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Relatos Ardientes

Descubrí a mi madre con mi primo en el campo

Les pongo en contexto porque sin él esto no se entiende. Pasó hace ya varios años, cuando yo tenía diecinueve y estudiaba lejos, en la ciudad. Cada tanto bajábamos al campo a visitar a mi abuela paterna, que vivía en una casa vieja de dos pisos rodeada de sembríos. La visita nunca era solo por cariño: mi padre, que se había ido de un día para el otro con otra mujer y casi no aparecía, le dejaba a mi abuela algo de plata para nosotros, y ella siempre nos despachaba con fruta cosechada y cosas del campo.

A mí me gustaba ir igual. Mis abuelos me trataban bien, y con ellos vivía un primo mayor, el hijo de un tío, al que voy a llamar Damián. En ese entonces andaría por los veintiocho. No era guapo de cara, pero era alto, de espalda ancha, con un cuerpo curtido por el trabajo en la tierra. Me llevaba a los sembríos en caballo o en la moto, me convidaba plata, me hablaba de hombre a hombre. Sin padre cerca, Damián era lo más parecido a una figura que yo tenía, y lo quería como tal.

Mi madre, en cambio, había sido madre muy joven. Para no dar la edad exacta digamos que rondaba los treinta y ocho. Era menuda, delgada, de poca estatura, con el pelo rizado siempre suelto. Tenía algo de niña en el cuerpo y algo de mujer hecha en la mirada, esa mezcla que entonces yo todavía no sabía leer.

Bajar al campo ya se nos había hecho costumbre, casi mensual. Mi madre se llevaba bien con todos y yo nunca noté nada raro entre ella y el resto de la familia. Todo era tranquilo cuando íbamos, y justamente por eso me dejó tan descolocado lo que voy a contar.

***

Una tarde salí solo con mi abuelo a recorrer los sembríos y las chancheras. Caminamos un buen rato, revisando todo, hasta que en uno de los corrales encontramos un chancho con una herida fea en el lomo. Ese día mi abuelo no había llevado nada para curarlo, así que me mandó de vuelta a la casa por el cicatrizante.

—Corré, que se le va a infectar —me dijo, y yo salí trotando por el sendero de tierra.

Llegué a la casa sin aliento. Busqué el spray donde él me había indicado, en la cocina, y no estaba. Pensé que habría otro arriba, en el cuarto de mi abuelo, así que me dispuse a subir por la escalera de madera. Y ahí, en ese tramo que tantas veces había pisado sin pensarlo, me topé con algo que me cambió para siempre la forma de ver a mi madre y a Damián.

***

Subiendo los primeros escalones escuché gemidos. Me quedé clavado un instante, sin entender. Eran agudos, entrecortados, casi gritos contenidos. La curiosidad me venció y seguí subiendo despacio, pegado a la pared. A media escalera había una ventana interior, una de esas que dan a un cuarto contiguo, y al girar la cara hacia ella vi de dónde venía todo aquel ruido.

En una habitación desocupada en la que yo nunca había entrado, donde solo había un sillón viejo arrimado contra la pared, estaba Damián cogiéndose a mi madre.

La reconocí en el primer segundo. Era ella, sin ninguna duda, montada encima de él, cabalgándolo con la polla entera metida hasta el fondo. Yo ya había visto porno, pero todavía era virgen, así que aquella era la primera vez que veía sexo de verdad, con personas reales, respirando, sudando, chorreando. Quedé paralizado y, al mismo tiempo, fascinado de una manera que me dio vergüenza sentir.

Estaban completamente desnudos. La ropa estaba tirada por todas partes, como si se la hubieran arrancado a las apuradas. Mi madre, tan delgada que se le marcaban las costillas, se movía sobre él con una energía que yo jamás le habría imaginado. Tenía las tetas chicas pero paradas, con los pezones duros y oscuros que se le bamboleaban con cada envión, y bajaba el culo entero contra las caderas de él, tragándose la verga hasta la raíz. Gemía sin parar, subiendo y bajando, empalándose una y otra vez, y Damián le daba palmadas duras en el culo que dejaban la marca de la mano roja sobre su piel blanca. Ella, lejos de quejarse, gemía más fuerte y arqueaba la espalda para ofrecerle mejor las nalgas.

—Así, puta, movete así, cabalgame esa verga —le gruñía él, y le clavaba los dedos en la cintura para hundírsela más.

—Ay, qué grande la tenés… me llenás toda —le contestaba ella, con una voz que yo no le conocía, ronca, quebrada, de hembra en celo.

Sentí que la sangre se me iba a otro lado. Por encima del pantalón me apreté, sin animarme todavía a más, sin poder despegar los ojos de cada detalle. Mi madre se inclinaba de a ratos para besarlo, metiéndole la lengua entera en la boca, y enseguida volvía a enderezarse y a moverse con la misma fuerza, sosteniéndose del pecho de él cada vez que la sujetaba de la cintura y la empujaba hacia abajo. Por un instante, entre los cuerpos, alcancé a ver la dimensión de lo que la tenía así: una polla gruesa, brillante de flujo, que le entraba y le salía a mi madre haciendo un ruido húmedo, un chapoteo obsceno que subía por la escalera y me golpeaba directo en la entrepierna.

En uno de esos movimientos bruscos, él se le salió. Vi un segundo nada más la verga entera, roja, dura, con las venas marcadas y la punta empapada del jugo de mi madre, pero fue suficiente para entender por qué ella estaba así. Mi madre no esperó: se la agarró con la mano, se la puso en la entrada del coño y se dejó caer entera de un solo golpe, gimiendo un «aaay» largo que le salió del fondo del vientre, como quien no quiere perder un instante de tenerla adentro.

***

Duraron poco en esa posición. Damián, sin el menor esfuerzo, la levantó en el aire y la dio vuelta, poniéndola en cuatro sobre el sillón. Apenas la acomodó, le acercó la cara a su sexo, esa verga inmensa manchada del coño de ella, y mi madre respondió enseguida, abriendo la boca y llevándosela hasta la garganta.

—Así, mi amor, despacio… tragátela toda, así —le decía él en voz baja, con una ternura que me incomodó más que todo lo anterior, mientras le agarraba el pelo rizado y le marcaba el ritmo.

Se escuchaban los sonidos húmedos de ella, los sorbos, las arcadas suaves cada vez que la punta le tocaba el fondo de la garganta, los suspiros de él. Mi madre le chupaba la verga entera y después bajaba a mamarle las bolas, una a una, sin soltarle la pija de la mano, masajeándosela con saliva. Cuando volvía a subir, se metía la cabeza de un envión y hacía ese ruido de succión que a él le arrancaba un gruñido. Que se dijeran «mi amor» le agregaba algo que no era solo sexo, algo más viejo y más hondo entre los dos, y eso me revolvió por dentro. Pero no me fui. No pude.

Después de un rato, Damián la sacó de un tirón por el pelo, con un hilo de baba colgándole todavía de la boca, y se ubicó detrás de ella.

—Abrite, abrite, puta, mostrame ese coño —le pidió, sujetándola de las caderas.

Ella se abrió las nalgas con las dos manos, mostrándole todo, y él se escupió en la palma, se pasó la mano por la verga y se la clavó entera de un solo empujón. Mi madre soltó un grito que hizo temblar la ventana.

Empezó de nuevo, fuerte, con embestidas que la hacían avanzar sobre el sillón viejo. La agarraba de las caderas, de la cintura, del pelo, y le metía la polla hasta las bolas cada vez, con un ruido de piel contra piel que me nubló la cabeza. A mi madre casi no se le escuchaba la voz porque tenía la cara hundida contra el respaldo, pero cada vez que él la golpeaba o la jalaba de la cintura para hundírsela entera, ella soltaba un «uh, uh, uh» ahogado que se me quedó grabado.

—Rompeme, dale, rompeme toda —le pedía ella con la voz apagada contra la tapicería.

—Eso querés, ¿no?, que te la parta —le contestaba él, y le pegaba una palmada seca en el culo que sonaba como un latigazo.

No sabría decir por dónde la tenía, si por el coño o por el culo, porque él le entraba y le salía tan rápido que apenas alcanzaba a ver el brillo mojado de la verga entre las nalgas. Solo veía cómo su cuerpo delgado se sacudía con cada choque, cómo las tetitas se le mecían debajo, cómo se balanceaba con cada golpe seco de los cuerpos al encontrarse. Era una escena tan cruda que, casi sin pensarlo, me desabroché el pantalón, me saqué la polla dura como piedra y, ahí, sentado en un escalón, escondido detrás de la pared, me empecé a hacer la paja mirándolos.

***

A medida que él aceleraba, yo aceleraba mi mano. La saliva se me acumulaba y me la escupía en la palma para deslizarla mejor por la verga, imitando el ritmo con el que Damián la ensartaba a mi madre. Estuve así hasta que él la separó otra vez, la corrió hasta el borde del sillón y le dobló las piernas contra el pecho, dejándole el coño entero al aire, la raja rosada, hinchada, brillante de flujo, y el culito fruncido justo debajo. Cuando la vi entera, expuesta, la piel enrojecida por las palmadas, la mancha de la mano marcada en la nalga, Damián se metió la verga en la boca de ella un segundo para mojarla y volvió a hundírsela en el coño de un envión que la hizo aullar. No aguanté más y me vine, chorros calientes que me salpicaron el pantalón y la escalera, mordiéndome el brazo para no gemir. Nunca me había venido con tanta fuerza como esa tarde, y sin embargo seguí duro, con la polla latiendo entre los dedos, atrapado por los gritos que se le escapaban a ella mientras él la clavaba con una potencia que entonces me pareció imposible para un cuerpo humano.

En ese cuarto solo se oían los golpes de los cuerpos, el chapoteo del coño mojado tragándose la verga, y la voz de mi madre. Los jadeos de él, los sonidos húmedos, todo se mezclaba, y ella parecía estar disfrutándolo hasta un punto que yo nunca le habría adjudicado.

—Ay, qué rico… más, mi amor, más… clavámela toda, no pares, no pares —decía, y cada frase me quemaba los oídos.

—Toda para vos, mamita, toda esta verga es tuya —le contestaba él, y le mordía el cuello mientras la seguía atravesando.

Con la espalda brillando de sudor, Damián se apartó un momento, con la polla tiesa apuntando al techo, roja y goteando, y se sentó a un costado del sillón.

—Vení. Chupámela otra vez —le dijo, con esa voz grave de mando.

Mi madre, sin hacerse rogar, se bajó del mueble, se arrodilló en el piso frente a él y se inclinó. Le agarró la verga con las dos manos y se puso a lamerla desde las bolas hasta la punta, con la lengua entera afuera, mirándolo a los ojos. Después se la metió y empezó a mamársela con ganas, hundiendo la cabeza entera hasta que la nariz le tocaba el pubis. Se escuchaban los sorbos, los suspiros de él, el roce de su mano sobre el pelo rizado de ella. Le escupió encima, se la refregó por la cara y volvió a metérsela, y mi madre lo dejó hacer sin quejarse, con la baba chorreándole por el mentón hasta el cuello y las tetas. Hasta que, sin decir nada, la levantó del suelo tomándola de los brazos, la sentó sobre él a horcajadas y la volvió a empalar.

***

Otra vez ella encima, cabalgándolo, con la verga entera hundida hasta el fondo, mientras él le sujetaba las caderas con las dos manos, le chupaba los pezones y le hundía la boca en el cuello. Ella se movía con la boca abierta, jadeando, dejándose llenar entera, y le pedía más pegándole en el pecho con la palma abierta. Estuvieron así, entre gemidos y besos con lengua, hasta que Damián, sin soltarla, se recostó a lo largo del sillón y la hizo elevarse un poco para embestirla desde abajo con rapidez, cogiéndosela a un ritmo salvaje que le arrancaba a mi madre una serie de gritos cortos y agudos. Se le veía la verga entrando y saliendo entera del coño, empapada, y las bolas de él golpeándole el culo con cada embestida. Mi madre ya no contenía nada.

—Sí, sí, dale… así, así… cogeme, cogeme fuerte, no pares —repetía, con la voz quebrada, tocándose las tetas y bajando una mano para frotarse el clítoris al mismo tiempo que la penetraban.

Escuchar todo eso me prendió de nuevo. Con el cuerpo todavía caliente de la primera vez, la polla apenas ablandada, volví a agarrármela y a menearla. No duré mucho. Cuando él la giró otra vez, quedando encima de ella en misionero, hundido hasta el pubis, dándole besos y caricias bruscas a la vez, con las piernas de mi madre trabadas alrededor de su cintura y los talones clavados en el culo de él para que no aflojara, me vine por segunda vez, esta vez sobre mi propia mano, aunque con menos intensidad que la anterior.

Pero ahí no terminó. Mientras yo me limpiaba con disimulo en el escalón, él siguió, ahora más lento, más profundo, hundiéndosela hasta el fondo y haciendo círculos con las caderas, y de pronto la voz de mi madre cambió.

—Me vengo… me vengo, ay, no pares, no pares, así, ahí, ahí… —gimió, y se le entrecortó todo.

Levanté la vista justo a tiempo. Él seguía sobre ella, hundido hasta las bolas, moviéndose con embestidas cortas y firmes, y de mi madre solo alcanzaba a ver las piernas balanceándose a los lados, hasta que las estiró de golpe, clavó los talones en la tapicería y empezó a temblar. El cuerpo entero se le sacudía, arqueaba la espalda, se le tensaba el cuello, y soltó un gemido largo, roto, que terminó en una risa nerviosa. Fue la primera vez en mi vida que vi a una mujer terminar de verdad, sentí el coño apretándole la verga a él, oí el «me venís a matar, puta, cómo me la apretás» que le gruñó Damián, y algo en mí se prometió, ahí mismo, que algún día querría provocar eso en alguien.

Cuando ella se vino, Damián se quedó quieto un instante, dejándola pasar la sacudida, con la verga clavada entera adentro para que ella la sintiera latir. Después, entre risas y jadeos, ella volvió a moverse debajo, ondulando las caderas, y él retomó el envión hasta que, de repente, se incorporó, se la sacó a tiempo y se agarró la polla con la mano para terminarse a los tirones sobre el cuerpo de mi madre. Le disparó chorros gruesos y blancos sobre el vientre, sobre las tetas, uno le llegó al cuello y otro al mentón. Ella, en lugar de molestarse, se rió, sacó la lengua para atrapar lo que le caía cerca de la boca y se pasó los dedos por las tetas para untarse la corrida en los pezones. Una risa baja y cómplice que decía que aquello no era nuevo entre ellos, que ese final ya lo habían ensayado muchas veces.

***

Se quedaron unos segundos así, riéndose y respirando agitados, con él todavía goteando encima de su vientre, mientras le alcanzaba un trapo para que se limpiara. Mi madre se pasó el trapo por la panza y por el pecho, se lo llevó entre las piernas, y él, sin apuro, le acarició una teta y se inclinó para chuparle un pezón todavía manchado. Cuando lo vi levantarse del sillón, con la polla a medio bajar colgándole gruesa entre las piernas, reaccioné. Me subí el pantalón a las apuradas, con las manos temblando y la marca de mi propia corrida pegoteada por dentro de la tela, sin dejar de mirar el cuerpo delgado de mi madre cubierto de sudor y semen, y el de él, igual de empapado.

Al darme cuenta de que se iban a vestir, bajé los escalones de a tres y salí disparado de la casa. Eso sí: agarré el cicatrizante antes de irme. Volví corriendo hasta la chanchera, le entregué el spray a mi abuelo como si nada, y actué el resto del día como si no hubiera visto absolutamente nada. Por dentro, sin embargo, ya nada era igual.

No tengo dudas de que después volvieron a verse, aunque nunca más tuve la suerte —o la mala suerte— de presenciarlo. Un par de años más tarde, Damián dejó embarazada a una chica del mismo campo, y desde entonces mi madre empezó a poner excusas para no acompañarme en las visitas. Hace ya tiempo que no bajo. Pero de vez en cuando, en alguna foto, veo que Damián conserva el mismo cuerpo de aquella tarde, mientras mi madre rehízo su vida con otro hombre.

Yo todavía recuerdo, con una claridad que me incomoda, los gemidos en esa escalera, el chapoteo de esa verga entrando y saliendo del coño de mi madre, y la promesa silenciosa que me hice mirando por una ventana que jamás debí mirar.

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Comentarios(7)

DiegoBs

Increible!!! me dejo sin palabras

Valentina_78

Por favor seguí, quede con muchas ganas de saber como continuo la historia...

JuanCruz_lit

Algo parecido me pasó de adolescente, esas cosas no se olvidan más

Curiosa_Nena

¿Y después qué hizo? ¿le dijo algo o se quedó callado todo ese tiempo?

GabrielCordobes

Bien narrado, se siente que es algo que paso de verdad. Esas situaciones te marcan de una manera que uno no espera y no sabe bien como procesarlas

CuriLect_22

La escalera como testigo silencioso jaja, hay momentos que uno preferiría no haber visto

TaroLector

Buenísimo, de lo mejor que lei en esta categoría. Seguí así!

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