Me obsesioné con otra mujer en el gimnasio
Carla iba al gimnasio todos los días, religiosamente, a su clase de spinning. Tenía un cuerpo que llamaba la atención sin proponérselo: menuda, de piel muy blanca, pelo rubio y unos ojos azules tan grandes que parecía una muñeca. Cintura estrecha, caderas marcadas, ese porte de quien está acostumbrada a que la miren y no al revés.
Y, sin embargo, era ella la que no podía dejar de mirar.
El objeto de su atención se llamaba Daniela. Iba al mismo gimnasio a la misma hora, pero no a spinning: ella se quedaba en las máquinas, con la espalda recta y la concentración de quien lleva años entrenando. Piel trigueña, cabello negro y liso recogido en una cola alta, una mirada oscura y achinada que parecía retar a cualquiera que se le cruzara. Tenía las caderas anchas y un cuerpo trabajado hora tras hora, sesión tras sesión.
Carla tenía novio desde hacía años. Nunca había estado con una mujer, nunca lo había pensado siquiera. Era heterosexual y lo daba por hecho, como se da por hecho el color del cielo. Por eso al principio ni se cuestionó por qué seguía a Daniela con los ojos por toda la sala, por qué se quedaba más tiempo del necesario estirando cerca de las máquinas, por qué le gustaba tanto verla cuando terminaba, con la camiseta pegada al cuerpo y esos parches de sudor extendiéndose por su espalda.
La miraba con inocencia, se decía a sí misma. Sólo la admiraba.
Hasta que una tarde, recién llegada del gimnasio, se metió a la ducha y se descubrió acariciándose. Y lo primero que apareció en su cabeza, sin que ella lo invitara, fue la imagen de Daniela sudada, con la respiración agitada, después de una serie de pesas. Se quedó quieta un segundo, sorprendida de sí misma. ¿Por qué estoy pensando en ella?
No se detuvo. Dejó que el pensamiento corriera y terminó con la frente apoyada en los azulejos, temblando.
Después de aquella vez, ya no pudo fingir. Se sorprendía recorriéndola de arriba abajo con la mirada y notando cómo se le aceleraba el pulso. Comprendió, primero con vergüenza y luego con una calma extraña, que le gustaba esa mujer. Que llevaba semanas deseándola sin atreverse a nombrarlo.
Al principio se resistió a la idea. Pero después de masturbarse pensando en ella más veces de las que quería admitir, dejó de pelear. Empezó a esperar el momento de verla. Le gustaba sobre todo cuando hacía los ejercicios que la obligaban a abrir las piernas, o cuando se inclinaba sobre la barra y todo su cuerpo quedaba en tensión.
***
Una tarde, mientras la observaba más fijo de lo prudente, Daniela levantó la vista de golpe y sus miradas chocaron. Carla sintió que se le subían los colores. Pero Daniela, en lugar de incomodarse, le sonrió.
Y esa sonrisa fue toda la valentía que Carla necesitó.
Se acercó con cualquier excusa, una de esas charlas de gimnasio que no significan nada y a veces lo significan todo. Le dijo que admiraba su disciplina, que se notaba el trabajo que había detrás de ese cuerpo. Daniela le devolvió el cumplido y, casi de pasada, le confesó que ella también la había notado, que la veía llegar puntual a su clase cada día. A Carla se le encendió algo en el pecho. También se fijó en mí.
Desde entonces se hicieron amigas. Conversaban al terminar de entrenar, salían juntas a comer algo, se escribían tonterías por las noches. Y la obsesión de Carla, lejos de calmarse con la cercanía, crecía. Estaba cansada de conformarse con su imaginación. La quería de verdad, y la quería justo así, recién salida del gimnasio, con la piel salada y el cuerpo agotado.
Lo que no sabía era que Daniela cargaba exactamente con el mismo secreto. La deseaba desde el primer día, pero era más reservada y le aterraba el rechazo. También ella se conformaba con pensarla a solas, segura de que aquello no iría a ninguna parte.
***
Una tarde, Daniela la invitó a su departamento al salir del gimnasio. Carla aceptó al instante, y por la cabeza de las dos pasó la misma idea, aunque ninguna se atrevió a decirla en voz alta.
Carla llegó decidida. Esta vez no iba a esperar a que el momento se le escapara entre las manos. Daniela, por su parte, había trazado un plan más sutil: provocarla, dejar que el deseo hiciera el trabajo.
Se sentaron en la cama de Daniela, todavía con la ropa de entrenamiento puesta, ella aún brillante de sudor, tal como a Carla la enloquecía. Conversaban de cualquier cosa, pero Carla apenas escuchaba; estaba demasiado ocupada calculando su siguiente movimiento. ¿Confesarle de frente lo que quería? ¿Besarla sin más? No tenía ni idea de cómo se hacía esto con una mujer.
El plan de Daniela fue más eficaz. Se levantó y le dijo que esperara unos minutos, que se daba una ducha rápida. Pero en lugar de cerrar la puerta del baño, se desvistió justo en el umbral, despacio, de espaldas a ella, y dejó la puerta abierta de par en par.
Era una invitación. Carla la entendió perfectamente.
No le dio tiempo a abrir el agua. Se quitó la ropa con manos torpes y entró en silencio, deslizándose hasta colocarse detrás de ella. Le puso las manos sobre los hombros y Daniela dejó escapar un suspiro; aunque era justo lo que esperaba, el roce la tomó por sorpresa. Se giró despacio. Se quedaron mirándose un instante, a centímetros una de la otra, y entonces se besaron, con todas las ganas acumuladas durante semanas saliendo de golpe.
—No te imaginas las ganas que tenía de tenerte así —confesó Carla contra su boca.
—Y tú no te imaginas las que tenía yo —respondió Daniela.
—No te bañes todavía —pidió Carla—. Llevo demasiado tiempo queriendo recorrerte la espalda con la lengua.
***
La tomó de la mano y la llevó de vuelta a la cama. La acostó boca abajo y empezó por el cuello, dejando que la lengua bajara despacio. El sabor salado de la piel mojada de Daniela era exactamente lo que había imaginado tantas noches. Recorrió cada vértebra sin prisa, saboreando, hasta llegar a la curva de la cintura y más abajo todavía. Nunca lo había hecho con nadie, jamás se le había antojado, pero con ella era una necesidad que no podía explicar.
Cuando sació esa parte de su fantasía, la giró y la besó. Daniela sintió en esa boca el sabor de su propio sudor y se estremeció. Nadie la había deseado así, hasta el punto de querer probar cada centímetro de su cuerpo. Se sintió, por primera vez en mucho tiempo, verdaderamente deseada.
Entonces fue su turno. Daniela la empujó con suavidad hasta dejarla boca arriba y empezó a devolverle cada gesto. El cuello, los hombros, los pechos pequeños y firmes que respondieron de inmediato bajo su lengua. Carla gimió por lo bajo, sorprendida de la intensidad. La mano de Daniela bajó hasta el centro de sus piernas y la encontró ya empapada.
—Tranquila —murmuró Daniela—. No tenemos ninguna prisa.
Y se tomó su tiempo. La acarició despacio, deteniéndose justo antes de que el placer se volviera demasiado, retrocediendo, volviendo a empezar. Bajó con la lengua por el vientre, rozó el interior de los muslos sin tocar donde Carla más lo necesitaba, le dio pequeños mordiscos que la hacían arquear la espalda. Carla empujaba las caderas hacia arriba, buscándola, suplicando sin palabras.
Cuando por fin Daniela puso la boca donde debía, Carla creyó que se desmayaba. Se aferró a las sábanas, apretó los dedos de los pies, mordió la almohada para no gritar. Daniela la sostuvo al borde un rato largo, deleitándose con sus reacciones, hasta que la penetró con los dedos al mismo tiempo que la succionaba. Carla no aguantó más.
—Me vas a matar —jadeó, retorciéndose de pies a cabeza.
—Para que veas lo que provocas —respondió Daniela, sonriendo.
***
Carla se quedó unos segundos sin aire, con el corazón desbocado. Pero no pensaba quedarse en deuda.
—Ahora vas a ver de lo que soy capaz —le dijo, recuperando el aliento.
—Me muero de ganas —contestó Daniela—. No sabes la de veces que me imaginé tu lengua recorriéndome entera.
—Me lo imagino —admitió Carla—, porque yo hice lo mismo pensando en ti más noches de las que voy a confesar.
Carla había prestado atención. Repitió cada cosa que le habían hecho, como una alumna aplicada: el cuello, los pechos, los mordiscos en los muslos. Pero añadió algo propio. Cuando llegó a sus pies, los besó uno a uno, recorriendo cada dedo con la lengua. Daniela se estremeció; ni en sus fantasías más atrevidas se le había ocurrido aquello, y la tomó completamente por sorpresa. Se derritió.
—No me esperaba lo de los pies —dijo entre suspiros—. Me encantó.
Carla subió despacio por las piernas, demorándose en los muslos, hasta llegar al fin donde Daniela la esperaba. La probó con curiosidad primero, luego con hambre, hasta que sintió cómo el cuerpo de su amiga empezaba a temblar. Pero, igual que había aprendido, se detuvo justo a tiempo, le robó un beso y la dejó al borde.
—¿De verdad creías que te iba a dejar terminar tan rápido? —le susurró.
Daniela se rió, derrotada y encantada a la vez. Su amiga había aprendido demasiado bien la lección. Carla la hizo esperar, alternando los dedos y la boca, llevándola y trayéndola del límite, hasta que Daniela ya no pudo más y se vino con pequeños gritos ahogados, retorciéndose contra ella.
—Qué orgasmo me hiciste tener —murmuró cuando recuperó la voz.
—Te dije que ibas a ver —contestó Carla, orgullosa.
***
No terminó ahí. Daniela la empujó suavemente sobre el colchón y se colocó sobre ella, cada una con la boca en el centro de la otra, dándose placer al mismo tiempo. Los gemidos se mezclaban, los cuerpos se movían al unísono, buscando el ritmo común. Daniela fue la primera en ceder, pero no se apartó: siguió hasta arrastrar a Carla con ella.
Después se quedaron quietas un momento, enredadas y sin aliento, hasta que Daniela cruzó una pierna entre las de Carla y juntó sus cuerpos, moviéndose despacio. La besó sin dejar de mecerse, y Carla la siguió casi por instinto, las manos clavadas en sus caderas, atrayéndola más. El roce las llevó otra vez al borde y otra vez cayeron juntas, una contra la otra.
—¿Te gusta que te toquen por detrás? —preguntó Carla, todavía agitada.
—Sí —contestó Daniela, mordiéndose el labio—. ¿Quieres?
—Quiero hacerte de todo —respondió.
La puso al borde de la cama y se arrodilló frente a ella. Mientras la acariciaba con una mano, la recorrió con la lengua por detrás, despacio, en círculos, sintiendo cómo el cuerpo de Daniela se tensaba y se relajaba al mismo tiempo. Con la humedad que ella misma provocaba, la penetró suavemente, primero un dedo, después otro, sin dejar de atender el resto. Daniela empujaba contra su mano, ya sin reservas, hasta que se vino una vez más, esta vez con una intensidad que la dejó floja sobre el colchón.
Cuando le tocó el turno a Carla, Daniela le devolvió cada caricia con la misma paciencia. La conocía ya, sabía dónde tocar, cuándo detenerse, cómo hacerla esperar. Carla, que jamás se había imaginado entregándose así a otra mujer, descubrió que no quería estar en ningún otro lugar.
***
—¿Te dejarías hacer una cosa más? —preguntó Daniela al rato, con una media sonrisa.
—Ya te dejé hacer de todo —rió Carla.
—No me refiero a los dedos.
Daniela sacó del cajón un arnés de doble extremo, de esos que dan placer a las dos al mismo tiempo. A Carla la idea le pareció perfecta. Se acomodó boca arriba en el borde de la cama y abrió las piernas. Daniela se colocó frente a ella, acomodó el suyo y empezó a moverse con la cadera, despacio al principio, ganando ritmo conforme las dos se acostumbraban. Pronto las dos gemían a la vez; era evidente que Daniela también lo sentía, porque cada empujón era más firme que el anterior.
—Date la vuelta —le pidió.
Carla obedeció y se puso a cuatro patas. Daniela la tomó de las caderas y la embistió con ganas. A Carla siempre le había gustado así, sin delicadezas, y se entregó por completo a la sensación de ser tomada por otra mujer, algo que jamás habría imaginado posible. Le bastaron pocas embestidas para venirse de nuevo, con la cara hundida en las sábanas.
Daniela no se detuvo hasta alcanzarla, y terminó dentro de ella con un gemido largo.
—Me encantó así —confesó Carla cuando recuperó el aliento—. Nunca pensé que otra mujer pudiera hacerme sentir esto.
—No te imaginas cómo me dejaste a mí —respondió Daniela, acariciándole la espalda todavía húmeda—. Te veías demasiado bien en esa posición.
Exhaustas, se acostaron desnudas, una junto a la otra, las piernas enredadas. Antes de quedarse dormidas se dieron un último beso, lento, sin urgencia, el primero de muchos. El gimnasio, a partir de ese día, nunca volvió a ser sólo el gimnasio.