La madura del último vagón me eligió a mí
Esa mañana subí al metro sin más plan que dejar correr el tiempo y mirar a la gente. Elegí la hora muerta, media mañana, cuando casi todo el mundo ya está encerrado en una oficina y los vagones viajan medio vacíos. Caminé sin prisa de un coche a otro, hasta llegar al último del convoy.
Allí dentro solo había tres personas. Una mujer cargada con bolsas de la compra, sentada al fondo. Un hombre mayor con su bastón, apoyado cerca de la primera puerta. Y en el medio, ella.
No era ninguna chiquilla. Era una mujer de unos cuarenta y pico, de esas que llevan la edad como quien lleva una joya cara: sin disimularla, presumiéndola. Tenía las piernas cruzadas, una melena oscura con algún reflejo cobrizo y una serenidad alrededor que llenaba todo el vagón. Sonreía sola, como si supiera algo que los demás no.
Me senté frente a ella, medio atontado por esa presencia tan rotunda. Levantó la vista del libro, me miró y sonrió. Vestía un jersey de ochos de algodón fino, una falda recta y negra que le terminaba bastante por encima de la rodilla, y unas medias finas que le marcaban el muslo. Sostenía la novela con las dos manos, sin leerla.
Entonces, despacio, separó las rodillas un instante y volvió a cerrarlas. Lo justo para que yo entendiera que no llevaba nada debajo de la falda. Su risa subió de tono mientras movía el libro como un abanico.
Esto no me está pasando a mí.
Me pasé la lengua por los labios sin darme cuenta. Ella me la sacó, juguetona, y volvió a abrir las piernas muy despacio, mirándome fijo, mordiéndose el labio inferior. Después golpeó el asiento de al lado con la palma de la mano, pidiéndome que me cambiara de sitio.
En esa parada se bajó la mujer de las bolsas. Me levanté y me senté junto a ella.
—Te ha gustado lo que has visto —dijo, sin que fuera del todo una pregunta.
—Me ha encantado. No esperaba encontrarme algo así un martes a media mañana.
—A mi edad una ya no espera, querido. Provoca —respondió, atusándose el pelo—. ¿Y qué te gustaría hacer, si pudieras?
—Muchas cosas. Empezaría por mirarte sin tener que disimular.
Se rió con ganas, una risa grave, segura. Me miraba con los ojos brillantes, como si la conversación le diera tanto morbo como el resto.
—¿Te atreverías a tocarme? ¿Aquí, ahora? —preguntó, bajando la voz.
—Me atrevería a lo que me dejaras.
Abrió las piernas en un gesto amplio, descarado, sin apartar la mirada del hombre del bastón que, al fondo, ya no fingía leer el periódico.
—¿A qué esperas, entonces?
***
Aquella orden tan tranquila fue lo que me empujó. Bajé la mano hasta el interior de su muslo y subí despacio. Estaba caliente, húmeda, lista desde mucho antes de que yo apareciera. Recorrí ese centro suyo de arriba abajo, recogiendo la humedad con la yema de los dedos.
—Mírate, qué bien lo haces —murmuró—. Hace falta haber vivido un poco para hacerlo así de lento.
Mis dedos seguían el surco sin prisa, subiendo y bajando, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás contra el respaldo. Saqué los dedos, me los llevé a la boca y los chupé delante de ella. Su sabor me encendió como un golpe de alcohol. Volví a empaparlos de saliva y regresé, esta vez directo a su clítoris, firme y receptivo. Apenas lo rocé y ya temblaba.
—No pares —dijo entre dientes—. Llevo años follándome a hombres con prisa. Tú no tengas ninguna.
Obedecí. Mantuve el roce lento y constante, ese ritmo paciente que ella misma me había enseñado a buscar en apenas unos minutos. El vagón se mecía, las luces de los túneles entraban y salían por las ventanillas, y ninguno de los dos apartaba la vista del otro. Había algo hipnótico en su forma de dejarse llevar sin perder nunca el control de la situación.
Su boca buscó la mía. La besé hondo justo cuando un primer orgasmo le recorría el cuerpo, callado, contenido, de mujer que sabe correrse sin montar un escándalo. Cerró los muslos atrapando mi mano entre ellos y se quedó así, respirando fuerte, con los ojos vidriosos.
El hombre del bastón se había acercado un par de asientos. Ella lo miró sin ninguna vergüenza, con una ceja levantada.
—Y tú, abuelo, ¿vas a quedarte ahí mirando toda la mañana? —le soltó, divertida.
El hombre, de unos setenta años bien llevados, se sentó al otro lado, dejándola a ella en medio. Le acarició la cara con una mano que temblaba un poco, y ella le sostuvo la muñeca con cariño.
—Tranquilo —le dijo—. No muerdo si no me lo piden.
***
Saqué mi mano y dejé que él tomara el relevo. Sabía lo que hacía; se notaba que tenía toda una vida de manos detrás. Recorría sus labios despacio, se detenía un segundo en el clítoris y volvía a bajar, sin atropellarse. Ella empezó a gemir más fuerte, no sé si por sus dedos o por los míos apretándole los pezones por encima del jersey.
—Qué gusto —murmuraba el hombre—. Hacía años que no tocaba a una mujer así.
Ella se incorporó, le besó en la boca con una ternura que no esperaba, y con la otra mano me buscó a mí. Estábamos los dos pendientes de ella, y ella se manejaba con la calma de quien dirige la situación entera. Se corrió otra vez, sujetándose a mi cuello, temblando contra los dedos del viejo.
—Suficiente por hoy, caballeros —dijo después, recolocándose la falda con una sonrisa—. El espectáculo gratis se acabó.
El hombre se bajó una parada antes que nosotros, con una sonrisa de oreja a oreja, apoyado en su bastón como si flotara. Ella le tiró un beso desde el asiento.
—¿Tienes algún sitio? —me preguntó, girándose hacia mí—. Porque yo no he hecho más que empezar.
—Hay un hotel a tres paradas. Discreto.
—Perfecto. Detesto las prisas.
***
Bajamos del metro y caminamos hasta el hotel sin decirnos casi nada, rozándonos los dedos. Subimos a la habitación y, para cuando cerré la puerta, ella ya se había quitado el jersey y se desabrochaba la falda con una naturalidad pasmosa. Tenía el cuerpo de una mujer madura que se cuida: pechos firmes y llenos, un vientre suave, las caderas anchas. Nada que ver con la rigidez nerviosa de las jovencitas. Cada centímetro de ella sabía exactamente lo que quería.
—Ven aquí —me ordenó, tumbándose en la cama—. Y tómate tu tiempo. Toda la mañana me has demostrado que sabes.
Me arrodillé entre sus piernas sin terminar de quitarme la ropa y empecé a lamerla despacio. Abrí sus labios con los dedos y me quedé a vivir en su clítoris. Sus gemidos eran graves, abiertos, sin un solo gesto de pudor. Levantaba las caderas para ofrecerse, me agarraba del pelo y marcaba ella misma el ritmo.
—Así, justo así —jadeaba—. Dios, qué falta me hacía esto.
Aprovechando lo empapada que estaba, llevé un dedo hasta la entrada de su culo y lo acaricié muy suave mientras seguía con la lengua. Ella se abrió poco a poco, sin tensión, dejando que la primera falange entrara despacio. Se estremeció, gritó y se corrió temblando contra mi boca, apretándome con los muslos.
Me incorporé un momento para mirarla. Tenía la piel encendida, el pecho subiendo y bajando, y una sonrisa de mujer satisfecha que no se molestaba en disimular. No había una sola pose en ella, ni un solo gesto de cara a la galería. Todo era verdad, y eso lo volvía mil veces más excitante que cualquier número fingido.
—Para, para —dijo, riéndose y sin aliento—. Ahora te toca a ti. Llevo demasiado rato mandando.
***
La puse a cuatro patas sobre la cama y entré de una sola vez en su sexo encharcado. Echó la cabeza hacia atrás y empujó las caderas contra mí, buscando más.
—Así —gimió—. No se te ocurra ir con cuidado. No soy de cristal.
Me moví con fuerza, agarrándola de la cintura, y ella respondía a cada embestida con la suya propia. Tenía esa seguridad de las mujeres que han follado mucho y bien, que no actúan, que simplemente disfrutan. Me volvía loco verla tan dueña de sí misma.
—Quiero más —dijo, mirándome por encima del hombro—. ¿Te animas con lo otro?
Escupí sobre ella y apunté despacio a ese otro lugar más estrecho. Empujé con paciencia, dejando que su cuerpo me fuera aceptando centímetro a centímetro. Ella regulaba la respiración, relajándose, hasta que la sentí ceder del todo.
—Eso es —susurró—. Despacio, que sé lo que hago.
Me hundí hasta el fondo y me quedé quieto un momento, sintiéndola apretada alrededor de mí. Después empecé un vaivén lento, profundo, que nos arrancó un gemido a los dos a la vez. Ella se sujetaba al cabecero, balanceándose contra mí, marcándome otra vez el compás.
—No aceleres todavía —pidió—. Que dure.
***
Aguanté todo lo que pude, alargando cada movimiento, hasta que el placer se volvió insoportable. Le agarré los pechos, la pegué contra mi cuerpo y empujé con todo lo que tenía. Ella se corrió una última vez, soltando un gemido largo que terminó en una carcajada de pura satisfacción, mientras yo me dejaba ir dentro de ella.
Caímos sobre la cama deshecha, sudados y sin fuerzas, riéndonos como dos viejos cómplices. Solo entonces caí en la cuenta de que aún no sabíamos cómo nos llamábamos.
—Marisa —dijo ella, adivinándome el pensamiento, apoyada en mi pecho.
—Hugo —respondí—. ¿Siempre eliges así a los hombres, en el metro de media mañana?
—Solo cuando me apetece y el vagón está casi vacío —contestó, estirándose como una gata—. Una a mi edad ya no pierde el tiempo con vergüenzas. Si veo algo que me gusta, voy a por ello.
Miré el reloj de la mesilla. Apenas era mediodía. Tenía por delante una tarde entera con aquella mujer que me había elegido entre el ruido sordo del metro, sin pedirle permiso a nadie. Y por la forma en que volvió a deslizar la mano por mi vientre, supe que la hora muerta de aquella mañana iba a estirarse hasta bien entrada la noche.





