La exconvicta que se mudó a la casa de al lado
La noticia del regreso de Renata a nuestro barrio levantó una polvareda que tardó días en asentarse. Para la mayoría de los vecinos era inconcebible que una mujer «de esa calaña» volviera a pisar la zona después de todo lo que se contaba de ella.
Doña Beatriz, la del fondo de la calle, hasta redactó una solicitud para el presidente de la junta vecinal exigiendo que se le prohibiera la entrada. Su petición, por supuesto, terminó en la basura.
Para colmo, una de las personas que peor encajó la noticia había sido su mejor amiga de la adolescencia. Mi madre. Su rechazo nacía en parte de la cercanía: la casa de Renata quedaba justo pegada a la nuestra, pared con pared.
En esa propiedad había vivido doña Mercedes, fallecida unos años atrás. Tuvo varios hijos, pero casi todos se marcharon del pueblo. Solo quedaba Renata, que tras más de doce años entre rejas no conservaba otra cosa que aquellas viejas paredes.
—¿No les parece que arman demasiado escándalo por una sola mujer? —le pregunté a mi madre.
Yo tenía veintiún años y estudiaba dibujo en el instituto del pueblo. Cuando arrestaron a Renata era apenas un crío, así que de ella guardaba imágenes borrosas: una risa fuerte, el olor a tabaco, sus visitas constantes a casa.
Mi madre cerró los ojos y suspiró, como si no quisiera revolver esos recuerdos.
—Hijo, tú no conoces a Renata. Es de esas personas que arruinan todo lo que tocan. No le importa destruir una familia con tal de alimentar su ego —respondió.
—Basta un año para que alguien cambie. Imagínate doce.
—Me alegra haberte criado con buenos valores, pero todavía eres demasiado joven e ingenuo.
Aquello me molestó, pero por más que insistí, mi madre zanjó la conversación dejando claro que no pensaba seguir hablando del tema.
***
Pasó una semana y llegó el «fatídico día». Gabriel, el hermano mayor de Renata, se adelantó para dejar la casa lista. Varios vecinos incluso baldearon y limpiaron la acera, como si quisieran demostrar algo con tanta pulcritud.
Eran cerca de las diez de la mañana cuando escuché un auto estacionarse frente a casa. Al entrar en la sala vi a mi madre pegada a la ventana que daba a la calle. La curiosidad pudo conmigo y me asomé también.
El coche ya se había ido. Frente a la puerta de al lado estaban Gabriel y una mujer que supuse era Renata. No pasaba desapercibida: incluso a esa distancia se notaba que era alta, de caderas anchas y silueta rotunda. Se abrazaron unos segundos y entraron en la vivienda.
El resto del día transcurrió con una normalidad tensa. No fue hasta la noche que Gabriel se marchó y Renata se convirtió, oficialmente, en nuestra nueva vecina. Sentía curiosidad por verla, pero ella apenas salía, así que en los días siguientes el asunto pasó a un segundo plano hasta que casi lo olvidé.
En mi casa hay un patio trasero pequeño: un cuadrado de cemento con macetas de barro que mi madre se empeña en mantener vivas. Lejos del ruido de la calle, es el sitio perfecto para sentarme a dibujar o echar una siesta bajo el árbol que llevaba ahí desde antes de que mi madre naciera.
Esa tranquilidad se evaporó al tercer día.
Estaba repasando unos apuntes cuando un hilo de humo blanquecino cruzó hacia mi lado, flotando con pereza. Después, el chasquido de un encendedor y un suspiro profundo. Me puse de pie y, por encima de los ladrillos gastados que separaban nuestras casas, la vi.
Renata estaba recostada en una silla reclinable. De cerca distinguí su piel aceitunada y los tatuajes que le recorrían los brazos; algunos viejos, otros más recientes. Llevaba un pantalón corto gris que dejaba ver sus muslos firmes, también cubiertos de tinta. La camiseta blanca se le pegaba al pecho y me confirmó lo que ya intuía: dos tetas enormes, pesadas, sin sostén, con los pezones marcándose contra la tela.
—¿Disfrutando del espectáculo? —dijo con voz rasposa.
Sin romperme el contacto visual, se llevó el cigarrillo a la boca. La brasa se encendió con un naranja intenso mientras aspiraba hondo. Me quedé clavado en el sitio, como si los pies se me hubieran hundido en el cemento, incapaz de pronunciar una palabra. Sentí un tirón en la entrepierna y bajé la mirada avergonzado, porque el pantalón ya me marcaba una erección que no había alcanzado a controlar.
***
Con los días, las cosas parecieron normalizarse, pero dentro de mí crecía una intriga que no sabía nombrar. Sus tatuajes, el olor a tabaco herbal, su voz áspera: eran estímulos que se repetían y me dejaban una sensación rara, imposible de descifrar. De noche me la pasaba masturbándome pensando en ella, imaginándola sin ropa, tratando de adivinar cómo serían sus pezones oscuros y esos muslos gruesos apretándome la cara.
Una tarde tomé el carboncillo y comencé a trazar en mi bloc la maraña de tinta de su antebrazo: una mezcla de plantas y flores. Estaba tan absorto en los sombreados que no oí los pasos sobre la grava del otro lado.
—¿Qué haces, chico? ¿Me estás armando la ficha policial?
Di un respingo que casi tira el cuaderno. Renata estaba apoyada en el muro; me sacaba casi una cabeza. Su mirada, esta vez, era más seria.
—Yo... solo estaba practicando —acerté a decir, intentando cerrar el bloc. Ella puso una mano grande y firme sobre el papel, impidiéndolo.
Tomó el cuaderno y, aunque hice un amago de evitarlo, bastó una mirada suya para que entendiera que no tenía opción. Observó el dibujo y sus facciones se suavizaron. Pasó la hoja y se encontró con el boceto del otro brazo. Hubo un destello de incredulidad y hasta de alegría en su gesto.
—Si quieres que sea tu musa, al menos pídemelo —dijo.
—Perdona. Me gustan tus tatuajes.
Ensanchó la sonrisa y giró el bloc para mostrarme un dibujo a cuerpo entero que le había hecho. Era apenas un borrador, pero se notaba perfectamente que era ella.
—¿Mis tatuajes... o yo?
—Tranquilo. No muerdo... a menos que me lo pidas —dijo con una chispa de malicia.
Sin darme tiempo a procesar la broma, me dio la espalda. Se me cortó la respiración cuando se llevó las manos al borde de la camiseta y la subió hasta la nuca, dejando que la prenda se amontonara en sus hombros.
Frente a mí, la piel de su espalda se extendía como un lienzo aceitunado, recorrido por una columna de tinta que bajaba por sus vértebras: la figura de un ángel alzando el vuelo entre palomas. No llevaba sostén y desde ese ángulo, cuando giró apenas el tronco, alcancé a ver la curva pesada de una teta lateral, la piel más clara alrededor del pezón oscuro. Se me secó la boca.
—Para ver bien este tendrás que acercarte —murmuró por encima del hombro—. Se llama «Libertad». Me costó diez años terminarlo.
—Y bien... ¿cómo te llamas?
—Tomás —respondí demasiado deprisa.
—Mañana, a la misma hora, Tomás. Trae un lápiz mejor afilado.
Me devolvió el bloc y regresó a su silla, sin siquiera molestarse en bajarse la camiseta enseguida. Esa noche me corrí tres veces recordando la curva de esa teta.
***
Poco a poco me acostumbré a su presencia. Mi madre, que trabajaba por las tardes, empezó a notarme más absorto de lo normal en mis dibujos, así que tuve que extremar la cautela. No quería ni imaginar su reacción si se enteraba de que Renata y yo hablábamos casi a diario.
Aquella tarde ella estaba distinta. No la encontré en la silla, sino de pie junto al muro, con una seriedad inusual.
—Oye, Tomás. He decidido cobrarte por las sesiones. Me has dibujado desde todos los ángulos posibles y yo sigo sin sacar nada.
—No quiero billetes. Necesito que me ayudes con la estantería del salón. Doña Mercedes acumuló demasiados trastos y yo no tengo paciencia para la carpintería. Considéralo el pago por ser tu musa.
Miré hacia la puerta de mi casa. Mi madre no volvería en un par de horas.
—Está bien —dije, con un nudo en el estómago—. Te ayudo.
Apoyándome en mi silla, salté el muro que separaba los patios. Al pisar su lado, no sé por qué, la convicción con la que había aceptado empezó a flaquear. El aire olía a madera encerrada y a ese incienso herbal que ya se me había pegado a la piel.
Empezamos por una estantería, pero Renata, con esa energía que no conocía el descanso, decidió que reorganizaríamos media sala.
—Si lo hacemos, lo hacemos bien —dijo, empujando un pesado aparador de roble.
Pasamos casi una hora moviendo reliquias de la difunta. El esfuerzo en aquel espacio mal ventilado no tardó en pasar factura. A mí el sudor me corría por la nuca; ella, en cambio, parecía cada vez más cómoda.
En un momento de calor sofocante, se quitó la camiseta y se quedó con un top deportivo negro que poco hacía por disimular su pecho generoso. Las tetas se le desbordaban por arriba, aplastadas contra la tela, brillantes de sudor, y cada vez que se agachaba a levantar algo, el escote se le abría y me daba una vista completa de las areolas oscuras.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Sentí una oleada de calor que no tenía nada que ver con el clima y un pulso acelerado concentrándose en la boca del estómago. La polla se me endureció al instante y quedó marcada contra el vaquero. Intenté mirar hacia otro lado, pero mis ojos eran traidores.
—Estás muy callado, Tomás —murmuró, acortando la distancia—. ¿Te asusta un poco de sudor o es que nunca habías visto a una mujer trabajar de verdad?
Se acercó tanto que sentí el calor que desprendía su cuerpo. Extendió una mano y, con el pulgar, me limpió una mancha de polvo de la mejilla. Sus ojos me recorrieron la cara y se detuvieron en mis labios con una curiosidad casi cruel. Bajó luego la mirada hasta mi entrepierna y sonrió al descubrir el bulto.
—Vaya, vaya. Alguien está contento de haber venido a ayudar —susurró, y me apoyó la mano abierta sobre la erección, apretando por encima de la tela—. Y por lo que noto, no es cualquier cosita.
—Renata, yo...
—Shhh. Has sido un chico muy atento —murmuró, rozando su pecho contra el mío mientras seguía apretándome la verga sobre el pantalón—. Y las musas siempre pagan sus deudas.
Antes de que pudiera articular una disculpa, me tomó de la nuca y presionó sus labios contra los míos en un beso fuerte, invasivo. Su lengua se movía con una determinación que no me dejaba respirar. Con la otra mano me sujetó la espalda y me apretó contra ella, cerrando el poco espacio que quedaba. Sentí sus tetas aplastarse contra mi pecho, los pezones duros marcándose a través del top.
Cuando por fin intenté tomarla por la cintura, ella bajó las manos y en un movimiento rápido me desabrochó el pantalón. Metió la mano dentro del calzoncillo y me agarró la polla directamente, sin preámbulos. Estaba tan dura que le pulsaba en la palma.
—Joder, chico —jadeó contra mi boca—. La tienes bien gorda. ¿Y encima virgen? Dime que no eres virgen, porque si lo eres esto va a ser una fiesta.
—No... no soy virgen —conseguí decir mientras ella me la sacudía lentamente, apretando desde la base hasta la punta.
—Mejor. Porque lo que te voy a hacer, ningún virgen lo aguanta a la primera.
Se arrodilló ahí mismo, en el suelo lleno de polvo, y me bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón. La polla me saltó frente a su cara, dura, hinchada, con la punta ya mojada. Renata la miró con hambre, como quien no ha comido en años, y sonrió mostrando los dientes.
—Doce años sin una polla decente en la boca —murmuró—. Vas a ver cómo te mama alguien que sabe.
Me agarró por la base y me lamió despacio, desde los huevos hasta la punta, en una lengüetada larga y húmeda que me hizo doblar las rodillas. Luego rodeó el glande con los labios, apretó, y se la fue tragando entera, centímetro a centímetro, hasta que sentí la garganta cerrarse alrededor de la punta. Se quedó ahí, sin arcadas, mirándome desde abajo con los ojos llorosos.
—¡Joder! —gemí, apoyándome en el aparador para no caerme.
Empezó a chuparme con ritmo. Sacaba la polla casi entera, dejando un hilo de saliva colgando, y la volvía a hundir hasta el fondo. Cada vez que llegaba abajo apretaba la garganta y giraba la lengua. Con una mano me acariciaba los huevos, apretándolos apenas, y con la otra se había metido dentro del pantalón corto. La oía chapotear entre las piernas: se estaba tocando el coño mientras me mamaba.
—Renata, para... me voy a correr...
Ella no paró. Al contrario, aceleró, y sacó la polla solo lo justo para hablar sin soltarla.
—Córrete en mi boca. Todo. Quiero probarte.
Volvió a tragarla y con dos succiones más ya no aguanté. Me corrí a chorros, apretándole la nuca sin pensar. Ella no retrocedió: se quedó con la polla clavada en la boca, tragando cada descarga, gimiendo bajito como si le gustara el sabor. Cuando terminé, me sacó la verga despacio, chupando los últimos restos, y se relamió los labios brillantes.
—Riquísimo —dijo—. Ahora ve subiéndote los pantalones y llévate esta cara de polvo, que se te nota desde la calle.
Se levantó, se ajustó el top, se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano y me devolvió una sonrisa torcida.
—Vete a casa. Hueles demasiado a mí y, si tu madre lo nota, esta vez sí me mata.
***
Esa noche mi madre llegó más seria y distante de lo habitual. Después de cenar, soltó lo que la rondaba.
—¿Qué hacías en casa de Renata? —Su expresión era una mezcla de furia y miedo.
—La ayudaba a mover unos muebles viejos de doña Mercedes —respondí, intentando sonar natural—. Pensé que te molestaba que la metiche de doña Dolores se pasara el día espiando al barrio.
—No se trata de eso, Tomás. —La voz se le quebraba de rabia—. Ella es peligrosa. ¿Te ofreció algo? ¿Te hizo algo?
—Tranquila, mamá. Solo me dio las gracias. Si tanto te molesta, evito cualquier trato con ella, ¿vale?
Esa semana mi madre entraba al turno de noche. Salía al atardecer y volvía de madrugada. Renata no sacó la silla plegable; su casa parecía cerrada a cal y canto.
Esperé dentro hasta que oscureció. Salí al patio por última vez para asegurarme de no dejar nada fuera.
—Hola, vecino —dijo esa voz rasposa y, a la vez, seductora.
—Hoy es oficial: tengo trabajo.
Se impulsó con las manos y saltó el muro, cayendo con torpeza sobre el cemento de mi lado. Me acerqué a ayudarla, pero en cuanto me agaché, ella levantó la cara y me besó. Esta vez el sabor era a alcohol, y la intensidad superaba a las anteriores. Sus brazos buscaban soldar su cuerpo al mío. Por embriagador que fuera el momento, caí en la cuenta de dónde estábamos y me solté de su agarre.
—¿Estás bien? —pregunté con el pulso disparado.
—Ya no aguanto como hace doce años —respondió, más relajada—. Ahora me bastan tres cervezas para quedar tonta.
Sacó del bolsillo una identificación: su foto, sus datos, sus cuarenta y tres años y el cargo de técnica de laboratorio.
—Todos los que juraron que no encontraría un empleo decente van a tener que tragarse sus palabras —soltó entre risas.
Me plantó un beso fugaz por respuesta y entramos en la casa.
***
—Voy a prepararte algo —dije, con una voz que sonó ajena.
Antes de dar un paso hacia la cocina, sentí su cuerpo estrellarse contra mi espalda. Me rodeó con los brazos y hundió las manos bajo mi ropa con una urgencia que me dejó sin aire. Acercó la boca a mi oreja; noté su respiración caliente y el roce húmedo de su lengua antes de un mordisco suave en el lóbulo.
—Tengo hambre de otra cosa —susurró—. La otra tarde te chupé la polla y me quedé con las ganas. Hoy me la vas a meter entera.
—Vaya... parece que vas a darme bien de cenar esta noche.
Me giró con fuerza para quedar frente a frente. En la penumbra, sus ojos brillaban con un triunfo salvaje. Su lengua volvió a robarme el aire mientras su mano me apretaba la verga por encima de la tela. Sin dejar de besarnos, fuimos a mi cuarto tropezando con los muebles.
Al llegar a la cama me empujó y caí de espaldas. Se subió encima, sentándose a horcajadas, y se quitó la blusa azul. Sus pechos quedaron aprisionados en un sostén de encaje negro que liberó con un gesto seco de la espalda. Las tetas le cayeron pesadas, enormes, con los pezones oscuros duros como piedras, apuntando hacia mí.
—No sabes cuántos años llevo sin un hombre así de cerca. Doce años tocándome sola en un catre de mierda, pensando en cuándo iba a volver a tener una polla dentro. Doce, Tomás.
Se inclinó sobre mí, dejándome sus tetas a la altura de la boca, mientras empezaba a deshacerse del pantalón. Aproveché para atrapar uno de sus pezones entre los labios, mordiéndolo apenas y rodeándolo con la lengua. No se lo esperaba: soltó un gemido corto y su cuerpo flaqueó, derrumbándose sobre el mío. Le chupé el otro pezón mientras le apretaba la teta libre con la mano, hundiéndole los dedos en la carne blanda.
—Vaya... ¿tú también tienes hambre? —jadeó, intentando contener la voz.
Terminamos de desnudarnos en un forcejeo torpe y acelerado. Cuando le bajé el pantalón corto no llevaba bragas: el coño le apareció ahí, delante de mi cara, depilado apenas en los bordes, con un pelo negro recortado formando un triángulo. Los labios se le veían hinchados, brillantes de flujo, entreabiertos. Olía a mujer caliente, a hembra madura.
—Chúpame primero —ordenó sin preguntar, y se subió encima de mi cara antes de que pudiera responder—. Doce años, Tomás. Doce años sin una lengua en el coño.
Me sentó las piernas gruesas a cada lado de la cabeza y me apretó el coño contra la boca. Le saqué la lengua entre los labios, ella se estremeció al primer contacto, y empecé a lamerle todo el chocho de abajo hacia arriba, largo y despacio, saboreando el flujo salado que le corría. Cuando llegué al clítoris se lo rodeé con la lengua y ella soltó un grito grave, agarrándose al cabecero.
—Ahí, ahí, chúpamelo así, no pares...
Le hundí dos dedos mientras seguía lamiéndole el clítoris. La sentí apretarse, mojadísima, palpitando. Empecé a moverlos dentro sacándolos y metiéndolos, buscando el punto hinchado del techo del coño, hasta que dio un respingo brusco y supe que lo había encontrado. Se lo froté sin parar mientras le comía el clítoris.
—Joder, joder, joder... me vengo, Tomás, me vengo en tu boca...
Se corrió con las caderas restregándose contra mi cara. Sentí su coño contraerse alrededor de mis dedos y un chorro tibio derramarse en mi barbilla. Ella me apretó la cabeza contra el chocho hasta que le dio otro espasmo, y otro más, gimiendo mi nombre entre dientes.
Cuando por fin se dejó caer a un lado, jadeando, me miró con los ojos entrecerrados y la boca torcida en una sonrisa depredadora.
—No has terminado, chico. Ahora quiero esa polla dentro.
Me trepó encima otra vez, agarró mi verga con la mano y se la pasó por los labios del coño empapado. La cabeza se le hundió apenas y ella la fue bajando muy despacio, con la boca abierta, dejando escapar un gemido ronco a medida que se me clavaba entera.
—Ay... ay, joder... qué gorda la tienes...
Cuando la tomó toda, se quedó quieta un momento, con mi polla entera dentro, y me miró desde arriba con las tetas colgándole delante de la cara. Empezó a moverse en un vaivén lento, apoyando las manos en mi pecho, haciendo círculos con las caderas anchas.
—Dios mío, Tomás —murmuró—. No sabes cuánto necesitaba esto. Una polla joven, dura, gruesa, dentro del coño. Doce años, Tomás. Doce años haciéndome pajas con los dedos.
Le agarré las tetas con las dos manos y se las apreté fuerte, pellizcándole los pezones. Ella soltó un gemido agudo y aceleró el ritmo. El colchón crujía debajo con cada rebote de sus caderas. Yo la embestía desde abajo, hundiéndole la polla hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se le apretaba a cada golpe.
—Joder, me estás volviendo loca —decía, y cada palabra salía envuelta en un gemido—. Cógeme, Tomás, cógeme más fuerte, dame duro con esa verga...
La agarré por las caderas y empecé a marcarle el ritmo, subiéndola y bajándola sobre mi polla como si fuera un juguete. Ella echaba la cabeza atrás, con el pelo cayéndole por la espalda tatuada, y gemía sin parar. Le vi el ángel de tinta bajándole por la columna, moviéndose con cada envestida.
—Creo que voy a terminar... —dije, respirando con dificultad.
—Espérame. Espérame que llegue contigo.
Bajó el ritmo, se apoyó con las manos y cambió de posición. Se dio la vuelta sin sacármela del todo y quedó de espaldas a mí, montada al revés, mostrándome el culo grande y tatuado. Empezó a rebotar así, con las manos apoyadas en mis muslos, y desde ese ángulo yo veía mi polla entrar y salir de su coño hinchado, brillando de flujo, y el ojo del culo apretado justo encima.
—Métemela en el culo también —jadeó, mirándome por encima del hombro—. No, todavía no. Primero acábame en el coño. Quiero sentir cómo me llenas.
Le metí un dedo mojado en el culo mientras la seguía cogiendo desde abajo y ella se puso a gritar, apretándose contra mí como una loca. Me clavaba las uñas en las piernas, tenía el pelo pegado a la cara por el sudor, y las tetas le rebotaban descontroladas contra el pecho.
—Me vengo, me vengo otra vez, joder...
En su mirada ya no quedaba más que pura voracidad. Cuando el orgasmo llegó como un golpe, la tomé por las caderas y la atraje con todas mis fuerzas, hundiéndole la polla hasta el fondo. Ella soltó algo entre gemido y grito, y su cuerpo se contrajo a la vez que el mío se vaciaba. Sentí cada descarga saliendo dentro de ella, llenándola, y el coño se le cerró alrededor exprimiéndome hasta la última gota.
Se quedó ahí, ensartada, temblando, mientras se me escurría la corrida por los muslos.
***
—Cálmate, vecino —murmuró, mordisqueándome el hombro cuando por fin se dejó caer a mi lado—. Todavía tengo cuerda para rato, y por cómo me has tratado, no pienso conformarme con una sola vez.
Y cumplió su palabra. La noche se alargó perturbada por sus jadeos incesantes. Antes de que pudiera recuperar el aliento ya me estaba mamando otra vez, arrodillada entre mis piernas, chupándome la polla todavía sucia con sus propios jugos. Me la puso dura en cinco minutos y esta vez me la montó de perrito, en cuatro patas, apretando la cara contra la almohada mientras yo le partía el coño a golpes secos y le daba palmadas en el culo que le dejaban las manos marcadas en la piel morena.
—Más fuerte, cabrón, dámelo más fuerte —gruñía contra la almohada—. Rómpeme, Tomás, hazme daño...
Le agarré el pelo y le eché la cabeza para atrás mientras la seguía cogiendo. Ella se dejaba hacer, con la lengua colgando, gimiendo como una perra en celo. En un momento le escupí en el ojo del culo, le froté la saliva con el pulgar y se lo empecé a meter entero. Ella soltó un grito ronco y empujó el trasero contra mi mano.
—Ahí, ahí también, mételo por el culo, hazlo ya...
Le saqué la polla del coño y se la apoyé en el otro agujero. Empujé despacio, sintiendo la resistencia, hasta que la cabeza se abrió camino y el resto entró de una empujada. Renata gritó tan fuerte que temí que la escucharan tres casas más allá. La cogí del culo mientras le metía un par de dedos en el coño, y ella se corrió otra vez, temblando entera, meando un poco encima de mis dedos sin poder controlarlo.
—Perdón, perdón, no puedo aguantar...
—Cállate y déjame acabar.
La cogí un rato más así, del culo, mientras ella se dejaba, medio muerta, boca abajo en la cama. Cuando estaba a punto de correrme se la saqué, la giré, y me arrodillé sobre su cara. Renata abrió la boca sin que se lo pidiera, sacando la lengua. Me sacudí la polla dos veces y me corrí en su boca abierta, largos chorros que le cayeron en la lengua, los labios, la barbilla, las tetas. Ella lo tragó todo, relamiéndose, y me chupó la punta hasta dejarla limpia.
—Esto sí es una noche —jadeó, con la corrida todavía brillándole en el mentón.
Cada vez que parecía saciarse, su deseo volvía a encenderse. En algún punto dejé de pensar y mi cuerpo entero se concentró en seguirle el ritmo, hasta que el sueño, o el agotamiento, me venció.
***
Me despertó el inconfundible sonido de la cerradura. Una tenue luz de madrugada se colaba por las rendijas de la ventana. Mi madre acababa de llegar.
Quise levantarme de un salto, pero el cuerpo desnudo de Renata seguía abrazado al mío, despeinada y roncando suavemente. Verla a mi lado se sintió irreal. Parpadeé varias veces, pero la mujer de piel aceitunada y tatuada continuaba allí, con una teta apoyada sobre mi pecho y la pierna cruzada por encima de la mía.
—¡Tomás! ¿Qué es este desastre? —se oyó desde la sala—. Hay platos sin lavar y... ¿por qué está abierta la puerta del patio?
—Buenos días —susurró pegada a mi oído, mientras yo intentaba ponerme los pantalones bajo las mantas.
Renata bajó la mano y me agarró la polla dormida por debajo de la sábana, sacudiéndomela con calma. La sentí endurecerse en su puño en segundos.
—¡Tomás! ¿Sigues dormido? —La voz de mi madre se acercaba a la puerta.
—¡Ya voy, mamá! —grité, tratando de que no se me quebrara la voz—. Me quedé hasta tarde ordenando y me venció el sueño. ¡Dame un minuto!
—Te oigo raro, hijo —dijo mi madre desde el otro lado—. ¿Estás bien? Parece que te falta el aire.
—Estoy... bien —logré decir, apretando los dientes. Renata había desaparecido bajo la manta y se me estaba metiendo la polla en la boca otra vez, chupándola despacio, sin hacer ruido—. Algo de alergia por el polvo de ayer. Ve a descansar, has tenido una noche larga.
—Ni me lo recuerdes. El laboratorio fue un caos —suspiró—. Limpia eso antes de que me levante, ¿quieres?
—Lo haré, te lo prometo —respondí, soltando un suspiro de alivio que se convirtió en un jadeo ahogado por culpa de la boca de Renata. Me la mamaba hasta el fondo mientras mi madre estaba a tres metros, del otro lado de la puerta, y a ella le brillaban los ojos de puro placer al ver el pánico que me daba.
Escuché los pasos de mi madre alejarse y, por fin, el clic de su puerta. Renata asomó la cabeza por encima de la manta, con el pelo revuelto, un hilo de saliva colgando del mentón y una sonrisa de absoluta victoria.
—Mientes casi tan bien como otras cosas —se burló en un susurro—. Pero ahora que estamos solos, el «desorden» puede esperar un poco más. Todavía la tienes dura, no me la vas a dejar así.
La miré con incredulidad. Aquello sobrepasaba cualquier límite. Negué con la cabeza y me levanté, pero ella me tomó con una fuerza que no esperaba, me giró y me sujetó contra la pared. Se puso en cuclillas y me metió la polla en la boca de un solo tirón, hasta el fondo, apretando la garganta. Con la otra mano se estaba tocando el coño mientras me mamaba.
Se levantó, me giró contra la pared apoyándome las manos en los ladrillos y se me colgó de atrás, con las tetas aplastadas contra mi espalda. Se agachó, se agarró mi polla y se la metió en el coño empujando desde abajo. Sentí el calor apretado de nuevo, el flujo tibio bajándome por los huevos.
—Ni un ruido —me susurró al oído mientras me clavaba contra la pared—. Ni uno, o tu madre entra.
Me la cogió así, callado, tapándome la boca con una mano y con la otra apretándome un pezón. La cabecera de la cama golpeaba suavemente contra el muro que compartíamos con la habitación de mi madre. Yo apretaba los dientes para no gemir. Ella me lamía la oreja, el cuello, y me mordía el hombro cada vez que sentía que estaba por acabar.
Cuando ya no aguanté más, ella me sacó la polla del coño y se puso de rodillas otra vez. Me acabé en su boca por segunda vez esa madrugada, mordiéndome el puño para no soltar un ruido. Ella tragó despacio, mirándome desde abajo, y luego se limpió los labios con el dorso de la mano.
Su rodilla subió, su frente se apoyó en la mía y nuestras miradas se cruzaron.
—Eres mío, Tomás —susurró.
—Estás loca —dije sin pensar.
Ella se rió bajito.
—¿Recién te das cuenta?
***
Me dejé caer en la cama, sin fuerzas, como si me hubieran drenado hasta la última gota de voluntad. Renata, en cambio, se veía insultantemente fresca mientras recogía su ropa esparcida por el cuarto. Se puso las bragas sin apuro, agachándose delante de mí, y me mostró de nuevo ese culo grande y tatuado que me había roto un rato antes.
—Ha sido uno de los mejores desayunos de mi vida —dijo subiéndose la cremallera—. Me quedaría a por el postre, pero se me hace tarde para el trabajo.
Se acercó por última vez, me dio un beso profundo con sabor a semen y rozó con un dedo la marca rojiza que me había dejado en el cuello.
—Ponte algo de cuello alto —murmuró, y por un instante su voz no fue burlona, sino casi posesiva—. No querrás que tu madre piense que te atacó un animal. Volveré esta noche; igual le toca turno toda la semana, ¿verdad? Y trae fuerzas, porque hoy quiero probar cómo me la metes por el culo con calma.
Saltó el muro y escuché el golpe seco de sus botas al otro lado. Luego, silencio.
Al volver a mi cuarto, el olor a perfume barato y a sexo lo impregnaba todo. La sábana tenía manchas de flujo y semen, y sobre la almohada había quedado un mechón largo de pelo negro. En el suelo, cerca de donde se había vestido, encontré una foto vieja, gastada, de colores pálidos. Los rostros eran inconfundibles: mi madre y Renata, jovencísimas, de cuando rondaban los veinte.
Mi madre siempre fue una mujer impecable, pero en la imagen se veía distinta: ropa corta, piercings, un cigarrillo entre los dedos. Tenía la misma mirada que Renata tiene ahora.
Me guardé la foto en el bolsillo y me subí el cuello de la camisa para tapar el mordisco.





