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Relatos Ardientes

La reina me llamó a su cuarto después del atentado

Palacio de Arken, minutos antes del disparo:

Yo estaba sola en la biblioteca privada, inclinada sobre un manuscrito antiguo, con una copa de vino a medio terminar y los nervios mordiéndome la nuca. La reina me había pedido una respuesta antes del amanecer, y yo apenas lograba descifrar la mitad de aquellos símbolos malditos. Si me concentraba lo suficiente, podía olvidarme del baile que sonaba al otro lado del ala este y del hecho de que ella llevaba horas allí, sonriendo para todos menos para sí misma.

El texto hablaba de almas desplazadas, de cuerpos vaciados y de un regreso posible solo si se entendía el trayecto completo del desgarro. Era justo lo que necesitábamos y, por eso mismo, me aterraba equivocarme. Ya habíamos metido la mano en fuerzas que no entendíamos del todo, y cada intento de arreglar algo terminaba abriendo una herida nueva.

Me humedecí los labios, repasé una línea en latín y maldije en voz baja. Si hubiese escuchado a mi padre cuando insistía con los idiomas antiguos, aquella noche no estaría descosiendo frases palabra por palabra como una idiota. La reina podía haberme ayudado a traducirlo, sí, pero no iba a arrancarla de ese salón lleno de ministros, escoltas y aduladores solo porque yo estaba atascada.

Suspiré, bebí otro trago y seguí escribiendo a mano mi interpretación. Si aquello funcionaba, podríamos devolver cada cosa a su lugar. Si no funcionaba, tal vez terminaríamos de romperlo todo. La idea me dio una risa seca, de puro cansancio.

Fue entonces cuando sonó el disparo.

No fue un ruido limpio. Fue una detonación ahogada, seguida de gritos, copas hechas añicos y carreras. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Tiré el libro, empujé la silla y salí al pasillo con el corazón golpeándome el pecho.

***

Palacio de Arken, después del disparo:

Cuando llegué al salón principal, el caos ya estaba desatado. Los guardias empujaban gente hacia las salidas laterales, las mujeres se agarraban los vestidos para no tropezar, y en el centro del mármol un hombre enorme, uno de los nuevos escoltas de la reina, se desangraba sobre su camisa blanca. Había recibido la bala destinada a ella.

La reina forcejeaba entre dos agentes que la arrastraban hacia el corredor blindado. Tenía el maquillaje corrido y una expresión de furia tan viva que parecía a punto de morder a cualquiera que se le cruzara. Gritaba el nombre del herido, ordenaba que lo soltaran, exigía volver. Nadie le obedecía.

Yo vi de reojo cómo su mirada me encontró por encima de los hombros de todos. No fue un segundo largo, pero bastó. Había miedo. Miedo de verdad. No el miedo elegante que se disimula con protocolo, sino ese temblor crudo que deja a una persona desnuda aunque siga vestida de seda.

La apartaron de allí. A él lo subieron sobre una mesa improvisada, y la jefa médica de palacio se arremangó para abrirle la herida sin anestesia. Yo quise acercarme, pero una capitana me bloqueó el paso con el brazo.

—No usted —dijo, tajante—. La reina la pidió en la sala segura.

La frase me atravesó de una forma extraña. Entre asesinos, sangre y pánico, ella me estaba buscando a mí.

***

La sala segura era una habitación sin ventanas, con muros de metal y una sola mesa fija en el centro. Cuando entré, dos escoltas estaban apostadas junto a la puerta. La reina caminaba de un lado a otro con los puños cerrados y el vestido oscuro abierto por una rajadura en el lateral, donde alguien la había sujetado con demasiada fuerza.

Se giró al verme, y por un momento dejó de ser reina. Era solo una mujer al borde del colapso.

—¿Está vivo? —preguntó sin saludar.

—Sí. Le están cerrando la herida.

Exhaló, pero no se calmó. Se pasó una mano por el cabello y dejó una mancha rojiza en una sien. No era su sangre. Lo supe por la forma en que la miró después, como si le diera asco y culpa al mismo tiempo.

—Se interpuso por mí —murmuró—. No dudó ni un segundo.

Yo avancé despacio. La conocía demasiado bien para ofrecerle compasión en voz alta. A ella no le servían las frases suaves; le servía sentir que no se derrumbaba sola.

—Hizo su trabajo —dije.

—No me repitas eso como si fuera un uniforme vacío. —Sus ojos, verdes y enrojecidos, se clavaron en los míos—. Lo vi caer, Maia. Lo vi tragarse mi bala.

Me acerqué lo suficiente para oler el perfume mezclado con humo, vino y miedo. Tenía la respiración rápida. El escote del vestido subía y bajaba con cada jadeo contenido. Quise tocarla y no lo hice. No todavía.

—Mírame —le dije.

Lo hizo.

—Estás viva.

—Apenas.

—No. Estás viva y temblando. Eso es distinto.

La tensión le aflojó un poco la mandíbula. Me sostuvo la mirada durante unos segundos, y entonces pasó algo que no había pasado nunca de forma tan clara: dejó caer la máscara. Ni ironía, ni rango, ni distancia. Solo agotamiento y una necesidad brutal de aferrarse a algo.

—No quiero quedarme sola esta noche —dijo al fin.

El silencio detrás de esa frase pesó más que el disparo.

Yo llevaba meses deseándola en secreto y otros tantos odiándome por eso. No era una fantasía inocente. Era una obsesión trabajada a base de roces, órdenes susurradas demasiado cerca, cenas a puerta cerrada y esa costumbre suya de sostenerme la mirada medio segundo más de la cuenta. Siempre había algo interrumpiéndonos: la corona, la política, la catástrofe del día.

Esa noche no había nada que fingir.

—Entonces no te quedes sola —respondí.

Ella tragó saliva. Lo vi en su cuello. También vi cómo me recorrió la boca antes de hablar.

—Ven conmigo.

***

Sus aposentos quedaban al otro extremo del corredor blindado. Las escoltas se mantuvieron fuera cuando ella ordenó privacidad. La puerta se cerró y, de golpe, el palacio entero desapareció. Quedamos las dos, el eco de la violencia reciente y una cama demasiado grande presidiendo la habitación.

La reina se quedó de espaldas a mí, inmóvil, como si no supiera qué hacer con su propio cuerpo ahora que nadie la observaba. Me acerqué despacio y vi el cierre roto de su vestido, la tela torcida, el hombro desnudo asomando bajo el peinado deshecho.

—Tienes sangre aquí —dije.

—Lo sé.

—Déjame limpiarte.

No respondió. Solo inclinó ligeramente la cabeza. Fue permiso suficiente.

Fui al tocador, mojé un paño y volví a ella. Cuando aparté el cabello de su cuello, se estremeció. Limpié primero la sien, luego la mejilla, después la línea de la mandíbula. Su piel estaba caliente. El pulso le latía rápido bajo mis dedos.

—Creí que iba a morir delante de todos —susurró.

—No moriste.

—No yo.

Su voz se quebró apenas. Dejé el paño sobre la mesa y, esta vez sí, le puse una mano en la cintura. Noté cómo se tensó y enseguida se acomodó al contacto, como si mi palma fuese justo el peso que necesitaba para no desarmarse.

—Mírame —repetí.

Se volvió muy despacio. Tenía los ojos brillosos, las pestañas pegadas por el rímel corrido y la boca entreabierta. Tan hermosa que daba rabia. Tan rota que me quemó el pecho.

—Si te beso ahora —dije, acercándome hasta rozarle la respiración—, no voy a hacerlo por pena.

Sus dedos se aferraron a la tela de mi chaqueta.

—Entonces bésame por hambre.

No esperé otra invitación. Le agarré la nuca y la besé con toda la tensión que llevaba meses acumulada. Su boca estaba tibia, áspera por el vino y ansiosa como la mía. Me respondió al instante, abriéndose, buscándome con una necesidad casi furiosa. Nos besamos como si el disparo hubiese roto algo dentro de las dos y ya no valiera la pena seguir negándolo.

Le mordí el labio inferior. Gimió. Ese sonido bajo, ronco, me hizo apretarla más contra mí. Le subí una mano por la espalda hasta enganchar el cierre destrozado del vestido y tiré de la tela hacia abajo. Un hombro, luego el otro. La prenda cedió apenas y dejó su pecho medio expuesto, respirando rápido.

—Maia... —mi nombre le salió como una orden mal controlada.

—Dímelo claro.

—Quítamelo.

Obedecí. Bajé el vestido por su cuerpo con impaciencia, besándole el cuello mientras la desnudaba. Ella hizo lo mismo con mi chaqueta, arrancándomela de los hombros. La dejé caer al suelo junto con mi blusa. Cuando nuestros pechos se rozaron, lanzó un jadeo corto y se apretó contra mí con descaro, necesitando fricción, calor, algo más fuerte que el miedo.

Le chupé el cuello despacio, marcándola. Quería verla perder el control. Quería oírla dejar de hablar como reina. Mis manos le atraparon las tetas con firmeza, apretándolas justo lo suficiente para arrancarle otro gemido.

—Joder... —murmuró—. No me trates con cuidado.

Sonreí contra su piel.

—Eso jamás fue lo que querías de mí.

Le pellizqué un pezón con los dedos y arqueó la espalda. Aproveché para empujarla hacia la cama. Cayó sentada, mirándome con esa mezcla de autoridad y desorden que me volvía loca. Le quité los zapatos, aparté el vestido hasta dejarlo enredado en sus muslos y me arrodillé entre sus piernas.

Llevaba unas bragas finas, húmedas ya en el centro. Pasé los nudillos por encima de la tela. Sus rodillas se abrieron más.

—Así que era hambre —dije.

—No te burles y cómeme de una vez.

La crudeza de su tono me hizo latir el coño. Enganché la tela con los dedos y se la bajé despacio por las piernas. No llevaba medias. Solo piel caliente y abierta para mí. Cuando la vi completamente, mojada, hinchada y temblando, tuve que contener el impulso de lanzarme de cabeza.

Primero le besé la cara interna del muslo izquierdo. Después el derecho. La escuché maldecir por lo bajo.

—Si sigues provocándome te juro que... —empezó.

No la dejé terminar. Le abrí los labios del coño con los pulgares y le metí la lengua de una vez, larga y firme. El gemido que soltó fue tan fuerte que me dieron ganas de repetirlo hasta que se quedara sin voz. La sujeté por las caderas y la lamí de abajo arriba, saboreando su humedad, sintiendo cómo se derretía y se endurecía al mismo tiempo.

—Sí... así... —jadeó, echando la cabeza atrás.

Le chupé el clítoris y luego lo rodeé con la punta de la lengua, insistiendo. Sus dedos se hundieron en mi pelo, no para apartarme, sino para empujarme más. Me encantó esa mezcla de desesperación y mando. Metí dos dedos dentro de ella sin aviso. Estaba apretada, resbaladiza, caliente hasta dolerme en la mano.

—Joder, qué mojada estás.

—Por tu culpa —dijo entre dientes—. Mete más.

Curvé los dedos, buscándole el punto que la hacía sacudirse. Lo encontré al tercer intento. Su cuerpo respondió con una convulsión preciosa. Le chupé el clítoris mientras la follaba con la mano, cada vez más rápido, escuchando cómo los sonidos se le volvían groseros, rotos, nada reales ni dignos ni perfectos. Solo una mujer excitada al borde.

—No pares... no pares, carajo...

Le metí un tercer dedo. Gritó. Su pelvis empezó a empujar contra mi cara con hambre abierta, sin elegancia. Me encantó. La agarré más fuerte, hundiendo la boca entre sus piernas, comiéndomela como llevaba queriendo hacer desde la primera vez que me sonrió en una reunión a puerta cerrada.

Su orgasmo llegó con una sacudida violenta. Me apretó la cabeza entre los muslos y se corrió temblando, diciendo mi nombre a medias, como si se le rompiera dentro de la boca. Seguí lamiéndola durante el temblor, lento al final, hasta que intentó apartarse porque el exceso la hacía gemir demasiado alto.

Me incorporé con la barbilla mojada. Ella me miró como si quisiera devorarme entera.

—Ven aquí.

Subí a la cama. Me agarró del cinturón del pantalón y tiró de mí con impaciencia. Cuando trató de desabrocharlo, le sujeté las muñecas un instante y se quedó quieta.

—¿Ahora quién da las órdenes? —pregunté.

Su sonrisa fue pequeña, cansada y sucia.

—Las que quieras, pero no me dejes sin tocarte.

Le solté las manos y me ayudó a desnudarme. En segundos estábamos las dos desnudas sobre las sábanas, con el olor del sexo mezclándose con el perfume caro y el humo viejo del atentado. Ella bajó la mirada a mi coño y se relamió sin pudor. Verla así me encendió todavía más.

—Abre las piernas —ordenó.

Lo hice. Se acomodó entre ellas y me besó la cara interna del muslo con una lentitud que antes me había desesperado a mí. Cuando por fin pasó la lengua por mi clítoris, tuve que morderme el labio para no gritar. Sabía usar la boca. Lo hizo con precisión y hambre, alternando lamidas amplias con succiones cortas que me hacían perder la cadera.

—Joder... —se me escapó—. Sí, así.

Su respuesta fue meterme dos dedos hasta el fondo. Los movió despacio al principio, tanteando mi reacción, y cuando vio cómo me arqueaba aceleró sin piedad. Su pelo me rozaba los muslos. Su boca estaba en todas partes. Sentí cómo la humedad me corría hacia abajo y me dio igual. Quise agarrarla del cabello, mandarla, someterla un poco, pero ella levantó la vista y me miró desde entre mis piernas con una expresión tan decidida que me desarmó.

—Quiero verte correrte —dijo—. Quiero ver cómo dejas de pensar.

La frase, dicha por esa boca minutos antes temblorosa, me atravesó de lleno. Empujé contra sus dedos y ella entendió. Curvó la mano, apretó el clítoris con el pulgar y me llevó al borde en una carrera brutal. Me corrí gimiendo fuerte, con las piernas temblándome alrededor de sus hombros y la garganta cerrada por el placer.

Cuando subió a besarme, probé mi propio sabor en su lengua. Nos besamos húmedo, sucio, respirando mal.

—No he terminado —susurró.

Tampoco yo.

La hice darse la vuelta y la puse a cuatro sobre la cama. Me gustó cómo obedeció sin discutir, mirando por encima del hombro con el cabello deshecho pegado al cuello. Le acaricié la espalda, bajé por su cintura y abrí sus nalgas con las manos. Estaba mojada otra vez. Mojada de verdad. Pasé dos dedos por su entrada y gimió al instante.

—¿Tienes algo en el cajón? —pregunté.

—Izquierdo. Un estuche negro.

Lo abrí. Había un arnés elegante, discreto, y un dildo de silicona oscura, firme, del tamaño justo para hacerla abrir la boca al verlo. La miré arqueando una ceja.

—Así que no querías quedarte sola, ¿eh?

—No empieces y póntelo.

Me reí por lo bajo. La impaciencia le salía por cada poro. Me ajusté el arnés mientras ella me miraba de rodillas sobre la cama, con esa mezcla deliciosa de necesidad y soberbia mal disimulada. Después tomé lubricante del mismo estuche, aunque en realidad ella estaba tan excitada que apenas hizo falta. Lo usé igual, untando la punta y luego mis dedos.

Volví a tocarla primero con la mano. Un dedo. Dos. Tres otra vez, abriéndola, preparando cada espasmo. La escuché jadear, empujar el culo hacia mí.

—Fóllame ya.

Le di una palmada seca en una nalga. El sonido rebotó en la habitación.

—Pídelo mejor.

Volvió la cara, sorprendida por el golpe, y sus pezones se endurecieron todavía más.

—Fóllame, Maia. Fóllame fuerte.

Esa sí era una petición hecha para obedecerla. Sujeté el arnés, acomodé la punta en su entrada y empecé a penetrarla despacio. Su coño me fue tragando centímetro a centímetro. Gemía con la frente hundida en las sábanas, abriéndose para mí, húmeda y caliente. Cuando estuve completamente dentro, me quedé un segundo quieta solo para verla temblar alrededor del vacío lleno.

—Mierda... —jadeó—. Muévete.

Salí casi por completo y volví a entrar de una embestida más dura. El grito que soltó me encendió la sangre. Empecé a follarla con un ritmo firme, cada vez más profundo, agarrándole la cadera con una mano y el pelo con la otra. El sonido de los golpes húmedos llenó el cuarto. Cada empujón hacía temblar sus muslos.

—Así, sí... joder... —repetía—. No pares. Más.

Le solté el pelo y le llevé la mano al clítoris, frotándoselo mientras la penetraba. Eso la desarmó. Empezó a gemir sin medida, a empujar hacia atrás buscando más. Yo le di más. Más velocidad, más fuerza, más presión. La cama crujía bajo nosotras.

—Pensé que ibas a morirte —dije entre dientes, inclinándome sobre su espalda mientras seguía embistiendo.

—Yo también.

—Y ahora mírate.

Le mordí el hombro y la follé más hondo. Su respuesta fue correrse de nuevo, sacudiéndose con violencia, apretando las sábanas entre los puños mientras decía obscenidades en voz rota. No me detuve. Seguí atravesando el temblor, usándola justo como ella me había pedido, hasta que el orgasmo le aflojó los brazos y casi se desplomó sobre el colchón.

La saqué despacio. Se dejó caer boca arriba, jadeando, brillante de sudor. Me quité el arnés y volví a subir a la cama. Pensé que había terminado, pero apenas me acerqué me agarró de la nuca y me besó con una avidez renovada.

—Otra vez —murmuró contra mi boca.

—¿Todavía?

—Todavía no se me fue el miedo.

La respuesta me apretó algo dentro del pecho. Le aparté el cabello de la cara y la besé más suave. Luego bajé una mano entre nosotras y empecé a frotarle el clítoris con paciencia, viendo cómo el placer volvía a crecer encima del cansancio. Ella metió una pierna entre las mías y empezó a rozarse conmigo. Nuestros coños se encontraron húmedos, calientes, resbalando uno contra otro mientras nos besábamos y jadeábamos bajito.

Ese movimiento, simple y animal, tuvo algo más íntimo que todo lo anterior. La sentí buscar no solo correrse, sino agarrarse a mí. La abracé por la espalda, le apreté una teta, le chupé el lóbulo de la oreja mientras seguíamos frotándonos con hambre.

—No me sueltes —susurró.

—No pienso hacerlo.

Le metí dos dedos otra vez y ella respondió empujando la pelvis contra mi mano y mi sexo al mismo tiempo. Nos corrimos casi juntas, en un desorden de respiraciones rotas, labios abiertos y músculos temblando. Su orgasmo le arrancó un gemido largo que terminó escondido en mi cuello. El mío me dejó viendo luces detrás de los párpados.

Quedamos tendidas, pegadas y sudadas, durante varios minutos. Afuera debía seguir el operativo, los informes, las órdenes. Adentro solo se oía el aire entrar y salir de nuestros pulmones.

***

Fue ella quien habló primero.

—No quiero que esto se convierta en un accidente de guerra.

Giré la cabeza para mirarla. Seguía sin soltarse de mi cintura.

—¿Y en qué quieres que se convierta?

Se tomó su tiempo. La reina había vuelto un poco a su rostro, pero no del todo. Por suerte.

—En algo que no tenga que ocultarte con mentiras.

La respuesta me sorprendió más que el sexo. Sonreí apenas, todavía recuperando el aire.

—Eso suena peligrosamente honesto.

—Me acaban de disparar. No estoy para diplomacia.

Solté una risa corta. Ella también. Era increíble que pudiera existir una risa después de una noche así, pero ahí estaba.

Entonces llamaron a la puerta. Una escolta anunció desde fuera que el herido estaba estable y que el atacante seguía prófugo. La reina cerró los ojos un instante, aliviada. Yo le besé la sien.

—Está vivo —le recordé.

—Lo sé.

—Y tú también.

Esta vez sí sonrió de verdad, pequeña y agotada. Me acarició la cara con los dedos, todavía un poco temblorosos, pero ya no de miedo.

—Quédate hasta que amanezca.

La miré, desnuda entre las sábanas revueltas, con la marca de mis dientes en el hombro y el poder aún pegado a la piel incluso después de haberse corrido tres veces. No me hizo falta pensarlo.

—Me quedo.

Apagamos la última lámpara. En la oscuridad, el palacio seguía siendo un lugar peligroso. Su cuarto, en cambio, ya no parecía una fortaleza, sino una trinchera compartida. Y cuando se pegó a mí buscando calor, supe que no había sido solo una noche de pánico y sexo. Habíamos cruzado una puerta que ya no iba a cerrarse.

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Comentarios(7)

Perla22

tremendo relato!!! me dejó sin palabras

CarlaFromRosario

Qué manera de arrancar... el comienzo ya me atrapó. Por favor una segunda parte!

Valentina_83

Me encanto el ambiente que lograste crear, se siente tan intenso. Sigue escribiendo asi!

MarcelinaF

La tension de ese momento... uff. Lo leí de un tirón sin darme cuenta

Sandra_lectora

Me recordó a una novela que leí hace tiempo, ese suspenso mezclado con otras cosas. Muy bueno!!

LolaLectora

excelente!!! ojalá hubiera segunda parte

Beti_lect

Qué bien descritas las emociones. No es facil mezclar la adrenalina con todo lo demas. Felicitaciones

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