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Relatos Ardientes

La sesión de maquillaje terminó en la cama de Sofía

Sofía llegó a mi apartamento pasadas las nueve, con el vestido negro colgado del brazo y esa cara de urgencia que ponía cuando no había dormido lo suficiente. Tenía una cita a las once y todavía no se había maquillado. Yo la esperaba con un conjunto de encaje burdeos, porque acababa de salir de la ducha y me daba pereza vestirme para ella. Éramos amigas desde la universidad, y entre nosotras esas cosas nunca habían importado. O al menos eso creía yo hasta esa noche.

—Sálvame, Cami —me dijo desde la puerta, dejando caer las llaves sobre la mesa—. Si aparezco así, me mira dos segundos y me pide la cuenta.

—Eres preciosa hasta cuando duermes —le contesté—. Pero pasa, dale.

La senté frente al espejo del tocador y encendí la lámpara. Ella se ató el pelo castaño en un moño flojo, cerró los ojos y suspiró. Yo empecé por la base, extendiéndosela con los dedos, sintiendo la piel tibia bajo mis yemas. Cada vez que le pasaba la esponja por el pómulo, ella entreabría los labios sin darse cuenta.

—Estás quedando hermosa —le murmuré, más cerca de lo necesario.

—Gracias, amiga.

Le sombreé los párpados de un marrón cobrizo. Cuando me acerqué a delinearle el ojo, mi rodilla rozó la suya. No la retiró.

—Se te ve muy lindo ese conjunto que traes —dijo, abriendo los ojos apenas para mirarme el pecho y volver a cerrarlos.

—A ti también te queda bien la ropa que te quitaste —le respondí, y me di cuenta un segundo después de lo que había dicho.

Sonrió con los ojos aún cerrados. La punta del rímel se me quedó suspendida a un centímetro de sus pestañas mientras yo miraba cómo se le movía el cuello al tragar.

—¿A mí no me falta un poquito de maquillaje, Sofi? —le pregunté, aunque estaba impecable después de la ducha.

Abrió los ojos, me quitó el pincel de rubor de la mano y me señaló el borde de la cama. Me senté. Ella se levantó y se puso de pie entre mis rodillas. El camisón blanco que llevaba encima de la lencería no le tapaba nada; se le transparentaban los pezones oscuros contra la tela.

Me pasó la brocha por la mejilla con un cuidado exagerado. Sentí la fibra suave y también el temblor de su mano. Cuando bajó la brocha, no bajó la otra mano; me la dejó apoyada en el hombro, y después la subió hasta mi cuello, y después me tomó de la nuca.

—Tienes una cara para comer —me dijo bajito.

—Tú tienes una figura que da envidia —le contesté, y le puse las palmas abiertas en la cintura.

Ninguna de las dos se movió durante un segundo largo. Después subí las manos, muy despacio, hasta apretarle las tetas por encima del camisón. Los pezones ya estaban duros. Sofía soltó el aire por la nariz.

—Vas a arruinar el maquillaje —le susurré.

—Que se joda el maquillaje —contestó, y me besó.

Fue un beso torpe al principio, con demasiado ímpetu, como si las dos hubiéramos estado guardando ese impulso durante años y no supiéramos por dónde soltarlo. Le abrí la boca con la lengua y ella se me colgó del cuello. La tiré hacia atrás sobre la cama y me monté encima suyo sin dejar de besarla, aplastándole los pechos con los míos por encima de las dos capas de tela.

—Sácame esto —jadeó, tirando del camisón.

Se lo pasé por la cabeza y lo tiré al suelo. Debajo tenía un conjunto de encaje negro muy fino, con una tanga que no llegaba a taparle el vello púbico recortado. Le desabroché el sujetador y le expuse las tetas: dos pechos grandes, firmes, con los pezones apuntando hacia arriba. Me agaché a chupárselos.

—Ay, Cami, así —gimió, hundiéndome los dedos en el pelo.

Le mordisqueé un pezón mientras le apretaba el otro con la mano. Sofía arqueó la espalda. Bajé por sus costillas dejando un rastro de besos húmedos, le lamí el ombligo, le enganché la tanga con los dientes y se la fui bajando hasta las rodillas. Ella la terminó de patear.

—Ábrete —le pedí.

Separó las piernas y me quedé quieta un instante, mirándole el coño. Estaba brillante, empapado, con el clítoris hinchado asomando entre los labios. Nunca había estado tan cerca del sexo de otra mujer que no fuera el mío en el espejo. Le pasé un dedo entero desde abajo hacia arriba y ella soltó un grito ahogado.

—Puta madre —dijo—. Métemela con la lengua.

Hundí la cara en su entrepierna sin pensarlo más. Le lamí desde el perineo hasta el clítoris con la lengua plana, despacio, como recogiéndole toda esa humedad, y después le clavé la lengua adentro. Sabía a algo salado y dulce a la vez, más suave de lo que había imaginado. Sofía cerró las piernas contra mis orejas y empezó a moverse contra mi boca.

—Chúpame el clítoris, no pares —me pidió con la voz rota.

Le hice caso. Le atrapé el clítoris entre los labios y lo succioné suavemente mientras le metía dos dedos. Los tenía tan mojados que entraron enteros sin resistencia. Empecé a bombear con el ritmo que ella marcaba, buscándole el punto de arriba con la yema, y al mismo tiempo le movía la lengua en círculos apretados sobre el clítoris.

—Sí, sí, sí, ay, amiga, no pares, no pares que me haces venir —gemía cada vez más agudo.

La tuve así un buen rato, con los muslos apretándome la cabeza, hasta que el temblor le subió desde los pies. Sofía se corrió con un grito largo que me caló hasta las entrañas. Sentí cómo se contraía alrededor de mis dedos, cómo le chorreaba una nueva ola de humedad sobre la palma. La seguí lamiendo despacio hasta que me apartó la cabeza con la mano, sobrepasada.

—Ven aquí —dijo, incorporándose de golpe.

Me giró con más fuerza de la que esperaba y me tumbó boca arriba sobre la cama. Se subió encima al revés, con el culo hacia mi cara y la cabeza entre mis piernas. Me arrancó la tanga burdeos de un tirón que me dejó marca en la cadera.

—Ahora te toca a ti —me dijo.

Me abrió los labios con dos dedos y me clavó la lengua sin ceremonias. Yo grité contra su muslo. Estaba tan cerca de venirme desde antes que casi me corro solo con eso. Le agarré el culo con las dos manos y se lo apreté fuerte, y después le separé las nalgas y le pasé la lengua entera por el coño otra vez, que seguía empapado.

El sesenta y nueve nos duró poco. Ella lamía y chupaba con un hambre que me sorprendió, y yo trataba de responderle a la misma altura, pero se me nublaba la vista cada vez que me apretaba el clítoris entre los labios. Me temblaban las piernas. Sentía cómo se me contraía todo por dentro.

—Espera, espera, así me vengo —le pedí, apartándola con dificultad.

—Esa es la idea, tonta —se rio ella.

—Quiero que nos venamos juntas.

Sofía se bajó de encima y me miró con los labios y el mentón brillándole de mi humedad. Se pasó el dorso de la mano por la boca, se rio, y se estiró hacia el bolso que había dejado tirado al lado de la cama.

—Traje esto por si mi cita salía bien —dijo, sacando un dildo doble color negro—. Nunca pensé que lo iba a estrenar contigo.

—Dame eso —le contesté.

La empujé hacia atrás sobre la cama y le abrí las piernas otra vez. Me arrodillé entre sus muslos y le pasé la punta del dildo por el coño, mojándolo bien con lo que le quedaba de flujo. Se lo metí despacio, viendo cómo se abría, cómo se lo tragaba centímetro a centímetro. Sofía echó la cabeza hacia atrás y gimió largo.

—Ay, joder, qué grueso.

Cuando el juguete estaba todo adentro, me monté encima al revés, apoyando mi coño contra la otra punta del dildo. Me alineé con la ayuda de la mano y me lo hundí de una sola vez. Se me escapó un gemido ronco cuando lo sentí llenándome hasta el fondo.

Nos quedamos las dos así, con el dildo uniéndonos, mirándonos con los pechos subiendo y bajando. Después empecé a moverme. Ella me imitó, subiendo la cadera contra la mía cada vez que yo bajaba. El juguete iba y venía dentro de las dos al mismo tiempo. El sonido húmedo era obsceno; llenaba toda la habitación.

—Más rápido —le pedí.

Sofía se incorporó, me abrazó por la espalda, y empezamos a movernos juntas, agarradas, con mis tetas contra las suyas y las bocas otra vez pegadas. Yo tenía el clítoris frotándose contra la base del dildo cada vez que bajaba. Ella me metía la lengua en la boca y me apretaba las nalgas con las dos manos.

—Me vuelvo a venir —me avisó, jadeando dentro del beso.

—Ven conmigo.

Aceleré el ritmo. El dildo entraba y salía de las dos con un chapoteo constante. Sentí cómo se me tensaba todo el vientre, cómo se me iban a poner rígidas las piernas. Sofía empezó a gritar entrecortado contra mi cuello. Y entonces me largué yo también, un orgasmo que me sacudió desde el clítoris hasta la nuca, con un chillido que ni recuerdo haber soltado.

Nos derrumbamos las dos hacia adelante, con el juguete todavía adentro. Nos reímos flojito, agotadas, sudando, incapaces de separarnos. Yo la besé en el hombro, en el cuello, en la comisura de la boca. Ella me acariciaba la espalda con la palma abierta.

—Se me arruinó todo el maquillaje —dijo por fin, mirando el reloj de la mesita.

Eran las diez y cincuenta.

—¿Todavía quieres ir? —le pregunté.

Sofía se quedó pensando un segundo. Después me miró a los ojos, con las mejillas todavía coloradas, y negó con la cabeza.

—Que se joda mi cita —dijo—. Retócame el maquillaje mañana. Ahora quiero volver a hacerlo despacio.

Le sonreí y me estiré para apagar la lámpara. La luz cálida del velador nos dejó a las dos brillando en el reflejo del espejo. Ella me abrazó por detrás y me mordió el hombro, y yo supe que la cita a la que Sofía nunca iba a llegar era conmigo.

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Comentarios(7)

Roxana_22

buenisimo!!!

SolLect22

La tension desde el primer parrafo es increible, no podia soltar el celular.

MartaDelNorte

Por favor una segunda parte!!! me quede con ganas de mas

NinaRiver_ar

Me recordo a algo que me paso hace unos años, leer esto fue como vivirlo de nuevo. Sensacional.

CarolinaViajera

Que forma de escribir, cada palabra en su lugar. Increible de verdad.

OjosCuriosos_

Esto te paso de verdad o es ficcion? Se siente muy real todo

viajera_sinretorno

Me encanto el titulo, ya desde ahi supe que iba a ser bueno. Sigue subiendo cosas!

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