La madura del quinto piso que me volvió loco
El humo de la parrilla subía recto hacia un cielo plomizo de domingo. Andrés removía las brasas con una rama mientras yo abría la segunda cerveza, y los dos teníamos esa pereza buena de las tardes en las que no hay prisa por nada. Fue él quien notó que yo sonreía solo, mirando el fuego.
—¿Y esa cara de tonto? —me soltó—. A ti te ha pasado algo.
Le di un trago largo antes de contestar. Llevaba toda la semana queriendo contárselo a alguien.
—Me follé a la del quinto —dije por fin—. La rubia esa, Bianca, la del cuerpo de escándalo. Y fue el mejor polvo de mi vida, te lo juro por lo más sagrado.
—¿La que sube las escaleras y todo el portal se queda mirándole el culo?
—Esa misma. La que cuando va al gimnasio te obliga a girar la cabeza. Llevábamos semanas con el jueguito, tío. Nos cruzábamos en el garaje y yo le tiraba un «buenos días» con media sonrisa, y ella me devolvía una mirada que me dejaba la polla dura el resto del día. O coincidíamos «de casualidad» en el ascensor y se pegaba un poco más de lo necesario, restregándome el culazo como quien no quiere la cosa.
—Esas casualidades nunca son casualidad —se rió Andrés.
—Ya te digo. Un día me la encuentro saliendo del gimnasio, sudada, con esos leggings que parecen pintados y le marcaban el coño por delante, y se me escapó: «Joder, Bianca, cada día estás mejor». Me miró por encima del hombro, despacio, y me contestó: «Pues ayúdame a estarlo más». Y siguió caminando, moviendo ese culo como sabía moverlo. Casi me quedo clavado en el sitio, con una empalmada que no me cabía en el pantalón.
—Menuda fiera.
—Una fiera con cuarenta y pocos y más cabeza que veinte tías juntas. Esa es la cosa: no era una cría perdida, sabía perfectamente lo que hacía y qué polla quería. Y eso me volvía aún más loco.
Andrés bajó la tapa de la parrilla y se sentó en la silla de plástico frente a mí, como un crío esperando el final de un cuento.
—Bueno, no me dejes así. ¿Qué hiciste?
—Aguanté tres días. Tres días haciéndome pajas pensando en ella. Al final la llamé y le dije sin rodeos: «¿Qué haces esta tarde?». Me contestó: «Nada especial». «Pues nos vemos abajo, te invito a un café». A los veinte minutos estábamos sentados en la terraza de la cafetería de la esquina, con dos cervezas y una conversación de mentira, porque ninguno de los dos estaba ahí por hablar.
—Ya me imagino.
—En un momento le puse la mano en la rodilla, por debajo de la mesa, y se la fui subiendo despacio por el muslo. Ella ni se apartó. Al contrario: separó un poco las piernas y me dejó llegar hasta la entrepierna. Le rocé el coño por encima de la falda y noté que estaba caliente, y me clavó esos ojos como diciendo «a ver si te atreves». Me acerqué a su oído y le dije: «Vámonos a un sitio donde pueda meterte la polla sin esta puta mesa de por medio». Sonrió, se mordió el labio, y contestó: «Pues paga y andando». Pagué de un manotazo y nos fuimos.
—¿A tu casa, con tu mujer rondando?
—Qué va, ni de coña. Hay un hotel pequeño en la carretera vieja, discreto, de esos a los que no va nadie del barrio. En el coche apenas hablamos. Ella tenía la mano metida en mi pantalón, sacándomela y meneándomela despacio, mientras yo conducía rezando por no estamparnos contra una farola.
—Eres un peligro público.
—Lo soy —me reí—. Entramos en la habitación y fue como si lleváramos meses esperando ese momento. Cerré la puerta y ella se giró, se apoyó contra la pared y me miró. Le dije: «Desde la primera vez que te vi en el garaje no he pensado en otra cosa que en follarte». Y ella, sin prisa, empezó a desabrocharse la blusa, botón por botón, mirándome todo el rato. Debajo llevaba un sujetador negro de encaje que a duras penas le sujetaba unas tetazas que se le salían por arriba. Se lo quitó ella misma y me las plantó delante, dos tetas grandes, firmes, con los pezones rosados y ya duros como piedras.
Andrés soltó un silbido bajo y le dio un trago a su cerveza.
—Sigue, sigue, cabrón.
—Me acerqué y se las agarré con las dos manos, se las apreté fuerte y me metí un pezón en la boca. Se la chupé bien, tirándole con los dientes, y ella echó la cabeza hacia atrás y soltó el primer gemido. Le bajé la falda de un tirón y me encontré con unas braguitas del mismo encaje, empapadas por delante. Le pasé el dedo por encima de la tela y se la doblé para meterle el dedo directo al coño. Estaba mojada, chorreando. «Llevo toda la semana así por tu culpa», me susurró al oído.
—Joder, tío, cállate ya que me estoy poniendo cachondo.
—Nos desnudamos entre besos, ella me sacó la polla del pantalón y se le fue la mano directa a agarrármela. Me la apretó, la miró y dijo: «Menuda polla te gastas, cabrón». Se puso de rodillas ahí mismo, contra la pared, y me la metió entera en la boca sin previo aviso. Andrés, tío, esta mujer chupa polla como nadie. Me la comía hasta el fondo, me la sacaba babeando, me la pasaba por la cara, me lamía los huevos uno a uno mientras me la seguía meneando con la mano. Yo le agarraba la cabeza y ella se dejaba, mirándome desde abajo con esos ojos de puta buena.
—Qué hija de puta.
—Le tuve que decir que parara porque me iba a correr en su boca a los dos minutos. La levanté, la llevé a la cama y la tumbé. Ella se fue echando hacia atrás y me miró desde abajo con una calma que me ponía más que cualquier grito. Yo me acerqué a metérsela, y cuando fui directo a por todo me paró con la mano en el pecho y me dijo: «Despacio. Primero cómemelo bien. Quiero correrme en tu boca antes de nada». Una mujer que sabe pedir lo que quiere, Andrés. Eso no tiene precio.
—¿Y se lo comiste?
—Como Dios manda. Me coloqué entre sus piernas y me tomé mi tiempo. Empecé por dentro de los muslos, besando y mordiendo suave, subiendo poco a poco, dejándola esperar. Le abrí las piernas de par en par y me encontré con ese coño rosado, depilado del todo, brillando de lo mojado que estaba. Le pasé la lengua de abajo arriba, muy despacio, saboreándola entera, y ella soltó un «joder» ahogado que me puso más cachondo aún.
—Joder, qué nivel.
—Le clavé la lengua dentro, luego se la subí al clítoris y empecé a lamérselo en círculos, plana primero, en punta después, chupándoselo entre los labios como un caramelo. Le metí dos dedos despacio, hasta el fondo, buscando ese punto rugoso de dentro que las pone de rodillas, y empecé a moverlos hacia mí como llamándola. Ella me agarró del pelo, empezó a restregarme la cara contra el coño y a repetir «ahí, justo ahí, no pares, no pares, sigue chupándome que me corro». La cama crujía, la habitación olía a coño mojado, y yo notaba cómo se le tensaban los muslos a cada lado de mi cabeza y cómo apretaba los dedos que le tenía dentro. Yo no paré. Se corrió apretándome las piernas contra la cabeza, temblando entera, soltando un gemido largo que se le quebró al final y llenándome la boca de flujo. Me quedé un rato ahí, chupándoselo suave, y ella se reía por lo bajo, con el coño palpitándome contra la lengua.
—Eso es arte, lo otro es follar a secas —dijo Andrés, y brindamos como dos idiotas.
—Cuando recuperó el aire me miró y me dijo: «Ahora te toca a ti, pero a mi manera». Me hizo tumbarme y se puso sobre mí. Me lamió de los pies al cuello, me mordió los pezones, me pasó las tetas por la cara y me obligó a chupárselas otra vez. Después bajó y me la volvió a comer, esta vez con más morbo, escupiéndome en la punta y frotándomela con las dos manos mientras me miraba. Se metía los huevos en la boca de uno en uno, se los pasaba por los labios, y volvía a tragarse la polla entera. No tenía ninguna prisa, y eso me estaba matando. Yo intentaba aguantar, pero llevaba semanas imaginándome justo aquello.
—¿Y aguantaste?
—Lo justo. Le pedí que parara porque no quería correrme tan pronto, y ella se rió contra mi polla, satisfecha de tener ese poder, y se subió encima de mí. Se agarró la polla con la mano, se la puso en la entrada del coño y se dejó caer despacio, empalándose entera de una sentada. Madre mía, Andrés. El grito que soltó cuando me la metió hasta el fondo lo tengo grabado. Se movía despacio, marcando ella el ritmo, subiendo y bajando encima de mi polla con las manos apoyadas en mi pecho, echando la cabeza hacia atrás y dejando que la melena rubia le cayera por la espalda. La luz de la lámpara de la mesilla le dibujaba la silueta y las tetas botándole a cada embestida, y yo no sabía dónde mirar primero. Yo le sujetaba las caderas y le clavaba los dedos, pero era ella la que mandaba, la que decidía cuándo cabalgarme más rápido y cuándo torturarme yendo lento, apretando el coño alrededor de la polla cada vez que subía. Me miraba con cara de puta feliz, mordiéndose el labio, y eso valía más que cualquier postura del mundo.
—Te ha enganchado, lo veo venir.
—Espera, que hay más. En un momento se inclinó hacia delante, me plantó las tetas en la cara para que se las chupara, me besó con lengua y me susurró: «Ponme como tú quieras, úsame». La giré, se puso a cuatro patas en la cama con el culo bien en pompa, y entonces sí dejé de pensar. Le agarré las caderas, le hundí la polla de un empujón y empecé a follarla con ganas, embistiéndola hasta el fondo. El sonido de mi pelvis contra sus nalgas llenaba la habitación, se le movían las tetas colgando debajo y ella me pedía más. Le di un azote en el culo y ella soltó «más fuerte». Le di otro, más seco, y me dejó la mano marcada en la nalga. «Así, cabrón, dame así», me pedía, empujando el culo contra mí para que se la metiera hasta los huevos. Le agarré del pelo, se lo enrollé en el puño y tiré para atrás mientras seguía embistiéndola. Una mujer sin vergüenzas, que sabe lo que quiere y no se anda con tonterías.
—Eso es lo mejor de las maduras —sentenció Andrés—. Que no hay que adivinar nada.
—Exacto. Le mojé un dedo en su propio coño y se lo pasé por el ojete, y ella me miró por encima del hombro y dijo: «Métemelo también, ahí me pone». Se lo metí despacio mientras seguía follándola por el coño, y ella se corrió otra vez, apretándomelo todo, gimiendo como una loca contra la almohada. Acabamos con ella de espaldas, las piernas sobre mis hombros, follándola mirándonos a la cara, con las tetas botándole a cada empujón. Le chupé un pezón mientras se la metía a tope y ella me clavaba las uñas en la espalda. Aguanté hasta que no pude más y le pregunté dónde lo quería. Ella sonrió y me dijo: «Fuera, córrete en mis tetas». Saqué la polla, me la meneé dos veces sobre ella y le solté un chorro de leche caliente que le cayó desde el cuello hasta el ombligo, llenándole las tetas. Ella se pasó los dedos por el semen, se los llevó a la boca chupándoselos, se relamió, y me dijo mordiéndose el labio: «Vas a tener que repetir esto».
—¿Y repetiste?
—Todavía no, pero me ha escrito tres veces esta semana. Ayer me mandó una foto en el espejo del gimnasio con un «pensando en ti». Esta mujer me va a meter en un lío, Andrés, lo sé. Pero es que hacía años que no me sentía así.
—¿Y Marta? —preguntó él, bajando la voz.
La pregunta me cayó como un jarro de agua fría. Removí la cerveza dentro de la lata sin mirarlo.
—Marta no sospecha nada —dije al fin—. Y ahí está el problema, ¿sabes? Que debería sentirme culpable y no me sale. Llevamos años sin follar en condiciones, durmiendo de espaldas, hablando solo de facturas y de los críos. Y de repente aparece esta tía y me siento vivo otra vez, con la polla dura como a los veinte. No sé qué coño hacer con eso.
Andrés me miró un buen rato, serio por primera vez en toda la tarde.
—Ten cuidado —me dijo—. Las cosas que te hacen sentir tan vivo son justo las que te lo pueden quemar todo.
—Ya lo sé.
—¿Y vas a parar?
Me quedé mirando las brasas, que ya empezaban a apagarse y a ponerse grises por los bordes. No le contesté enseguida. La verdad es que no tenía respuesta, o la tenía y no me atrevía a decirla en voz alta.
—Dale la vuelta a la carne —dije al final—, que se te está quemando.
Andrés se rió, levantó la tapa de la parrilla y dejó el tema. Pero los dos sabíamos la respuesta. Yo no iba a parar. Esa misma noche, cuando Marta se quedó dormida frente al televisor, saqué el móvil en la cocina y le escribí a Bianca: «¿Mañana?». Tardó menos de un minuto en contestar. «Pensaba que no ibas a preguntar nunca.»





