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Relatos Ardientes

La llave que despertó el deseo entre mi amiga y yo

Ilustración del relato erótico: La llave que despertó el deseo entre mi amiga y yo

Todo empezó un sábado por la mañana, en la cama de Vega, con las dos muertas de risa y enredadas en una pelea tonta que ninguna sabía cómo había arrancado. Compartíamos el piso desde hacía más de medio año y esas peleas de almohada eran nuestra forma de espantar la resaca de los viernes. Lo que pasó esa mañana, sin embargo, no tuvo nada de inocente.

Yo era más alta y bastante más fuerte que ella, así que la dominaba sin esfuerzo. Las dos llevábamos pijamas finos, y el roce de la tela contra la piel, el forcejeo, el calor de nuestros cuerpos apretándose, fue encendiendo algo que no supe nombrar al principio. En un movimiento le atrapé la cabeza entre los muslos, como una llave de lucha, y de pronto tenía la cara de Vega presionada justo contra mi entrepierna.

Debí soltarla. Cualquier persona normal la habría soltado. Pero noté su aliento tibio filtrándose a través de la tela húmeda de mis bragas y me quedé paralizada por una corriente de placer que me recorrió entera.

Suéltala. Suéltala ya.

No lo hice. Apreté los muslos un poco más, esperando que ella se revolviera furiosa, que me empujara, que dijera algo. En cambio, lo único que llegó fue un gemido suave y la caricia lenta de sus manos subiendo por la parte de atrás de mis piernas.

Nunca me había sentido atraída por otra mujer. Estaba convencida de que Vega tampoco. Y, sin embargo, ahí estábamos: ella con la nariz hundida contra mi sexo, yo agarrándole la nuca y guiando su cara contra mí, sin reconocer del todo lo que hacía. Cuando me corrí —rápido, jadeante, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar—, el mundo se había reducido al calor de su respiración.

Después vino la vergüenza. Me deshice en disculpas, roja hasta las orejas, balbuceando que había sido un asco por mi parte. Vega, igual de sonrojada, me dijo que las dos nos habíamos calentado con la pelea, que no le importaba. Solo me pidió, en voz muy baja, que no se lo contara a nadie.

***

Lo dejé pasar. O eso me dije. La verdad es que no pude pensar en otra cosa durante días.

Una mañana entré en su cuarto para despertarla y la encontré dormida de lado, abrazada a una de sus camisetas con la cara metida en la tela, respirando hondo como si el olor le diera paz. Salí en silencio, con el corazón golpeándome el pecho.

Esa imagen me obsesionó. Empecé a fijarme en cómo Vega se demoraba cuando yo me cambiaba, en las miradas rápidas que apartaba en cuanto me giraba, en lo mucho que se ofrecía a recoger la colada cuando me tocaba a mí dejarla. Detalles pequeños que, sumados, formaban una confesión que ninguna de las dos se atrevía a pronunciar.

Me pregunté si Vega era lesbiana. Habría jurado que nunca había estado con una mujer. Y entonces me hice la pregunta de verdad incómoda: ¿y yo? Porque la idea de que ella me deseara, de que algo mío la volviera loca, me ponía más caliente que cualquier hombre con el que hubiera estado.

No tenía ningún interés en imitarla ni en hurgar en sus cosas. Pero si era eso lo que la encendía a ella, estaba dispuesta a dejarme desear. Si eso me convertía en algo que nunca había imaginado ser, francamente, me daba igual.

***

Decidí provocarla. Quería ver hasta dónde llegaría.

Esa tarde salí del trabajo dos horas antes con la excusa de un dolor de cabeza. Me desnudé hasta quedarme solo con unas bragas de algodón rosa y me tumbé en el sofá del salón, acariciándome despacio por encima de la tela, esperando a que ella llegara. Vega era puntual como un reloj; calculé el momento sin problema.

Cuando entró por la puerta, gemí justo mientras me arqueaba contra mi propia mano, dejando que me viera. Se quedó clavada en el umbral, roja, murmurando una disculpa por interrumpir. Pero no se fue. Ese fue el detalle que lo cambió todo: no se fue.

Me incorporé sin prisa, me quité las bragas empapadas y, con una pierna apoyada en el sofá, me limpié el sexo con ellas sin ningún pudor, mirándola a los ojos. Vega tragó saliva. La sorprendí espiándome y ella desvió la vista demasiado tarde.

—Voy a echarme un rato —dije, dejando las bragas sobre el cesto de la colada del baño al pasar—. ¿Te importa preparar tú la cena?

Aceptó con una rapidez que la delató. Me dijo que durmiera, que ya me avisaría.

Entré en mi cuarto, pero no dormí. Me apoyé en la puerta y miré por la rendija. A los pocos minutos, Vega salió del baño con mis bragas en la mano, llevándoselas a su habitación como un tesoro robado. La imaginé al otro lado de la pared, respirando mi olor, y me masturbé otra vez, despacio, hasta quedarme dormida con una sonrisa.

***

Durante la cena, con un camisón transparente que no dejaba nada a la imaginación, Vega me comentó como de pasada que había lavado mi ropa interior. Le di las gracias, fingiendo no notar el rubor que le subía por el cuello cada vez que yo bajaba la mirada hacia su escote.

Los días siguientes fueron un juego silencioso de gato y ratón. Yo dejaba pistas; ella las recogía sin admitir nada. Las dos sabíamos lo que estaba pasando. Las dos esperábamos a que la otra rompiera el frágil pacto de silencio.

Llegó el sábado, y por delante teníamos cuatro días libres. Era el momento.

***

Vega fue la primera en despertarse y me llevó una taza de té a la cama. Yo había dormido desnuda. Cuando se sentó a mi lado para charlar, aparté la sábana de una patada, como sin querer, y abrí las piernas lo justo para notar cómo sus ojos bajaban y se quedaban prendidos un segundo de más entre mis muslos.

—¿Vas a salir hoy? —preguntó, con la voz un poco ronca.

—No. Me siento vaga —respondí, abriendo y cerrando las piernas con una lentitud calculada—. Y caliente.

El aire entre las dos se volvió denso. Sostuve su mirada.

—¿Y si peleamos otra vez? —dije—. Como aquel día. Pero esta vez las dos desnudas.

El pulso se me disparó cuando Vega volvió a mirarme entre las piernas y susurró que sí.

Se quitó el camisón corto y se arrodilló desnuda frente a mí en la cama. Nos abrazamos riendo, temblando, fingiendo que era un juego mientras nuestros pechos se rozaban y la risa se nos enredaba con la respiración. Yo la manejaba con facilidad, igual que la primera vez, pero noté que ella apenas se resistía. Se dejaba vencer.

Le atrapé la cabeza entre los muslos, esta vez con la cara cerca de mi cadera, y Vega inhaló hondo. No pudo evitarlo: empezó a acariciarme los muslos apretados con las dos manos, despacio, como si rezara.

Deslicé mi mano entre sus piernas y hundí un dedo en su sexo empapado. Vega jadeó.

—Estás casi tan mojada como yo —le dije, riéndome bajito—. Mírate.

Ella se arqueó contra mis dedos, abriéndose más, buscando más. Le acaricié el clítoris largo rato, hasta que la tuve gimiendo y rogando sin palabras. Entonces la solté.

Me senté a horcajadas sobre ella, sujetándole las muñecas contra el colchón por encima de su cabeza, mirándola a los ojos.

—No le conté a nadie lo que pasó el otro sábado —dije—. Y nunca le contaré a nadie cuánto te gusta mi olor. Lo sé, Vega. Sé lo de mis bragas.

Se puso roja como la grana.

—Me... me da muchísima vergüenza —tartamudeó.

—A mí no me da asco —respondí, acercando mi boca a su oído—. Me pone. Saber que algo mío te vuelve loca me pone más que nada en el mundo. No soy lesbiana. Tú tampoco. Pero quiero ser sucia contigo. ¿Tú quieres?

—No puedo evitar sentirme así —susurró ella, con los ojos brillantes—. Contigo no puedo.

—Entonces seré tu deseo si tú eres el mío —dije.

***

Subí lentamente sobre su cuerpo, sujetándole los brazos con las rodillas, hasta que mi sexo quedó a un palmo de su boca.

—¿Vas a dejar que te pruebe? —balbuceó, mirándome abierta y húmeda sobre ella.

—Vas a tener mucho más que un poco de mí antes de que acabe la mañana —contesté, separándome los labios con los dedos.

Sin que se lo pidiera, Vega levantó la cabeza y sacó la lengua. Gimió en cuanto mi olor la envolvió y el sabor ligeramente salado me cubrió su lengua. Lamió despacio, con hambre, como si llevara meses esperando ese instante.

—¿Te gusta? —jadeé, apartándome un segundo para verle la cara.

—Sí —dijo, sin aliento—. Dios, sí.

La dejé devorarme hasta que estuve al borde, y entonces me giré sobre ella, dándole la espalda, presentándole mis nalgas en lugar de mi sexo. Vega separó la cara y respiró hondo contra la curva caliente de mi culo, embriagada por mi olor más íntimo. Cuando su lengua encontró el lugar prohibido, las dos gemimos a la vez.

—No sabía que esto pudiera gustarme tanto —susurré, temblando, mientras ella me adoraba con una entrega que me dejaba sin respiración.

—Y yo me he vuelto loca por ti —respondió ella entre lametones, agarrándome las caderas para acercarme más.

Me incorporé y volví a sentarme sobre su boca, esta vez de frente, ya sin paciencia. Vega me sujetó por los muslos y enterró la lengua en mí mientras yo me mecía sobre ella, marcando el ritmo, persiguiendo el final.

—Voy a correrme en tu boca —le advertí, con la voz quebrada.

Vega solo tuvo tiempo de gemir y abrir bien los labios contra mí antes de que el placer me partiera en dos. Me derrumbé sobre su cuerpo, las dos jadeando, las dos riéndonos otra vez, pero de una manera completamente distinta.

Ninguna de las dos era lesbiana. Eso seguíamos repitiéndonos. Pero esa mañana, y todas las que vinieron después de aquel largo fin de semana, la palabra dejó de importar. Lo único que importaba era el gusto poco habitual que habíamos descubierto la una por la otra, y que ya no pensábamos soltar.

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Comentarios (5)

Lucia_mdp

increible!!! me dejaste sin palabras, seguí así

VeronicaSur

Por favor una segunda parte, quede con muchísimas ganas de saber mas

Caro_Mendoza

me recordó algo que me paso con una amiga hace un tiempo jaja. Que bueno esto, muy bien escrito

GastonK

Lo que mas me gustó es la tension del principio, ese no saber si va a pasar o no. Lo maneja muy bien

SolMed_83

tremendo!! 10 puntos

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