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Relatos Ardientes

La cena en aquel chalé donde aprendí a mandar

Ilustración del relato erótico: La cena en aquel chalé donde aprendí a mandar

Después de aquella noche en la planta treinta y uno, Ariadna y Marcos supieron que ya no había vuelta atrás. Llevaban meses follando a escondidas en los despachos vacíos del Banco Velmar, entre balances y cafés fríos, y aquella vez los había grabado una cámara que ninguno de los dos sabía que existía.

Una semana más tarde, Marcos llevó sus dos maletas al ático de ella, en una calle tranquila de Chamberí. Ariadna abrió la puerta en bata de seda negra, lo empujó contra la pared antes de que pudiera dejarlas en el suelo y lo besó hasta que el vecino del quinto tosió en el ascensor. Cerraron la puerta riéndose como dos críos.

Alquilaron juntos un piso luminoso en dos días. Organizaron los armarios como quien levanta un altar al deseo. A la izquierda, los trajes a medida de él, las camisas blancas, las corbatas alineadas. A la derecha, los vestidos ajustados de ella y un cajón con cosas que ningún visitante debía abrir.

Cualquier excusa servía. Ella preparando café en la cocina, él levantándola sobre el mármol y separándole las piernas hasta que la cafetera se enfriaba. Él saliendo de la ducha, ella de rodillas sin decir palabra. En el salón, viendo una serie cualquiera, y terminando contra el cristal con la ciudad encendida abajo.

Cerraron la operación de Nordemar con un éxito brutal. Un bonus de siete cifras para cada uno, una foto de los dos en la Torre Velmar con Damián sonriendo detrás, un brindis con champán en la sala de juntas. Todo parecía perfecto.

Y entonces llegó el primer sobre.

***

Papel grueso, color hueso, letra manuscrita impecable. Ariadna lo abrió con el café en la otra mano.

«Sé lo que hicisteis el viernes en la sala treinta y uno. Precioso espectáculo. Una palabra mía y todo se acaba.»

Se le cayó la taza al suelo. Marcos llegó por la noche, leyó la nota de pie, sin un gesto. Esa madrugada durmieron espalda contra espalda por primera vez en meses.

Después vinieron más. Fotografías borrosas. Correos desde cuentas falsas. Mensajes a las tres de la mañana: «¿Os gusta el riesgo? A mí también.» Dejaron de tocarse en la oficina, dejaron de dormir bien. Cuando follaban lo hacían con rabia, como si quisieran borrar el miedo a golpe de cadera.

El último sobre era de color crema y olía levemente a perfume caro.

«Cena privada en mi residencia el sábado. Asunto: vuestro futuro profesional. Venid solos. Damián Veltrán.»

Ariadna y Marcos se miraron a través del cristal esmerilado que separaba sus despachos. No hicieron falta palabras.

***

El chalé era un bloque de hormigón y vidrio escondido entre pinos, a las afueras. Piscina interior climatizada, luces tenues, música mínima de fondo. Abrió la puerta una mujer que no era el ama de llaves.

Vestido negro de gasa, melena oscura hasta la cintura, una sonrisa que desnudaba en dos segundos. Rondaría los cuarenta y los llevaba como una amenaza elegante.

—Pasad —dijo—. Mi marido os espera.

Damián los recibió en el salón con una sonrisa extraña, casi nerviosa para un hombre que dirigía el banco entero. Traje gris perla, sin corbata. Durante la cena hablaron de la operación, de los inversores, del bonus. Todo demasiado normal.

Con los postres, Damián cogió un mando a distancia y apuntó a una pantalla enorme.

El vídeo se reprodujo sin sonido los primeros segundos, y eso fue lo peor. Ariadna se reconoció a sí misma inclinada sobre la mesa de la sala de juntas. Marcos detrás. La luz de Madrid al fondo. Después llegó el audio, y ella sintió que el aire se le iba del cuerpo. Marcos apretó los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos.

Damián habló con una calma estudiada.

—No voy a despediros. Solo quiero una noche. Una sola. Después, el vídeo desaparece para siempre.

La mujer del vestido negro —Olivia, dijo él, mi mujer— se levantó y le acarició el pelo a su marido como a un animal doméstico.

—A mi Damián le gusta mirar —dijo con una voz dulce y cruel—. Le encanta ver cómo me desean otros hombres. Le encanta que lo dejen a un lado, que le pongan límites, que lo hagan esperar de rodillas. ¿Verdad, amor?

Damián asintió, la cara encendida, la respiración corta.

—Verdad —susurró.

Olivia miró a Ariadna, luego a Marcos, y entornó los ojos como quien ya ha ganado.

—Subid conmigo. Vamos a elegir cómo pasamos la noche.

***

Subieron al piso de arriba. Damián se quedó abajo, sentado en el borde de un sillón, esperando un permiso que nadie le había dado.

En el dormitorio principal, Olivia abrió dos cajones con la teatralidad de quien ha ensayado la escena muchas veces. Cinturones, antifaces, juguetes alineados como instrumentos quirúrgicos.

—Para mi marido —dijo, tendiéndole a Ariadna un antifaz de cuero—. Tú decides cuánto ve. Y para ti, querida, elige lo que quieras. Esta noche vamos a usarlos a los dos juntos.

Dio un paso hacia ella, demasiado cerca, invadiendo el aire que respiraba.

Ariadna no retrocedió. La miró a los ojos, la voz baja y firme.

—Fuera.

Olivia parpadeó.

—¿Perdón?

—He dicho que fuera. —No alzó la voz. No le hizo falta—. Aquí esto lo decido yo, y lo decido con mi hombre. Baja, ponte al lado de tu marido y esperad los dos. Os avisaremos cuando estéis listos.

Olivia abrió la boca para responder. Algo en la mirada de Ariadna la hizo cerrarla. Salió sin decir palabra, descalza sobre la madera.

Ariadna se giró hacia Marcos. Le tomó la cara con las dos manos y lo besó, lento, profundo, sin prisa por primera vez en semanas.

—Esta noche mandamos nosotros —murmuró contra sus labios—. No para pagar nada. Por nosotros. Yo llevo el ritmo, tú me sigues, y ellos solo existen para lo que decidamos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió él, y en su voz había alivio, no derrota.

***

Cuando bajaron, Olivia y Damián estaban exactamente donde se les había ordenado, sentados muy juntos en el sofá bajo, las manos sobre las rodillas, como dos alumnos esperando nota.

Ariadna se acercó primero a Damián. Le pasó el antifaz por la cara despacio, ajustándolo, dejándolo a oscuras en su propia casa.

—Tú no tocas —le dijo al oído—. Tú escuchas. Y agradeces lo poco que te dejemos oír.

El hombre más poderoso del banco tembló bajo sus dedos, y ese temblor le gustó a Ariadna más que cualquier bonus de siete cifras. Era poder de verdad, el único que no figura en ningún contrato.

Luego se volvió hacia Olivia, que la observaba con una mezcla de rabia y deseo.

—Tú creías que dirigías esto —le dijo Ariadna—. Mírate. Llevas toda la noche esperando que alguien te dijera lo que vales.

—¿Y qué valgo? —preguntó Olivia, retándola con la barbilla alta.

—Lo que yo decida.

La empujó sobre la cama con una mano abierta en el pecho. Olivia cayó de espaldas, la melena negra desplegándose sobre la colcha, y por primera vez en toda la velada no tenía nada ingenioso que decir.

Marcos se acercó por instinto, leyendo a Ariadna como llevaba meses leyéndola. Ella le hizo un gesto mínimo con la cabeza y él entendió. Tomó a Olivia por los tobillos, la atrajo hasta el borde del colchón. Ariadna se inclinó sobre su cara.

—No vas a correrte hasta que yo lo diga —ordenó—. Y me lo vas a pedir.

Lo que siguió fue largo, exacto, gobernado por la voz de Ariadna como una orquesta por su director. Cada vez que Olivia se acercaba, Ariadna lo notaba en su respiración y la frenaba con una palabra. Cada vez que Marcos buscaba su mirada, ella le marcaba el ritmo con un gesto de la mano. Damián, a oscuras en el sillón, solo tenía los sonidos: la cama, los jadeos, la voz de su mujer suplicando permiso a otra mujer en su propio dormitorio.

—Pídelo —dijo Ariadna al fin.

—Por favor —gimió Olivia, irreconocible—. Por favor, déjame.

—Ahora.

Olivia se rompió con un grito largo, arqueada, agarrándose a las sábanas. Ariadna la sostuvo de la barbilla hasta el último temblor, sin soltarla, obligándola a mirarla a los ojos mientras se deshacía.

Solo entonces Ariadna buscó a Marcos. Lo atrajo hacia ella, le dijo al oído algo que nadie más oyó, y terminó con él como había empezado la noche: mandando, pero entregada, porque con él el poder nunca era contra, siempre era con.

***

Damián se quitó el antifaz cuando le dieron permiso. Tenía los ojos húmedos y una expresión de gratitud absurda, como si le hubieran hecho un favor enorme.

Ariadna y Marcos se vistieron sin prisa. Se besaron delante de los anfitriones, lento, como quien sella un pacto privado, y salieron sin despedirse.

En el coche, silencio. Luego Ariadna, con la voz aún temblando de adrenalina:

—Se acabó. Pagamos el precio.

—Nunca más —dijo Marcos, apretando el volante.

Llegaron al ático de madrugada y follaron de puro alivio, en la entrada, en la ducha, contra el cristal con la ciudad dormida abajo. Durmieron abrazados, sin pesadillas, por primera vez en semanas.

***

El lunes amaneció gris. Sobre la mesa de Ariadna, dentro de un sobre lacrado con cera roja, había un contrato oficial: nombramiento como socia del departamento de inversiones, con efecto inmediato. Primera mujer en la historia del banco en ocupar ese puesto. Firma de Damián Veltrán.

Sobre la mesa de Marcos, otro idéntico: director general, sustituyendo a Damián, que se retiraba por motivos personales.

Debajo de cada uno, un segundo sobre más pequeño, negro, también lacrado. Ariadna abrió el suyo primero. La misma letra impecable.

«Contrato privado. Una noche al mes. Firma requerida para que el nombramiento sea efectivo. Bienvenidos. D. y O.»

Se miraron a través del cristal esmerilado. Ariadna sintió que el suelo se abría bajo sus pies; Marcos, que la sangre le hervía. Sin decir palabra, subieron al despacho de Damián.

La puerta estaba abierta. Él los esperaba sentado, traje impecable, sonrisa serena. Olivia a su lado, vestido rojo, una pierna cruzada sobre la otra, el tacón balanceándose como un péndulo.

—Nos dijiste que era una sola noche —dijo Ariadna, la voz dura.

—Os dije que una noche borraría el vídeo —respondió Damián, abriendo un cajón y sacando dos plumas idénticas—. No dije que fuera la última.

Olivia se levantó y se acercó a Ariadna hasta casi rozarla.

—Os ha gustado —murmuró—. A los dos. El poder. El control. El sabor de lo prohibido. No me lo niegues, querida. Vi tu cara.

Ariadna no negó nada. Miró a Marcos. Marcos la miró a ella. Y comprendió algo que la cena le había revelado y que ya no podía desaprender: que mandar le gustaba demasiado, que aquella mujer que había llegado años atrás a la ciudad para olvidar a alguien ya no existía. En su lugar había otra, más fría, más entera, más peligrosa.

Fue ella la primera en coger la pluma. Escribió su nombre con letra firme, y mientras la tinta se secaba supo que no firmaba por miedo. Firmaba porque quería volver.

Marcos firmó después, sin apartar los ojos de ella.

Damián guardó los contratos en una caja fuerte con un clic satisfecho.

—Perfecto —dijo—. La próxima cena, dentro de un mes. No faltéis.

Olivia se inclinó hacia Ariadna al pasar y le susurró, lo bastante alto para que resonara en el pasillo vacío:

—Bienvenidos. Aquí, una vez que entras, ya no se sale.

En el ascensor, solos al fin, Ariadna habló primero.

—Somos un desastre, los dos.

Marcos la empujó suave contra la pared y la besó.

—Y nos encanta.

Creían que habían pagado un precio. En realidad, acababan de descubrir un vicio nuevo, y lo peor de todo era cuánto deseaban ya la siguiente cena.

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Comentarios (3)

NachtLeser

excelente!! de lo mejor que caí por acá en bastante tiempo

GabrielaBA

Ariadna es un personaje que engancha desde el arranque. Espero que haya continuacion!

Fercho_G

tremendo relato, sigue así!!

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