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Relatos Ardientes

Hice de celestina entre dos chicas del campus

Aquella mañana el profesor de estadística me dejó salir un par de minutos antes de que terminara la clase porque le confesé, muerta de vergüenza, que no aguantaba más las ganas de ir al baño. Salí casi corriendo por el pasillo desierto de la facultad, con la cabeza en otra parte, sin imaginar lo que iba a pasar entre aquellas paredes de azulejos.

—Hola, Renata —oí detrás de mí mientras me refrescaba la cara en el lavabo.

Aunque tenía las manos sobre la cara y no podía ver en el espejo quién me había saludado, reconocí la voz al instante. Era Bárbara.

—Hola —respondí con una sonrisa que se reflejó en el cristal mientras intentaba secarme, en vano, con las manos todavía empapadas.

Ella se acercó por detrás, me dio media vuelta y me ayudó a secarme con sus propias manos mientras me preguntaba por qué llevaba unos días tan rara con ella. Bárbara y yo nunca habíamos sido íntimas, pero compartíamos un par de amigas en común, Selena y Carla, y casi siempre acabábamos en el mismo grupo de salidas. Estaba rara con ella por una razón concreta: la semana anterior, a la salida de la biblioteca, la había sorprendido mirándole el culo con un descaro lujurioso a Noa.

Bárbara era una chica alta, de pelo castaño oscuro y ojos color avellana, con un cuerpo trabajado de tantos años de atletismo. Tenía mucho éxito entre los chicos, sobre todo por ese culo respingón que se le marcaba en las mallas. Noa, en cambio, iba un par de cursos por detrás aunque tuviéramos edades parecidas, porque había arrastrado asignaturas. Bajita y guapísima, probablemente la más guapa de toda la facultad, con una melena rubia dorada y unos ojos negros que parecían retarte. También levantaba pasiones, pero yo solo la había visto rechazar a quien se le acercaba. Sospechaba que se hacía la dura para conservar su fama de chica intratable.

Yo era lo opuesto a las dos. No ligaba casi nada porque la timidez me podía, aunque no me consideraba fea: tenía una melena rizada de un rubio rojizo oscuro y era bajita, aunque no tanto como Noa. Nunca me había sentido atraída por otra mujer, pero aquella escena en la biblioteca me había dejado una curiosidad incómoda clavada en el pecho. Desde entonces miraba a Bárbara y a Noa con otros ojos y no sabía bien qué nombre ponerle a lo que sentía.

Estaba especialmente nerviosa en ese baño porque se acercaba el descanso entre clases, y Noa y su grupo solían encerrarse allí a fumar a esa hora. Sabía que, si Noa entraba y nos encontraba a las tres dentro, me iba a poner incómoda y excitada a partes iguales. Solo de imaginarlo ya se me aceleraba todo por dentro.

—¿Te gustan las chicas? —le solté a Bárbara, impulsivamente.

Bárbara se quedó de piedra. No esperaba esa pregunta, y menos planteada de forma tan directa por alguien tan tímida como yo.

—¿De dónde te sacas eso? —dijo titubeante, con la mirada esquiva.

—Te vi comerle el culo con los ojos a Noa el otro día.

—¿Noa? ¿Qué Noa? —fingió no saber de quién hablaba.

—Sí, mujer... la dura, la que va de intratable... —sonreí con picardía—. Sabes perfectamente qué Noa.

Se quedó paralizada unos segundos y después negó que estuviera mirándole nada.

—Lo viste mal. Estaría mirando otra cosa y ella pasó por delante —intentó aclararme.

—Ya. Y esa otra cosa se movía a la vez, al mismo ritmo y en la misma dirección que su culo. ¿No?

Bárbara siguió negándolo, pero esta vez más cortada y mucho menos convencida. Justo entonces entraron dos chicas del grupo de Noa que pasaron de nosotras como si fuéramos invisibles. Yo me puse de puntillas para susurrarle al oído:

—Tranquila, que tu novia no tarda en llegar.

Bárbara me fulminó con la mirada un instante antes de dejar paso a una sonrisa nerviosa, mientras miraba a los lados y me ordenaba en voz baja que me callara. Me cogió de la mano para sacarme de aquel baño que olía a cuadra. Justo cuando iba a girar el picaporte se abrió la puerta. Era Noa, que casi se choca con nosotras.

Bárbara me miró avergonzada, suplicándome con los ojos que no dijera nada. Yo me limité a reír. Noa nos saludó con desdén, esa fachada de chica dura suya, aunque con una gota de simpatía que parecía sincera. Le devolví el saludo de manera escueta y Bárbara se quedó muda, sin atinar a articular palabra. Por fin consiguió arrastrarme fuera de allí.

Pasamos el descanso las dos solas en una de las escaleras laterales, lejos de nuestras amigas, porque ella quería convencerme de que todo eran imaginaciones mías. Cuando aceptó que yo no iba a cambiar de opinión, terminó dándome la razón y me pidió que no se lo contara a nadie. Se lo prometí. Luego, en parte por curiosidad y en parte por ver si me servía para aclarar mis propias dudas, le pregunté cómo había descubierto que le atraían las mujeres.

—No lo tengo del todo claro —me confesó—. Pero desde siempre me he fijado en ellas.

—¿Y los novios que has tenido?

—También me gustan los chicos. Aunque los dos últimos fueron una tapadera, la verdad.

Aquello me revolvió aún más por dentro. Hasta ese momento no se me había pasado por la cabeza que a una pudieran gustarle las dos cosas a la vez.

***

Le seguí dando vueltas al asunto durante días. Un par de mañanas después, en un descanso en el que apenas quedaba gente porque la mayoría estaba de exámenes, me acerqué a Noa aprovechando que las dos estábamos solas en el patio. No me hizo falta lanzarme, porque fue ella la que rompió el hielo.

—¡Hola! —me saludó extrañamente ilusionada, sin soltar su coraza de chica dura.

—Buenas —respondí con timidez.

—No tendrás un mechero, ¿verdad? Mis amigas están de examen y yo no he traído.

—¿Tengo pinta de tener mechero?

Noa se rió.

—Pues no, la verdad es que no.

Estuvo un rato tanteándome a ver si me convencía para unirme a su grupo. Le seguí el juego un poco hasta que me cansé de su insistencia.

—Oye, que yo me he acercado por otra cosa... —me quedé dudando.

—¿¡Qué!? —preguntó alterada por la intriga y por mi parsimonia.

—Bueno... pues... que le gus... Vengo de parte de una amiga que no se atreve a decirte que le gustas.

Noa sonrió con malicia e inclinó la cabeza hacia delante, mirándome por encima de unas gafas imaginarias.

—Ya... Una amiga...

Me sonrojé hasta las orejas.

—Entonces dime quién es —me pidió con una actitud juguetona.

—No puedo decírtelo. Pero ¿te podría interesar?

—Si no me pides salir, no sabrás si saldría contigo.

Estuve a punto de pedirle salir solo para provocar que aceptara y luego cancelar la cita, porque la interesada no era yo. Pero la timidez me frenó en seco. ¿Y si me rechazaba? Entonces no habría forma humana de convencerla de que no era yo la que se había fijado en ella. Nos separamos sin avanzar, porque empezaron a llegar nuestras amigas, aunque ella me lanzaba miradas cómplices desde lejos.

Al día siguiente Noa me asaltó en el pasillo, en un cambio de clase, cuando iba sola.

—¿Qué? ¿Hoy tampoco te animas a pedirme salir? —preguntó con un tono que interpreté como puro deseo.

—Eres muy pesada. No me gustan las chicas.

Se fue sonriendo y yo apreté el paso para llegar al aula antes que el profesor y contarle todo a Bárbara. La encontré sola en su sitio, con el resto de la clase enredada con los del grupo de al lado.

—¡Bárbara, Bárbara! No sabes lo que ha pasado.

La puse al día de un tirón. Se enfadó cuando supo que le había dicho a Noa que le gustaba, y se relajó al confirmar que no había revelado su identidad y que, encima, Noa había quedado convencida de que la interesada era yo. Eso último le arrancó una risita. Cuando le conté que Noa daba claras señales de estar interesada, se ilusionó muchísimo. Reticente al principio, terminé convenciéndola de dar el siguiente paso: dejarme descubrir su nombre ante Noa y pedirle salir en su lugar.

***

En el siguiente descanso fui directa al baño a buscar a Noa. Estaba con un par de amigas, fumando. Las saludé, me metí en uno de los retretes, hice pis y, al salir, le sostuve la mirada un segundo. Quise hacerle una seña para hablar a solas y lo único que me salió fue levantar una ceja, pero funcionó: en cuanto salí, ella vino detrás. Caminamos hasta el final del pasillo, donde nadie pudiera oírnos.

—La que está por ti es Bárbara —le confesé—. Y me manda para pedirte salir en su nombre.

Noa se mordió el labio y se quedó pensativa. Luego se acercó y, derrochando una sensualidad que me puso la piel de gallina, me apoyó el dedo índice en la barbilla.

—Así que al final era verdad que no eras tú... Una pena —dijo con una sonrisa teñida de tristeza—. Dile que vale. Que la espero a las cinco en el Embalse.

El Embalse era una vieja zona de baño que años atrás había estado habilitada para el público y que la administración había dejado caer en el abandono. Ya nadie iba a bañarse: solo lo frecuentaban las parejas que buscaban intimidad lejos de miradas. Salí de allí flotando por el éxito de mi amiga y corrí a darle la noticia.

Por la tarde Bárbara me obligó a acompañarla. Noa esperaba sola, sentada junto al agua, fumándose un cigarro. Bárbara estaba cortadísima. Fue Noa la que se lanzó.

—Así que tú eres la que se muere por mí.

Bárbara sonreía nerviosa, con la mirada clavada en el suelo.

—Tanto como morirme... Me gustas un poco.

Noa le posó la mano entre las piernas, por encima de la ropa.

—¿Sabes que nunca he estado con una chica y me muero de ganas? —dijo.

Bárbara negó con la cabeza. Yo, en un segundo plano, empecé a notar cómo el calor me subía por dentro. Con la mano libre, Noa cogió una de las de Bárbara y se la posó sobre el culo.

—Me ha dicho tu amiga que te vuelve loca mi culo —hizo una pausa cargada de intención—. Es todo tuyo, si lo quieres.

Bárbara se fue soltando y empezó a amasarle el culo con las dos manos, mientras Noa la acariciaba por encima de las mallas. En un parpadeo, Noa le había bajado la ropa y la masturbaba a la vez que le devoraba los pechos, que le quedaban casi a la altura de la boca.

Noa se fue desnudando despacio, prenda a prenda, y cuando terminó se arrodilló para lamerle el sexo a Bárbara, que seguía de pie con la espalda apoyada en el tronco de un eucalipto. Yo disfrutaba tanto de la escena que me olvidé de dónde estaba y, sin pensarlo, deslicé la mano dentro de mis propios vaqueros. Cuando volví en mí, habían cambiado de postura: ahora era Bárbara la que tenía la lengua entre las piernas de Noa.

—¡Ah! ¡Sí! ¡Sigue así! —gritaba Noa, montando un escándalo que nos abochornaba a las dos pese a que en kilómetros a la redonda no había nadie más.

Noa se corrió con la boca de Bárbara pegada a su sexo. Después giró la cabeza hacia mí.

—Ahora le toca a ella —dijo señalándome.

—¿Y Bárbara? —pregunté con un hilo de voz.

—Se corrió hace un rato, princesita —aclaró—. Mientras tú estabas en tu mundo.

No quise que ninguna me tocara, así que se quedaron las dos frente a mí, muy cerca, besándose despacio para calentarme. Disfrutaban tanto de aquellos besos, se buscaban con tantas ganas, que me corrí yo sola sin que ninguna de las dos llegara a darse cuenta.

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Comentarios (6)

SabrinaK_ok

que relatazo!!! me dejo sin palabras

Pablillo33

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo entre ellas

MarisolRdz

Me recordo a una situacion que vivi yo en la facultad, aunque no me salio tan bien jaja. Muy buen relato!

lauG_Cba

Y despues que paso? quiero saber si la celestina tambien participo al final haha

Sergio_nw

Muy bueno, lo lei de un tiron

NocturnaLeerR

Me gusto mucho como esta narrado, muy natural sin ser forzado. Sigue escribiendo asi!!

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