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Relatos Ardientes

El mensaje del padre de mi amiga lo cambió todo

Nora y Lucía habían crecido como hermanas que la sangre no llegó a hacer. Desde el colegio compartían secretos, exámenes y veranos; ahora, ya en la universidad, estudiaban la misma carrera en la misma ciudad. Sus familias se trataban con la confianza de quien comparte demasiadas comidas, y Nora se sentía tan en casa con los padres de Lucía como con los suyos. Lo que iba a pasar aquel verano no estaba en ningún plan. Simplemente ocurrió, y con el tiempo no se arrepentiría ni un poco.

Todo empezó con una notificación tonta. Un perfil sin foto le pidió seguirla en una red social. Antes de aceptar curioseó la lista de contactos y vio que entre sus seguidores estaba Lucía, así que no le dio mayor importancia: aceptó y le devolvió el seguimiento. Por seguirse no pasaba nada, pensó.

El verano arrancó con su rutina de siempre: días de playa, sobremesas largas y vida lenta junto a la costa. Aquel perfil le ponía «me gusta» a casi todo lo que publicaba, igual que cualquier otro seguidor anónimo. Nunca se había detenido a investigarlo. Hasta que una tarde, después de bañarse con Lucía, Nora colgó una foto saliendo del agua con un bañador diminuto.

El comentario llegó enseguida. Era educado, pero subido de tono. Después, por privado, vinieron los piropos. El hombre no tenía ni una sola imagen suya, aunque por un par de publicaciones Nora dedujo que debía ser alguien muy cercano a Lucía. La curiosidad empezó a picarle. Entre comentario y comentario, terminaron intercambiando mensajes a diario.

Una tarde las dos familias coincidieron en una comida. Mientras Nora abría la nevera empotrada en la isla que tenían junto a la piscina para coger una cerveza, el padre de Lucía dejó caer un comentario que se parecía demasiado a algo que ella había hablado por chat con aquel perfil. Ya no era curiosidad. Era una obsesión. Estaba casi segura de que el desconocido era Esteban, el padre de su amiga. Nunca se había fijado en él de ese modo, pero, dejando a un lado la edad —él rondaba los cuarenta y largos, ella acababa de cumplir los veintidós—, tenía que admitir que el hombre estaba realmente bueno.

Nunca le habían atraído los hombres tan mayores. Intentó olvidarse del asunto hasta que el siguiente mensaje subió de nivel. Entonces ella respondió, picándolo.

—Al final voy a terminar pensando que lo único que quieres es que follemos —escribió.

—No, te confundes. Lo que quiero es follarte, y sobre todo reventar ese culo tan bonito que tienes —contestó él.

—Oye, suave, que no te conozco de nada y te estás propasando —se defendió Nora, aunque la sonrisa se le escapaba sola.

—Sí que me conoces. Y perdona si las formas no te han gustado, pero seguro que lo que te propongo te excita.

—Creo que eres Esteban, el padre de Lucía, por un comentario que hiciste el otro día. ¿Excitarme? Lo último sí, lo reconozco. Pero mi culo es virgen, tendrías que tener cuidado, y no quiero ni imaginar que Lucía se entere. Aparte, estás casado. Joder, ni sé lo que estoy diciendo.

—Que esté casado no te lo voy a explicar ahora, pero no tienes nada de qué preocuparte. Confía en mí. Lucía no se enterará, y con lo de tu puerta trasera tendré toda la paciencia del mundo —respondió Esteban.

—Jajaja, encima das por hecho que vamos a follar —tecleó ella, haciéndose la ofendida.

***

Pasaron un par de días. Una mañana le llegó otro mensaje.

—Estoy en el despacho. Ven, y luego nos vamos a la casa de la playa a pasar el día —propuso él.

Nora estuvo a punto de inventar una excusa, pero aceptó. Sus padres habían salido y tenía toda la libertad del mundo. Era verano, así que la secretaria de Esteban no estaría. Llegó al edificio, tocó el telefonillo y subió. Cuando él le abrió la puerta, la recibió con una sonrisa torcida.

—Por fin nos ponemos cara —dijo él, divertido.

—Serás cabrón —contestó Nora antes de acercarse al ventanal y fingir que admiraba las vistas, dejando que él le mirara el trasero a placer.

—¿Quieres beber algo?

Ella negó con la cabeza. Esteban, que estaba muy cerca, se apoyó en el borde de la mesa y le pidió, sin rodeos, que se desnudara. Nora dudó un segundo, pero empezó a desabrocharse la blusa. Desde su sitio, él observaba la línea de sus pechos jóvenes, dos pezones del color de la canela. Cuando ella quedó desnuda de cintura para arriba, caminó despacio hacia él. Esteban la atrajo y la besó. Contra su abdomen, Nora notó cómo él se endurecía hasta tensar la tela del pantalón.

Las maneras suaves se evaporaron de golpe. Esteban la giró contra la mesa, le inmovilizó el torso contra la madera y le bajó el pantalón y el tanga negro de un tirón. Se arrodilló para besarle las nalgas, morderlas, recorrer con la lengua el surco entre ellas hasta hacerla relajarse. Con los pulgares la abrió y siguió, mientras con la otra mano le acariciaba los muslos y empezaba a masturbarla.

Nora gemía sin control. Justo cuando sentía que estaba a punto de correrse, él se detuvo y le dijo, con toda la calma del mundo, que se vistiera, que se iban a comer. Ella se frustró tanto que le dio un golpe en el pecho antes de obedecer. En ese instante le vibró el móvil: era Lucía, preguntándole qué hacía y si quedaban por la noche.

—Podría decirle que me voy a follar a su padre —escribió Nora, provocándolo.

—No te confundas. Yo te voy a follar a ti, y voy a reventar ese culito —respondió Esteban, serio primero y con una sonrisa después.

Aquello la mojó todavía más.

***

Fueron en el coche de él hasta el chalet de la costa, con su pequeña piscina privada. Entraron directos por el garaje, subieron al dormitorio. Se besaban con ansia; Esteban le abrió la blusa de un tirón, le soltó los pantalones y le arrancó el tanga. La colocó a cuatro patas en el borde de la cama y, tras desnudarse, la penetró de golpe. La sujetó por las caderas y le dio un azote con la mano abierta. Nora lo sintió grueso, llenándola entera. Estaba a mil; en ese momento habría hecho cualquier cosa que él le pidiera.

Esteban la agarró del pelo y la folló con brusquedad, apoyándose en sus pechos, en sus caderas, inclinándose para masturbarla al mismo tiempo. La sacó, la empujó hacia delante hasta dejarla a gatas sobre el colchón y se colocó detrás de rodillas, hundiéndole la cara contra la colcha antes de volver a entrar. La folló sin tregua hasta que ella se corrió entre aullidos. Verla así lo encendió tanto que no tardó en terminar él también.

Después se metieron juntos en la ducha, entre besos y caricias. Esteban la hizo arrodillarse y la marcó con un juego sucio que a ella, para su propia sorpresa, le gustó más de lo que jamás habría admitido. Le pidió que esperara y volvió con un pañuelo de seda con el que le tapó los ojos. Le hizo levantar los brazos y se los sujetó al soporte del teléfono de la ducha. Inmovilizada y a ciegas, oyó cómo él cogía un bote de lubricante del armario.

Lo notó frío primero, deslizándose con la punta, luego la presión constante. Era un culo perfecto, redondo y respingón, y Esteban se tomó su tiempo. Apoyó las manos en sus caderas y empujó. Entró de una sola vez. Nora se quejó, pero menos de lo que temía. Él fue marcando el ritmo, lento y profundo, después más rápido, jugando con la profundidad hasta que perdió el control. Le mordía las orejas, le apretaba los pechos, y al final eyaculó dentro de ella.

Cuando salió, la ayudó a lavarse. Se besaron de nuevo, ya sin prisa.

—¿Y ahora cómo vamos a disimular delante de Lucía? —preguntó ella, mordiéndose el dedo.

—Disimular será fácil —respondió él mientras se vestía—. Lo difícil será no buscar una excusa para llevarte a cualquier habitación.

—¿Dónde está mi tanga?

—Me lo quedo yo —contestó Esteban, guardándoselo en el bolsillo.

Nora se puso los pantalones sin nada debajo, y la tela se le marcaba de un modo que la hacía sentir descarada. Volvieron al despacho y desde allí ella regresó a casa. Había quedado esa noche con Lucía. Al principio le pesó la culpa de haberse acostado con su padre, pero se le pasó pronto. Al fin y al cabo eran todos adultos, y si Esteban no tenía problemas con su mujer, ella no iba a meterse en por qué.

***

Salió de casa sobre las siete para ir a casa de su amiga. Vivía cerca, así que aprovechaba para meterle prisa a Lucía, que siempre tardaba una eternidad en arreglarse. Pulsó el timbre y le abrió Carmen, la madre.

—Hola, Nora, pasa.

La joven entró y cerró la puerta.

—Mira, Lucía me ha pedido que te diga que hoy no puede quedar, que ha salido con su novio. Te ha escrito y te ha llamado, pero como no le contestabas, me pidió que te avisara yo en cuanto llegaras.

Nora sacó el móvil y comprobó que era cierto: varios mensajes y dos llamadas perdidas. Claro, había silenciado el teléfono mientras estaba con Esteban.

—Es verdad, se me olvidó que lo tenía en silencio.

Lo decía de espaldas a Carmen, revisando la pantalla. La mujer se acercó por detrás. Con una mano le quitó el teléfono con suavidad y con la otra le apartó un mechón del cuello y se lo besó. La primera reacción de Nora fue cerrar los ojos, echar la cabeza atrás y suspirar. Antes de que pudiera reaccionar, los dedos rápidos de Carmen ya le habían soltado el primer botón de la blusa.

—Pueden volver Lucía o tu marido… y nunca he estado con una mujer —balbuceó Nora, arrastrando las sílabas.

—Lucía no va a volver, seguro que anda con su novio. Y mi marido… sé perfectamente de dónde vienes —dijo Carmen, sin alterarse—. Y eso de que nunca has estado con una mujer no es del todo verdad. Sé que te has besado y has hecho algo más con Lucía y con alguna otra chica. Ser la confidente de mi hija tiene estas cosas.

—Perdona por lo de tu marido, él me dijo que tú no eras problema… y lo de Lucía fueron besos y poco más —respondió Nora, casi entre sollozos.

Carmen la calmó posándole un dedo en los labios. Le explicó que su marido y ella eran una pareja abierta desde hacía años, que se lo contaban todo y que no había nada que reprochar. Nora podría haberse molestado, pero la confesión le dio morbo y se excitó aún más.

Los besos se volvieron más hondos, siempre con Carmen llevando el mando: se quitaba una prenda y luego le retiraba otra a ella. Cuando descubrió sus pechos medianos de pezones oscuros, Nora se lanzó a besarlos y lamerlos como si tuviera sed. Sin dejar de besarla, Carmen la fue conduciendo hasta la habitación de Lucía.

—Veo que el tanga se lo ha quedado Esteban —dijo Carmen, divertida.

—Bueeeno… sí —admitió Nora, sonrojándose.

Tumbada boca arriba, Nora recibía los besos que recorrían todo su cuerpo y los devolvía donde alcanzaba. Carmen se giró sobre ella hasta colocarse en un sesenta y nueve travieso. Lamía su sexo con avidez y luego, con delicadeza, le besaba el interior de los muslos; la combinación volvía loca a la joven. Después la penetró con dos dedos, mientras Nora hacía lo mismo con ella. La intensidad subía como una ola que las arrastraba a las dos, los gemidos se mezclaban, escandalosas ambas, hasta que el placer estalló casi a la vez en un orgasmo que llenó la habitación.

—Tranquila, que aún no hemos terminado. Ven conmigo —dijo Carmen, conduciéndola a su propio dormitorio.

***

Allí la hizo arrodillarse desnuda sobre la cama y le ató las muñecas a dos argollas que el matrimonio tenía sobre el cabecero. Luego se acercó a la cómoda y sacó un arnés con un consolador; encajó la pieza vibradora en su interior y se lo ciñó a la cintura. Subió a la cama, le levantó el culo con una mano y, cuando Nora descendía, la sujetó por las caderas y la sodomizó, marcando el ritmo mientras le acariciaba el sexo con la otra mano.

Cuando Nora estaba más caliente y pedía más, una pequeña pantalla frente a su cara se encendió. Al otro lado apareció Esteban, observando toda la escena con un whisky en la mano y un puro encendido. La sorpresa no apagó su excitación; apenas bajó un instante antes de dispararse de nuevo, casi hasta el delirio, hasta correrse otra vez. Detrás de ella, al ver su reacción, Carmen también estalló en un orgasmo potente antes de cerrar la pantalla.

Las dos fueron a ducharse y a lavarse, ya más calmadas.

—Tengo un regalo para ti —dijo Carmen, tendiéndole una cajita—. Pero solo lo abres cuando estés sola en tu habitación. Y cuando lo tengas listo, me avisas.

Con la caja en el bolso, Nora volvió a casa. Se escabulló a su cuarto sin que nadie la viera y la abrió. Dentro había una pieza de silicona con forma de huevo, un mando a distancia y un pequeño manual. De repente entendió qué era. ¿En serio se pensaban que iba a ponerme esto? Y, sin darse cuenta, volvió a mojarse. Junto al huevo había un tubito de lubricante; lo usó para introducírselo. Después se descargó la aplicación y le pasó el enlace a Carmen, que enseguida creó un grupo con Esteban y con ella. A los pocos segundos notó las primeras vibraciones. Como prueba, ya era suficiente.

A partir de aquella noche, supo que su vida iba a ser mucho, mucho más divertida.

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Comentarios(6)

BrunaRS_27

Que relato!!! No pude parar de leer hasta el final, me atrapó desde el primer momento

Magda_conf

Algo parecido me paso a mi hace años, esas situaciones tan inesperadas son las que quedan en la memoria jaja. Muy bueno!

SantiR07

Necesito la segunda parte yaaaa, no puede terminar ahi!!

GracielaCba

Me encanto como esta escrito, se siente real y eso es lo mas dificil de lograr. De lo mejor que leí ultimamente

NickReader33

Y despues que paso?? nos dejaste con el suspenso jaja

Lectora_Sofia

Me atrapó desde el primer párrafo. La tension que se va construyendo con ese comentario en la foto está muy bien planteada, cualquiera podria imaginarse en esa situacion. Sin duda uno de los mejores que lei en mucho tiempo por acá. Muchas gracias por compartirlo!

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