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Relatos Ardientes

Renata me devolvió el cuerpo esa madrugada

La fiebre la había dejado al borde de los párpados. Valeria respiraba despacio, hundida en sábanas que olían a Renata, y todavía no podía decir si llevaba allí dos horas o dos días. La ventana del cuarto enmarcaba un cielo color carbón. Llovía. Siempre llovía cuando el mundo se le caía encima.

Había llegado al edificio caminando bajo la tormenta, con la noticia del funeral todavía pegada al oído y una sensación de manos extrañas en la cintura. No quería pensar en eso. No quería recordar al doctor Cárdenas inclinándose sobre ella en el pasillo del hospital, con esa sonrisa de quien sabe demasiado. Cuando Sofía le abrió la puerta del lobby, Valeria apenas alcanzó a pronunciar su nombre antes de desplomarse.

—Estás a salvo —oía ahora, lejos, sin distinguir si era una voz de verdad o un eco de la fiebre.

Abrió los ojos con esfuerzo. La luz tenue venía de una lámpara con pantalla beige. Sofía estaba sentada en el borde de la cama, con el cabello recogido en una trenza floja, pasándole un paño húmedo por la frente. No era Renata. No todavía.

—¿Dónde está? —preguntó Valeria, y la garganta le ardió como si llevara un mes sin tragar nada que no fuera ceniza.

—Salió a un trámite. Vuelve en una hora —Sofía sonrió, y esa sonrisa fue lo único cálido en todo el cuarto—. Mientras tanto te quedas conmigo. ¿Tienes sed?

Valeria asintió. Sofía le acercó un vaso a los labios. Bebió a sorbos pequeños. El agua le bajó por la garganta como un cuchillo y, al mismo tiempo, le devolvió una parte del cuerpo que creía perdida.

—¿Cuánto llevo aquí?

—Una noche entera. Renata te cargó hasta el ascensor. Tenías casi cuarenta de fiebre. Decías cosas raras mientras dormías.

—¿Qué cosas?

Sofía la miró un instante de más antes de responder.

—Pedías que no te tocara nadie.

Valeria cerró los ojos. La imagen del doctor Cárdenas regresó como un golpe seco: la barbilla sujeta con la mano enguantada, el aliento a tabaco, el beso robado en el pasillo del hospital antes de que pudiera entender que le acababan de decir que su madre estaba muerta. No se lo había contado a nadie. No pensaba hacerlo. Pero su cuerpo había hablado por ella en sueños.

—No se lo digas a Renata —murmuró.

—No es a mí a quien le toca contarlo.

***

Renata llegó antes de lo previsto. Valeria oyó la puerta del departamento, los pasos firmes por el pasillo, el roce de la chaqueta al colgarse en el perchero. Cada sonido la fue armando por dentro, pieza por pieza, como si su novia trajera el cuerpo de Valeria en los bolsillos y se lo estuviera devolviendo de a poco.

Cuando Renata entró en el cuarto, lo hizo sin prisa. Llevaba el uniforme oscuro de su unidad, con la camisa desabotonada en el cuello y el pelo lacio cayéndole sobre los hombros. Tenía esa manera de mirar que no preguntaba nada y lo entendía todo. Se sentó en el borde de la cama, en el sitio que acababa de dejar Sofía, y le tomó la mano con cuidado, como quien levanta una cosa de cristal.

—Hola.

—Hola —respondió Valeria, y se le quebró la voz en esa única sílaba.

—No tienes que hablar. Solo respira.

Valeria intentó hacerlo. Inhaló por la nariz, exhaló por la boca. El aire le supo a la colonia de Renata, a algo cítrico, a una madera tibia. Le costó no llorar. La culpa le pesaba más que la fiebre.

—Pensé que ya no ibas a querer verme.

Renata se inclinó hacia ella y le besó la frente. Despacio. Como si le pidiera permiso. Después le rozó la sien con los labios, y luego la mejilla, y al fin la comisura de la boca. Cuando llegó a sus labios, Valeria los entreabrió, y el beso fue apenas un soplo, una promesa de que estaba ahí.

—Renata…

—Aquí estoy. No me voy a ir.

—Hay cosas que no te he contado.

—Las escucharé cuando puedas decirlas. Y si no puedes, también está bien.

Valeria sintió un quiebre dentro. Quiso confesarlo todo: el doctor, el beso forzado, la cobardía de no haberlo apartado a tiempo. Pero las palabras se le hicieron piedra. En cambio, le tomó la mano a Renata y la apretó contra su pecho, justo encima del corazón, para que sintiera lo desbocado que latía allí dentro.

—Quédate.

—No pensaba hacer otra cosa.

***

Pasaron las horas. Sofía se despidió en algún momento, con esa discreción suya que dejaba el aire más limpio. Cuando se quedaron solas, Renata se quitó las botas, después la camisa del uniforme, y se metió bajo las sábanas con una camiseta blanca y los pantalones del pijama que había sacado del cajón a oscuras. No la presionó. No le dijo nada. Solo se acomodó detrás de Valeria, le pasó un brazo por la cintura y dejó la palma quieta sobre su vientre.

Esa quietud fue lo que la deshizo.

Valeria llevaba meses sin sentirse así, con la espalda contra otro cuerpo, con el aliento de alguien marcándole el ritmo de la nuca. La fiebre había bajado lo suficiente para que su piel ya no ardiera, pero todavía estaba sensible, despierta, capaz de notar el más pequeño cambio en la presión de los dedos. Cuando Renata respiró un poco más hondo, Valeria sintió la curva de sus tetas contra el omóplato, los pezones marcándose duros a través de la camiseta blanca, y se le erizó la nuca.

—¿Estás incómoda? —preguntó Renata.

—No. Al contrario.

—Dilo entonces.

Valeria se giró bajo el brazo que la sostenía. Quedaron frente a frente, con la nariz casi tocándose, y la lámpara dejando a Renata media cara en sombra. Le pasó un dedo por el pómulo, por el contorno de la mandíbula, por la pequeña cicatriz que llevaba bajo el labio inferior desde un accidente del que nunca le había querido contar.

—Quiero que me hagas tuya de nuevo. Quiero que me folles hasta que no me acuerde de ninguna otra mano.

—¿Estás segura?

—Necesito recordar quién me toca cuando la que me toca eres tú. Necesito tu boca, tus dedos, tu lengua. Todo.

Renata la miró un instante largo, midiendo si la fiebre hablaba por ella o si era de verdad. Después le besó la boca, esta vez con más decisión, metiéndole la lengua despacio, buscándole la suya, y Valeria sintió que algo dentro suyo se desbloqueaba como una puerta que llevaba demasiado tiempo trabada. Le mordió el labio inferior, se lo chupó, se lo soltó. Valeria gimió bajo, un sonido ronco que le raspó la garganta seca.

El beso fue lento al principio. Renata sabía. Sabía que Valeria todavía tenía el cuerpo cansado, que cualquier movimiento brusco podría hacerla recordar otras manos. Le besó los labios, después la curva del cuello, después la clavícula, sin apartar nunca la palma de su vientre. Cada caricia era una orden suave. Olvídate de lo demás. Solo estoy yo aquí.

—Levanta los brazos —le pidió Renata.

Valeria obedeció. La camiseta amplia que Sofía le había puesto antes de que despertara salió de un solo movimiento. Quedó desnuda hasta la cintura, con los pezones tensándose por el contraste con el aire fresco del cuarto, dos puntas duras y oscuras que pedían boca. Renata se apoyó en un codo para mirarla, y Valeria casi se cubrió por instinto. No por pudor. Por culpa.

—No te escondas.

—Tengo miedo de que veas algo distinto.

—Lo único que veo es a ti. Igual de hermosa. Igual de mía. Y te voy a comer entera hasta que me lo creas.

Renata bajó la cabeza y le tomó un pezón entre los labios. Lo rodeó con la lengua, primero en círculos anchos, después más cerrados, hasta chupárselo entero. Valeria arqueó la espalda y le clavó los dedos en la nuca para pegársela más. Renata pasó al otro pezón, y esta vez sí mordió, apenas, lo suficiente para arrancarle un jadeo. Le chupó los pechos uno a uno, se los llenó de saliva, se los mordisqueó por los costados, le pasó la lengua por el hueco entre las tetas. Valeria suspiró, y ese suspiro fue el primer sonido limpio que salía de su garganta en muchas horas.

—Así —murmuró—. Chúpamelas así.

—Están duras para mí. Se me ponen así cada vez que las miro.

La mano de Renata bajó por su costado, le acarició la cadera, le rodeó la cintura por debajo de la sábana. Cada caricia parecía dibujar de nuevo el contorno de un cuerpo que la fiebre había hecho extraño. Le agarró una teta entera con la palma, se la apretó, se la amasó, mientras seguía chupándole la otra. Valeria sentía el calor bajándole al vientre, mojándole el short, humedeciéndole el coño de un modo que ya no podía disimular.

—Te extrañé —susurró Valeria.

—Yo también. Cada noche. Cada noche me tocaba pensando en ti.

—¿Te tocabas?

—Me metía dos dedos y me acordaba de tu boca. Y me corría llamándote sin hacer ruido.

Valeria gimió con esa confesión más que con la mano que le bajaba. Cuando los dedos de Renata se deslizaron por debajo del elástico del short, contuvo el aliento. No porque tuviera dudas, sino porque el contraste era brutal: aquellos dedos largos, conocidos, expertos, dibujándole una caricia en la cara interna del muslo, después un poco más arriba, y por fin abriéndole los labios del coño con una delicadeza que le hizo temblar las rodillas. Estaba empapada. La fiebre y el deseo no se distinguían en ese instante. Renata pasó el dedo del medio por toda la ranura, de abajo hacia arriba, recogiendo el flujo, y se lo llevó a la boca.

—Estás chorreando —dijo, y volvió a bajar la mano—. Estás así por mí, ¿verdad?

—Por ti. Solo por ti.

—Dilo. Dime qué quieres.

—Quiero que me la metas. Quiero tus dedos adentro. Quiero tu lengua en el clítoris. Quiero correrme en tu boca hasta que me duela.

—Despacio —pidió Valeria, no porque le doliera, sino porque quería estirar cada segundo.

—Todo el tiempo del mundo. Te voy a hacer llorar de placer sin apurarme.

Renata dibujó un círculo lento sobre su clítoris, con la yema del dedo del medio, resbalando en la humedad. Valeria arqueó la espalda contra la almohada. Era una caricia que conocía de memoria, la misma que su novia le hacía después de meses de noviazgo, la que sabía cuándo presionar y cuándo aliviar la presión. Renata alternaba: dos círculos suaves, uno más firme, otra vuelta al círculo suave, después un roce a lo largo con dos dedos abiertos que le pellizcaban el capuchón. Valeria cerró los ojos. Por primera vez desde la noticia del hospital, su cuerpo no estaba en otro sitio. Estaba ahí. En esa cama. En esos dedos.

—Mírame —murmuró Renata—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te está tocando.

Valeria abrió los ojos. Renata estaba inclinada sobre ella, con los labios entreabiertos y los ojos oscuros. Se besaron mientras los dedos seguían moviéndose, y sintió que algo se le acomodaba en el pecho, una pieza que llevaba semanas torcida. Renata le metió un dedo, hasta el nudillo, despacio, dejando que el coño se lo tragara solo. Después salió, volvió a entrar, salió otra vez, resbalando en la humedad. Valeria abrió las piernas más, se las abrió cuanto pudo, para dejarle todo el espacio.

—No pares —pidió contra su boca.

—No tengo intención. Voy a bajarte a chuparte el coño y no me voy a levantar hasta que te corras dos veces.

Renata le arrancó el short de un tirón, junto con la bombacha, y las tiró al piso. Se deslizó hacia abajo. Le besó el vientre, el hueso de la cadera, la cara interna del muslo. Le mordió la piel blanda de la ingle, dejó una marca rosada. Después le abrió las piernas con las dos manos, se las levantó por los tobillos y se las apoyó en los hombros. Valeria quedó abierta, expuesta, con el coño brillante bajo la luz beige de la lámpara.

—Qué lindo lo tienes —murmuró Renata, y sopló apenas sobre el clítoris antes de bajar la boca.

Cuando posó la lengua entre sus piernas, Valeria soltó un quejido bajo, casi un sollozo. Renata empezó por los bordes, lamiéndole los labios exteriores, chupándoselos de a uno, después separándolos con la lengua y metiéndose adentro. Le pasó la lengua plana por toda la ranura, larga y lenta, de abajo hacia arriba, hasta rematar en el clítoris con un beso húmedo y sonoro. Valeria gimió sin poder callarse.

—Renata… Renata…

—Aquí estoy. Aquí estoy comiéndote todo.

La lengua de Renata era paciente, generosa, como si estuviera tratando de devolverle todo lo que el mundo le había arrancado en las últimas semanas. Le hizo círculos en el clítoris con la punta, después se lo chupó entero metiéndoselo entre los labios, después se lo soltó y le clavó la lengua adentro, follándola con la boca. Valeria le agarró la cabeza con las dos manos, se la pegó contra el coño, le enredó los dedos en el pelo. Sintió las lágrimas en las pestañas. Esta vez no eran de dolor.

—Así, así, no pares, por Dios, no pares…

—Mmm.

El gemido de Renata contra su carne le vibró por dentro. Los dedos volvieron a entrar despacio, dos esta vez, buscándole el punto de adelante con las yemas curvadas mientras la lengua seguía dibujando círculos sobre el clítoris. Valeria empezó a moverse contra su cara, a mecerle la pelvis en la boca, a follársela sin pensar en nada más. Renata metió y sacó los dedos con un ritmo firme, húmedo, chapoteante, y el ruido de eso llenó el cuarto: la respiración cortada de Valeria, el chasquido de los dedos entrando en el coño empapado, la boca de Renata chupando sin parar.

—Me voy a correr —jadeó Valeria—. Renata, me voy a correr en tu boca…

—Córrete. Córrete toda encima.

Valeria perdió la noción del tiempo. La fiebre y el placer se confundían, pero ya no era la confusión de antes: ahora era una confusión buena, una que la pegaba a la realidad en lugar de despegarla. Su cuerpo se tensó, las piernas le temblaron, se cerraron en la nuca de Renata, y un orgasmo largo la atravesó como una respiración profunda después de mucho aire contenido. Se corrió con un gemido ronco, mojándole la boca, apretándole los dedos por dentro con espasmos que no podía controlar. Renata no se apartó. Siguió lamiéndola, más despacio ahora, bajando el ritmo, chupándole el clítoris con suavidad para estirar el temblor hasta la última contracción.

—No te levantes —le pidió Valeria con la voz quebrada—. Dijiste dos.

—Dije dos.

Renata sacó los dedos, se los chupó uno a uno mirándola a los ojos, y volvió a bajar la boca. Esta vez Valeria estaba tan sensible que el primer roce de la lengua la hizo saltar. Renata la aguantó por las caderas, se la sostuvo firme contra el colchón, y empezó de nuevo, más despacio, más profundo. Le metió tres dedos ahora, hasta el fondo, y le buscó ese punto que la hacía perder el juicio. Valeria estaba temblando entera, con los pezones duros al aire, la piel erizada, la boca abierta buscando aire.

—No aguanto, no aguanto…

—Sí aguantas. Vas a aguantar y te vas a correr otra vez para mí.

Los dedos de Renata la abrieron, la llenaron, la follaron con un ritmo que no le daba tregua. La lengua se quedó pegada al clítoris, lamiendo rápido, sin parar, un temblor constante. Valeria sintió que el segundo orgasmo se armaba desde más adentro, desde el vientre, desde un lugar que no había abierto en mucho tiempo. Cuando llegó, la partió en dos. Gritó contra la almohada, agarrada al pelo de Renata, con el coño apretándole los dedos con contracciones que le duraron una eternidad. Se corrió con tanta fuerza que se derramó, mojándole la mano, mojándole la barbilla, mojando la sábana debajo.

—Dios mío. Dios mío.

Renata subió despacio, con los labios brillantes, la barbilla mojada. Le besó el ombligo, los pechos, el cuello. Le pasó la lengua por un pezón antes de seguir. Cuando llegó a la boca, Valeria la abrazó con todas las fuerzas que le quedaban y le pegó la frente a la frente. La besó sin importarle el sabor a sí misma; al contrario, se lo buscó, le chupó la lengua, se limpió su propio flujo de la boca de su novia. Le devolvía el beso, le devolvía el sabor de sí misma, le devolvía la sensación de pertenecer a alguien.

—Ahora te toca a ti —murmuró Valeria contra su boca, con la mano ya bajando por el vientre de Renata, metiéndose bajo el pantalón del pijama—. Estás empapada.

—Por ti. Toda la noche por ti.

Valeria le encontró el coño con los dedos y no lo soltó. Se lo abrió, le buscó el clítoris hinchado, se lo circuló con la yema. Renata cerró los ojos y apoyó la frente en su hombro. Valeria le metió dos dedos de una vez, sin preguntar, porque sabía que Renata así lo pedía cuando estaba tan mojada. Le mordió el cuello mientras se los sacaba y se los volvía a meter, escuchándole el jadeo caliente en el oído.

—Así —jadeó Renata—. Sigue así, no pares…

Valeria le dobló los dedos hacia adelante, le buscó el punto, y la sintió temblar entera. Renata era rápida cuando estaba tan encendida. Le duró apenas un par de minutos antes de morderle el hombro para no gritar y correrse en su mano con un espasmo largo, apretándole los dedos por dentro. Valeria no los sacó hasta que sintió que el último latido se apagaba.

—Te amo —dijo, con los dedos todavía adentro.

—Y yo a ti. —Renata le besó la boca con la respiración cortada—. Tengo que contarte algo.

—Mañana.

—Pero…

—Mañana. Esta noche solamente quédate.

Y Valeria se quedó. Hundida en sus brazos, con el sudor frío de la fiebre cedida mezclado con el sudor tibio del sexo, con la respiración acompasada a la de Renata, con la sábana mojada bajo la cadera y sin ganas de moverse a cambiarla. Por primera vez en muchas noches no soñó con el doctor, ni con su madre cayendo de rodillas, ni con sirenas en una ciudad desierta. Soñó con el sabor a cítrico de la colonia de su novia, con el dibujo de su clavícula a contraluz, con la promesa de un mañana. Y aunque por dentro todavía guardaba un secreto que iba a tener que decir, supo que esta vez, si se rompía, no se iba a romper sola.

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Comentarios(8)

Sofi_lectora

Hermoso relato, me llegó al corazón de verdad. Hacía tiempo que no leía algo tan bien escrito por acá.

Alondra_M

Se hizo cortisimo!!! Espero que haya mas, quedé con ganas de seguir leyendo

CeciliaRos

Me recordó algo que viví hace años. Increible como transmitis tanto sin necesitar decir demasiado.

Roxana_pba

Esto es literatura, no solo un relato erotico. Muy bueno!!

Lectora_Mza

La primera oración ya me atrapó y no solté hasta el final. Gracias por escribir asi, hace falta mas de esto acá.

NoraCba21

¿Vas a escribir una segunda parte? por favor que sí jaja, quedé muy enganchada

Kira_noche

Relato genail, se siente muy real. Seguí subiendo!

ValeMariano77

Me gustó muchísimo como manejaste la emoción. Sin apuro, sin vulgaridad. Un saludo

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