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Relatos Ardientes

El anuncio que publiqué la noche de mi cumpleaños

Cumplí cuarenta y ocho años sola, y por primera vez en mi vida la soledad no me dolió. La firma del divorcio llevaba apenas tres semanas seca y yo había celebrado la fecha como celebran las mujeres que aprenden tarde a celebrarse: con una botella de vino caro, las luces bajas y el portátil abierto sobre la mesa de la cocina. Veintidós años de matrimonio ordenado me habían convertido en una señora respetable de la zona alta, esposa correcta, anfitriona impecable. Esa noche, sin embargo, mis dedos se quedaron quietos sobre el teclado, vacilando frente a una página que iba a romper, de golpe, todo lo que esa mujer había sido.

La fantasía no era nueva. La arrastraba desde hacía años, enterrada bajo capas de decoro, de cenas familiares y de un marido que apagaba la lámpara antes de tocarme. Pero esa madrugada decidí que ya no quería enterrarla más.

Abrí la página de contactos en la que jamás me había atrevido a registrarme y escribí mi anuncio despacio, midiendo cada palabra para que no quedara ninguna duda. Buscaba a varios hombres, más jóvenes que yo, dispuestos a tomarme sin preguntar, a llevarme a un sitio que no fuera el mío y a hacer conmigo lo que ningún marido educado se había atrevido. Lo escribí con crudeza, sin metáforas. Releí dos veces. ¿De verdad voy a hacer esto?, pensé. Y entonces, antes de arrepentirme, pulsé enviar.

El corazón me golpeaba el pecho como si acabara de cometer un delito. Cerré el portátil, terminé la copa de un trago y me quedé mirando el techo de la cocina, sorprendida de lo viva que me sentía.

***

Las respuestas llegaron antes de lo que imaginaba. Decenas de mensajes, la mayoría torpes, vulgares, descartables. Pero hubo uno distinto, escrito por alguien que firmaba como Darío. Tenía una calma en las palabras que me desarmó. Decía que iría con dos amigos, que sabían exactamente lo que una mujer como yo necesitaba, y me daba una dirección al sur de la ciudad, en un barrio de naves viejas donde nunca habría puesto un pie. Me daba miedo. Justo por eso respondí que sí.

Pasé el día siguiente entera temblando entre el pánico y el deseo. Cancelé dos veces en mi cabeza y dos veces volví a confirmar. Cuando cayó la noche me puse un vestido de seda gris que se me ajustaba a las caderas, unos tacones que me hacían cómplice de mi propia locura, y conduje hacia el sur con las manos sudando sobre el volante.

El edificio era un almacén reconvertido, con la fachada de ladrillo y una puerta metálica entreabierta. Bajé del coche y el aire frío me erizó la piel bajo la seda. Todavía puedes marcharte, me dije. No me marché. Empujé la puerta y entré.

***

Dentro, el espacio era amplio y casi vacío, iluminado por una sola lámpara de pie que arrojaba un círculo de luz cálida sobre un viejo sofá de cuero. El resto se perdía en sombras. Olía a polvo y a algo metálico, y el silencio era tan denso que escuchaba mi propia respiración. Entonces, de la oscuridad, salieron tres figuras.

El primero se acercó sin prisa. Era alto, de hombros anchos, con una barba corta y una mirada que me recorrió de arriba abajo con una lentitud deliberada.

—¿Helena? —preguntó.

—Sí —dije, y mi voz salió más firme de lo que esperaba.

—Darío —contestó—. Ellos son Mateo y Bruno.

Los otros dos se mantuvieron un paso atrás, observándome con la misma hambre contenida. Ninguno tendría más de treinta y cinco años, y yo, plantada frente a ellos con mis casi cincuenta, sentí una mezcla extraña de vértigo y poder. Habían venido por mí. Por una mujer madura que se atrevía a pedir lo que quería.

—Has venido sola —dijo Darío. No era una pregunta.

—Sí.

—¿Y sabes lo que va a pasar aquí?

Tragué saliva. —Lo escribí yo misma.

Una sonrisa lenta le cruzó la cara. Dio un paso más y me apartó un mechón de pelo de la cara con un gesto casi tierno, antes de cerrar la mano en mi nuca y atraerme hacia él. Su boca cayó sobre la mía con una firmeza que me cortó el aliento. No fue un beso de cortejo; fue una afirmación, una manera de decirme que a partir de ese instante yo no decidía nada. Gemí contra sus labios, las manos abiertas sobre su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la camisa.

Mientras él me besaba, percibí a Mateo moviéndose detrás de mí. Sus dedos encontraron la cremallera del vestido y la bajaron despacio, diente a diente, hasta que la seda resbaló por mis hombros y cayó al suelo formando un charco gris a mis pies. Me quedé entre los tres, expuesta, vulnerable, y nunca me había sentido tan deseada.

—Mírala —murmuró Bruno desde la penumbra—. Está temblando.

—No de miedo —respondí, sorprendida de mi propio descaro.

Los tres rieron por lo bajo, y esa risa me recorrió la espalda como una corriente.

***

Darío me guió hasta el sofá y me sentó en el borde. Se arrodilló frente a mí y, con la misma calma de antes, me separó las rodillas. Su mirada se clavó en la mía mientras su mano subía por la cara interna de mi muslo, dibujando un camino lento que me hizo apretar los dedos contra el cuero. Cuando por fin me tocó donde llevaba toda la noche queriendo que me tocaran, dejé escapar un sonido que no reconocí como mío.

—Así —susurró—. Eso es lo que querías.

No respondí. No hacía falta. Mi cuerpo hablaba por mí, arqueándose hacia su mano, buscando más. Mateo se sentó a mi lado y giró mi cara hacia la suya para besarme mientras Darío seguía con su trabajo paciente, y yo me perdí entre las dos bocas, entre las dos sensaciones, sin saber ya dónde terminaba una caricia y empezaba otra.

Bruno fue el primero en perder la paciencia. Se colocó delante de mí, se desabrochó el cinturón y yo entendí, sin que me lo pidiera, qué esperaba de mí. Lo tomé con las dos manos y me incliné hacia él, y por la forma en que se le entrecortó la respiración supe que, por un instante, era yo quien tenía el control. Me gustó esa idea. Me gustó robarles, en medio de mi rendición, pequeños momentos de poder.

—Joder —gruñó Bruno, con los dedos enredados en mi pelo—. Avisaste de que sabías lo que hacías.

Darío me levantó por la cintura y me tendió sobre el sofá. Se colocó sobre mí, separó mis piernas con la rodilla y entró despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo, como si quisiera ver el momento exacto en que dejaba de pensar. Lo vio. Lo sentí yo también, esa frontera que cruzaba al fin después de tantos años de portarme bien. Empezó a moverse con un ritmo constante, profundo, y yo me aferré a sus hombros y dejé que el sótano, la ciudad, el divorcio y la señora correcta que había sido se disolvieran en la nada.

***

Se turnaron sin prisa, como si tuvieran toda la noche y supieran que yo no iría a ninguna parte. Mateo me giró y me tomó desde atrás, una mano firme en mi cadera y la otra recorriendo mi espalda mientras yo hundía la cara en el cuero del sofá para ahogar mis propios gemidos. Bruno me reclamó después, más bruto, más impaciente, y yo se lo permití todo porque eso era exactamente lo que había ido a buscar: que alguien me tomara sin pedir permiso, que durante unas horas yo no fuera responsable de nada.

Hubo un momento, en mitad de todo, en que abrí los ojos y los vi a los tres alrededor de mí, atentos a cada reacción de mi cuerpo, leyéndome mejor de lo que ningún hombre me había leído en veinte años. No era un acto de desprecio, como había temido. Era casi una ofrenda. Me estaban dando, uno tras otro, todo lo que yo había escondido durante media vida, y lo recibí con una avidez que me sorprendió a mí misma.

El placer llegó en oleadas, una detrás de otra, hasta que perdí la cuenta y dejé de intentar contenerlas. Grité, supliqué, me reí en algún momento de pura incredulidad. Mi cuerpo, ese cuerpo de mujer madura que mi exmarido había dejado de mirar hacía años, era ahora el centro de todo, deseado, agotado, vivo.

***

Terminamos los cuatro tendidos en el sofá y en el suelo, jadeando, las luces de la nave dibujando sombras largas en el techo. Nadie habló durante un buen rato. Darío me pasó una botella de agua y yo bebí con la avidez de quien vuelve de muy lejos.

—¿Estás bien? —me preguntó, y en su voz había, por fin, una ternura distinta.

—Mejor que bien —dije, y era verdad.

Me vestí despacio, recogiendo la seda gris del suelo, sintiendo cada músculo del cuerpo con una claridad nueva. Ellos me observaron en silencio, y antes de salir me di la vuelta para mirarlos una última vez. No les pedí sus números. No quería convertir aquello en algo. Quería que siguiera siendo lo que había sido: una sola noche perfecta, robada al mundo correcto en el que había vivido tanto tiempo.

Conduje de vuelta al norte con las ventanillas bajadas y el aire frío golpeándome la cara. En el espejo retrovisor vi a una mujer despeinada, con el maquillaje corrido y una sonrisa que no recordaba haber tenido nunca. Esa mujer no era la esposa respetable de la zona alta. Era yo, por fin, entera, sin pedir perdón.

Cuando llegué a casa me preparé un té, me senté en la misma silla de la cocina donde, una noche antes, había publicado aquel anuncio, y me reí sola en la oscuridad. Cumplir cincuenta estaba a la vuelta de la esquina, y por primera vez en mi vida no le tenía miedo a nada de lo que viniera después.

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Comentarios(1)

GaboNight

increible!!! de lo mejor que leo ultimamente en esta categoria, mas por favor!!

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