hasta que no puedas más. Si me dejas.
Noa la miró por fin a los ojos, y en esa mirada había nervios pero también algo más firme, una decisión que había venido tomando desde la tarde. Asintió, sin palabras. Bianca se levantó y le tendió la mano. La chica se agarró a ella como quien se agarra a una barandilla.
***
Subieron juntas. La habitación de Bianca estaba al final del pasillo, lejos de cualquier ruido. Su marido se había trasladado discretamente a otra habitación que habían reservado por si acaso; ese era su acuerdo silencioso. Bianca cerró la puerta con pestillo, sirvió dos copas de un cava que tenían enfriando y le tendió una a Noa.
—Para soltar los hombros —dijo, sonriendo—. Los tienes pegados a las orejas.
Noa se rió, y la risa rompió algo de la tensión. Bebió un sorbo, luego otro. Hablaron de pie, junto a la ventana, mientras fuera la noche cerraba el valle. Bianca se acercó sin que la conversación lo justificara, le quitó la copa de la mano y la dejó en el alféizar. Le apartó un mechón de pelo de la cara y la besó.
El primer beso fue lento, casi una pregunta. Noa contestó despacio, con la boca rígida al principio, hasta que entendió que no había nada que demostrar y se dejó ir. Bianca la besó con calma, sin invadirla, dejándola marcar la profundidad. Cuando notó que la chica empezaba a buscarle la lengua con la suya, le metió la mano por dentro de la chaqueta y le apretó una teta por encima de la camiseta. El pezón se le puso duro al instante contra la palma. Noa soltó un jadeo dentro de su boca.
—Ya se te empinan solos —le susurró Bianca, riéndose contra sus labios—. Vamos a quitarte esto.
Le bajó la chaqueta por los hombros y le sacó la camiseta por la cabeza. Debajo llevaba un sujetador barato de algodón blanco que Bianca le desabrochó de un tirón. Las tetas de Noa saltaron pequeñas y redondas, con los pezones tiesos y rosados, apuntando hacia arriba. Bianca se agachó y se metió uno en la boca, chupándolo despacio, tirando de él con los labios. Con la otra mano le pellizcaba el otro pezón, sin apretar demasiado, solo lo justo para que la chica arqueara la espalda.
—Joder —murmuró Noa, agarrándose a la nuca de Bianca—. Joder, joder…
—Eso, di todas las guarradas que quieras —le contestó Bianca sin sacarse la teta de la boca—. Aquí no te oye nadie.
La llevó hasta la cama y la sentó en el borde. De rodillas frente a ella, le quitó las botas y le desabrochó los vaqueros. Se los bajó tirando desde los tobillos, junto con las bragas, y la dejó desnuda de golpe, con las piernas juntas y las manos intentando taparse. Bianca le apartó las manos con suavidad y le abrió los muslos.
El coño de Noa estaba brillante, empapado, con el vello oscuro recortado y los labios ya hinchados. Bianca se pasó la lengua por los suyos, mirándolo.
—Qué coño más bonito tienes —dijo, sin apartar la vista—. Y qué mojado. ¿Todo esto por mí?
Noa no pudo contestar. Bianca le besó la cara interna de los muslos, primero uno y luego el otro, sin llegar todavía a ninguna parte, solo para que sintiera el calor de su boca acercándose. Le pasó la lengua muy cerca del coño sin tocarlo, subiendo hasta la ingle, bajando otra vez, y la chica se agarró a las sábanas con las dos manos, moviendo las caderas hacia adelante buscando la boca.
—Por favor —jadeó—. Por favor…
Bianca sonrió y se lanzó. Le abrió los labios del coño con dos dedos y le clavó la lengua entera dentro, de abajo arriba, hasta el clítoris. Noa gritó y se dejó caer de espaldas en la cama. Bianca la sujetó por las caderas y empezó a comérselo despacio, con lametones largos y planos, chupándole el clítoris a intervalos, metiéndole la punta de la lengua en la entrada del coño y sacándola otra vez, dibujando círculos.
Noa sabía a sal y a algo dulce debajo, y estaba tan mojada que a los pocos minutos Bianca tenía la barbilla empapada y el pelo pegado a las mejillas. Le metió un dedo, luego dos, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto rugoso dentro. Cuando lo encontró, la chica se arqueó de golpe.
—Ahí —jadeó Noa—. Ahí, ahí, ahí…
Bianca no cambió nada. Mantuvo los dedos moviéndose despacio, entrando y saliendo, mientras le chupaba el clítoris con la boca cerrada, tirando de él con los labios. Noa empezó a temblar entera. Se agarró el pelo con las dos manos, con la boca abierta, sin ruido al principio y luego con un gemido bajo, grave, que fue subiendo hasta convertirse casi en un aullido.
—Me corro —logró decir—. Me corro, me corro, joder me corro…
El coño le apretó los dedos a Bianca con espasmos, uno detrás de otro, mientras la chica se sacudía en la cama y le empujaba la cara con las caderas. Bianca aguantó, sin sacar la boca ni los dedos, alargándole el orgasmo hasta que Noa le empujó la frente para apartarla, incapaz de soportar más.
—No puedo, no puedo más… —jadeó, con la mano en el pecho, temblando.
Bianca subió, se tumbó a su lado y le pasó los dedos empapados por los labios. Noa abrió la boca sin pensarlo y se los chupó, probándose a sí misma, y solo con verla hacer eso a Bianca se le contrajo el coño de golpe.
—Buena chica —le murmuró al oído—. Ahora te toca a ti.
—No sé qué hacer —confesó Noa, con la voz ronca—. Enséñame.
Bianca se desnudó sin prisa, dejando que la chica la mirara. Tenía las tetas más grandes, los pezones oscuros, y un coño depilado que Noa se quedó mirando fijamente. La empujó suavemente para que se pusiera de rodillas entre sus piernas y le guió la cabeza hacia abajo.
—Empieza despacio. Lame de abajo arriba, largo, sin prisa. Cuando llegues al clítoris, no lo aprietes; chúpalo suave.
Noa obedeció. Sacó la lengua y la pasó por el coño de Bianca con torpeza al principio, pero enseguida cogió el ritmo. Bianca le agarró el pelo y le fue marcando la velocidad, echando la cabeza hacia atrás en la almohada.
—Así, joder, así… ahora los dedos, mete dos… más adentro… curva… ahí.
La chica aprendía rápido. Le metió los dedos como le decía, buscó el punto con la yema, y cuando notó que Bianca se retorcía, se aplicó a lamerle el clítoris con la misma insistencia con la que se lo habían hecho a ella. Bianca abrió las piernas del todo y empezó a follarle la boca sin cortarse, con la cadera hacia arriba, guiándola por el pelo.
—Sigue así, no pares, me vas a hacer correr… no pares, joder, no pares…
Noa no paró. Bianca se corrió con un gemido largo, apretándole la cabeza contra el coño, mientras las contracciones le sacudían el vientre. La chica siguió lamiendo hasta que Bianca le tiró del pelo para levantarla y la besó a fondo, saboreándose en su boca.
—Aprendes rápido —le dijo, jadeando—. Muy rápido.
No pararon ahí. Bianca la puso a cuatro patas y se colocó detrás, encima de ella, con una pierna entre las suyas, para follarle el coño con el muslo mientras le apretaba las tetas por detrás y le mordía el hombro. Noa se restregaba contra ella, gimiendo, con el culo levantado y el coño ya rojo de tanto uso, hasta que se corrió otra vez, empapándole el muslo. Después Bianca se tumbó boca arriba y la hizo montarse encima, cara a cara, los dos coños pegados, moviéndose despacio una contra la otra, besándose, hasta que las dos se corrieron casi a la vez con las bocas abiertas contra la boca de la otra.
Pasaron buena parte de la noche así, sin reloj, alternando la urgencia con la calma. Hubo risas a media voz, alguna torpeza, un par de silencios largos en los que se quedaban mirándose como si no entendieran del todo lo que estaba pasando. Bianca le enseñó a meter tres dedos, a chupar despacio y a chupar deprisa, a follarse con las tijeras. Noa se corrió tantas veces que perdió la cuenta, y en algún momento fue ella la que le clavó la lengua a Bianca sin que nadie le dijera cómo, y le arrancó otro orgasmo.
Cuando por fin se quedaron quietas, enredadas y agotadas bajo las sábanas, con las piernas mezcladas y las sábanas pegajosas, Noa apoyó la cabeza en el pecho de Bianca.
—Gracias por venir a recepción esta tarde —dijo, medio dormida.
—Gracias a ti por subir —respondió Bianca, acariciándole la espalda.
La chica se durmió enseguida, con esa respiración profunda de quien se ha quitado un peso de encima. Bianca se quedó despierta un rato más, mirando el techo de vigas oscuras, con el coño todavía latiendo suave y el sabor de la recepcionista en la boca, satisfecha de esa manera tranquila que solo conocía después de una noche bien aprovechada.
Por la mañana, Noa volvió a su rebeca abrochada y a su voz de recepcionista, pero al despedirse en el mostrador le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, y esta vez no se sonrojó. Bianca y su marido cargaron las maletas en el coche y arrancaron carretera arriba, dejando Cazorla atrás entre la niebla.
La siguiente parada era Úbeda. Allí, en una casa rural de las afueras, una pareja recién casada se cruzaría con ellos en el desayuno y se convertiría en el centro de la próxima historia. Pero esa, como suele decirse, es otra noche.