La señora de la limpieza se quedó conmigo esa noche
La veo casi todas las tardes, siempre con el mismo uniforme verde, ese que parece pensado para que nadie repare en quien lo lleva. Y sin embargo, a mí me bastó un par de semanas para reparar en todo lo demás. El pantalón, un poco más ajustado de lo que debería, le dibuja unas caderas que el resto del conjunto se empeña en disimular sin conseguirlo. El culo, sobre todo el culo, redondo y firme, marcado en dos medias lunas cada vez que se agacha a vaciar una papelera.
Es rubia, de un rubio que no nació con ella pero que le sienta como si lo hubiera elegido el destino. Lleva el pelo corto, a la altura de la mandíbula, sobre una piel clara que le borra los años. Imposible saber su edad exacta. Más de cuarenta, seguro. Menos de cincuenta, también. En ese margen tan injusto donde una mujer ya sabe perfectamente lo que tiene entre manos y cómo usarlo.
Esa tarde me quedé más de la cuenta. Tenía contabilidades atrasadas y quería dejarlo todo cerrado antes de las vacaciones de Navidad. La gestoría se fue vaciando despacho a despacho hasta que solo quedamos dos personas en toda la planta: yo, peleándome con las cuentas de un cliente antiguo, y ella.
Creo que se llama Marisa. Lo leí una vez en el cartel de los turnos de limpieza, aunque nunca me he atrevido a comprobarlo.
Me sonrió al pasar, como hace siempre. Le devolví la sonrisa, midiéndola, fingiendo que volvía enseguida a la pantalla. No volví. Me quedé mirándola de reojo mientras recorría los puestos vacíos vaciando las papeleras, con ese contoneo lento que parecía no costarle ningún esfuerzo.
—¿Mucho trabajo hoy? —preguntó sin detenerse.
—El último día antes de cerrar siempre es el peor —contesté.
Asintió, como si lo supiera, y siguió su camino arrastrando la mopa por el suelo. No deberías estar mirándola así, me dije. Y seguí haciéndolo. Le miré las tetas apretadas bajo la chaquetilla, le miré el culo cada vez que se inclinaba, le imaginé el coño debajo de aquel pantalón verde y se me puso dura ahí mismo, en la silla, con la calculadora encendida.
Se dio cuenta. Claro que se dio cuenta. Giró la cabeza justo a tiempo de pillarme con los ojos clavados en ella, y en lugar de incomodarse, volvió a sonreír. Esta vez la sonrisa duró un segundo más de lo necesario.
¿Fue cortesía? ¿Fue algo más? Empecé a darle vueltas mientras ella se alejaba tarareando una melodía que no reconocí. Intenté concentrarme en los números, pero las cifras se me emborronaban. Aquel cliente llevaba doce años confiándonos su contabilidad y por primera vez me importaba un bledo.
***
Pasaron unos minutos. El ruido de la mopa se apagó al fondo del pasillo y supuse que ya se habría marchado. Lo único que no se marchó fue la tensión que se me había instalado en la polla, dura contra la costura del pantalón, esa que no se va con buena voluntad ni con hojas de cálculo.
Pero no se había ido. Su voz sonó desde el otro extremo de la planta, clara, sin urgencia.
—Por favor, ¿puede venir a echarme una mano un momento?
Me levanté antes de pensarlo. Seguí el rastro de su voz hasta el pequeño almacén donde se guardan los productos y los útiles de limpieza, una habitación estrecha con estanterías hasta el techo. La puerta estaba abierta de par en par.
Marisa estaba de puntillas, sosteniendo por encima de la cabeza una caja llena de botes que se balanceaba en un equilibrio imposible. Los brazos le temblaban del esfuerzo. Al estirarse, la chaquetilla se le había subido y le asomaba una franja de piel blanca sobre la cinturilla del pantalón, y la tela tirante le marcaba el culo entero, ese que llevaba semanas comiéndome con los ojos.
—Deja, que te ayudo —le dije, entrando de golpe.
Agarré la caja con las dos manos antes de que se le viniera encima. Al hacerlo, el cuerpo se me pegó al suyo sin remedio. La caja quedó arriba, entre los dos, y yo quedé detrás de ella, tan cerca que sentí el calor de su espalda contra mi pecho y la polla, dura como una piedra, encajada justo entre las dos nalgas por encima del pantalón. La aplasté sin querer contra el borde de la estantería, y ella, en vez de moverse, empujó un poquito el culo hacia atrás, buscándome.
—Gracias —murmuró cuando por fin bajé la caja y la dejé sobre un estante a su altura.
No se apartó. Ni un centímetro. Al contrario: hizo un movimiento lento con las caderas, un roce apenas, para que quedara claro que había notado perfectamente lo que tenía apretado contra el culo.
—No hay de qué. Casi te entierra esa caja —dije, y me callé el resto, lo que de verdad estuve a punto de añadir.
—El último estante está demasiado alto —se excusó, girándose despacio hacia mí, rozándome la polla con la cadera al girar—. O yo soy demasiado bajita.
Volvió a sonreír, y esta vez la sonrisa tenía un destinatario claro. Seguíamos los dos encerrados en aquel cuartito que olía a lejía y a algo más cálido. Al girarse, rocé sus manos: las tenía más suaves y más calientes de lo que jamás hubiera imaginado en alguien que se pasa las tardes fregando suelos.
Entonces lo noté. La chaquetilla del uniforme, que siempre llevaba abrochada hasta el cuello, tenía dos botones sueltos. Los justos para dejar ver el nacimiento de sus tetas y la sombra del canal que las separaba, sin sujetador debajo, la piel blanca marcada por el elástico ausente. No se desabrocha así por accidente una mujer que lleva años con el mismo uniforme.
Sentí que la cabeza se me nublaba del todo. Una mujer madura no juega con fuego sin saber exactamente cuánto piensa quemarse.
—¿Desde cuándo eres tan descarada? —le pregunté, y le sujeté la barbilla con la mano.
—Desde que me miras como me miras —respondió sin pestañear—. Llevas semanas haciéndolo y te crees que no me doy cuenta. Cada vez que me agacho, cada vez que paso por tu lado, sé perfectamente dónde tienes los ojos. Y sé perfectamente lo que se te pone en el pantalón.
***
No hubo más conversación. Atraje su boca hacia la mía y la besé como llevaba días imaginando, hondo, sin disimulo. Le mordí el labio inferior, le recorrí el interior de la boca con la lengua, le apreté la cintura y subí las manos hasta sus tetas por encima de la tela. Le desabroché el resto de los botones de un tirón, la chaquetilla se abrió y ahí estaban, colgando con ese peso hermoso de las tetas de una mujer madura, los pezones anchos, oscuros, ya duros de deseo. Se los agarré con las dos manos, se los apreté, se los pellizqué, y ella respondió con un gemido ronco, sordo, como si también llevara semanas conteniéndose detrás de aquellas sonrisas medidas.
Bajé la boca. Le chupé un pezón entero, se lo mordí despacio, tiré de él con los dientes, le pasé la lengua alrededor, y luego el otro, mientras ella me hundía los dedos en el pelo y me apretaba la cara contra sus tetas.
—Sí, así —jadeó—. Chúpamelas bien.
Una de sus manos bajó por mi pecho, por el vientre, hasta encontrar lo que ya no había forma de disimular. La cerró sobre mi polla por encima del pantalón y me arrancó un suspiro que sonó casi a queja.
—Tranquilo —susurró contra mi oído—. Tenemos toda la planta para nosotros. Y tienes una polla que se me está clavando en la mano desde hace un rato.
Con una habilidad que me dejó sin aire, me desabrochó el cinturón y el pantalón. Cuando su mano se cerró directamente sobre mi polla, cálida y firme, tuve que apoyarme en la estantería para no perder el equilibrio. Empezó a mover el puño de arriba abajo, despacio, apretándome bien, sabiendo perfectamente lo que hacía. Con el pulgar me repartía la humedad de la punta por el glande, y a mí se me escapaba el aire entre los dientes.
—Mira qué dura la tienes —murmuró mirándomela, la boca a un palmo, humedeciéndose los labios—. Todo esto por mí, ¿eh?
Se arrodilló sin avisar. Se metió mi polla en la boca de una sola vez, hasta la garganta, y me miró desde abajo con los ojos brillantes mientras me la chupaba. La sacó despacio, ensalivándola entera, y volvió a tragársela otra vez, y otra, marcando un ritmo que me hizo agarrarme al estante con las dos manos. Me la mamaba con hambre de años, la lengua recorriéndome por debajo, los labios apretados alrededor, una mano en la base bombeándome y la otra masajeándome los huevos. Se sacaba la polla de la boca para chupármelos también, uno por uno, y volvía a subir, escupiéndose en la mano para seguir masturbándome mientras me lamía la punta.
—Como sigas así me corro en tu boca —le avisé, con la voz ronca.
—Todavía no —dijo, sacándomela con un chasquido y limpiándose la comisura con el pulgar—. Todavía no. Yo también tengo derecho a lo mío.
La levanté agarrándola de los brazos. Le acaricié yo también, por encima del pantalón verde primero, marcándole la raja del coño con dos dedos por encima de la tela, y la sentí estremecerse. Colé después los dedos por debajo de la cinturilla, sin ropa interior, y encontré la mata rubia y, más abajo, un coño empapado, tan mojado que los dedos se me hundieron sin resistencia.
—Joder, cómo estás —gruñí contra su cuello.
—Llevo toda la tarde así —jadeó—. Desde que entré en tu planta.
Le metí dos dedos hasta el fondo y le busqué el clítoris con el pulgar, en círculos, mientras la besaba en la boca y le mordía el cuello. Ella se abrió de piernas contra mí, montándose contra mi mano, cabalgándome los dedos con las caderas.
Nos desnudamos a medias, con prisa, entre risas ahogadas y golpes torpes contra los estantes. Yo me deshice del pantalón; ella se bajó el suyo de un solo movimiento, pateándolo hacia un rincón, y quedó ahí de pie con la chaquetilla abierta, las tetas fuera, el coño rubio y brillante a la vista. El cuartito empezó a oler distinto, a piel y a coño y a semen, a esa mezcla que no admite vuelta atrás.
La hice girarse de cara a la estantería. Apoyó las dos manos en un estante a la altura del pecho y arqueó la espalda, sacando el culo, ofreciéndose sin una sola palabra. Le abrí las nalgas con las manos, le vi el coño abierto, rosado, chorreando, y le pasé el glande por encima, de arriba abajo, restregándomelo por los labios para embadurnarme bien.
—Métemela ya, por favor —suplicó, empujando el culo hacia atrás—. No me hagas esperar más.
La agarré por las caderas y me hundí en ella de una sola embestida, hasta el fondo, sintiendo cómo me recibía, cómo el coño se le cerraba entero alrededor de mi polla, cómo todo el aire se le escapaba en un gemido largo que intentó morder a tiempo.
—Más fuerte —pidió entre dientes, mirándome por encima del hombro—. No tengas tanto cuidado conmigo. Fóllame de una puta vez.
Le hice caso. La embestí con todas las ganas acumuladas durante aquellas tardes de miradas de reojo, una tras otra, sujetándola por las caderas para que no se me escapara, sacándomela casi entera y volviéndola a clavar hasta los huevos. Sus manos se aferraban al estante, los botes temblaban y caían al suelo, y a ninguno de los dos nos importó. El cuartito se llenó del sonido de mis huevos golpeándole el coño, del chapoteo de estar tan mojada, de su respiración entrecortada y de las palabrotas que se le escapaban entre gemidos.
—Así, así, más adentro, no pares —jadeaba pegada al estante—. Qué bien me la metes, joder.
La cogí del pelo con una mano, sin tirar, solo para verle la cara girada hacia mí, la boca abierta, y le solté una nalgada seca en el culo con la otra. Se le escapó un gemido más alto, y el coño se le apretó de golpe alrededor de mi polla.
—Otra —pidió—. Dame otra.
Le di otra, y otra, hasta dejarle la nalga marcada de rojo. Después la saqué, la hice girarse, la senté a horcajadas sobre el estante bajo y me la metí de nuevo desde delante, con las piernas de ella abiertas alrededor de mi cintura, la espalda apoyada en la pared del almacén. Así, cara a cara, la follé despacio primero, viéndome entrar y salir empapado de ella, y después otra vez a fondo, mirándole las tetas moverse a cada embestida.
Una de sus manos se soltó del borde del estante y bajó entre sus piernas, buscándose el clítoris, marcando su propio ritmo mientras yo marcaba el mío. Con la otra mano se agarraba de mi hombro, clavándome las uñas. Le aparté el pelo del cuello con los dientes para poder verle la cara, contraída de placer, los ojos cerrados, la boca entreabierta murmurando cosas que casi no se le entendían.
—No pares ahora —jadeó—. No se te ocurra parar. Que me corro, que me corro.
No paré. La embestí más rápido, más fuerte, notándole el coño palpitar alrededor de mi polla, notando cómo se le iban tensando los muslos alrededor de mi cintura. Se corrió empujándose contra mí, buscándome lo más adentro posible, ahogando un grito contra su propio brazo para que no se oyera en toda la planta vacía. La sentí cerrarse entera, temblar de arriba abajo, chorrearme por dentro, y aquello me arrastró a mí detrás de ella apenas unos segundos después. Alcancé a preguntarle con un gruñido dónde, y ella me clavó los talones en el culo para que no me moviera.
—Dentro, córrete dentro, quiero notarlo.
Me vacié en su coño con una sacudida que me dejó las piernas inservibles, chorro tras chorro, apoyado contra su pecho, mordiéndole el hombro para no gritar. Los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros, con mi polla todavía dentro, sintiendo cómo se me iba escapando de ella junto con el semen que le corría muslo abajo.
***
Nos quedamos así un rato, encajados, sin hablar, esperando a que el corazón nos volviera a su sitio. Después la besé una última vez, más despacio, casi con ternura, la ayudé a bajar del estante y empezamos a recoger los botes del suelo entre los dos como dos cómplices. Ella se limpió por dentro con una toallita del carro y se subió el pantalón, y a mí me costó apartar la vista del reguero blanco que le brillaba en la cara interna del muslo antes de que la tela lo tapara.
—Vas a tener que ayudarme más a menudo —dijo mientras se abrochaba el uniforme, esta vez hasta arriba.
—Esa estantería es muy alta —contesté—. Y tú demasiado bajita.
Se rió, una risa de verdad esta vez, y me dio un golpecito en el pecho antes de salir del almacén con la mopa al hombro, tarareando otra vez aquella melodía.
Volví a mi puesto. Terminé la contabilidad del cliente antiguo, cerré el programa y apagué la pantalla, con el olor a coño todavía pegado a los dedos. De camino a casa solo podía pensar en una cosa: en que las vacaciones de Navidad, de pronto, se me hacían eternas, y en que ojalá Marisa volviera a necesitar una mano con el último estante.





