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Relatos Ardientes

Mi compañera de facultad me tocó en el metro lleno

Eran las dos de la tarde cuando salí de la facultad de arquitectura, después de la última clase de la mañana. Como casi todos los días, Tomás me esperaba en la puerta para bajar juntos hasta la estación de Universidad y volver a casa en metro. Lo conocía desde la adolescencia, de la pandilla del barrio. Durante un par de veranos estuve enamorada de él como una tonta, pero nunca me hizo el menor caso, así que aquello se apagó solo y nos quedamos como buenos amigos. De hecho fue él quien me empujó a estudiar arquitectura cuando yo todavía dudaba entre mil cosas.

Ese día no estaba solo. A su lado había una chica que no conocía, y me la presentó como si fuera la cosa más natural del mundo.

—Ella es Yamila, va conmigo a clase —dijo—. Vive cerca de tu casa, por cierto.

Yamila era una mulata de piel color canela, muy guapa, de estatura media, más o menos como yo, quizá un poco más alta. Llevaba el pelo recogido en un moño flojo del que se le escapaban algunos mechones, y tenía una forma de mirar tranquila, sin prisa, como si ya supiera algo que yo todavía ignoraba.

Nos saludamos con dos besos. Al juntar las mejillas me rozó casi en las comisuras de los labios, primero a un lado y luego al otro, y se demoró una fracción de segundo más de lo normal. Me quedé un poco cortada, sin saber si lo había hecho a propósito, pero ella siguió hablando como si nada y me preguntó en qué curso estaba.

—En cuarto —respondí—. Uno menos que vosotros.

—Se nota que vas adelantada —dijo, y sonrió de una manera que no supe cómo interpretar.

***

Bajamos hacia el andén y, como cada día a esa hora, la estación estaba hasta los topes. Todos los universitarios terminábamos las clases a la vez y nos abalanzábamos sobre los mismos trenes. Esperamos apretujados entre la gente, con los bolsos pegados al cuerpo y los cuerpos pegados a los cuerpos. No conseguimos entrar en el primer convoy y nos tocó aguardar al siguiente, cada vez más cerca del borde del andén, cada vez con más gente empujando por detrás.

Hacía un calor impropio de la estación del año, todavía veraniego, y todos íbamos ligeros de ropa. Yo llevaba una minifalda y una camiseta fina. Esa sensación de quedarte rodeada de desconocidos que te aplastan literalmente es asfixiante, pero una se acostumbra. Lo peor siempre es el olor: tanta gente junta, el sudor mezclado, el aire caliente que no corre. Una aprende a respirar por la boca y a pensar en otra cosa.

Cuando por fin llegó el tren y se abrieron las puertas, entramos de los primeros. Luego nos arrastró hacia dentro la riada de los que venían detrás, hasta que los últimos en subir se aplastaron contra los demás para que las puertas pudieran cerrarse. Quedé encajada entre cuerpos, sin sitio para girarme.

Yamila terminó pegada a mi costado y Tomás de frente a las dos, un poco más allá, sujeto a la barra. Sentí los muslos de ella contra mi cadera y su cara muy cerca de la mía. Olía bien, a algo dulce y limpio que, no sé cómo, amortiguaba todos los demás olores del vagón. Me concentré en ese aroma y, como por arte de magia, lo otro desapareció. La verdad es que me sentí a gusto teniéndola tan cerca, respirando lo que ella respiraba.

En la primera parada bajó algo de gente y la presión cedió un poco. Noté cómo dejaba de aplastarme el pecho contra el de Tomás, y solo entonces me di cuenta de que durante varios minutos lo había tenido apretado contra mí sin ser consciente. Lamenté no haberlo notado antes. Qué tonta, podría haberlo disfrutado. Yamila, en cambio, seguía pegada a mi lado aunque ya había espacio para separarse, y no se separó.

***

Dos estaciones más adelante, en Las Torres, Tomás se bajó. Resultó que él hacía transbordo allí y nosotras seguíamos hasta el final del trayecto, las dos solas, porque vivíamos en el mismo barrio sin habernos cruzado nunca.

—Hasta mañana —dijo él, abriéndose paso hacia la puerta—. Cuidaos.

En Las Torres el vagón volvió a llenarse de golpe, y otra vez quedamos aplastadas la una contra la otra. Yamila sacó del bolso dos caramelos de palo y me ofreció uno.

—¿De fresa? —preguntó.

—No, gracias —dije.

Ella se encogió de hombros, peló uno y se lo metió en la boca. Ahora la tenía un poco más a mi espalda que antes, y con los vaivenes del tren notaba cómo sus pechos se frotaban contra mí cada vez que el vagón frenaba o arrancaba. No me aparté. No habría podido aunque hubiera querido, y no quería.

Entonces sentí una mano en el muslo. Subía despacio por la parte delantera, por debajo del borde de la falda. Bajé la mirada todo lo que pude entre los cuerpos para ver de quién era, con el corazón disparado.

—No te preocupes —me susurró al oído, tan bajo que apenas la oí por encima del traqueteo—. Soy yo. Nadie puede ni moverse aquí.

Su aliento olía a fresa. Esto no está pasando. Pero estaba pasando, y yo no decía nada.

***

La mano siguió subiendo hasta el pubis y lo presionó por encima de la falda, con la palma entera, sin prisa. El calor me trepó por el cuello hasta la cara, y supe que me había puesto colorada, pero entre toda esa gente nadie miraba a nadie. Cada uno iba a lo suyo, con los ojos clavados en el móvil o perdidos en el vacío. Yamila notó que no la apartaba, que ni siquiera lo intentaba, y se atrevió a levantarme un poco más la minifalda para acariciarme por encima de las bragas.

Empecé a mover la cadera, apenas unos milímetros, lo justo para sentir mejor la presión de sus dedos. Ella entendió la respuesta. Apartó el borde de la tela hacia un lado y me tocó directamente, deslizando la yema sobre el clítoris en círculos lentos. Me mordí la cara interna de la mejilla para no hacer ningún ruido. Estaba petrificada por dónde estábamos, por la cantidad de cuerpos que nos rodeaban, y al mismo tiempo no recordaba la última vez que algo me había gustado tanto.

Deslizó el dedo más abajo, palpó la entrada y lo metió un instante, solo uno. Lo retiró enseguida y, con un movimiento que nadie habría podido ver, se lo llevó a la boca. Luego se sacó el caramelo sosteniéndolo por el palito, y su mano volvió a desaparecer hacia abajo entre nuestros cuerpos.

Sentí de nuevo algo en el pubis, pero esta vez no era su dedo. Era algo más grueso, más duro, redondeado, frío al principio y húmedo. Tardé un segundo en comprender que era el caramelo. Me lo pasó por el clítoris despacio, dibujando la misma figura redonda que había hecho con la yema, y el contraste de la superficie lisa contra la piel me arrancó un escalofrío que me recorrió entera. Me removí contra aquello, buscándolo, y lo noté resbalar hacia abajo otra vez.

***

Algo del tamaño de una canica entró en mí y empezó a subir y bajar por dentro, mientras la uña de un dedo me rozaba justo en el centro, en el punto exacto. No entendía cómo lograba hacer las dos cosas a la vez, encajada como estaba, sin apenas margen para mover el brazo. Solo sabía que el placer me subía en oleadas y que me costaba cada vez más respirar sin que se me notara.

La respiración se me agitó del todo. Ella debió de sentirlo en mi cuerpo, porque empezó a moverlo dentro con más frecuencia, entrando y saliendo, mientras seguía presionando arriba. Apreté los párpados y me clavé los dientes en el labio para tragarme cualquier sonido. El vagón frenaba, arrancaba, y cada sacudida empujaba un poco más sus dedos contra mí.

El orgasmo me alcanzó de golpe, en silencio, con todo el cuerpo rígido y la frente apoyada contra el hombro de un desconocido que ni se enteró. Apreté los muslos sin poder evitarlo. Cuando empecé a aflojarme, todavía temblando, la canica volvió a pasearse por el clítoris haciendo giros lentos, alargando el temblor hasta que tuve que separar un poco las piernas para soportarlo.

Una voz metálica anunció nuestra estación. No había tiempo para más, y me quedé a medias, con el cuerpo todavía encendido y pidiendo otra vez. Yamila sacó la mano de entre mi ropa, se llevó el caramelo a la boca y le dio una vuelta con el palito, pensativa.

—Sabe muy bien —dijo, como si comentara el tiempo.

***

Bajamos del tren y nos dejamos arrastrar por la marea hacia la salida sin decirnos nada. Subimos las escaleras, salimos a la calle y el aire libre me golpeó la cara como una bofetada que me devolvió a la realidad. Todavía me temblaban las piernas. Todavía me ardían las mejillas.

Yamila se detuvo frente a mí, se acercó y me dio un beso en los labios, breve y dulce, con sabor a fresa.

—La próxima vez —dijo separándose apenas, mirándome a los ojos— cambiamos los papeles. Me debes una.

Y echó a andar sin esperar respuesta. Me quedé clavada en la acera, viendo cómo se alejaba contoneando las caderas, segura de que yo la estaba mirando, sabiendo que no la perdería de vista hasta que doblara la esquina. Y no la perdí.

Llegué a casa con una sola idea en la cabeza. Me encerré en el baño, me apoyé contra la pared fría y terminé yo sola el orgasmo que el tren me había negado, imaginando que no era mi mano sino la suya, que no eran mis dedos sino aquel caramelo recorriéndome despacio. Cuando por fin me quedé satisfecha, abrí los ojos, me chupé los dedos casi por costumbre.

Sabían a fresa.

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Comentarios (5)

Meli_gdl

que relato!! me encanto

LauraT_BA

Por favor hacé una segunda parte, quede con ganas de saber que pasó despues del metro!

Valentina_VK

muy bien narrado, se siente que fue real. esas situaciones en espacios cerrados tienen algo especial que te pone los nervios de punta

SofiaRB

me recordo a algo que me paso en un colectivo hace un tiempo jaja, aunque no tan intenso. excelente relato!

CuriosoAno22

y despues de eso se volvieron a ver en la facu? me quede pensando en como habrá sido ese encuentro jeje

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