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Relatos Ardientes

Mi capricho fue el amigo tímido de mi hijo

Me merecía un capricho. Uno especial, de esos que una se permite cuando ya ha pagado de sobra su cuota de sufrimiento. La vida no es sencilla para casi nadie, pero cada una es libre de decidir qué se merece, y yo había decidido que me tocaba sentirme viva otra vez.

Tenía cuarenta y dos años cuando llegó la decepción más grande de mi vida. Sin aviso ni motivo aparente, mi marido hizo las maletas una mañana y no volvió. Dejó una nota lamentable diciendo que necesitaba cambiar de aires para recuperar la alegría. Le dieron igual mis sentimientos, que yo todavía lo quisiera. Tampoco le importó dejar atrás a Bruno, nuestro hijo.

Pasaron meses hasta que retomó el contacto con el chico. Aunque al principio me opuse, acordaron verse un fin de semana al mes. Por culpa de esas visitas me enteré de que ya había rehecho su vida con una mujer más joven. Quería morirme de pena y de rabia. Me parecía profundamente injusto.

Él fue el único hombre que conocí. Me convenció para casarnos jóvenes, para mudarnos lejos de mi familia, para todo. En la cama siempre hizo lo que quiso conmigo: los primeros años a todas horas, después con cuentagotas, supongo que porque ya tenía a la otra ocupándole las noches.

Tardé en asumir que no iba a volver y que también yo debía rehacerme. No me veía con fuerzas para otra relación, lo cual no significaba que estuviera muerta por dentro. El sexo me hacía falta, pero no me imaginaba saliendo a ligar, y eso que seguía estando de muy buen ver.

A falta de un hombre que me devolviera la alegría y los orgasmos, me volqué en mi hijo todo lo que él me permitía. Ya era un adulto, en su segundo año de carrera, pero conservaba esa esencia de niño que tanto me enternecía. Casi siempre estaba en casa con su mejor amigo, Adrián. Se pasaban las tardes con los videojuegos y pintando miniaturas, fanáticos de los cómics como eran.

Para mí era un alivio tenerlos a los dos en casa, me sentía más acompañada. Pero también quería que salieran, que conocieran chicas, que vivieran lo propio de su edad. Adoraba a Bruno, aunque debía reconocer que era un muchacho del montón, de los que no revolucionan a nadie. Adrián, en cambio, tenía de atractivo todo lo que tenía de tímido.

—Bruno, hace un día estupendo. ¿Por qué no salís a dar una vuelta?

—La calle no es ni la mitad de divertida que el juego nuevo que trae Adrián.

—A ver si dices lo mismo cuando una chica te deje meterle mano.

—Sabes que eso no va a pasar.

—¿Por qué dices eso? Adrián es muy guapo…

—Gracias, mamá.

—No te he dejado terminar. Tú también lo eres.

—No cuela.

—Pues que ligue él y te presente a la amiga.

—A él las chicas le interesan todavía menos que a mí.

—¿Quieres decir que es gay?

—Ni idea, nunca se lo he preguntado.

En mi juventud, los chicos solo pensaban en una cosa. Me costaba creer que esos dos, amigos desde críos, jamás hubieran hablado de mujeres, por muchos otros intereses que compartieran. Hasta llegué a sospechar que tuvieran algo entre ellos, pero Bruno había dado muestras de sobra de lo contrario.

Lo que ocurriera cuando yo no estaba prefería no saberlo. Los dejaba solos a menudo porque me iba a trabajar. Llevaba años empleada en una tienda de ropa del centro comercial, y desde el divorcio había tenido que sumar horas, lo que me robaba tiempo con mi hijo. Lo único bueno del nuevo turno fue una amiga nueva.

Aunque era bastante más joven que yo, Carla también estaba divorciada y me llenaba de consejos. Casi todos se resumían en lo mismo: que me acostara con todo lo que se moviera. Ojalá tuviera yo esa visión tan despreocupada de la vida y del sexo, pero no lo veía tan fácil como ella. Aun así, lo contaba con tanta pasión que me hacía dudar.

Siguiendo su consejo, me bajé una aplicación de citas, y fue un drama. O yo era muy exigente, o todos los hombres de mi edad eran un horror. La fealdad era lo de menos. Encontré a un viudo deprimido, a un cincuentón que seguía viviendo con sus padres, a otro que aún esperaba su primer empleo y a varios listillos que solo querían ponerle los cuernos a sus esposas.

Con ese panorama, casi prefería seguir sola y resolverme a mano. Carla insistía en que la aplicación funcionaba. Me enseñaba fotos de los tipos que se llevaba a la cama y no se parecían en nada a los que me salían a mí. Algo estaría haciendo mal.

—No lo entiendo, Carla, a mí solo me aparecen espantos.

—Porque buscas dentro de tu rango de edad.

—Claro, es lo normal.

—¡Error! Tienes que buscarlos más jóvenes.

—No quiero ser una asaltacunas como mi ex.

—¿No decías que solo buscabas sexo?

—Sí, no estoy para otra relación.

—Pues para eso lo ideal son los chavales.

—¿Qué entiendes tú por chavales?

—Veinte, veintidós años. Universitarios.

—Podría ser la madre de cualquiera de ellos.

—Es justo lo que los pone, Lore.

—Me lo voy a tener que pensar, no lo veo claro.

—No seas tonta y sácale partido a ese cuerpazo que todavía tienes.

Sabía que tenía razón. Para un polvo sin ataduras, nada mejor que un chico joven. Me apetecía catar carne fresca, que un cuerpo fuerte me empotrara contra la pared y me devolviera los años perdidos. Pero me daba pánico hacer el ridículo, quedar como una vieja desfasada que intenta pervertir a un crío. En el fondo, temía dar la misma imagen repugnante que entonces tenía de mi ex.

Aun así, decidí probar suerte bajando un poco el rango de edad. No tardé nada en recibir mensajes. Me sentí halagada, pero me echaba para atrás que solo supieran hablar de follar. Era lo que buscaba, sí, pero lo volvía todo demasiado sucio. Sabía que era un problema mío, de prejuicios, y aun así no me atreví a quedar con ninguno.

No dar el paso no me impidió disfrutar de las fotos de aquellos jóvenes. Me costaba creer que muchachos tan guapos y trabajados se hubieran fijado en mí. Carla tenía razón: yo seguía estando muy entera. Al menos tenía un buen par de tetas, imprescindibles para atraer a un hombre, y tampoco me faltaba culo. Por la calle todavía conseguía que los hombres se giraran a mirarme.

***

Dediqué el fin de semana a mirar perfiles, fantaseando con atreverme de una vez. Bruno y Adrián estaban en la habitación, pintando sus figuras. De repente se me ocurrió que tener a Adrián cerca podía servirme de algo. Yo solía andar por casa muy ligera de ropa, salvo cuando él venía. Esa tarde me puse un vestido cortísimo, sin sujetador, y un tanga que se marcaba todo lo posible.

Cuando Bruno salió al baño, aproveché para colarme en el cuarto con la excusa de ofrecerle algo de beber a su amigo. Una vez dentro, me agaché fingiendo recoger algo del suelo, asegurándome de dejar mi trasero casi descubierto a la altura de su cara. Lo miré de reojo y lo pillé contemplándome con la boca entreabierta.

Llamar la atención de Adrián fue una primera victoria, aunque reconozco que apenas le di opción a otra cosa. Necesitaba más pruebas de que seguía siendo capaz de atraer a los jóvenes, así que decidí que aquel pobre chico sería mi termómetro involuntario.

A partir de entonces, cada vez que venía a casa encontraba la manera de quedarme a solas con él y provocarlo. Del vestido corto pasé a recibirlo en camiseta y tanga. Pese a su timidez, los ojos se le iban a mi culo sin remedio. Yo le sonreía y le acariciaba la cara como había hecho siempre, pero él ya no reaccionaba igual: se ponía nervioso, le temblaban las manos.

De tanto jugar con fuego, fui yo quien acabó quemándose. La dulzura de Adrián contrastaba tanto con la rudeza de los chicos de la aplicación que ya no quería ser tratada de otra forma. Su timidez me ponía mil veces más que la prisa de esos otros que iban directos al grano. Tenía que sacarme aquella idea de la cabeza, y sin embargo cada día me hundía un poco más.

Lo conocía desde niño, siempre fue guapo. Pero los últimos años le habían sentado de maravilla. Era alto, moreno de piel y de pelo, con unos ojos azules que paralizaban. Sin ser nada deportista, como mi hijo, tenía los músculos poco abultados pero perfectamente dibujados. Atributos que siempre estuvieron ahí y que yo nunca había mirado con interés. Hasta entonces.

¿Qué clase de madre piensa estas cosas?

Ni yo entendía por qué Adrián había empezado a ocupar la mayor parte de mis pensamientos. Me sentía mal por su juventud, pero sobre todo por quién era. Y cuanto peor me sentía, más lejos llegaba en mi empeño de provocarlo. Solo me faltaba aparecer desnuda, pero corría el riesgo de que mi hijo me descubriera. Intenté contárselo a Carla, aunque era difícil teniendo tanto que ocultar.

—¿Cómo va la búsqueda?

—Justo de eso quería hablarte.

—¿Encontraste algo interesante?

—Más o menos.

—Chica, dame detalles.

—Conocí a un chico, pero es demasiado joven.

—¿Él está interesado en ti?

—Bastante segura de que sí.

—¿Entonces cuál es el problema?

—Que es muy tímido. No creo que tenga experiencia.

—Puede ganarla contigo.

—¿Le propongo acostarnos directamente?

—Si es cortado, ve poco a poco.

—Vale, no quiero espantarlo.

—Tiene morbo, ¿verdad?

—Mucho más del que imaginaba.

Lo de ir poco a poco ya lo había superado, quizá de una forma demasiado directa, pero Adrián tenía que haber entendido lo que buscaba de él. Estaba ansiosa por dar otro paso, y resultó que el fin de semana siguiente Bruno se iba con su padre. En realidad era una oportunidad inmejorable, siempre que encontrara la manera de atraer al chico hasta mi casa.

***

Mi plan era tan sencillo como arriesgado. Bastaba con llamarlo y hacerlo venir con cualquier pretexto. Si era tan listo como decían sus notas, sabría de sobra lo que pretendía. En su mano quedaba aceptar o rechazar, consciente de lo que se perdería. Para salir de dudas, en cuanto mi hijo se marchó, marqué su número.

—¿Hola?

—Adrián, soy Lorena, la madre de Bruno.

—¿Ha pasado algo?

—No, tranquilo. Quería hablar contigo sobre su cumpleaños.

—Pero si faltan tres meses.

—Ya, pero quiero organizarlo con tiempo. Los veintiuno son especiales.

—Está bien. ¿En qué puedo ayudarte?

—Podrías encargarte de avisar a vuestros amigos.

—¿Qué amigos?

—Mira, por teléfono es un lío… ¿Por qué no te pasas un momento?

—Claro, ahora mismo voy.

No se lo pensó ni un segundo, buena señal. Fui al dormitorio, hice la cama y dejé todo perfecto, por lo que pudiera ocurrir. Pensé en la manera más atrevida de recibirlo y opté por un top y, de nuevo, un tanga. Por muy tímido que fuera, no dejaba de ser un hombre. En cuanto lo pusiera cachondo, sería fácil hacer con él lo que quisiera.

Vivía cerca, pero aquel día llegó antes que nunca. Adrián siempre iba con ropa cómoda, y sin embargo esa tarde se había peinado y olía a perfume. Dos detalles que me animaron desde que cruzó la puerta. Quizá fuese la ausencia de su amigo, o la tranquilidad que eso le daba, pero su mirada fue mucho más directa de lo habitual.

Lo hice pasar al salón y nos sentamos en el sofá. De entrada le coloqué la mano sobre la rodilla, por si le quedaba alguna duda de para qué lo había llamado. Parecía más relajado que otros días. No esquivaba mi cuerpo, aunque sí mis ojos.

—Así que ya estás organizando la fiesta de Bruno, ¿no?

—Los primeros detalles. Quería saber si seréis muchos.

—Si apenas nos hablamos con nadie.

—No tengo problema en que vengan chicas.

—Son las que más nos ignoran.

—¿Es que no os interesan?

—No suelen compartir lo que nos gusta.

—Ya sabes a lo que me refiero.

—¿Me has hecho venir para preguntarme si Bruno es gay?

—Sé que no lo es. Mi pregunta es: ¿lo eres tú?

—¿Para qué quieres saberlo?

—Porque me pones muy cachonda, Adrián.

—Vaya… pues no, no lo soy.

—¿Has estado ya con alguien?

—Me temo que la respuesta vuelve a ser que no.

—¿Cómo es posible? Si eres un bombón.

—Nadie se acerca a los raritos como nosotros.

—¿Quieres que me acerque yo a ti?

—Sí.

—¿Cuánto?

—Lo que tú quieras. Me da igual.

La mano que tenía en su rodilla subió hasta agarrarle el bulto. Él se quedó inmóvil, así que fui yo la que se lanzó a besarlo. Seguía mostrándose tímido, pero no dudó en apretarme una nalga. Nuestras lenguas se enredaron, aunque la excitación le impedía concentrarse del todo y los jadeos se le escapaban entre beso y beso.

Antes de llevármelo a la cama necesitaba seguir disfrutando de esos besos torpes que me devolvían a mi juventud. Lo frotaba por encima del pantalón y me preguntaba cuánto aguantaría aquel chico inexperto. Me quité el top para ofrecerle el pecho, y Adrián me lo cubrió con las manos al instante, como si llevara años imaginándolo.

Disfrutaba amasando los primeros pechos que alguien ponía a su alcance. Lo animé a llevárselos a la boca y su cara se transformó en pura felicidad. En cuanto mis pezones duros rozaron sus labios, dio un respingo y se quedó rígido, muy tenso. La humedad en mi mano y la mancha en su pantalón me confirmaron que se había corrido.

Le acaricié la cara como tantas veces, para que se calmara. Bajé del sofá, me arrodillé frente a él y lo desnudé de cintura para abajo. Resoplaba, todavía avergonzado, mientras yo me tomaba mi tiempo. Después me puse de pie, le tomé la mano y lo guie hasta mi habitación.

Una vez allí terminamos de desnudarnos y nos sentamos uno frente al otro. Abrí las piernas y le pedí que mirara, que tocara si quería. Adrián volvía a estar duro, aunque lo de antes le había restado confianza. Llevé su mano hasta mi entrepierna para que sintiera lo mojada que estaba por él. Me moría por tenerlo dentro, por ser la primera mujer del tímido amigo de mi hijo.

—Tranquilo, lo que te ha pasado es de lo más normal.

—Creía que aguantaría más.

—Dentro de mí lo harás mejor. ¿Tienes ganas?

—Sí, muchas.

—¿Te gusta mi cuerpo?

—Me vuelve loco. Desde hace años.

—¿Lo dices en serio?

—Sí. He pensado en ti más veces de las que debería.

—¿Y te ha gustado tenerme así?

—Por eso no he podido aguantar.

—¿Qué sientes al tocarme?

—Estás muy caliente.

—Eso lo provocas tú, porque me pones muchísimo.

—Pues déjame ya, no aguanto más.

—Ven, Adrián. Este será nuestro secreto.

Continuará…

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Comentarios(7)

Roxana_79

Que relato tan bueno!!! me tuviste pegada a la pantalla de principio a fin. Espero que haya continuacion!!

DiegoCruz_87

Increible, muy bien narrado. Se nota que tenes talento para esto

PabloNight_77

jajaja el pobre muchacho debio haberse puesto todo colorado. Genial

Caro_2025

Me encanto, me quede con ganas de mas. Tiene mucho morbo sin pasarse jaja

NicolasK

Ese tipo de situaciones son las que mas fantasias generan... muy buen relato. Seguí así!

SilviaRo

Excelente!!! Una de las mejores historias que leo por aca hace tiempo

Kike_Salta

Se hizo cortisimo, quiero la segunda parte jaja. Muy bueno

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