Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Tenía setenta años y me citó en su casa esa tarde

Ilustración del relato erótico: Tenía setenta años y me citó en su casa esa tarde

Llegué unos minutos antes y elegí una mesa junto al ventanal, donde la luz de la tarde caía limpia sobre el mármol. Estaba inquieto, más de lo que quería admitir. Miraba el reloj, después la puerta, y volvía a empezar la secuencia sin darme cuenta de cuántas veces la había repetido.

—Ahí viene —murmuré para mí mismo.

Pero Pilar no venía sola. A su lado caminaba otra mujer, y por un segundo no supe si alegrarme o lamentar que la tarde hubiera cambiado de planes antes incluso de empezar.

La acompañante mediría poco más de un metro sesenta. Era delgada, proporcionada, sin un gramo que delatara descuidos. Los hombros, estrechos y suaves, se movían sin esfuerzo, como si cada gesto tuviera asignado su lugar exacto. Sus brazos eran finos pero firmes. No parecía una mujer de gimnasios ni de artificios, sino de años que enseñan a moverse sin ostentación.

El pecho era pequeño y armonioso, casi plano, con ligeras ondulaciones que hablaban más del paso del tiempo que de la dejadez. Las caderas estrechas y las piernas dibujaban una línea fluida al andar, precisa, elegante. Rodillas y tobillos finos completaban la impresión de un equilibrio que no se fuerza, que simplemente está ahí. Era, sin discusión, muy atractiva.

—¡Hola! —saludó primero Pilar—. Espero que no te moleste que venga acompañada de mi amiga Amparo.

—En absoluto. Me alegra conocerte —dije, mirando a la recién llegada—. Supongo que eres muy buena amiga de Pilar.

—Nos conocemos desde hace años —respondió ella, tendiéndome la mano.

—Encantado, Amparo —contesté, estrechándola—. Yo soy Andrés.

Ya los tres sentados, aproveché para romper el hielo.

—Así que… ¿soléis venir a tomar café juntas a este sitio?

—Más o menos —dijo Pilar, con una sonrisa cómplice—. Yo quería venir sola, pero Amparo insistió. Le pierde la repostería de esta cafetería.

Amparo rió con suavidad.

—No es que insistiera demasiado… bueno, quizá un poquito —admitió, guiñándole un ojo a su amiga.

—Lo veo —respondí, sonriendo—. Entonces, ¿qué tal si me contáis algo de vosotras dos mientras esperamos que nos tomen nota?

La conversación se abrió con naturalidad. Pilar me preguntó por el libro que el día anterior, cuando coincidimos en el metro, le había dicho que pensaba comprar. A partir de ahí las dos empezaron a compartir anécdotas de sus clases de yoga. Me sorprendí gratamente: aunque la cita había cambiado de planteamiento, la conexión con Pilar seguía intacta. Y, sin embargo, su amiga también empezaba a gustarme.

—Así que tú también vas a yoga —comentó Amparo—. No te imaginaba.

—Los jueves por la tarde —respondí—. Aunque creo que esta tertulia con vosotras va a superar de largo la clase de esta semana.

Amparo me lanzó una mirada rápida, divertida, como diciendo «y yo estoy de acuerdo». La tarde transcurría entre risas y confidencias.

La camarera se acercó a la mesa.

—¿Qué van a tomar? —preguntó.

—Un capuchino para mí —pidió Pilar, con calma.

—Yo un café con caramelo y un trozo de tarta de zanahoria —añadió Amparo, guiñando otra vez—. Hoy me permito un pequeño capricho.

—Un café con leche para mí, gracias —dije, sencillo y directo.

—Perfecto. Enseguida se lo traigo.

Mientras esperábamos, seguimos charlando, y me asombró lo fácil que me resultaba todo, incluso con Amparo observándome sin disimulo. Me sonreía de vez en cuando, curiosa pero sin la menor incomodidad. La tarde prometía ser más interesante de lo que había imaginado.

En un momento dado, Pilar se excusó para ir al servicio. Amparo aprovechó la ocasión para inclinarse un poco hacia mí.

—Parece que alguien se ha fijado en ti —dijo, con media sonrisa, elegante y directa—. No quiero ser indiscreta, pero me da la impresión de que a mi amiga le gustan mucho tus conversaciones.

Me sorprendió su franqueza, y sonreí.

—Vaya, eso no me lo esperaba.

—No te asustes —continuó ella, bajando apenas la voz—. No soy de las que se guardan las cosas. Creo que deberías saber que le gustas. Te lo digo porque es así… y porque también la entiendo perfectamente. A mí también me estás gustando.

Sonreí, un poco sonrojado, pero halagado.

—Entonces supongo que debería aprovechar el placer de tus cumplidos mientras Pilar no vuelve.

—Exactamente —respondió Amparo, con un tono ligero pero seguro.

***

Cuando Pilar regresó, la charla siguió como si nada, pero el aire entre nosotros había cambiado de densidad. Había un matiz nuevo, una complicidad y una atracción que ninguno de los dos pensaba ignorar. En un descuido, Amparo le dio un billete a su amiga y le pidió que se acercara a pagar a la barra. Luego sacó una servilleta del servilletero, escribió algo con gesto pausado y la deslizó hacia mí por encima del mármol.

—Llámame cuando llegues a casa —dijo, mirándome a los ojos sin rodeos.

Cogí la servilleta con un ligero temblor en los dedos, encantado por la claridad del gesto.

—Lo haré, seguro —respondí, guardándomela con cuidado.

Nos miramos un instante. No lo dijimos en voz alta, pero los dos sentíamos que algo estaba a punto de empezar.

El café llegó a su fin y las conversaciones se fueron suavizando. Me levanté el primero, recogiendo la chaqueta.

—Ha sido un rato muy agradable —dije, sonriendo a ambas—. Gracias por la compañía.

—Gracias a ti, Andrés —respondió Pilar—. Me lo he pasado muy bien.

—Nos veremos pronto los tres otra vez, ¿no? —añadió Amparo, con un nuevo guiño hacia su amiga.

—Claro —contestó Pilar, sonriéndome con complicidad.

Nos despedimos con dos besos y un leve abrazo, sin perder la elegancia ni la cercanía. Me quedé observando cómo se alejaban juntas hacia la puerta, charlando y riendo, hasta perderse en la calle. Yo tomé la dirección contraria, respiré hondo y sonreí para mí mismo.

Antes de doblar la esquina me giré una vez más a mirar a Amparo. Tenía setenta años y caminaba con la misma gracia natural con que se había sentado a la mesa. No necesitaba poses ni gestos estudiados; cada movimiento era consciente, medido, y aun así ligero. Su piel fina mostraba arrugas y líneas de expresión, señales de los años vividos sin exageraciones, y sus manos alargadas hablaban de experiencia, no de fragilidad. Se movía con dignidad, como quien sabe que el tiempo cambia la carne pero no borra la fuerza de la presencia.

Saqué la servilleta y me quedé mirando el número. La guardé de nuevo, pensando ya en llamarla en cuanto cruzara la puerta de casa.

Curioso sábado el suyo, pensé. Había empezado con la tarta de la cafetería y, por lo visto, no iba a terminar precisamente con un café.

***

Colgué el abrigo y dejé la servilleta sobre la mesa del recibidor. Suspiré un momento, observando la letra cuidada de Amparo, y marqué.

—¿Diga? —su voz, suave, llenó el auricular.

—Hola, Amparo. Soy yo… Andrés —dije, intentando sonar casual.

—Te estaba esperando —respondió, con una risa ligera.

Hubo un par de segundos de silencio, como si los dos estuviéramos midiendo cómo seguir.

—¿Llegaste bien a casa? —preguntó.

—Sí, todo bien. Gracias por el café. Ha sido una tarde estupenda.

—Me alegro. Yo también me lo pasé muy bien. La verdad, no esperaba una tarde como esta.

—A mí también me ha sorprendido —reconocí—. ¿Crees que nos gustamos?

—Puede ser —dijo, juguetona—. Aunque debo confesarte que una presencia como la tuya no pasa desapercibida.

Me sonrojé un poco.

—Bueno… a pesar de estar con tu amiga, me fue imposible no notar la tuya.

—Entonces estamos empatados —respondió, en un tono cómplice—. Me gusta esa sensación de no esperar que algo suceda, y que suceda igual, y que sea muy agradable.

—Me encantaría repetirlo —dije—. Sin prisas, sin interferencias. Sin amigas.

Amparo hizo una pausa.

—A mí también. Solos tú y yo, una conversación y un café… o algo más.

—Perfecto. Entonces tenemos que planearlo.

—Si quieres, puedes venir ahora a mi casa —dijo, con decisión, bajando ligeramente la voz—. Solo hay una condición: sé discreto. Que nadie te vea entrar. Mis vecinos son muy cotillas.

—Discreción absoluta —respondí—. No te preocupes.

***

Su edificio quedaba a quince minutos a pie. Subí la escalera evitando el ascensor, como ella me había pedido, y antes de que pudiera llamar al timbre la puerta se entreabrió. Amparo me esperaba al otro lado, con una blusa de seda color hueso y el pelo recogido de otra manera, más suelto que en la cafetería.

—Pasa, rápido —susurró, tirándome del brazo hacia dentro.

El piso olía a café recién hecho y a algo floral, discreto. Cerró la puerta con cuidado, giró la llave, y cuando se volvió hacia mí ya no quedaba rastro de la timidez del primer encuentro. Me miró de arriba abajo, despacio, como quien tiene todo el tiempo del mundo.

—No sabes las ganas que tenía de tenerte aquí —dijo.

Di un paso y le aparté con dos dedos el mechón que le caía sobre la mejilla. Ella no se apartó. Al contrario, inclinó la cara hacia mi mano, y noté el calor de su piel, fina y tibia. Le rocé el cuello, el borde de la mandíbula, y la oí respirar más hondo.

—Llevas haciéndote la elegante toda la tarde —murmuré—. Y mira ahora.

—Una cosa no quita la otra —respondió, con media sonrisa.

La besé. No fue un beso prudente. Fue largo, abierto, y ella respondió con una seguridad que me desarmó, sus manos buscando ya los botones de mi camisa. No había nada dudoso en sus dedos; sabían exactamente lo que querían. Le sostuve la cintura, tan estrecha que casi la abarcaba entera, y la empujé con suavidad contra la pared del pasillo.

—Despacio —dijo contra mi boca, aunque sus manos decían lo contrario—. La habitación está al fondo.

Caminamos hacia allí sin separarnos del todo, riéndonos a media voz cada vez que tropezábamos con un mueble. Amparo se sentó al borde de la cama y me atrajo hacia ella por la hebilla del cinturón, mirándome con esos ojos que no pedían permiso porque ya lo daban todo por hecho.

—Setenta años —dijo, leyéndome el pensamiento—. ¿Te asusta?

—Me asusta más que no me hubieras dado ese número —contesté.

Se rió, satisfecha, y tiró de mí hasta tumbarnos. Lo que vino después no tuvo prisa ninguna: fue lento, atento, cada gesto medido con la misma elegancia con que se había movido toda la tarde. Amparo conocía su cuerpo y conocía el mío sin haberlo visto antes, y me guió con palabras suaves, casi confidenciales, hasta que dejé de pensar en su edad, en Pilar, en la servilleta, en cualquier cosa que no fuera la piel cálida bajo mis manos.

Mucho después, cuando la luz de la tarde ya se había vuelto naranja contra las cortinas, ella se incorporó sobre un codo y me observó con una calma divertida.

—Mi amiga no se va a enterar nunca de esto, ¿verdad? —dijo.

—De nada —respondí.

—Bien. Porque a Pilar le gustas de verdad —añadió, acariciándome el pecho con la punta de los dedos—. Y a mí me gusta tener mis propios secretos.

La miré, todavía sin aliento, pensando que aquel había sido el sábado más extraño y más perfecto que recordaba. Había llegado a una cafetería buscando a una mujer y había terminado en la cama de otra, mayor, más serena, infinitamente más segura de lo que quería.

—¿Repetimos? —pregunté.

Amparo sonrió, se estiró como una gata al sol y apoyó la cabeza en mi hombro.

—Llámame el próximo sábado —dijo—. Y acuérdate: discreción absoluta.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios (3)

PabloDelNorte

que relato, me dejo sin palabras. De lo mejor que lei en mucho tiempo!!!

lectora_nocturna

Dios mio, necesito una segunda parte. No puede terminar asi, quiero saber que paso despues con Pilar!

MomoLector

Me encanto la forma en que lo narraste, se siente autentico. Ese momento del numero por encima de la mesa me lo imagine perfecto.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.