Las clases particulares de mi profesor lo cambiaron todo
Me llamo Sabrina y tengo veintitrés años. Siempre fui de las que cuentan sus cosas tal como pasaron, sin adornarlas demasiado, así que esta también es real. Lo que voy a contar ocurrió hace un par de años, cuando recién entraba a la universidad y todavía creía que las cosas se conseguían solo estudiando.
No soy ni muy alta ni muy bajita. Tengo la piel clara, el pelo negro y largo, y un cuerpo del que, lo admito, siempre saqué provecho. Tetas chicas pero firmes, con los pezones rosados y sensibles que se me marcan hasta bajo el corpiño, y unas caderas anchas que no pasan desapercibidas cuando camino. Nunca me consideré la chica más bonita del aula, pero aprendí temprano que una mirada bien puesta vale más que cualquier nota.
Y hay algo que confieso sin vergüenza: siempre me gustaron los hombres mayores. No los pendejos de mi edad, con sus prisas y su torpeza, sino los maduros, los que saben coger y se toman su tiempo. Los que te agarran del pelo cuando toca y te acarician cuando toca. Es mi debilidad, mi gusto culpable, y aquel semestre tuvo nombre y apellido.
Esteban dictaba la materia que más se me resistía. Tendría unos cincuenta y seis años, alto, de hombros anchos, con canas en las sienes y una voz grave que llenaba el aula entera. No era el típico profesor desaliñado: vestía bien, olía bien y tenía esa seguridad de hombre que ya nada tiene que demostrarle a nadie. Desde la primera semana noté que sus ojos se demoraban un poco más de la cuenta cuando me ponía de pie, y no era en la cara donde se demoraban.
Yo era buena estudiante. No la mejor, pero responsable, de las que entregan todo a tiempo. Sin embargo, en su materia me iba mal. Cada error mío lo señalaba con más dureza que el de cualquier otro, como si conmigo aplicara una vara distinta. Pasé semanas estudiando de más, repasando hasta tarde, y aun así los exámenes me volvían con una nota que no entendía.
—Tienes que ponerle más dedicación, Sabrina —me decía, apoyado en el borde de su escritorio—. Confío en tu potencial. Sé que puedes.
Siempre era amable conmigo, casi demasiado. Y aunque me frustraba reprobar sus parciales, había algo en su manera de mirarme que me hacía volver a clase con un nudo raro en la panza. Más de una vez, sola en mi cuarto, terminé metiéndome los dedos pensando en él, imaginando esa voz grave diciéndome guarradas al oído, imaginando su mano grande apretándome el cuello mientras me follaba contra el escritorio. Me corría rapidísimo cuando pensaba en él, y después me daba una vergüenza que me duraba días.
Cuando ya daba la materia por perdida, faltando poco para los recuperatorios, me pidió que me quedara después de clase.
—Mira, no vienes bien conmigo y queda poco para cerrar el semestre —dijo, bajando la voz aunque ya no había nadie—. Pero quiero que apruebes. Creo en ti. Me gustaría darte clases particulares.
—Sí, profe, me hacen falta —respondí enseguida—. Siento que entiendo el tema, pero a la hora del examen la nota no me acompaña.
—Tranquila —dijo, y sonrió de un modo que no era el de un profesor—. Con unas clases extra resolvemos esto en un rato.
Lo dijo demasiado cerca de mí, tan cerca que sentí su perfume y el calor de su cuerpo. Bajé la vista un segundo y vi cómo el bulto se le marcaba en el pantalón, ahí, a la altura de mi cara. No fue casualidad. Me puse colorada, asentí sin pensarlo y salí del aula con el corazón acelerado y el coño mojado, sintiéndome la bombacha pegada.
***
El día acordado fui a su casa. Vivía solo, en un departamento ordenado y luminoso, con una hija de mi misma edad que en ese momento estaba en sus propias clases. Lo supe porque me lo aclaró apenas abrió la puerta, como quien deja claro que nadie iba a interrumpirnos.
Me había arreglado. No voy a mentir: elegí una falda corta, de esas que dejan ver más de lo prudente cuando una se inclina, y una blusa ajustada. Debajo, una bombacha de encaje negra y ningún corpiño. No iba con un plan concreto, pero tampoco descarté que algo pasara. Me fui linda, por las dudas, y por la cara que puso al verme entrar supe que el detalle no le había pasado inadvertido. Me miró de arriba abajo sin disimular, deteniéndose donde tenía que detenerse, y sentí los pezones endurecerse solos bajo la tela.
Nos sentamos a la mesa del comedor, con los libros abiertos entre los dos. Y al principio, lo juro, estudiamos de verdad. Pero cada vez que me agachaba a buscar algo en mi mochila, sentía sus ojos clavados en mi escote. Cada vez que cruzaba las piernas, su explicación perdía el hilo un segundo. La tensión crecía en silencio, como una cuerda que se tensa de a poco.
Lo extraño fue que ahí, en su casa, todo lo que en el aula me resultaba imposible empezó a tener sentido. Reímos, conversamos de cosas que no eran la materia, y por un rato me olvidé de que era mi profesor. Hasta que dejó el lápiz sobre la mesa, me miró fijo y dijo:
—Eres mucho más capaz de lo que muestras en clase, Sabrina. Y existen formas más sencillas de que apruebes. Solo para ti.
El aire cambió de golpe. Yo ya sabía perfectamente de qué hablaba; lo sabíamos los dos. La conversación venía subiendo de tono desde hacía rato, y en lugar de hacerme la desentendida, me levanté de la silla, me acerqué y le pasé la mano por el muslo, subiendo despacio hasta rozarle el bulto por encima del pantalón. Estaba durísimo. Se lo apreté con ganas y él soltó un gruñido bajo.
—Creo que entiendo el método —dije, mirándolo a los ojos mientras se lo seguía masajeando por encima de la tela.
—Veo que aprendes rápido cuando quieres —murmuró, con una sonrisa que me hizo temblar las piernas.
Me gustó cómo lo dijo. Me gustó esa autoridad suya que en clase me intimidaba y que ahí, de pronto, me encendía. Me incliné sobre él y lo besé, con lengua, sin vueltas, y él respondió tomándome de la nuca con una firmeza que no admitía dudas. Sus manos, grandes y cálidas, me recorrieron la espalda y bajaron hasta agarrarme el culo por debajo de la falda, apretándomelo entero con las dos manos. Me arrancó un jadeo en la boca.
—¿Tienes idea de las ganas que te tengo desde el primer día? —dijo contra mi oído, y la voz grave que me intimidaba en el aula ahora me hacía perder la cabeza.
—Me lo imaginaba —respondí, sin aire—. Por eso me hacías los exámenes tan difíciles.
—Quería tenerte exactamente así —admitió, metiéndome la mano por debajo de la bombacha y hundiendo dos dedos en mi coño empapado sin pedir permiso—. Y no precisamente estudiando. Mira cómo estás, chorreando.
—Así me tenés desde hace semanas, profe —gemí, abriendo más las piernas para que siguiera.
Me metió los dedos hasta el fondo, moviéndolos despacio, buscándome ese punto que él ya sabía encontrar, mientras con el pulgar me acariciaba el clítoris en círculos lentos. Yo me agarraba de sus hombros para no caerme, mordiéndome el labio para no gritar. En pocos minutos me estaba temblando todo el cuerpo.
—Así, así, no pares —le rogué—. Me voy a correr, profe.
—Corré para mí, nena. En mi mano.
Y me corrí. Ahí mismo, parada, con sus dedos adentro y su boca contra la mía tragándose mis gemidos. Le empapé la palma entera, temblando contra su cuerpo mientras él seguía moviendo los dedos hasta la última contracción.
***
Me llevó del comedor a su habitación sin dejar de besarme, sin sacarme los dedos de encima. Ahí, la timidez que me quedaba se esfumó. Le abrí la camisa botón por botón y descubrí un pecho ancho, de hombre que se cuida, con apenas algo de canas. Le besé el cuello, el pecho, las tetillas, fui bajando despacio mientras él me observaba desde arriba con los ojos encendidos.
Le solté el cinturón, le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón y su verga saltó afuera, dura, gruesa, más grande de lo que había imaginado en mis noches sola. Me quedé un segundo mirándola, con la boca abierta, antes de agarrarla con las dos manos.
—Guau, profe —murmuré—. No me esperaba esto.
—¿Te gusta lo que ves?
—Me encanta.
Me arrodillé frente a él y saqué la lengua, pasándosela desde la base hasta la punta, muy despacio, mirándolo desde abajo. Le di un beso en el glande, otro, y después me la metí entera en la boca, hasta donde pude, ahogándome un poco. Él soltó un gemido ronco que me puso más caliente todavía.
—Así, puta, mamá esa verga —gruñó, agarrándome del pelo.
Empecé despacio, subiendo y bajando, ensalivándosela toda, dejando que un hilo de baba me cayera hasta las tetas. Después aceleré, disfrutando cada reacción suya, cada respiración que se le entrecortaba, cada vez que la cadera se le adelantaba para hundírmela más. Él me sostenía el pelo, marcando el ritmo, empujándome contra su verga cuando quería que la tragara entera. Yo estaba tan excitada que apenas podía pensar; me metí una mano bajo la falda y empecé a tocarme mientras se la mamaba.
—Así, despacio, mirame a los ojos —decía—. No tengas prisa. Tenemos toda la tarde.
Le sostuve la mirada mientras la chupaba, con la verga entrándome y saliéndome de la boca, con los ojos llorosos de las arcadas cuando me la clavaba hasta la garganta. Después se la saqué y le pasé la lengua por los huevos, uno por uno, mientras se la seguía masturbando con la mano.
—Si sigues así me voy a acabar en tu boca —me advirtió.
—Todavía no —dije, sonriendo—. Primero quiero que me la metas.
Y vaya que la teníamos, la tarde. Cuando ya no aguantó más, me levantó del suelo, me arrancó la blusa y me manoseó las tetas con hambre, chupándome los pezones uno por uno hasta dejármelos duros y colorados. Me dio vuelta y me inclinó sobre el borde de la cama. Me subió la falda con una calma que me volvía loca, tomándose su tiempo, como si supiera que la espera era parte del juego. Me bajó la bombacha hasta las rodillas y ahí me dejó, con el culo al aire y las piernas medio abiertas.
—Tienes un cuerpo precioso —dijo, deslizando la mano por mi cintura y bajando hasta abrirme las nalgas con los dos pulgares—. Lástima que lo escondas en clase. Mira este coño empapado que tenés. Todo esto por tu profesor viejo.
Entonces dejó caer una palmada firme sobre mi nalga derecha. El golpe me arrancó un gemido que me sorprendió a mí misma. Otra palmada, ahora en la izquierda, más fuerte. Otra más.
—Si sigues así me vas a dejar las marcas —protesté, aunque por dentro rogaba que continuara.
—Que sepan que un hombre supo cómo tratarte —respondió, y sentí la punta de su verga refregándose entre mis labios, empapándose en mis jugos, sin entrar todavía.
—Profe, por favor, metémela ya —le rogué, moviendo las caderas hacia atrás para buscarlo.
—¿Así me lo pedís?
—Cogéme, profe. Cogéme como te dé la gana.
Me la clavó de una sola estocada, hasta el fondo, y solté un grito que se escuchó en todo el departamento. Se quedó adentro, quieto, dejándome sentir cada centímetro, esperando que me acomodara. Después empezó a moverse, despacio al principio, agarrándome de las caderas con esas manos grandes, y de a poco fue subiendo el ritmo hasta que las cachetadas del pubis contra mi culo hacían eco en la habitación.
Lo que vino después no tengo cómo describirlo sin quedarme corta. Esteban sabía exactamente lo que hacía, cada estocada medida, cada pausa calculada para volverme loca. Me sacaba la verga entera y me la volvía a clavar de golpe. Me la dejaba puesta hasta el fondo y hacía círculos con la cadera para llenarme entera. Después me sacudía a un ritmo brutal, agarrado a mis caderas, hasta que yo lloraba de placer contra la sábana. No era la prisa torpe de un pendejo de mi edad; era la paciencia de alguien que ya conoce el cuerpo de una mujer y sabe leerlo.
Me metió el pulgar en la boca y yo se lo chupé. Después me lo pasó por la saliva y me lo apoyó contra el ojete, empujando de a poco mientras seguía cogiéndome el coño. La doble sensación me volvió loca.
—¿Te gusta así, putita? —jadeó contra mi oído, tumbándose sobre mi espalda para susurrármelo—. ¿Te gusta que tu profesor te llene entera?
—Sí, profe, sí, no pares —jadeé—. Más fuerte, por favor, más fuerte.
—¿Quieres que pare? —preguntó en un momento, aflojando el ritmo, solo para escucharme rogar.
—Ni se te ocurra —jadeé—. Si te detienes, no te lo perdono. Sigue, por favor. Rompéme.
—Quién lo diría —se rió bajito, mordiéndome el hombro—. La alumna más callada del curso, pidiendo verga.
—Eres terrible —le dije entre suspiros—. Mira cómo tienes a tu alumna. Toda tuya.
—Exactamente como te quería —contestó, y me la metió con más fuerza todavía.
Me dio vuelta, me tiró boca arriba sobre la cama y me puso las piernas al hombro. Desde ese ángulo lo veía todo: su verga brillante entrando y saliendo de mi coño, sus abdominales tensándose con cada estocada, su cara concentrada mientras me miraba temblar. Me apretaba las tetas, me tironeaba los pezones, me mordía el cuello. Yo me tocaba el clítoris con dos dedos, en círculos rápidos, y sentía otro orgasmo subiéndome desde adentro.
—Me voy a correr otra vez, profe —gemí—. Me voy a correr, me voy a correr...
—Corréte para mí, nena. Apretame bien fuerte con ese coño rico.
Y me corrí, con un grito, apretando las piernas contra su espalda, sintiendo cómo mi coño se contraía alrededor de su verga en oleadas que no paraban. Él siguió cogiéndome durante todo el orgasmo, sin aflojar, hasta que yo quedé temblando y con las piernas flojas.
Después me hizo cambiar de postura otra vez. Me sentó encima de él, con las piernas abiertas sobre las suyas, y me dejó moverme yo, con las manos apoyadas en su pecho, cabalgándolo mientras él me miraba desde abajo con los ojos oscuros. Me chupaba las tetas, me manoseaba el culo, me daba palmadas cuando el ritmo se me aflojaba.
—Así, mi amor, así —me decía—. Movete para tu profesor.
Cuando sentí que él ya no aguantaba más, me bajé de golpe, me arrodillé entre sus piernas y me la metí en la boca de nuevo, moviendo la cabeza rápido, con las dos manos en la base.
—Acabáme adentro, profe —le dije, separándola un segundo de mi boca—. Todo. En la boca.
Bastaron unos segundos más. Sentí cómo se tensaba, cómo la verga se le hinchaba entre mis labios, y de golpe me llenó la boca de leche, chorro tras chorro, tibia y espesa. Yo me la tragué toda, sin soltarla, chupándole hasta la última gota, mirándolo a los ojos. Después le pasé la lengua por la punta y le sonreí con la boca todavía llena.
—Me la tragué toda, profe —le dije, abriendo la boca vacía para mostrarle.
—Sos una diosa —murmuró, dejándose caer sobre la cama—. Vení.
Cuando terminamos, me quedé tendida boca arriba, recuperando el aliento, con una sonrisa tonta que no me podía borrar. Él se recostó a mi lado y me acarició el pelo, en un gesto sorprendentemente tierno para todo lo que acababa de pasar. Yo tenía el coño latiendo, las nalgas ardidas de las palmadas, la boca todavía con gusto a él, y estaba feliz como una idiota.
—Esto no cambia que tengas que estudiar —dijo de pronto, fingiendo seriedad.
—¿En serio me vas a hablar de la materia ahora? —reí.
—Solo digo que la próxima clase particular debería ser de verdad —respondió—. Aunque podemos combinar las dos cosas.
—Con vos combino lo que quieras —le dije, pasándole un dedo por el pecho.
Me vestí sin prisa, sintiendo cómo me chorreaba entre las piernas mientras me subía la bombacha. Me regresé a casa con la falda arrugada y una calma que no sentía hacía meses. Y sí, antes de que lo pregunten: aprobé la materia. No solo por lo que pasó esa tarde, sino porque después de ese día, no sé cómo, todo empezó a tener sentido. Las clases particulares siguieron unas semanas más, y de operaciones aprendí lo justo. De lo demás, bastante más de lo que esperaba: me lo cogí en el sillón, contra la ventana, en su escritorio, arrodillada bajo la mesa mientras él corregía exámenes.
A veces pienso en él. En esa voz grave, en esa paciencia, en esa forma suya de mirarme que me hacía sentir la única en el aula. Fue mi primer profesor maduro, pero no el único que descubrió que detrás de la alumna responsable había una puta dispuesta a aprender cosas que no estaban en ningún temario.





