La tarde que Lola me desnudó ante los vecinos
A Lola la conocí un julio en el que el calor no daba tregua. Vivía en el tercero, justo encima de mi piso, y cada tarde regaba unas macetas de geranios que goteaban sobre mi balcón. Yo subía a quejarme, ella se reía con ese acento andaluz que arrastraba las eses como si el idioma le diera pereza, y al final me invitaba a una cerveza fría. Así empezó todo, sin que ninguna de las dos lo nombrara.
Aquella tarde el cielo estaba blanco de bochorno. Subí porque había vuelto a mojarme la ropa tendida, pero en cuanto abrió la puerta supe que la excusa era lo de menos. Llevaba una camiseta vieja, sin nada debajo, y el sudor le brillaba en el cuello.
—Pasa, churra, que aquí dentro al menos corre algo de aire —dijo, y dejó la puerta entornada a mi espalda.
El salón daba a un balcón ancho que miraba al patio de manzana. Enfrente, a no más de quince metros, se alineaban las ventanas de los otros bloques. A esa hora la mayoría estaban abiertas de par en par, buscando una corriente que no llegaba. Se oían televisores, una radio, el llanto lejano de un niño.
—¿No te da cosa tener todo abierto así? —pregunté, asomándome.
—¿Cosa de qué? —Se acercó por detrás y apoyó la barbilla en mi hombro—. Que miren si quieren. Yo no me escondo de nadie.
Sentí su aliento en la oreja y un escalofrío me bajó por la espalda a pesar del calor. Llevábamos semanas rozándonos en los límites de algo, una mano que se quedaba un segundo de más, una mirada sostenida hasta que una de las dos apartaba la cara. Esa tarde no había nadie que apartara nada.
Me giré despacio, todavía atrapada entre su cuerpo y la barandilla. De cerca tenía los ojos de un castaño claro, casi miel, y unas pecas diminutas que el sol del verano le había sacado en los pómulos. Olía a crema barata y a sudor limpio, y esa mezcla tan suya me revolvió por dentro más que cualquier perfume caro.
—¿Y si nos ven de verdad? —pregunté, y noté mi propia voz ronca, distinta.
—Entonces tendrán algo bonito que recordar esta noche —contestó—. Deja de pensar tanto, churra. Llevas semanas pensando.
Tenía razón. Llevaba semanas pensando en ella cada vez que oía sus pasos sobre mi techo, cada vez que la regadera goteaba puntual a las siete. Pensar había sido mi manera de no atreverme.
Lola se separó, fue hasta el centro del salón y, sin dejar de mirarme, se quitó la camiseta. La tiró sobre el sofá. Quedó con los pechos al aire, pequeños y firmes, los pezones tensos por el aire del ventilador. La luz que entraba del balcón la recortaba entera contra la pared.
—Lola —dije, y se me secó la garganta—. Las ventanas.
—¿Qué pasa con las ventanas? —Sonrió y se mordió el labio—. Que vean lo que se pierden.
Tendría que haber cerrado yo misma las puertas del balcón. En vez de eso me quedé clavada, mirando cómo deslizaba los pulgares por la cinturilla del pantalón corto y se lo bajaba despacio, doblándose hacia delante sin pudor. Debajo no llevaba nada. El vello, oscuro y descuidado, no le quitaba ni un gramo de elegancia.
Enfrente, una cortina se movió. Después otra. No sabría decir cuántos pares de ojos había detrás de aquellos cristales, pero sabía que estaban ahí, atentos, y la idea en lugar de espantarme me apretó algo por dentro.
—Ven —dijo ella, tendiéndome la mano—. No te quedes ahí como un pasmarote.
***
Crucé el salón. Cuando llegué a su altura me cogió de la nuca y me besó, y fue un beso sin prólogos, hondo, con los dientes rozando y la lengua buscando. Sabía a cerveza y a verano. Me dejé hacer un momento y después le devolví el beso con la misma hambre, agarrándola de la cintura, sintiendo cómo su piel ardía bajo mis dedos.
—Quítate eso —murmuró contra mi boca, tirando del bajo de mi vestido.
Dudé medio segundo. Solo medio. Levanté los brazos y dejé que me lo sacara por la cabeza, y de pronto estaba yo también desnuda en mitad de aquel salón, con el balcón abierto y medio barrio del otro lado del patio. El aire del ventilador me recorrió la espalda mojada. Nunca me había sentido tan expuesta. Nunca me había gustado tanto.
Lola me empujó con suavidad hasta que mis piernas chocaron con el sofá y me senté. Se arrodilló entre mis rodillas, me las separó con las palmas y se quedó mirándome con esa cara suya de quien sabe exactamente lo que va a hacer.
—Relájate, churra —dijo—. Que esto va a durar.
Bajó la cabeza. Lo primero fue su aliento, después la lengua, plana y caliente, recorriéndome de abajo arriba con una lentitud que me hizo apretar los puños contra la tela del sofá. Eché la cabeza hacia atrás y un gemido se me escapó antes de que pudiera contenerlo. No intenté el segundo. No quería contenerlo.
—Eso es —murmuró ella sin levantar la cara—. Que te oigan.
Y me oyeron. De eso estoy segura. Porque enfrente, cuando entreabrí los ojos, vi una silueta inmóvil tras un visillo, y más allá una ventana donde antes no había nadie y ahora se adivinaba una sombra. La vergüenza tendría que haber llegado en ese momento. En su lugar llegó una oleada de calor que me arqueó la espalda y me hizo enredar los dedos en los rizos de Lola, empujándola contra mí.
Algo en saberme observada lo cambiaba todo. Cada caricia se volvía más intensa, cada gemido más mío y a la vez más para ellos, los desconocidos de las ventanas. No los conocía, no sabía sus nombres ni sus caras, y precisamente por eso me daba igual lo que pensaran. Solo importaba la boca de Lola, su lengua paciente, el modo en que me leía el cuerpo como si llevara años haciéndolo.
***
Estuvo así un rato largo, jugando, parando justo antes de que yo llegara para volver a empezar desde el principio, hasta que le supliqué que no se detuviera más. Entonces no se detuvo. Me sostuvo las caderas con las dos manos, ancló la boca donde tenía que estar y no aflojó. Me corrí con un grito que rebotó contra las paredes del patio y salió por el balcón hacia todas aquellas ventanas abiertas, y no me importó lo más mínimo.
Todavía temblaba cuando ella se incorporó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se sentó a mi lado con una sonrisa de gata satisfecha.
—Ahora tú —le dije, cuando recuperé el aire.
La empujé hacia atrás sobre los cojines. Quería devolverle cada segundo. Le besé el cuello, los pechos, el vientre, bajé con calma deliberada mientras ella se removía y soltaba palabrotas en ese andaluz que se le ponía más cerrado cuanto más perdía el control. Cuando por fin la encontré con la lengua, sus caderas se levantaron del sofá buscándome.
—No pares, no pares —repetía, agarrándome del pelo—. Por lo que más quieras, no pares.
No paré. Sentí cómo se tensaba entera, cómo el ritmo de su respiración se rompía en jadeos cada vez más cortos, y cuando se corrió lo hizo con todo el cuerpo, los muslos cerrándose alrededor de mi cabeza, el vientre estremecido bajo mis manos. Después se quedó floja, riéndose sola, con el pecho subiendo y bajando.
Subí por su cuerpo a besos lentos hasta tumbarme encima de ella. Nos quedamos así, frente con frente, compartiendo el mismo aire caliente, y por primera vez en toda la tarde el balcón abierto dejó de importarme. Ya no pensaba en quién miraba. Solo en ella, en su risa floja contra mi cuello y en cómo me apretaba la cintura con las piernas para que no me moviera.
***
Nos quedamos tiradas en el sofá un buen rato, pegajosas de sudor, sin tocarnos más que con la punta de los pies. Por el balcón entraba el rumor de la tarde como si nada hubiera pasado, aunque las dos sabíamos que el patio entero había sido testigo.
Lola se levantó al fin, todavía desnuda, y se asomó a la barandilla del balcón con una desvergüenza que me dejó sin palabras. Estiró los brazos como quien saluda al barrio.
—Eres mi mejor tarde de verano, churra —dijo, girándose hacia mí—. Mejor que cualquiera de los novios que he tenido.
—Te van a denunciar como sigas ahí —reí, tapándome a medias con el vestido arrugado.
—Que me denuncien. —Se encogió de hombros y volvió a entrar, cerrando por fin las puertas del balcón, pero no antes de tiempo, sino cuando le dio la gana—. ¿Te quedas a otra cerveza?
Me quedé. Y a la siguiente también. Lola tenía esa manera de mirarte que te hacía sentir que detrás de cada gesto suyo había tres secretos más, y que solo si te quedabas el tiempo suficiente te dejaría conocer uno.
—Tengo demasiadas historias, tía —me dijo esa noche, ya en la penumbra, acariciándome el pelo—. No las quieras saber todas de golpe.
No las quise saber de golpe. Las fui descubriendo una a una, tarde tras tarde, con el balcón abierto y los geranios goteando sobre mi terraza, mientras enfrente las ventanas seguían entornándose despacio cada vez que ella se quitaba la blusa.