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Relatos Ardientes

Mi jefa me trató mal hasta esa tarde en su despacho

Llevaba un año entero llegando antes que cualquiera a las oficinas de Nodexa Systems, una empresa de chips y semiconductores que crecía rápido en el barrio financiero. Me llamo Camila Rivas y soy la secretaria ejecutiva de la presidenta, Renata Aldana. Un año entero soportando que me hablara como si yo fuera un mueble, que me corrigiera delante de clientes, que me pidiera el café tres veces hasta que «por fin saliera bien».

Las secretarias anteriores habían durado semanas. Algunas, ni eso. Yo no me iba. Yo estaba esperando.

Renata era despiadada con sus empleados y, al mismo tiempo, era la mujer más hermosa que había visto nunca. Cuarenta y dos años, cabello negro recogido en un moño tirante, una boca dibujada para morderse en silencio y unas piernas que cruzaba bajo el escritorio como si supiera exactamente dónde estaba apoyada mi mirada. Tenía la costumbre de hablarme sin verme, como si el sonido de mi voz la incomodara. Cada vez que lo hacía, yo apretaba la mandíbula y pensaba en cómo sería verla rendida, con el coño empapado y esa boca de reina abriéndose para pedirme más.

El plan llevaba meses gestándose en mi cabeza. Un comprimido en el café de las cuatro, una hora libre en su agenda y el resto del piso vacío los miércoles después de las cinco. No era complicado. Era cuestión de paciencia y de no temblarle a nadie cuando llegara el momento.

Esa tarde llegó.

—Renata, tu café —dije con la misma sonrisa profesional de siempre, apoyando la taza en la esquina de su escritorio.

Ella ni levantó la mirada del informe. Movió la mano dos centímetros, encontró el asa y bebió sin verme. Yo me quedé quieta, con la tablet contra el pecho.

—¿La agenda de mañana? —preguntó.

—Reunión con los proveedores de Hsinchu a las nueve y media. Almuerzo con el equipo legal. Llamada con la junta a las cinco.

—Bien.

Bebió otro sorbo. Yo seguí enumerando cosas que ella no escuchaba. La luz de la tarde entraba por la ventana de su despacho y le encendía el costado izquierdo del cuello, justo donde la blusa de seda se abría un dedo de más. Ella siguió leyendo. Yo seguí hablando. El comprimido que había disuelto era discreto, sin sabor, de los que tardan unos minutos en hacer efecto.

Vi cómo parpadeó dos veces seguidas. Vi cómo el bolígrafo se le resbaló entre los dedos. Vi cómo esa cabeza siempre tan erguida empezó a caer despacio hacia adelante hasta que la frente le tocó el cuero del escritorio.

—¿Renata? —pregunté con la voz justa, esa que se usa cuando una sabe que nadie va a contestar.

Silencio.

Cerré la puerta con llave. Bajé las persianas. Apagué el intercomunicador. Cancelé sus dos citas pendientes desde la tablet, una con la excusa de una jaqueca repentina, la otra inventando una reunión imposible. Me tomé treinta segundos para respirar antes de ir a mi escritorio y volver con la maleta que llevaba semanas escondida debajo del archivero.

***

La acomodé en su propio sillón ejecutivo. Pesaba menos de lo que esperaba. Le coloqué primero los auriculares —los míos, los que había grabado yo en mi propia voz durante varias noches, con frases pensadas para deslizarse entre los pliegues del sueño—. Después le ajusté unas gafas opacas sobre los ojos cerrados, con un patrón hipnótico en bucle. Solo entonces le inyecté en el muslo el contenido de la jeringa que había preparado en casa: un relajante suave, lo suficiente para mantenerla flotando en ese estado intermedio en el que la voluntad pierde su filo.

Le até las muñecas a los apoyabrazos con cintas de seda negra. Nada que pudiera dejarle marca. Le abrí las piernas con un separador acolchado y le aseguré los tobillos a las patas del sillón.

—Lista, jefa —murmuré, acercándome lo suficiente para olerle el perfume detrás de la oreja—. Hoy te toca a ti escuchar.

Encendí la tablet y dejé que las frases empezaran a entrar en bucle.

Eres mía cuando estamos solas. Tu coño me obedece antes que tu cabeza. Quieres que te folle. Lo deseas. Vas a mojarte para mí.

Repetí cada línea con mi propia voz, susurrándosela al oído mientras los auriculares se las repetían también. Las palabras le tocaban un lugar al que nunca había llegado yo con la mirada.

Cuando vi que sus labios se movían en silencio, repitiendo lo que escuchaba, supe que la barrera había cedido.

Le solté un botón de la blusa. Después otro. Después los suficientes como para que la seda se abriera y dejara ver el sostén blanco, simple, que no le hacía justicia a lo que escondía. Le levanté el encaje sin prisa, descubriendo unas tetas pesadas, llenas, con los pezones erguidos, gordos y oscuros, antes incluso de que mi mano los rozara.

—Mira lo que escondías debajo del traje sastre —dije en voz baja—. Mira estas tetas de puta, jefa. Y yo trayéndote el café todos los días sin poder tocarlas.

Me incliné a probarlos. Mi boca cerrada sobre su pezón derecho, chupando con hambre atrasada de un año. Mi lengua dibujándole círculos lentos alrededor de la areola, luego lametazos anchos, luego el pezón entero entre los dientes, tirando apenas lo justo para arrancarle un gemido. Su espalda se arqueó dentro del sillón con un suspiro ronco que no era de defensa. Era hambre. Una hambre que llevaba años encerrada con llave dentro de esa mujer.

Pasé al pezón izquierdo y le hice lo mismo, más despacio. Le mordí. Le chupé fuerte, dejando la piel roja y húmeda de saliva. Con una mano le apreté la otra teta hasta hundirle los dedos en la carne, sintiendo cómo se le endurecía todo el pecho bajo mi palma.

—Sos toda mía, Renata —le dije contra la piel—. Toda. Y no vas a acordarte, pero tu cuerpo sí.

***

Le hablé como nunca me había atrevido. Le dije lo que pensaba cada vez que pasaba a mi lado con ese perfume caro. Le dije que me imaginaba metiéndole la lengua en el culo mientras ella firmaba contratos. Le dije lo que se me ocurría cuando me ordenaba traerle agua sin levantar la vista: agarrarla del moño tirante, tirarla contra la mesa y comerle el coño hasta que dejara de dar órdenes por una hora. Le dije, en un susurro, todas las cosas que había imaginado hacerle sobre ese mismo escritorio durante doce meses interminables.

Y ella, con los ojos detrás de las gafas, sin verme, me respondía con gemidos cortos, con la boca abierta, con la lengua asomándose entre los dientes.

Subí las manos por sus muslos, apartando la tela de la falda hasta arrugársela contra la cintura. Las medias eran finas, casi invisibles. La ropa interior, en cambio, no le hacía honor a la mujer que la llevaba: algodón blanco, aburrido, lo último que habría imaginado debajo de un traje de tres mil euros. La rasgué con un solo movimiento. La cinta cedió sin protesta. Debajo, su coño brillaba ya con una humedad que ningún relajante podía haber fabricado. Los labios rosados, hinchados, entreabiertos, con un hilo brillante bajando hacia el ojo del culo.

—Mirá cómo se te chorrea, jefa —murmuré, pasándole un dedo por toda la raja de abajo hacia arriba—. Toda mojada, y ni siquiera empecé.

Me llevé el dedo a la boca. Sabía a hembra caliente, salada, densa. Volví a bajar y le hundí dos dedos de golpe. Renata se sacudió entera dentro de las cintas y soltó un jadeo grueso, animal, que no tenía nada que ver con la mujer que corregía informes.

—Eso es —dije, moviendo los dedos adentro, buscándole el punto de arriba con la yema—. Apretame, puta. Apretame los dedos con ese coño.

Y me apretó. Las paredes internas se le cerraron alrededor de mis dedos, palpitando, tirando hacia adentro como si tuvieran voluntad propia. Le metí un tercer dedo. Se la abrí despacio, sintiendo cómo se estiraba, cómo cedía la carne mojada.

Me arrodillé entre sus piernas abiertas.

—Tu mente todavía no sabe lo que está pasando —le dije, apoyando los labios contra la parte interna de su muslo—, pero tu coño sí. Y tu coño te va a delatar.

La primera pasada de mi lengua le sacó un grito ahogado. Larga, plana, desde la entrada hasta el clítoris, chupándole el jugo entero. La segunda, un temblor que le recorrió las piernas. Le abrí los labios mayores con los pulgares para tenerla toda expuesta, rosada y brillante, y me clavé ahí con la boca abierta. Le chupé el clítoris entre los labios, se lo mordí apenas, le pasé la punta de la lengua en círculos rápidos y después lento, midiéndola, leyéndola, descubriendo qué la hacía soltar la espalda contra el respaldo y qué la hacía tirar de las cintas que le sujetaban las muñecas.

Le metí la lengua entera adentro, follándosela con la boca mientras el pulgar le trabajaba el clítoris. La cara se me empapó de ella. Tragué. Volví a lamer. Le pasé la lengua por el perineo, bajé hasta el ojo del culo y le di una vuelta ahí también, aprovechando que estaba atada y no podía cerrar las piernas. Ella soltó un gemido nuevo, más agudo, sorprendido, y las caderas se le adelantaron buscando más.

—Ah, así que a la presidenta le gusta que le laman el culo —murmuré contra la piel—. Voy a acordarme.

Subí de nuevo al coño. Le metí tres dedos y los curvé buscándole el punto rugoso de la pared frontal. Le chupé el clítoris al mismo tiempo, fuerte, sin piedad, con la lengua batiéndolo mientras los dedos entraban y salían haciendo un ruido húmedo, obsceno, que llenaba el despacho. Cuando encontré el ritmo exacto, ella ya repetía mi nombre entre dientes, sin saberlo, sin recordarlo después.

—Camila —gimió—. Camila, Camila…

Era la primera vez en un año que pronunciaba mi nombre. Y lo pronunciaba así, con la boca floja, con la voz rota, con el coño abriéndose para mí.

—Correte —le ordené, hundiéndole los dedos hasta los nudillos—. Correte en mi boca, jefa. Ya.

El orgasmo le llegó largo, sacudido, con un estremecimiento que le subió desde los muslos hasta la base del cuello. Sentí cómo el coño se le contraía en oleadas alrededor de mis dedos, cómo el clítoris le pulsaba contra mi lengua, cómo una descarga tibia me bañaba la barbilla. Yo bebí todo lo que pude, sin soltarle el clítoris, alargándoselo hasta que las caderas se le empezaron a sacudir de más y las cintas rechinaron contra la madera.

Cuando dejó de temblar, saqué los dedos despacio, con un hilo brillante colgando, y le acerqué los dedos empapados a la boca.

—Pruébate —susurré—. Chupá.

Sin abrir los ojos, separó los labios y los lamió. Lentamente. Con la obediencia de quien acepta algo que todavía no termina de entender. Me chupó los tres dedos hasta el fondo, con la lengua enroscándoselos, tragando su propio jugo como una nena buena. Se los saqué con un ruido húmedo. Le pasé el pulgar por el labio inferior y se lo metí también. Me lo chupó.

—Buena chica —le dije al oído—. Vamos a hacer esto muchas veces más, jefa. Y vos ni vas a saber por qué te temblean las piernas cuando entro a tu despacho.

Le pasé una mano por el coño todavía palpitante, le hundí dos dedos una vez más, solo para sentírselo contraerse otra vez, y se los saqué brillantes. Se los pasé por los pezones, dejándoselos húmedos con su propia corrida.

***

Apagué los auriculares y las gafas. Recogí todo con una serenidad que a mí misma me sorprendió. Le abroché la blusa, le bajé la falda, le acomodé el pelo lo mejor que pude. Guardé los restos del algodón blanco en mi bolso, no como trofeo, sino como recordatorio. Le solté las muñecas, los tobillos, retiré las cintas y las metí en la maleta junto con el resto.

Me senté en la silla del otro lado del escritorio, con una tira de aspirinas en una mano y una botella de agua sin abrir en la otra. Y esperé.

—Cuando despiertes, no recordarás nada —le dije en voz baja, repitiéndoselo una última vez al oído—. Pero tu cuerpo sí. Y a partir de hoy, cuando yo te diga «buena tarde, jefa», tu coño va a recordar lo que pasó aquí.

Le toqué el hombro.

—Renata.

Se incorporó de golpe, como quien sale a la superficie de un sueño profundo. Pestañeó dos veces. Miró a su alrededor, desorientada, con una mano en la frente y la otra apretándose el muslo por debajo de la mesa, como si le doliera algo que no ubicaba bien.

—¿Qué hora es?

—Las cinco menos diez. Te quedaste dormida sobre los papeles. Me pediste una aspirina hace un rato.

—¿Sí?

—Sí, jefa.

Le tendí el blíster y la botella. Las tomó sin verme bien todavía. Bebió un trago largo de agua. Se pasó los dedos por la nuca, por las muñecas, como buscando algo que no encontraba del todo. Cruzó las piernas bajo el escritorio y las volvió a descruzar, incómoda, con la cara un poco más colorada de lo normal.

—Cancela el resto del día —dijo con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Me voy a casa.

—Por supuesto.

Recogió el bolso, se acomodó la falda con un gesto rápido —y se detuvo un segundo con la mano ahí, como si sintiera de más la humedad entre las piernas—, y caminó hacia la puerta. En el umbral, sin girarse, se detuvo otra vez. Solo un segundo. Como si algo le rondara la memoria y no terminara de asomarse del todo a la superficie.

—Camila —dijo, todavía de espaldas.

—¿Sí, jefa?

Hubo una pausa larga. La nuca tensa, la mano apoyada en el marco, los muslos apretados uno contra el otro debajo de la falda.

—Buena tarde —murmuró.

Y se fue.

Yo me quedé en su despacho, con el pulso golpeándome la garganta y el sabor de ella todavía en la boca. Saqué del bolso los restos blancos del algodón, los acerqué a la nariz y respiré despacio. Olía a ella, a perfume caro y a coño mojado, a algo más que era solo mío.

Mañana también iba a haber café de las cuatro. Y al día siguiente. Y al siguiente. Y un día, cuando yo le susurrara «buena tarde, jefa» con la puerta cerrada, su coño iba a recordar antes que su cabeza, se le iba a mojar la ropa interior en medio de una reunión, y los papeles del escritorio se quedarían sin leer mientras ella se abría de piernas encima de la madera para que yo se la comiera de nuevo.

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Comentarios(9)

Ana_lectora

Increible relato, me dejo sin palabras. Sigue subiendo mas asi!!

vane_mtz

Por favor necesito una segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues jaja

SilviaNorte

Me encanto la tension que se va construyendo desde el principio. Se siente muy real, muy bien narrado.

Roxana_Guemes

Esto me recordo a una situacion parecida que viví en mi trabajo, solo que no tuvo el mismo final jajaja. Muy bueno!!

MartinaK

Excelente! Las historias de tension en el trabajo son las mejores. No pares de escribir.

LauraMCba

Me lo leí dos veces seguidas, que buen relato. La dinamica entre las dos esta muy lograda, se nota que escribis con detalle.

carlitos_mdq

Muy bueno, aunque se hizo cortito... merece continuacion si o si

Juanmedina

Buenisimo!! el detalle del cafe es muy bien pensado, te engancha desde el primer parrafo. Esperando el proximo

DaniloBCN

jajaja el cafe... que detallito mas inocente con doble sentido. Me rei y me gusto al mismo tiempo

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