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Relatos Ardientes

Lo que mi amiga me hizo en la cala nudista

Ilustración del relato erótico: Lo que mi amiga me hizo en la cala nudista

Lucía había conocido a una chica por internet, y esa chica resultó tener una amiga en común con ella. Entre las tres surgió la idea de pasar el verano fuera: alguien conocía a un casero que alquilaba habitaciones baratas en la isla y, de paso, podía echarles una mano para encontrar trabajo. Buen sueldo, buen horario, mar a quince minutos. Sonaba demasiado bien para dejarlo pasar.

Al final, la chica de internet se rajó a última hora y Lucía aterrizó sola, con la maleta a rastras y una sensación rara de estar empezando algo sin saber muy bien el qué. En la puerta de llegadas la esperaba Carla, la amiga en común, sosteniendo un cartel improvisado con su nombre mal escrito y una sonrisa que le borró de golpe el cansancio del viaje.

—Tú debes de ser la famosa Lucía —dijo Carla, abrazándola como si se conocieran de toda la vida.

Recogieron la maleta y se fueron directas a la casa. Carla la invitó a comer con su familia, y después de los postres la acompañó al trabajo: una clínica veterinaria a las afueras del pueblo, de lunes a viernes y con las tardes prácticamente libres. Todo encajaba con una facilidad sospechosa, y Lucía aún no sabía que la parte más interesante del verano no tenía nada que ver con los animales.

El primer día de trabajo quedaron en que Carla pasaría a buscarla a la salida. Y allí estaba, puntual, con un vestido corto y la bolsa de playa colgada del hombro. Lucía había tenido la precaución de meter sus cosas de baño en la mochila, así que no hizo falta pasar por casa.

Fueron en autobús hasta el final de la línea y luego caminaron por un sendero estrecho y polvoriento que se hundía en un pinar. Tuvieron que atravesar el bosque entero, con las agujas crujiendo bajo las sandalias y el olor a resina pegándose a la piel, antes de que el suelo se abriera de pronto en una cala pequeña y resguardada. Eligieron una duna cómoda, no demasiado lejos del agua.

Carla dejó la bolsa, se quitó el vestido de un tirón y, para sorpresa de Lucía, se bajó también el tanga hasta quedarse completamente desnuda. Era un bombón rubio, de su misma estatura, con dos pechos medianos rematados por unos pezones rosados que apuntaban al cielo. El pubis lo llevaba rasurado salvo por un fino mechón rubio, casi una provocación.

Lucía se quedó parada, la toalla a medio extender entre las manos.

—No me dijiste que era una cala nudista —protestó, fingiendo un mohín de disgusto que no engañaba a nadie.

—Tranquila —respondió Carla sin el menor pudor—. A estas horas estamos casi solas. Puedes ponerte el bikini, hacer top-less o como yo. Como tú prefieras.

Lucía pensó en Nadia, la amiga que las dos tenían en común. Con Nadia había tenido, hacía solo unas semanas, su primera vez con una mujer: una noche que no había planeado y de la que no se arrepentía nada. Y ahora se preguntaba si Carla lo sabía, si aquella cala era una encerrona y todo aquello una manera elegante de tentarla. Si me tienta, poca resistencia voy a oponer, admitió para sí misma.

Se quitó el vestido y se quedó en un bikini rojo que contrastaba con su piel morena. Extendió la toalla, se arrodilló y, casi por imitación, se desabrochó la parte de arriba. Se sentó, cogió la crema solar y empezó a aplicársela por donde llegaba. Carla hizo lo mismo y luego le pidió que le diera en la espalda. Lucía obedeció, repartió la loción por la espalda, las nalgas y los muslos, pero sin recrearse, conteniéndose con disciplina.

Entonces fue Carla la que tomó la iniciativa. Hizo que Lucía se tumbara boca abajo y empezó por los omóplatos, extendiendo la crema con una lentitud que no tenía nada de inocente. Bajó hasta los pies, los tobillos, y volvió a subir. No extendía la crema: acariciaba. Lucía sintió cómo el calor del sol se mezclaba con otro calor mucho más íntimo, y empezó a ronronear muy bajito, mordiéndose el labio para que la otra no se viniera arriba. Le daba vergüenza, allí, en plena playa.

Carla siguió por los gemelos, apretó suave detrás de las rodillas y fue trepando por los muslos con los dedos. Para entonces Lucía ya resoplaba, tan distraída y tan caliente que cuando notó que le bajaban la braguita del bikini no protestó. Solo acertó a murmurar:

—¿Qué haces? Si yo solo estaba haciendo top-less.

—Tú calla —susurró Carla—. Ya verás qué cómodo se está así. Déjame que te haga disfrutar.

Lucía sabía perfectamente que esas palabras no hablaban de tomar el sol. Pero estaba demasiado excitada para negarse, y lo único que deseaba era que Carla no se detuviera. Los dedos de su amiga recorrieron el final de los muslos durante varios segundos, sin rozar todavía nada, prolongando la espera hasta que se hizo insoportable.

Cuando por fin la crema llegó a las nalgas, Carla no se contuvo. Dejó dos besos suaves en cada cachete y bajó la lengua por el canal hasta detenerse en el centro, jugando despacio. Lucía dejó de ronronear: ahora gemía abiertamente, con la cara hundida en la toalla y la respiración entrecortada.

Carla la hizo girarse para repartir loción por el pubis, donde una fina tira de vello oscuro bajaba como una flecha. Untó los lados, pero dejó las ingles sin crema y pasó la lengua por ellas hasta alcanzar los labios. Los recorrió enteros, desde abajo hasta el clítoris, y allí se quedó: lo lamió, lo provocó, lo atrapó entre los labios mientras la penetraba con dos dedos. Con la mano libre buscaba los pechos de Lucía, pellizcaba los pezones, la mantenía al borde.

Luego se sentó frente a ella. Acomodaron los cuerpos hasta que sus sexos quedaron encajados, y empezaron a frotarse mientras se besaban con un hambre que apenas las dejaba respirar. La intensidad subía a cada roce, los gemidos se les escapaban entre beso y beso, y cuando llegó el final no aguantaron nada: los temblores las sacudieron casi a la vez y se corrieron abrazadas, sudadas, riéndose bajito de su propio descaro.

Después se metieron al agua. Se besaron dentro del mar, esta vez con ternura, y volvieron a la toalla a secarse al sol, desnudas, sin prisa. Poco antes de recoger se buscaron de nuevo en un sesenta y nueve perezoso y ardiente, y solo pararon cuando la luz empezó a teñirse de naranja. Recogieron las cosas y volvieron a casa: resultó que eran vecinas de edificio.

***

Lucía le había pedido a Carla que le recomendara un gimnasio para no perder la forma. Era una nave industrial reformada, cerca de casa, así que lo tenía todo a tiro de piedra: trabajo, casa y gimnasio en un mismo barrio. Estuvo yendo varios días, sin sospechar lo que le esperaba.

Lo que no había visto es que Mónica, la madre de Carla, se entrenaba en el mismo sitio. La reconoció enseguida, pero durante los ejercicios prefirió no decirle nada. Se limitó a observarla de lejos, midiéndola, mientras Lucía terminaba su rutina sin enterarse de que tenía público.

Por el tamaño de las instalaciones, los vestuarios eran amplios, con duchas tanto colectivas como individuales. A esas horas de la mañana apenas había gente. Mónica vio cómo Lucía se dirigía a uno de los vestuarios, casi vacío, y trasladó sus cosas al mismo, aunque por la distribución de las taquillas podían no cruzarse. La vio meterse en una de las duchas individuales, abrir el grifo y poner el agua muy caliente, hasta que el vapor empezó a desbordar el cubículo y a extenderse por la zona.

Mónica se armó de valor y entró.

Cuando Lucía oyó la puerta, se giró. Mónica le puso un dedo sobre los labios, mandándola callar. La primera reacción de Lucía fue apartarse y protestar, pero ver a aquella mujer desnuda frente a ella, mayor, segura, con el morbo añadido de ser la madre de su amiga, le encendió algo que pudo más que el pudor. Se acercó y la besó. Un beso de entrega, sin condiciones.

Mónica la giró contra la pared de azulejos. Le besó el cuello, se lo lamió, lo mordió suave, mientras las manos le dibujaban el cuerpo entero. Le cogió los pechos pequeños, jugó con los pezones oscuros y endurecidos, y con la mano izquierda le agarró el pelo a la vez que la derecha bajaba por su vientre hasta el sexo, ya empapado bajo el agua caliente.

Empezó a acariciarla despacio, demorándose en cada pliegue, mientras descendía a besos por su columna hasta llegar al final de la espalda, donde se entretuvo con la lengua sin ninguna prisa. Entre la mano que la trabajaba por delante y la boca por detrás, Lucía no aguantó mucho: el orgasmo la dobló contra la pared, con el vapor borrándolo todo a su alrededor.

Pero Mónica no había terminado. Hizo que Lucía se arrodillara y se ofreció a su boca. Lucía no paraba de mover la lengua, recorría su sexo entero mientras con un dedo jugaba con ella por detrás. Mónica le marcaba el ritmo con la cadera, jadeando cada vez más fuerte, y esos jadeos solo conseguían que Lucía fuera más rápida, más voraz. Cuando llegó al límite, Mónica se corrió con tal fuerza que un chorro tibio le salpicó la cara y el pecho a Lucía, que recibió todo sin apartarse.

Después se besaron, lentas, todavía temblando, y terminaron de ducharse juntas bajo el mismo grifo. Antes de salir, las dos pactaron en voz baja lo único que estaba claro: aquello jamás llegaría a oídos de Carla.

Vaya verano, pensó Lucía mientras se vestía. Y aún quedaban dos meses por delante.

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Comentarios (4)

GabiCordoba

Buenisimo!!! Me dejo sin palabras desde el primer parrafo

CamilaRdt

La descripcion del ambiente es perfecta, se siente que una esta ahi. Muy bien contado

Luz_Caribe

Por favor segui con la historia, quede con ganas de saber que paso despues entre ellas dos 😍

Vicky_mdp

Tremendo relato, cada verano tiene su sorpresa jaja

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