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Relatos Ardientes

La noche que mi novio me ofreció a su mejor amigo

En Áurea todo tiene un precio, y yo aprendí esa lección mucho antes de conocer a Caimán. La gente que llega a este enclave cree que el dinero compra discreción, lujo y placer; lo que casi nunca entiende es que también compra recuerdos que uno preferiría no revivir. Yo había dejado la calle hacía años, había guardado a aquella mujer en un cajón cerrado con llave. Pero los cajones, en este lugar, tienen la mala costumbre de abrirse solos.

La tarde en que Halcón se me acercó, supe enseguida de qué iba la cosa. Tenía cuarenta y nueve años, el porte de quien está acostumbrado a que le digan que sí, y una sonrisa demasiado tranquila.

—Soy amigo de Caimán —dijo, como si eso lo explicara todo.

Y, de algún modo, lo explicaba. Antes de ser la mujer de Caimán, yo ya conocía las reglas de este mundo. No me asustó que mi propio novio me ofreciera a uno de sus amigos. Lo que me sorprendió fue lo rápido que volvió a despertarse aquel instinto que creía dormido, ese frío profesional que convierte el deseo ajeno en una transacción.

—Mil créditos —añadió Halcón, sosteniéndome la mirada—. Caimán dice que vale la pena.

No discutí la cifra. No por el dinero, sino por lo que significaba: que él confiaba en mí lo suficiente como para prestarme, y que yo todavía era capaz de cumplir. Acepté con un gesto, y aquella mujer del cajón abrió los ojos.

***

Su isla privada quedaba a media hora en lancha, un santuario de roca blanca y mar que no terminaba nunca. Allí no había testigos salvo el agua y el viento que entraba por los ventanales abiertos. Halcón me condujo hasta la suite principal con la calma de quien ha planeado cada detalle, y me ofreció una copa que no toqué.

—Prefiero empezar con la cabeza despejada —dije.

Él se rió, bajo, y se sentó en el borde de la cama. Este es de los que disfrutan más con el control que con el cuerpo, pensé. Lo había visto mil veces.

Me arrodillé frente a él sin que tuviera que pedírmelo. Le bajé la cremallera despacio, dejando que la anticipación hiciera la mitad del trabajo, y cuando lo tomé con la boca lo hice con una técnica que el tiempo no había borrado. Alternaba la presión y el ritmo, lo dejaba al borde y me retiraba, lo escuchaba contener el aire. Sus puños se cerraban sobre la colcha. Su respiración perdía la calma de antes.

Se corrió sin avisar, y yo lo recibí con la naturalidad de un oficio que nunca se olvida del todo. No había nada nuevo en aquello, salvo la certeza de que estaba disfrutando más de lo que admitiría jamás.

Pero Halcón no era de los que se conforman con poco.

—Otra vez —ordenó, con la voz ronca—. No has terminado.

Volví a tomarlo, esta vez con paciencia, despertándolo de nuevo con la punta de la lengua hasta sentirlo firme entre mis labios. Cuando estuvo listo, me puso boca abajo sobre la cama y me colocó a su gusto, sin prisa, como quien acomoda algo de su propiedad. Me penetró por detrás con una fuerza que me arqueó la espalda y me arrancó un gemido que no fingí.

Sus manos marcaban el ritmo. De vez en cuando un golpe seco sobre mi piel, calculado, justo en el límite entre el placer y el ardor. Cuarenta y nueve años de saber exactamente lo que quería se notaban en cada movimiento. No improvisaba; conducía. Y yo, que llevaba años decidiendo en mi propia cama, me descubrí cediendo el control con una facilidad que me dejó pensando.

Terminó con un gemido grave, sujetándome de las caderas, vaciándose dentro de mí mientras el mar seguía golpeando las rocas allá abajo, indiferente.

Nos despedimos como dos profesionales que cierran un trato. Sin promesas, sin segundas intenciones. Me arreglé el pelo frente al espejo, recogí mis créditos y tomé la lancha de vuelta. El trabajo estaba hecho.

***

El Vértigo era el club al que iba todo el mundo en Áurea cuando la noche ya no admitía marcha atrás. El aire estaba denso, cargado de humo y de un perfume caro que se mezclaba con el sudor de los cuerpos. La música golpeaba el suelo con una insistencia que se metía en el pecho. Pedí algo fuerte en la barra y dejé que el lugar me tragara.

Fue allí donde me encontré con Tobías.

Tenía la mirada de quien lleva un rato observándome desde lejos y por fin reúne el valor de acercarse. Más joven que Halcón, menos calculador, con esa intensidad torpe de quien todavía cree que el deseo se conquista con palabras. Me hablaba al oído para hacerse oír por encima del techno, y yo le seguía la corriente con media sonrisa, divertida por su empeño. No sabía nada de lo que había pasado en la isla. Para él, yo era simplemente la mujer más interesante de aquella barra.

Y entonces lo vi.

Halcón, al otro extremo del local, apoyado en una columna, con un vaso en la mano. No bailaba, no hablaba con nadie. Me buscaba. Cuando nuestras miradas se cruzaron, levantó dos dedos hacia el pasillo de los baños. Un gesto mínimo, imperativo, que no admitía interpretación.

El trato había terminado en la isla.

Negué con la cabeza, despacio, y me volví hacia Tobías. Pero Halcón no era hombre acostumbrado a un no. Cruzó el club sin prisa, esquivando cuerpos, y se detuvo a mi lado lo justo para que solo yo lo oyera.

—Estoy hablando —le dije sin mirarlo—. Lo nuestro quedó cerrado allá.

—Quinientos más —respondió, deslizando los números entre el ruido—. Una última ronda. Y luego desaparezco.

Miré a Tobías, que esperaba ajeno a la negociación, y luego volví a Halcón. La oferta, la adrenalina del lugar, el riesgo de aquel sitio público donde cualquiera podía aparecer en cualquier momento. Algo en mí —la mujer del cajón, otra vez— dijo que sí antes de que mi cabeza terminara de calcular.

—Cinco minutos —le dije a Tobías, rozándole el brazo—. No te vayas.

***

Los baños del Vértigo eran un territorio que yo conocía de sobra. No esos en concreto, pero sí lo que representaban: espacios estrechos, mal iluminados, donde la prisa y el riesgo afilan cada sensación. Halcón cerró la puerta del cubículo a nuestra espalda y echó el pestillo. El olor a perfume y a humedad lo llenaba todo. La música seguía golpeando la puerta como un corazón ajeno.

Esta vez no esperé instrucciones. Me bajé frente a él en aquel espacio mínimo y lo tomé de nuevo con la boca, más rápido que en la isla, con la urgencia que el lugar exigía. Mis manos guiaban el movimiento, mis labios marcaban un ritmo eléctrico, sincronizado con el latido del techno que se filtraba por las rendijas. Alguien rió al otro lado de la puerta. Unos pasos se acercaron y se alejaron. El riesgo, lejos de frenarme, me empujaba.

Él me sujetaba la nuca con una mano, no para forzar, sino para recordarme quién dirigía. Yo se lo permitía, no por sumisión ciega, sino porque había algo embriagador en entregar ese control en un lugar donde todo lo demás era caos. La adrenalina hacía el resto.

Cuando se vació, lo hizo con un gemido que la música devoró antes de que naciera. Pero no me soltó. Con una calma que contrastaba con la prisa de hacía un instante, me mantuvo de rodillas y me pasó los dedos por los labios, lento, obligándome a saborear el final del trato. Lo miré desde abajo, sin apartar la vista, y me dejé hacer hasta que no quedó nada que terminar.

—Ahora sí —dijo, ayudándome a levantarme con una cortesía absurda dadas las circunstancias—. Gracias.

Me arreglé el vestido frente al espejo manchado del baño, me retoqué los labios y respiré hondo. La mujer del cajón sonreía en el reflejo, satisfecha, antes de volver a guardarse.

***

Cuando salí, Tobías seguía en la barra, fiel a su sitio, buscándome entre la gente con esa cara de niño que ha esperado demasiado. No sabía nada. No tenía por qué saberlo.

—Creía que te habías ido —dijo, aliviado.

—Nunca me voy sin avisar —contesté, y le acepté la copa que había estado guardando para mí.

Mientras bebía, pensé en Caimán, que había puesto precio a mi pasado sin saber del todo lo que estaba liberando. Pensé en Halcón, en sus cuarenta y nueve años de saber exactamente lo que quería. Y pensé en mí, en la facilidad con la que había vuelto a ser aquella mujer experimentada que creía enterrada.

En Áurea, el placer y el negocio son dos caras de la misma moneda. Yo lo había sabido siempre. Lo que aquella noche me recordó fue que esa moneda, por mucho que la guardes, sigue siendo tuya. Y que basta con que alguien la ponga sobre la mesa para que vuelva a brillar.

Le sostuve la mirada a Tobías por encima del vaso, calculando ya cuánto valdría enseñarle, gratis esta vez, todo lo que un hombre de su edad todavía no sabía.

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Comentarios(4)

Valeria_BA

Tremendo relato... no pude parar de leer hasta el final. Que situacion!

ManuelBsAs

Muy bien contado. La protagonista tiene algo que engancha desde el primer parrafo. Esperando mas relatos de este tipo

laurita_82

Me recordo a una situacion similar que vivi hace años, esa sensacion de volver a ser alguien que creias enterrada... muy real lo que describe. Felicitaciones

Rogelio44

buenisimo!!! de los mejores que lei ultimamente

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