La esposa madura que su marido quiso compartir conmigo
Volvía eufórico de pasar el fin de semana en la sierra, con la cabeza todavía en otra parte, cuando me sonó el teléfono dentro del coche. Era Rubén, un viejo cómplice de aventuras con el que coincidía cada tanto cuando alguno de los dos encontraba un plan que valía la pena compartir.
—Marcos, no te conté, pero puse un anuncio en una web liberal y me escribió una pareja muy curiosa —dijo, directo, sin rodeos—. Ella ronda los cuarenta y él pasa de los cincuenta. ¿Me sigues?
—Te sigo. Voy solo en el coche, manos libres. Dale.
—Llevo días de mensajes y ayer hablamos por teléfono. Buscan a alguien especial para una amistad íntima. Eso yo no se lo puedo ofrecer, pero les hablé de ti. No vieron fotos, solo les conté que eres muy alto, delgado y que estás bien dotado. Y resulta que es justo lo que buscan: el marido quiere darle una sorpresa a su mujer y que estemos los dos con ella mientras él mira. Le hace ilusión, aunque no sabe cómo va a reaccionar ella. ¿Qué dices?
—Llego antes de comer, paso por casa y me acerco. Dime dónde quedaron.
—En la cafetería de un hotel, en Pozuelo, a las cinco. Yo voy justo de tiempo, salgo de Getafe sobre las cuatro y media. Cuando estés allí me mandas un mensaje y le paso tu número al marido. Ya sabe de ti, no le falles. Les costó dar el paso y no tienen ninguna experiencia.
—Tranquilo. Pásame una foto de ella, que no tengo ni idea de cómo es.
Unos segundos después me llegaban dos imágenes. Una mujer posando en la playa: cara discreta, pelo corto, pecho pequeño, pero unas piernas espectaculares y unas caderas que pedían guerra. De las que disfrutan, pensé. No era mi tipo exacto, y aun así me bastó para hacerme una idea de la tarde.
***
Cambié el deportivo por un coche más discreto y llegué al hotel con media hora de margen. Me quedé fuera un rato, por pura curiosidad, hasta que los vi venir caminando desde el aparcamiento. Ella era inconfundible: pantalón corto negro, una blusa de lino blanca suelta, alpargatas de medio tacón con cintas atadas a las pantorrillas. Él, vaqueros, polo verde —la señal acordada—, algo de barriga y una barba descuidada de canas y pelos oscuros que no le hacía ningún favor.
Entré en la cafetería diez minutos después. Él me hizo un gesto desde una mesa de la esquina y me acerqué.
—Hola, buenas tardes. Soy Marcos, el amigo de Rubén.
—Hola, Marcos. Nos habló mucho de ti. Yo soy Damián, y ella es Carolina.
—Un placer —dije, y me senté.
Carolina no me quitaba ojo de encima. Era una mirada franca, evaluadora, de mujer que sabe perfectamente lo que está calculando aunque finja no calcular nada. Pedí un café. Mientras esperábamos a Rubén, hablamos de cualquier cosa, tanteándonos. A los pocos minutos llegó él, y la conversación se soltó: ellos ya habían hablado por teléfono y Carolina estaba más cómoda de lo que aparentaba.
Cuarenta minutos después, Damián propuso lo que yo esperaba.
—¿Por qué no seguimos en casa con una copa? Estamos a un paso.
Pagué, salimos hacia los coches y los seguí. No me lo podía creer: el suyo se metió en la misma urbanización donde vivo yo, giró dos calles antes de la mía y aparcó en el garaje de un chalet a kilómetro y medio de mi casa. Vecinos sin saberlo.
El salón era amplio, decorado en blancos y negros, con un sofá largo frente a una chimenea y un ventanal enorme orientado al sur. Carolina trajo cafés y una jarra de leche. Nos sentamos los cuatro en círculo, ellos en sus sofás individuales, nosotros en el grande.
—¿Os apetece un chupito? —preguntó Damián.
—Nosotros no bebemos —dije—, pero traigo una cosa. ¿Os gusta el licor de café? Tengo uno gallego que baja como la seda. Si os gusta, os dejo la botella.
—¿Gallego? —Carolina se enderezó, de pronto interesada—. La abuela de mi madre era de la ría. Me chifla esa zona.
—Soy de allí, aunque llevo media vida en Madrid —dije sin precisar.
Saqué la petaca. Los vasos estaban en lo alto de un armario de la cocina, fuera del alcance de ella, y Damián me pidió que la acompañara a bajarlos. No me lo podía creer: me lo estaba poniendo en bandeja.
***
En la cocina, ella abrió la puerta del mueble y yo me acerqué sin disimulo, con la excusa de alcanzar los vasos. Mi cadera quedó pegada a la suya. No se movió. Estiré el brazo, bajé un vaso, después otro, y al girarme la rocé por completo, apretándole la entrepierna con el bulto de la polla que ya se me estaba hinchando dentro del pantalón. Tampoco se apartó. Se limitaba a mirar mis manos, y a sentir cómo se le clavaba en el culo la carne dura de un desconocido al que llevaba una hora midiendo con la mirada.
—Eres mañoso, diría mi abuela —dijo, con media sonrisa, y bajó un instante los ojos al frente de mi vaquero.
—Esa palabra no se olvida —respondí—. Y ya sabes lo que decía la mía: las oportunidades pasan una sola vez. Más vale subir al tren cuando para.
Soltó una risa baja y volvió al salón delante de mí, más suelta que en el hotel. La casa era su territorio, y eso la tranquilizaba.
Serví los chupitos. A los dos sorbos, Carolina tenía las mejillas encendidas y el gesto más blando. Damián la observaba como quien ve madurar exactamente lo que ha plantado.
—Amor, ¿te gustan los chicos? —preguntó de pronto.
—Eres un malvado —rió ella, tapándose la cara—. Tendré que decir que sí o me echáis del salón.
—Voy al grano —dijo él—. Estamos aquí para ver qué da de sí esto. A mí me gustáis los dos. Solo falta saber qué prefiere ella.
—Estás muy bien, Carolina —dije—. Lo hablamos en el coche.
—Estoy un poco rellenita —murmuró, pellizcándose la cintura.
—Estás espectacular —corté—. Eres una mujer preciosa.
—Rubén nos contó que estás muy dotado —dijo Damián, sin pudor—. ¿Es verdad?
—Un poco más que la media —dije—. ¿Queréis verlo?
Me levanté, me solté el cinturón y me bajé el pantalón y el bóxer de un tirón hasta las rodillas. La polla, medio empalmada ya, se me salió de golpe, gruesa, con la vena marcada por debajo y el capullo hinchado asomando entre el prepucio. Carolina se tapó la boca y dejó escapar un suspiro largo, como si le hubieran sacado el aire de un puñetazo. Damián soltó una risa nerviosa, encantado, y le dio un codazo suave a su mujer.
—¿Dejas que la toque? —preguntó él.
—Claro.
Le tomé la mano a Carolina y se la llevé yo mismo, cerrándole los dedos alrededor de mi carne. La apretó despacio, como midiéndola, y la fue recorriendo de la base al glande con una lentitud casi religiosa. Sentí cómo se le humedecía la palma con la primera gota que ya se me asomaba, y la miré encenderse por dentro cuando se dio cuenta de que se le derramaba entre los dedos. Rubén se sacó la suya, más corta pero gruesa, con los huevos apretados, y ella las observó a las dos con una avidez que ya no se molestaba en disimular. Bajó la otra mano y agarró la de Rubén con la misma naturalidad, meneándolas a las dos a la vez, una en cada puño, como si llevara media vida esperando la oportunidad.
—Me gustaría empezar contigo, Rubén —dijo, mirándome a mí casi pidiendo permiso—. ¿Te importa?
—Para nada. Y si quieres, mientras tanto te como yo a ti.
—Eso le encanta —intervino Damián—. La pone como una moto.
***
Nos levantamos. La besé largo, intenso, metiéndole la lengua hasta el fondo mientras Rubén la abrazaba por detrás y le recorría el cuello a mordiscos suaves. Entre los dos la desnudamos sin prisa, aunque poca falta hacía: el licor y las manos ya habían hecho casi todo el trabajo. Le solté el botón del pantalón corto y se lo bajé de un tirón, junto con las bragas negras de encaje, empapadas ya en la entrepierna. Rubén le sacó la blusa por la cabeza y le abrió el sujetador, dejándole a la vista unas tetas pequeñas, firmes, con los pezones oscuros y muy duros, apuntando al techo. Le pasé el pulgar por uno y la sentí temblar entera. Damián nos llevó de la mano a un dormitorio con un colchón grueso en el suelo, en un rincón, y sacó el móvil.
—Quiero grabarlo, si no os importa. Sin caras.
—Cuidando eso, adelante —dije.
Carolina se arrodilló frente a nosotros, con las rodillas separadas y el culo apoyado sobre los talones, y se agarró una polla en cada mano. Empezó por la mía: se la metió despacio, hasta la mitad, la sacó relamiéndose el labio y volvió a tragar, esta vez más hondo. La lengua le bailaba por debajo del capullo, apretaba los labios en la corona y luego bajaba a lamerme los huevos uno a uno, con la mano izquierda meneándome sin parar. Se pasó a Rubén sin soltarme, y le hizo lo mismo, chupándosela con hambre, con un chasquido húmedo que llenaba el dormitorio. Se turnaba entre los dos como si le costara elegir, con la baba colgándole del mentón y las mejillas hundidas cada vez que apretaba la succión. Le puse la mano en la nuca y la empujé un poco más adentro; la muy guarra abrió la garganta y me llegó casi al fondo, atragantándose apenas antes de sacarla y reírse, con los ojos vidriosos.
Mi mano bajó entre sus piernas y la encontré empapada. El coño le chorreaba, con los labios abiertos y el clítoris hinchado como una avellana. Le metí dos dedos de golpe y los sentí engullidos por una carne caliente y elástica; ella soltó un gruñido con la boca llena y apretó los muslos contra mi muñeca. Damián grababa y hablaba bajito.
—Eres una golosa, cariño. Espero que hoy quedes satisfecha de verdad. Te amo.
—Lo sabes —respondió ella, antes de volver a lo suyo, tragándose la polla de Rubén hasta la raíz.
Me tumbé de espaldas y la coloqué a horcajadas sobre mi cara, con el coño abierto justo encima de mi boca, mientras seguía atendiendo a Rubén de pie a un lado de la cama. La agarré del culo con las dos manos, le abrí las nalgas y la devoré despacio, buscándole el punto: le lamí de arriba abajo, del ojete al clítoris, chupándole los labios uno a uno, y cuando le sentí el gemido ronco le clavé la lengua bien adentro y empecé a follármela así, con la lengua tiesa, mientras le rozaba el capullo del culo con la yema del pulgar. La sentí temblar enseguida, con los muslos apretándome la cabeza. Rubén se protegió con un condón y se colocó detrás de ella; le sujetó las caderas y se la metió por el coño de una embestida larga, hasta el fondo. Ella soltó un jadeo agudo y constante que fue subiendo con cada empujón, y el culo empezó a rebotarme contra la cara al ritmo del hombre que la estaba clavando.
—Goza, que te está follando a gusto —decía Damián—. ¿Te gusta?
—Me encanta —gemía ella—. Y cómo me come Marcos. Me voy a correr, joder, me voy a correr...
—Córrete en su cara, guarra —le susurró Rubén, embistiendo más fuerte—. Empápale la boca.
No tardó. Se corrió con un grito largo, arqueando la espalda, con el coño contraído contra mi lengua y un chorro caliente y espeso que me bajó por el mentón y el cuello. Yo seguí lamiendo, más suave, sacándole hasta la última sacudida, mientras ella temblaba como si le pasara corriente. Rubén la acompañó poco después, vencido por el ritmo, apretándole las nalgas con los dedos hundidos hasta clavárselos, y soltando un gemido gutural cuando se descargó dentro del preservativo. Yo me mantuve quieto debajo, la polla dura contra la barriga, esperando mi turno, sin prisa.
***
—Ahora cabálgalo a él —ordenó Damián, ya desnudo, magro y nervudo, con la polla tiesa y algo curvada en la mano—. Para que lo sientas bien profundo.
Carolina se giró, me besó, se pasó la lengua por el mentón limpiándome sus propios jugos y se colocó a horcajadas sobre mi cadera. Me agarró la polla, la enderezó contra su entrada y se dejó caer despacio, conteniendo el aliento. La punta se abrió paso entre unos labios calientes, apretados por el orgasmo anterior; la sentí resistirse un segundo, ceder de golpe y engullirme centímetro a centímetro con un ruido húmedo, obsceno.
—Es enorme, me abre entera —se quejó con un hilo de voz que no tenía nada de protesta—. Joder, joder, cómo llena.
—Baja despacio —dije, sujetándole las caderas—. Cuando te acostumbres, mandas tú.
Y mandó. Terminó de sentarse hasta que el culo le tocó mis huevos y se quedó así un instante, con los ojos cerrados y la boca abierta. Empezó a moverse con cuidado, un balanceo corto adelante y atrás, y a los pocos segundos ya se levantaba hasta la mitad de mi polla y volvía a caer de golpe, rebotándome encima. El coño hacía un chapoteo que se oía en toda la habitación. Se llevó las manos a las tetas y se pellizcó los pezones ella misma mientras cabalgaba, con la cara roja y el cuello brillante de sudor. Damián le acariciaba el pecho por detrás, le apretaba los pezones con dos dedos, y Rubén volvía a acercarse a su boca ofreciéndole la polla otra vez medio dura; ella la agarró y se la metió sin dejar de rebotar sobre mí, chupando y follando a la vez. La mujer se había soltado del todo: ya no quedaba nada de la duda del hotel, solo una hembra en celo entregada a lo que su cuerpo le pedía.
Le clavé los dedos en las caderas y empecé a empujar desde abajo, embistiéndole el coño con golpes secos que le arrancaban un «ah, ah, ah» a cada uno. Notaba cómo el capullo le tocaba algo hondo cada vez, y cómo el coño se le apretaba en respuesta, como si intentara ordeñarme.
—Me corro otra vez —avisó, soltando la polla de Rubén con la boca llena de saliva—. Qué barbaridad, amor. Gracias por esto.
—Córrete, cariño —dijo Damián—. Que aún tengo una sorpresa.
La sorpresa era él. Se colocó detrás de ella, que seguía sentada sobre mí, y le fue mojando el ojete con saliva y con el flujo que le chorreaba por el perineo. Le apoyó la punta contra el culo y empujó, muy poco a poco, mientras yo la agarraba de la nuca y le pedía que se doblara sobre mi pecho para abrir el ángulo. Ella soltó un gruñido bajo, se mordió el labio y aguantó. La polla del marido se le fue metiendo centímetro a centímetro, y a través de la pared fina del coño noté cómo entraba, presionándome la mía por dentro. Nos quedamos los tres quietos un segundo, respirando entrecortados.
—Que no lo he tenido nunca así —jadeó ella—. Me vais a partir, joder, me vais a partir.
—Estamos contigo, cariño —murmuró Damián, y empezó a moverse con cuidado, entrando y saliendo un palmo cada vez.
Encontramos el ritmo. Cuando él salía, yo entraba; cuando él entraba, yo cedía. La teníamos ensartada por los dos agujeros, y Carolina dejó de hablar; solo le salían sonidos roncos, guturales, entre gemido y sollozo, y el choque sordo de los cuerpos golpeando el suyo. Rubén se le acercó otra vez a la boca y ella lo aceptó sin abrir los ojos, mamándole la polla ya casi dura mientras la follábamos por delante y por detrás. Tres pollas dentro a la vez, y ella empapada, entregada, gimiendo con la boca llena. La tuvimos así un buen rato, midiendo, hasta que se corrió de nuevo, esta vez más hondo y más largo, con un aullido ahogado por la carne de Rubén, y todo su cuerpo apretándose de golpe alrededor de las dos pollas que la partían. Damián soltó un gemido y se descargó dentro del culo con dos embestidas finales; yo aguanté a duras penas, apretando los dientes, y me contuve cuando ella se derrumbó sobre mi pecho, temblando de arriba abajo.
—Joder, qué buena está mi mujer —jadeaba Damián, sacándosela despacio y viendo cómo un hilo blanco le chorreaba a Carolina por el muslo—. Tenéis que volver más veces.
***
El problema era el tiempo. Rubén tenía que marcharse pronto por sus propios líos, y cuando lo dijo se hizo un silencio incómodo. Yo me dispuse a irme también, dando la tarde por cerrada.
—Marcos, ¿tú tienes prisa? —preguntó Damián.
—Ninguna. Es más, os invito a cenar si os apetece.
—Cariño, lleva tú a Rubén y vuelve pronto —le dijo a su mujer—. Si no os importa, nosotros seguimos. Pero antes tengo que darle un par de instrucciones a Marcos.
Carolina fue al baño. Rubén se vistió en el salón y quedamos en hablar al día siguiente. Mientras tanto, Damián me llevó aparte y me explicó, en voz baja, lo que de verdad le ponía: quería verme con ella contra el ventanal, desde fuera, escondido en el porche, como si yo fuera un amante y él un mirón que no debía estar allí. Su mujer ya conocía la fantasía; se la susurraba al oído mientras se la follaba.
—No te voy a decepcionar —dije.
Movió el sofá individual hasta la esquina del ventanal, abrió la hoja oscilante y salió por la puerta trasera justo cuando Carolina volvía, despidiéndose de Rubén con un beso en la mejilla.
***
Cuando la puerta del garaje se cerró, se acercó a mí despacio.
—Eres muy guapo, Marcos. De verdad me impresionaste. ¿A qué te dedicas, si no es indiscreción?
—Consultor. Asesoro cooperativas y gestiono proyectos de inversión.
—Vaya, somos casi colegas —rió, soltándose del todo—. Nosotros llevamos una asesoría aquí al lado, en el polígono. Era de su padre. ¿Y es cierto que estás soltero?
—Del todo. Sin compromiso.
Eso pareció bastarle. Me separó las rodillas, se pegó a mí hasta que mi cara quedó contra su pecho, bajó la cabeza y me besó largo, hondo, distinto a todo lo anterior. Era un beso sentido, de mujer que está descubriendo algo nuevo dentro de sí misma y que, lejos de arrepentirse, lo agradece.
—Me encantas —murmuró contra mis labios—. Eres suave en el gesto pero firme en el acto. Eso me pierde.
—Tú eres una diosa —dije—. Y lo sabes.
—Por cierto —añadió con una sonrisa cómplice—, Damián te dio instrucciones, ¿verdad? No lo vamos a decepcionar. Conozco bien esa fantasía: me la cuenta al oído mientras me sujeta contra esa misma ventana y me folla por detrás pensando que hay alguien mirando desde el jardín.
Giré el sofá lo justo para que, desde el porche, se viera de lado. La senté encima, le abrí las piernas y me arrodillé entre ellas. El coño estaba todavía hinchado, con los labios rojos y brillantes de todo lo anterior, y una gota espesa colgándole. Le pasé la lengua entera de abajo arriba, muy despacio, saboreándola, y ella arqueó la espalda soltando un jadeo largo. Le chupé el clítoris con los labios, aspirándolo, mientras le metía dos dedos y se los curvaba hacia arriba, buscándole el punto. La sentí temblar de nuevo, apretándome la cara contra su carne con la mano en mi nuca.
—Otra vez, joder, otra vez me vas a hacer correr —susurró.
La levanté del sofá, la giré y le pedí que se pusiera a cuatro patas, con las rodillas sobre los reposabrazos y las manos apoyadas en el respaldo, mirando hacia el ventanal. El culo le quedó alto, abierto, y el coño empapado apuntando hacia mí. Me coloqué detrás, me agarré la polla y se la pasé por los labios de arriba abajo, mojándome bien la punta, sin metérsela. Ella empujó las caderas hacia atrás, buscándome.
—No me tortures —gimió—. Métemela ya.
Se la clavé de un empujón, hasta el fondo. Carolina soltó un grito ahogado y arqueó la espalda; yo la agarré de las caderas y empecé a follármela con ganas, con embestidas largas que le hacían rebotar el culo contra mi pelvis. El chapoteo del coño y el golpeteo de los cuerpos llenaban el salón. Entonces, por el rabillo del ojo, distinguí la sombra de Damián recortada junto a la columna del porche, inmóvil como un cazador esperando a su presa, con la mano en la entrepierna y la mirada fija en su mujer. Me hizo un gesto: dale fuerte. Y lo entendí.
Le agarré el pelo corto por la nuca, tiré de él hacia atrás y aumenté el ritmo, clavándosela hasta los huevos, sin tregua. El culo le sonaba a cada golpe, los pechos le bailaban colgando y ella gemía cada vez más alto, con la cara girada hacia el cristal, sabiendo que su marido la estaba viendo desde fuera y disfrutando cada segundo.
—Así, Marcos, así, más fuerte —jadeaba—. Fóllame como si me hubieras robado a mi marido, dámelo todo...
Le solté una nalgada seca que le dejó la marca roja de mi mano y ella se corrió al instante, apretándome la polla con un espasmo tan fuerte que casi me arranca la corrida. Aguanté. Salí, la giré boca arriba sobre el sofá, le abrí las piernas contra el ventanal y volví a metérsela mirándola a la cara. Ella me rodeó la cintura con las piernas, me clavó los talones en el culo para que la embistiera más hondo y me besó con la boca abierta, jadeando en la mía. Le follé despacio, largo, sintiendo cómo se le contraía el coño una y otra vez, hasta que ya no pude más. Me salí de golpe, ella me agarró la polla con la mano y se la dirigió a las tetas; me corrí ahí, sobre sus pezones oscuros y su pecho pequeño, con tres chorros calientes y espesos que le salpicaron hasta el cuello y el mentón. Carolina se pasó los dedos por encima, se los llevó a la boca y sonrió, mirando de reojo hacia el ventanal.
Esa noche, mientras la luz de la sierra se apagaba sobre el jardín, entendí que aquel matrimonio acababa de encontrar exactamente lo que buscaba. Y que volverían a llamarme.





