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Relatos Ardientes

El secreto de mi madre y su amiga de toda la vida

Ilustración del relato erótico: El secreto de mi madre y su amiga de toda la vida

Tengo una tía que se llama Renata, aunque no es mi tía de verdad. No hay ningún vínculo de sangre entre nosotras: le decimos así por la amistad tan profunda que la une a mi familia. Es la amiga del alma de mi madre desde que las dos eran adolescentes, creo que desde el colegio, quizá incluso desde antes. Para mí siempre fue parte del paisaje de mi casa.

Viene a cenar una vez por semana, sin que nadie la invite formalmente. Tanto mi hermana menor como yo le decimos tía, y la queremos con una devoción que cuesta explicar. Nos cuidó incontables veces cuando mis padres no podían, estaba autorizada a retirarnos del colegio, y mi madre pondría las manos en el fuego por ella sin pestañear.

Renata vive sola en un departamento de dos ambientes a pocas cuadras de nuestra casa. No tiene familia conocida, al menos para nosotros, y nunca le conocimos pareja. Según me contó mi madre, estuvo casada un tiempo breve con un hombre y se separaron, pero eso pasó antes de que yo naciera. Cada vez que pregunté por ese tema, la respuesta se cortaba enseguida, como si hubiera una puerta que nadie quería abrir.

Tiene la misma edad que mi madre, aunque aparenta un poco más, quizá por lo blanca que es de piel. Cara redondeada, mejillas suaves salpicadas de pecas, ojos grandes de un verde claro que llama la atención apenas la mirás. Lleva el pelo castaño y lacio, casi siempre suelto, y una sonrisa fácil que desarma.

No es una mujer delgada. Tiene caderas anchas, muslos generosos, brazos rellenos y una cintura apenas marcada. Pero lo que más la define es un pecho enorme, prominente, que se empeña en esconder bajo remeras holgadas. Era como si toda la vida hubiera querido pasar desapercibida cargando un cuerpo que no la dejaba.

De adolescente invité varias veces a compañeros a casa, y ella solía estar. Salvo uno, que una tarde la desnudó con la mirada al darse cuenta del busto que ocultaba bajo la ropa, el resto la ignoraba por completo. La mayoría quedaba obnubilada con mi madre, que tenía otro tipo de belleza, más evidente, más buscada.

Las pocas veces que noté a Renata llamando la atención masculina fue de vacaciones, en la playa. Usaba mallas enterizas discretas, supongo que avergonzada de sus curvas, pero ni siquiera esa tela podía disimular semejante pecho. Con esa piel blanca y esos ojos verdes, cualquiera habría dicho que tendría una fila de pretendientes. Ella, en cambio, los esquivaba a todos.

Una vez en Florianópolis, un hombre se le acercó a conversar con la mejor de las simpatías, y ella lo despachó con una elegancia fría que no admitía réplica. En la cena de esa noche nos reímos del episodio durante una hora. Renata se reía con nosotros, pero había algo en su risa que recién muchos años después entendería.

***

Hace unos años, mi padre me pidió que le pasara unas canciones al celular, porque él es un desastre absoluto con la tecnología. En medio de la copia de archivos, me tomé la atribución de hacerle un respaldo del teléfono. Estaba lleno de fotos familiares y me pareció una picardía que se perdieran por su torpeza con cualquier aparato que tuviera pantalla.

Esa costumbre se repitió varias veces; de hecho, cada tanto todavía lo hago. En una de esas copias me crucé sin querer con un video casero de mis padres teniendo sexo. No voy a entrar en detalles: digamos que era explícito, que terminaba de una manera bastante cruda y que escuché una conversación que me hubiera gustado no escuchar nunca.

En otra revisión del respaldo aparecieron fotos. Mi madre desnuda, arrodillada, con la lengua afuera, los pechos al aire. Mi madre haciendo cosas con mi padre que ninguna hija debería ver. Yo era joven, no me enorgullezco de haber invadido su intimidad, sé perfectamente que estuve mal. Pero nunca se lo mostré a nadie. Cargué con el secreto en silencio y traté de olvidarlo.

El problema fue el día que encontré una carpeta. Tenía un nombre cortísimo, una sola letra: R. Lo que vi adentro me cambió la forma de mirar a las dos mujeres más importantes de mi vida.

Había unas veinte fotos y un video.

Abrí las primeras imágenes y reconocí al instante el cuarto de mis padres. La colcha, la lámpara de la mesa de luz, el cuadro torcido de la pared. Empecé a pasar las fotos y algo se me hundió en el pecho. Era Renata. Renata sentada en la cama matrimonial de mis padres, con una sonrisa que yo nunca le había visto.

Casi me pongo a llorar. Lo primero que pensé fue lo peor: el hijo de puta de mi padre está engañando a mi madre con su amiga del alma, los dos son una porquería. Con las manos temblando seguí pasando. Renata se sacaba la remera, quedaba en corpiño, mostraba la panza y ese pecho descomunal que toda la vida había escondido.

En las imágenes siguientes se agarraba los pechos, se los apretaba, se reía sola frente a la cámara. Después aparecía en cuatro patas sobre la cama, con unas piernas gruesas y una ropa interior poco coqueta que, no sé por qué, en ese contexto resultaba todavía más provocadora. Para entonces las lágrimas ya me caían solas y yo pensaba en cómo iba a juntar coraje para contarle a mi madre lo que su marido andaba haciendo.

Entonces pasé una foto más y no lo pude creer.

En la siguiente imagen aparecía Liliana. Mi madre.

Estaba también en corpiño, uno de encaje que dejaba ver el nacimiento de sus pechos, no tan grandes como los de Renata, pero igual de hermosos. En las fotos que seguían se las veía juntas: mi madre le tocaba el pecho a Renata, Renata hacía lo mismo con ella, las dos riéndose como dos chicas que comparten un chiste privado.

Después aparecieron sin corpiño. Si los pechos de mi madre eran gloriosos, los de Renata pertenecían a otro mundo. A pesar de su edad tenían una caída perfecta, una piel blanquísima, unos pezones de un rosa tan pálido que casi se confundían con la areola. Comprendí de golpe por qué los escondía: no era vergüenza, era custodia de algo que reservaba para muy pocos.

Estaba completamente confundida. Mi madre, en una escena íntima con otra mujer a la que yo consideraba una segunda madre.

***

Aunque, si lo pensaba con calma, no era exactamente una escena sexual. Yo misma, con mis amigas de la facultad, me había quedado en ropa interior tantas veces, nos habíamos tocado los pechos en broma, nos dábamos besitos en la mejilla y hasta en los labios sin que eso significara nada. Era una forma de demostrarnos cariño, de divertirnos, de confiar la una en la otra.

Si yo le tocaba las tetas a mis amigas y ellas a mí sin que pasara nada raro, ¿por qué que mi madre hiciera lo mismo con la amiga de toda su vida tendría que ser un crimen? Me aferré a esa idea para sacarme el shock de encima. No había nada inherentemente malo en lo que veía. Y sin embargo, algo en el cuerpo me decía que esto era distinto.

Era distinto por las miradas. Por la forma en que se buscaban. Por cómo los dedos de una se demoraban sobre la piel de la otra un segundo más de lo que cualquier juego inocente permitiría. Había una intimidad ahí que yo conocía, porque la había sentido alguna vez, y que no se parecía a la de dos amigas haciendo bromas.

Como soy una curiosa incorregible, seguí mirando, pero no encontré nada más explícito. Solo las dos en topless sobre la cama, abrazadas, muertas de risa, felices de una manera que me dolió reconocer. Por último, decidí abrir el video. Pudo haber terminado muy mal para mi cabeza, pero igual le hice doble clic.

Eran unos treinta segundos. Renata y mi madre aparecían en corpiño, evidentemente filmaban y sacaban fotos al mismo tiempo. Las dos se quitaban la prenda y quedaban con el pecho descubierto. Se reían, se tocaban como si estuvieran descubriendo algo, se miraban a los ojos y se daban un beso corto, apenas un roce de labios.

Después se reían otra vez y se besaban de verdad. Un beso de unos cinco segundos, sin lengua, pero con una entrega que no dejaba lugar a dudas. Y cuando yo pensaba que el video ya no podía sorprenderme más, se escuchó la voz de mi padre, ronca, satisfecha, diciendo desde atrás de la cámara:

—Qué lindas que están las dos.

El video cortaba justo ahí. Nunca supe qué pasó después, y todavía hoy no sé si quiero saberlo.

***

Me costó un par de semanas volver a mirarlos a la cara a los tres. Cada cena familiar se volvió un ejercicio de actuación. Mi madre sirviendo la comida como siempre, Renata trayendo el postre que ella misma preparaba, mi padre haciendo chistes malos. Y yo ahí, guardando un secreto que pesaba más que cualquiera de los anteriores.

Con el tiempo lo solté. Me acordé de que yo también hacía cosas parecidas con mis amigas, decidí que no me correspondía juzgar, y empujé el recuerdo a un rincón de la memoria donde no molestara. No lo volví a pensar hasta ahora, que me senté a escribirlo.

Como cierre de esta historia, tengo que contar algo que pasó después. Un par de años más tarde, ya entrada en los cuarenta y cinco, Renata quedó embarazada. Nunca supimos quién era el padre. Ella siempre dijo que fue por fertilización asistida, pero yo tuve mis sospechas desde el primer día y, después de lo que había visto en aquella carpeta, esas sospechas tomaron una forma que prefiero no nombrar.

Con el embarazo, su cuerpo se transformó de una manera increíble. El pecho, que ya era enorme, se volvió todavía más imponente, y cuando nació su hija pareció rejuvenecer diez años de golpe. Compró un departamento más grande poco después del parto, dejó atrás aquel monoambiente, y nosotras pasamos de tener una tía a tener también una prima.

Renata sigue viniendo a cenar todas las semanas. Mi madre la sigue mirando como la miraba en esas fotos, aunque ahora yo sé leer esa mirada. A veces, cuando se ríen juntas en la cocina, las observo de reojo y me pregunto cuántas cosas habrán compartido a lo largo de tantos años, qué clase de amor es ese que no necesita nombre para existir.

Nunca volví a encontrar fotos así, pero tampoco volví a buscarlas. Decidí que lo mejor para mí, y para todos, era dejar de hurgar en la intimidad ajena. Son buenos padres, ella es una buena tía, mi prima es preciosa. No necesito saber más. Y, sin embargo, cada vez que las veo cruzar esa mirada cómplice por encima de la mesa, una parte de mí sonríe por el secreto que comparto sin que ellas lo sepan.

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Comentarios (2)

RamiroVz

que arranque!! me dejó con las ganas de saber mas, muy intrigante desde el primer párrafo

Dani_Lectora

Dios mío ese principio... quedé enganchada desde la primera linea. Espero que haya continuación!

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