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Relatos Ardientes

La depiladora que mi madre nunca aprobaría

La cocina de la casa de mi mamá no era pequeña, pero esa tarde se sentía como una jaula. Yo estaba frente a la pileta lavando los platos de un almuerzo que ella había improvisado con tres amigas del rubro, dueñas todas de salones de estética en distintos barrios. El grifo perdía un hilo de agua tibia, ridículo, y mientras tallaba una fuente con grasa pegada me iba quedando con la mirada perdida en el azulejo, pensando en cosas que no venían al caso.

De pronto sentí dos manos en mis caderas. Una caricia mínima, casi accidental, pero firme. Volví al mundo de golpe. Era Mariela. Mariela, la rival eterna de mi mamá, esa mujer que llevaba años queriendo robarle clientela y nunca lo había logrado del todo. No tenía la formación de mi mamá ni manejaba los números del local, pero después de un curso intensivo de depilación se había vuelto la estrella de su propio salón, y desde entonces caminaba con un aire de reina que a mí me desconcertaba.

El roce fue brevísimo, supuestamente para pasar detrás de mí, pero me cerró los párpados un segundo. Mariela encarnaba todo lo que me empujaba sin que pudiera explicar por qué: alta, hombros anchos, espalda de mujer que carga cosas pesadas, una voz grave y esa autoridad de quien nunca pregunta dos veces. Su presencia, apenas a un palmo de la mía, me había despertado un calor que no tenía nada que ver con el verano.

Fue una casualidad. La cocina es chica, no hay manera de no rozarse.

Las excusas sonaban falsas hasta en mi cabeza. Y no fue una sola vez. Mariela volvió a pasar dos, tres veces más, siempre con un pretexto, y en cada paso sus dedos me tocaron un brazo, la cintura, la cadera. La última, casi al final de la tarde, su mano me bordeó un glúteo con una lentitud que no admitía dudas. Si yo hubiera sido un hombre, ahí mismo se me habría notado todo. Intenté una respuesta tímida, levantando apenas la cola hacia atrás, ofreciéndome sin atreverme a mirarla. Ella no se movió. Me dejó así, suspendida, con esa sensación de haber tirado una piedra a un pozo del que no llegaba el sonido.

***

El verano apretó. Las tardes se volvieron pegajosas y mi rutina de afeitarme la entrepierna con maquinitas descartables empezó a ser cara y mediocre. Una mañana, mientras hacía las cuentas del mes, descubrí que llevaba gastado más en hojas de afeitar que en transporte. Tomé el teléfono antes de pensarlo demasiado.

—Hola, ¿hay turno para una cera completa este viernes? —pregunté.

—¿Con quién quiere atenderse? —respondió una voz desconocida.

—Con Mariela.

Hubo un silencio del otro lado, el ruido de unas teclas y una pausa más larga de lo habitual.

—La tengo a las cinco y media.

—Perfecto.

Colgué con el pulso en los oídos.

***

El viernes elegí la ropa interior como si fuese a una cita y no a una camilla. Una bombacha de encaje negro, casi transparente en la parte de atrás, y un corpiño que hacía juego. Encima me puse un vestido suelto, de los que no requieren explicación cuando una se los saca. Caminé las seis cuadras hasta el local con el calor pegándome el pelo a la nuca.

El chico de la recepción me hizo pasar a una cabina del fondo. Cortina blanca, camilla forrada en papel descartable, un ventilador chiquito que apenas movía el aire. Mariela entró un minuto después, ya con un barbijo puesto, lo que la hacía parecer más cirujana que esteticista. Vestía un ambo color crema, los antebrazos al descubierto, y unas botitas blancas con suela de goma.

—Recostate en la camilla. Boca arriba primero —dijo, sin saludar.

Me saqué el vestido por arriba, con calma, mostrándole un perfil que la obligó a mirar antes de bajar la vista al cuaderno donde anotaba. Quedé en ropa interior frente a ella. No hice ningún gesto de cubrirme. Me acosté en la camilla, abrí apenas las piernas y dejé un brazo colgando hacia el costado.

—Hace bastante calor —dije, rompiendo el silencio.

—Sí. El aire de la cabina no anda hoy —respondió. La voz le salió más fina de lo habitual.

—¿Te molesta si me saco también el corpiño?

—No, no. Adelante. Estamos entre mujeres.

Lo dijo con una calma que era pura máscara. Le temblaba el dorso de la mano cuando agarró el envase de loción fría. Yo me desabroché el corpiño y lo dejé colgando del respaldo de una silla. Quedé en bombacha, boca arriba, mirando al techo. Mis pezones, que llevaban un rato traicionándome, se endurecieron del todo al sentir el primer chorro de loción sobre el muslo.

Sus dedos, gruesos y prolijos, empezaron a esparcir el líquido por la parte interna de mi pierna. Era la maniobra de siempre, la previa al estirado de la cera, pero cada presión me corría más arriba de lo necesario.

—Qué lindo perfume traés. ¿Cuál usás? —dijo, otra vez para llenar el silencio.

Me reí bajito, todavía con los ojos cerrados.

—El mago no revela sus trucos. Y, hablando de magia, ¿vos sabés hacer?

—¿Cómo?

—¿Podrías lograr que esto no me duela tanto? Es mi primera vez —dije, alargando la última palabra con una infantilidad calculada.

Mariela se quedó quieta un segundo. Después se inclinó hacia mí, tan cerca que sentí su aliento por encima del barbijo.

—Te puedo hacer unos masajes antes. Para que el músculo afloje —propuso.

—Hacé lo que tengas que hacer.

Se sacó el barbijo y lo dejó caer al lado de la pileta. Tenía la boca pintada de un rojo discreto y los labios entreabiertos por una respiración acelerada. Volvió a la camilla con las dos manos llenas de loción y empezó a recorrerme desde los tobillos hacia arriba, sin prisa, presionando con las palmas en las pantorrillas, abriendo después los muslos con un pulgar.

—Date vuelta —pidió.

Me giré. Quedé boca abajo, con la cara apoyada en el antebrazo. Ella me trabajó la espalda primero, después la cintura, y por último bajó hasta el comienzo de las nalgas. Ahí se detuvo. Esperó. Yo levanté apenas la cadera, pidiéndole sin palabras. Su mano siguió el camino y se hundió en la curva con una presión que ya no tenía nada de profesional.

—Me encanta tu cuerpo —susurró.

—Probalo entonces.

Me di vuelta otra vez. Le tomé la muñeca y la guie hacia mi pecho. Mariela me abrió la mano sobre el seno derecho, lo apretó con la misma firmeza con la que había abierto los muslos, y bajó la cabeza hasta el otro. Sentí el primer mordisco suave alrededor del pezón y se me escapó un sonido que no pude controlar.

—Bajá un poco la voz, bonita. Hay gente atrás de la cortina.

—No prometo nada —contesté.

Su mano libre bajó por mi abdomen, se metió por debajo del elástico de la bombacha y encontró que ya estaba todo listo para recibirla. Dos dedos entraron sin resistencia. El pulgar se acomodó arriba, sobre el clítoris, y empezó a dibujar círculos lentos, casi pacientes, mientras los otros dos empujaban en un ritmo distinto.

—Sos un desastre acá abajo —murmuró—. Me encanta cómo te retorcés.

—Más adentro —pedí, todavía conteniendo la voz.

Obedeció. Sumó un tercer dedo, me estiró, me llenó. Sus nudillos golpeaban contra la entrada cada vez que empujaba y mi cadera empezó a subirse a su mano como si tuviera vida propia. El placer no llegaba de a golpes sino en olas, una detrás de la otra, cada una un poco más alta que la anterior.

—¿Se siente bien? —preguntó, la voz rota.

—No pares. Por favor no pares.

—No lo hago, bonita. Tranquila.

Curvó los dedos hacia adelante y dio justo con ese punto que pocas veces me habían encontrado a la primera. Me convertí en una cuerda tensa. Mordí el antebrazo para no gritar, sentí la piel del bíceps con los dientes, y aun así se me escaparon dos gemidos que tuvo que tapar acercándome la otra mano a la boca. La acepté. La chupé. Le pasé la lengua entre los dedos como si fuera otra cosa.

—Voy a… —empecé, y no terminé.

El orgasmo me atravesó como una contracción larga, profunda, que me hizo cerrar las piernas alrededor de su muñeca. Los músculos internos se me apretaron contra los dedos y los retuvieron ahí un buen rato. Mariela no los sacó. Esperó a que terminara todo, hasta el último temblor, y recién entonces aflojó la presión.

Abrí los ojos. La camilla, debajo de mí, estaba empapada. Había un círculo oscuro que se extendía hasta el borde del papel descartable.

—Qué desastre hice —dije, con la voz tomada.

—Tranquila. Te lo cambio en dos segundos. Me encantó verte así.

La miré. Tenía el rubor de los pómulos subido y la respiración todavía entrecortada. Me incorporé en la camilla, apoyé los pies en el piso frío, le sostuve la cara con las dos manos y la besé. No fue un beso suave. Fue uno largo, con lengua, con la rabia acumulada de meses de fingir que no pasaba nada.

—Me gustaría quedarme con vos toda la tarde, pero tengo tres clientas esperando —dijo, separándose lo justo.

—No me hagas esto.

—Te hago la cera la próxima. Hoy te llevás otra cosa de regalo.

Sonrió como una nena que acaba de hacer una travesura. Yo me vestí con torpeza, todavía con las piernas flojas, sintiendo cómo la bombacha se me pegaba a la piel. Le di un último beso en la comisura de la boca antes de correr la cortina.

Salí a la recepción tratando de mantener el aire profesional, como si no acabara de venirme con la rival eterna de mi madre. La chica del mostrador me preguntó si quería agendar la próxima.

—Sí —dije—. La semana que viene. Y, si se puede, con la misma profesional.

—Por supuesto.

Caminé las seis cuadras de vuelta a casa más despacio que a la ida. El calor seguía igual, pero ya no me molestaba. Iba pensando en la cara que iba a poner mi mamá si alguna vez se enteraba, y descubrí, no sin sorpresa, que la idea de que se enterara me daba menos miedo que ganas.

—Continuará—

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Comentarios (6)

ClaraMdq

Que bueno!!! me enganché desde el primer párrafo, me encantó

Mele_noche

Por favor que haya segunda parte, me quedé con ganas de mas

NocturnaReader

Me recordó una situacion de hace tiempo jaja, muy parecida. Fue igual de tensa y emocionante

Pauli_corrientes

excelente!!! sigue asi

Valentina_sec

Y como terminó?? necesito la continuación jaja

CuriosaLectora

El titulo me llamó la atencion y no me decepcionó para nada. Muy bien escrito, se siente natural

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