La madura del gimnasio terminó en mi cocina esa noche
Hacía tiempo que no me animaba a contar nada, pero esta historia empezó un seis de enero por la mañana y, a estas alturas, todavía sigue dando vueltas. Así que voy despacio, paso a paso, como me gusta hacer las cosas.
Me llamo Darío. Mido casi metro noventa, ando por los noventa kilos, moreno, barba de dos o tres días y poco más que añadir. Ese día llegué al gimnasio justo cuando abrían, un pelín más tarde de lo habitual. Eran las siete y cuarto, era lunes, festivo, en plenas vacaciones, y yo los lunes suelo machacar pierna pensando que a nadie más se le ocurre. O eso creía.
Entré saludando a los cuatro habituales que coincidíamos a esa hora absurda, y al fondo la vi. Una mujer haciendo sentadillas, no muy alta, calculé que rondaría los cincuenta. Llevaba unas mallas verdes ajustadas y una camiseta de tirantes con un escote bonito y la espalda al aire. El pelo largo, negro, recogido a medias. No era la típica madura de revista; era una mujer en la que se notaba la edad, pero también el trabajo de muchos años de gimnasio.
Me puse con lo mío. Entre series, sobre todo en la última, me gusta ir preparando la máquina siguiente. Estaba cargando el hip thrust con ochenta kilos por lado cuando, al ir a empezar, la vi acercarse y ponerse a quitar mis discos sin más.
—Perdona, perdona —dije levantándome para ayudarla—. Al final, poner y quitar discos también es entrenamiento.
—Para eso venimos, ¿no? —contestó ella, quitándole importancia a todo.
Le preparé los discos, volví a lo mío y cada uno a su faena. Nos habíamos cruzado un par de veces, pero nunca habíamos cambiado más de dos palabras.
Cuando terminé, mi máquina estaba ocupada, así que cambié de ejercicio. Y me dio por pensar que seguro coincidíamos otra vez. No me equivoqué. Ella se fue a los aductores y, al volver yo al hip thrust, me encontré mis propios discos ya cargados, esperándome. La miré desde lejos, inclinada hacia delante, el escote un poco más pronunciado, la cara roja y un mechón pegado a la mejilla. Levantó la vista justo cuando yo iba a acercarme y le hice un gesto de que no hacía falta tocar nada.
Al rato, descansando los dos, me acerqué a darle las gracias.
—De verdad, gracias por el detalle.
—Que sí, hombre, que venimos a ponernos fuertes —dijo, y se rió.
Terminamos coincidiendo en las cintas, una al lado de la otra, qué casualidad. Por el espejo le miraba la cara y, de reojo, el pecho, que sin ser enorme llamaba lo suyo. Y también pillé alguna mirada suya de vuelta. Antes de irse me tocó el brazo.
—Bien entretenido estás —me dijo señalando la serie que yo veía en el móvil, una de gladiadores con tanta sangre como sexo.
Se despidió riéndose y, hasta ahí, pensé yo, llegaba nuestra aventura.
***
A eso de las siete de la tarde, con todo a punto de cerrar, bajé a por mi capricho de siempre. Justo debajo de casa tengo una de las mejores pastelerías de la ciudad. Esperé mi turno y pedí un roscón pequeño de crema. Me dijeron que había tenido suerte con el sabor pero no con el tamaño: solo quedaba uno y era mediano. Bromeé con que se me pondría malo, que tendría que congelarlo, y aun así lo pedí.
—Vaya. Esta mañana te quito yo la máquina y ahora me quitas tú el último roscón.
Era ella. Nos reímos los dos.
—Si en tu casa no sois multitud, con este tamaño os sobra. Quédatelo —le ofrecí.
Por fin nos presentamos. Se llamaba Carla. Se negó en redondo a quedarse el roscón y me contó que también vivía sola. Le propuse que se llevara al menos un trozo o, mejor, que la invitaba a un chocolate caliente para acompañarlo.
—Vas tan rápido como peso levantas —soltó, riéndose.
—Es que me da cosa meternos en una cafetería con nuestro propio roscón bajo el brazo —le expliqué.
Lo pensó un segundo y aceptó, pero primero quería pasar por casa a cambiarse, que salía justo de trabajar. Le di mi dirección y quedamos en una hora.
Recogí un poco, me duché y me puse unos vaqueros y una camiseta de manga corta. Por costumbre suelo andar por casa medio en cueros, así que con cualquier excusa hace calor. A la hora justa sonó el timbre. Vaqueros negros ajustadísimos, botas, cazadora. Se quitó la cazadora y apareció una camiseta muy parecida a la de la mañana, esta vez con la espalda tapada.
—De este tipo te gustan, ¿verdad? —dijo, y yo me sonrojé medio en broma.
Le enseñé la casa: cocina, dos baños, tres habitaciones. Mi dormitorio con cama de dos por dos, un despacho y la última habitación montada como gimnasio.
—¿Y para qué me ocupas las máquinas del gimnasio si tienes esto? —preguntó.
—Porque aquí no tengo todo lo que me gustaría. Para pierna, por ejemplo, voy corto.
Serví el chocolate bien caliente con un par de trozos de roscón y algún dulce que me quedaba de las fiestas. Hablamos de todo: del tiempo que llevábamos en el gimnasio, de mi trabajo, de su tienda de ropa de mujer en el centro, por eso nunca habíamos coincidido. Dijo que seguro era más fácil verme de noche por ahí.
—Te equivocas de medio a medio —le dije—. A mí la noche no me llama nada. Para verme de noche tendrías que venir a este sofá en el que estás sentada.
Acabamos hablando de parejas. Ella separada desde hacía años, yo sin nada serio desde hacía aún más. Cuando me dijo el tiempo que llevaba sola, no me cuadraban las cuentas.
—No te pega la edad.
—Cincuenta y uno —confesó.
—No te echaba más de cuarenta y cinco tirando por lo alto.
Me dio las gracias, dijo que esa etapa de preocuparse ya la había pasado y que ahora estaba mejor que nunca. Y doy fe de que estaba muy, muy bien.
***
Se nos hicieron las diez. Le pregunté si quería cenar y dijo que no. Ofrecí algo de beber, y pidió una cerveza. Yo casi no bebo, pero cogí otra para acompañar. Y como siempre pasa, una cosa lleva a la otra y la conversación se fue poniendo picante, aunque sin pasar a mayores.
—Lo siento mucho, Carla, pero los chicos buenos, el día de Reyes, nos vamos pronto a la cama —dije con toda la cara—. No sé cómo lo haréis las chicas malas.
Estalló en carcajadas y empezamos a recoger. Saqué el vidrio a la terraza para reciclar y, al volver, ella estaba fregando el vaso en el fregadero. Me puse detrás y se lo quité de las manos. Forcejeó un poco, empujando con la cadera contra mí. Le apreté las muñecas con suavidad.
—Cuidado, que ya sabes que levanto tres veces tu peso.
—Los cincuenta kilos los dejé atrás hace mucho —murmuró, pegándose más.
Levantó la cara y me miró. Se giró despacio y nos besamos. Suave, lento, saboreando cada segundo. Hasta que le agarré el culo, la levanté y la senté en la encimera. Me rodeó con las piernas y el beso se volvió otra cosa, más hambriento. Metí las manos bajo su camiseta y le toqué los pechos; los pezones se endurecieron al instante. Le mordí el cuello y ella gimió bajito, pero entonces aflojó las piernas y me empujó.
—Las chicas malas también nos vamos pronto a dormir el día de Reyes —dijo bajándose de un salto.
Nos despedimos en la puerta con la idea de repetir otro día. Se puso la cazadora y, cuando ya cerraba, su bota se cruzó en el marco impidiéndomelo.
—Acabo de pensar que vas a ser mi primer regalo del año —dijo.
Y de un salto se me subió encima. Mis manos volaron a su culo y nos besamos de nuevo, esta vez sin ninguna calma. Se sacó la cazadora por encima de la cabeza, y la camiseta siguió el mismo camino. Sentí sus pechos contra mi pecho. Me quité la mía y, cuando volvió a subirse, quedamos piel con piel. Ella ardía. Yo también.
Cuando ya nos habíamos besado y mordido todo lo que teníamos a mano, se bajó, se quitó las botas y se dio la vuelta. Me coloqué detrás, le desabroché el pantalón y se lo bajé hasta dejarla solo con un tanga de hilo. Apoyada contra la puerta, bajé lamiéndole la espalda desde el cuello hasta la curva del culo.
—Vamos a la habitación, por favor —pidió con la voz quebrada.
***
Llegamos a la cama. Se sentó y me desabrochó el vaquero. Le dio una primera caricia con la lengua, rápida, y enseguida me frenó.
—Primero me toca a mí.
La tumbé con las piernas colgando y me dediqué a besarle el cuerpo sin prisa, del cuello hacia abajo. Le chupé los pechos despacio, le pasé la lengua por el vientre, la mordí ahí donde ella arqueaba la espalda. Tenía los ojos cerrados y respiraba fuerte.
—No seas malo, sigue —susurró, sabiendo que la miraba.
Le abrí las piernas y recorrí su sexo con la lengua, muy lento, sin parar, hasta quedarme jugando en el clítoris. Me agarró del pelo y me apretó contra ella. Mientras la lamía, deslicé un dedo despacio hasta el fondo y lo moví en círculos al mismo ritmo que la lengua. Ella se llevó las manos a los pechos, tiró de sus propios pezones, me pidió que no parara y se corrió en mi boca.
Se quedó tumbada, la cara encendida, el pelo revuelto y una sonrisa que lo decía todo. Se incorporó.
—Joder, es la primera vez que me corro así. De intensidad y de que alguien me lo coma con esas ganas.
Volvió a centrarse en mí. Me acarició con una mano, lento, mirándome.
—No te voy a engañar, no soy ninguna experta. Pero creo que tú me vas a enseñar mucho. Vamos paso a paso.
Empezó a probar, primero con la punta de la lengua, luego más adentro. La dejé hacer a su ritmo. De vez en cuando lo notaba todo, y cuando algo me gustaba ella lo repetía con una sonrisa, atenta a cada reacción. No llegaba a abarcarme entera, pero no me importaba lo más mínimo.
—Estoy a punto —avisé.
—Todavía no estoy lista para que termines en mi boca, avísame, ¿vale?
—Faltaría más. ¿Puedo en tus pechos?
Dijo que sí, volvió a la tarea y, justo a tiempo, apartó la cara y se apuntó ella misma. Me corrí como si llevara meses guardándolo.
—Joder, estabas lleno —se rió, extendiéndoselo por la piel—. Crema reafirmante, para que no se me caigan.
***
Abrimos la cama y nos tumbamos. Me abrazó y estuvimos hablando un buen rato. Intentó darme explicaciones y la corté: el sexo es para disfrutarlo los dos, sin obligaciones, y si algún día le apetecía probar algo, adelante, pero nada por compromiso.
—Qué diferencia —dijo—. Antes lo hacía todo porque me sentía presionada. Contigo, presión cero.
Me contó cosas. Que llevaba un tiempo sola, que su ex apenas pasaba del misionero, que cuando alguna vez le pidió que la besara ahí abajo él reaccionó como si le pidiera una barbaridad. Por eso, al principio, se había puesto tan tensa cuando yo bajé lamiéndola sin remilgos. Y por eso, también, le había encantado tanto. En una ciudad pequeña no quería rumores, así que tampoco se prodigaba mucho.
Mientras hablábamos, bajó la mano y me notó otra vez duro.
—¿Me puedo subir? —preguntó.
Se colocó encima, me besó y se fue dejando caer despacio, frotándose primero, sintiendo cómo se humedecía cada vez más, hasta clavárselo entero. Se movió en círculos, lento, con los ojos cerrados y las manos en la cabeza. Yo jugaba con sus pechos y, cuando cogió ritmo, busqué su clítoris con el pulgar. Empezó a moverse más rápido y se corrió otra vez.
—Otra primera vez —jadeó—. Nunca había estado yo arriba.
La tumbé de lado, le entré despacio hasta el fondo.
—Acostúmbrate, que ahora va en serio.
—Uy, qué miedo —se rió, queriéndolo tanto como yo.
Empecé un vaivén profundo, nuestros cuerpos chocando con un sonido seco. Ella gritaba, apretándose los pezones. Llevaba mucho sin estar con nadie, y entre lo apretada que era y la imagen de ese culo que esa misma mañana me había llamado la atención en las mallas verdes, noté que se me acababa antes de lo que quería. Avisé.
—Si quieres dentro, no hay problema —dijo, y eso me hizo ir aún más rápido.
—Lo siento, lo siento —jadeó ella, y empezó a temblar.
Su orgasmo arrancó el mío. Me dejé ir dentro y me derrumbé sobre ella, abrazándola por la cintura, apartándole el pelo para besarle el cuello.
—Menudo regalo de Reyes —le dije al oído.
Nos pudo la pereza, pero antes de quedarnos fritos nos dimos una ducha rápida. Se vistió y la acompañé a la puerta. Me preguntó si al día siguiente iría al gimnasio.
—Voy a hacer algo de pecho en casa y quizá cardio.
Me miró, se rió y, antes de salir, soltó:
—Cardio vas a hacer si me dejas venir a desayunar. Mis hijos pasan a las once a por los regalos, pero a esa hora se van a misa con su padre.
¿Y qué pasó al día siguiente? Esa, de momento, me la guardo.





