La venezolana del Imperial me eligió a plena tarde
Madrid en mayo es traicionera. El sol del mediodía cae sobre la nuca como una plancha tibia, y por la tarde el aire se enfría de golpe cuando corre la brisa por la Castellana. Yo caminaba sin rumbo, con el café todavía pegado en la lengua y la camiseta húmeda por la mañana larga en Lavapiés.
La vi salir del Hotel Imperial como si la calle entera bajara el ritmo un segundo para dejarla pasar. El vestido de lino beige se le ajustaba en las zonas donde el calor ya había empezado a humedecer la tela. Llevaba unas gafas de sol enormes y un perfume caro, una mezcla densa de vainilla, jazmín y algo amaderado que se expandía a su alrededor como una nube. Cuando se detuvo frente al escaparate de Loewe, el sol le encendió el brillo de la clavícula.
Rozaba los cincuenta, piel morena clara, curvas generosas que ningún corte de vestido pretendía disimular. Caminaba despacio, consciente de cada paso, con esa seguridad que solo dan los años y el haber dejado atrás la necesidad de gustarle a nadie. Era una mujer que ya no tenía nada que demostrar, y precisamente por eso resultaba imposible apartar la mirada. Bajo el lino se le adivinaba el peso de las tetas, sin sujetador, meciéndose apenas con cada paso, y la línea de las bragas dibujándose en un culo grande, redondo, de esos que piden que los agarren con las dos manos.
Me acerqué. El perfume me golpeó más fuerte cuando estuve a un metro.
—Disculpa que te hable tan directo —le dije, en voz baja, solo para ella—, pero es imposible pasar por tu lado sin que se me olvide hasta mi propio nombre.
Se giró despacio. Se bajó un poco las gafas. Sus ojos eran oscuros, con pequeñas arrugas en las comisuras que se marcaron cuando sonrió. La risa salió ronca, con un matiz de humo y de tardes largas.
—¿Y tú eres de los que solo tiran el piropo y se van a casa —preguntó—, o de los que después invitan a una copa y cuentan qué harían de verdad?
Le tendí mi tarjeta. Al cogerla, sus uñas color vino rozaron mis dedos. Tenía la piel tibia, ligeramente húmeda por el calor.
—Renata —dijo, extendiendo la mano—. Y sí, me da curiosidad. Mucha. Mi hija y su marido se van pasado mañana a la sierra con el niño. Me quedo sola en la suite. Si quieres, pásate el jueves por la noche. Pero trae hambre, ¿eh? Que hace tiempo que no sacio este tipo de apetito.
Me guiñó un ojo y se alejó. El balanceo de sus caderas dejó en el aire un rastro de perfume y el leve crujido del lino contra la piel. Se me puso dura ahí mismo, en plena Castellana, mirándole el culo alejarse.
***
El jueves, a las siete y media, llegó el mensaje:
«Mejor no esperes a la noche. Ven ahora a la Gran Vía. Quiero empezar a jugar antes de subir. Ponte algo que se quite rápido. Nos vemos frente a la boutique de la esquina.»
Cuando llegué, el aire ya olía a noche incipiente: humo de cigarrillos, perfume de mujeres que salían a cenar, el dulzor pegajoso de un puesto de churros. Renata esperaba con un vestido negro ajustado que se le pegaba a cada curva. El escote dejaba ver el encaje luchando contra la carne tibia. Cuando se acercó, su perfume se mezcló con un aroma más íntimo, más animal.
—Ven aquí —susurró. Su aliento olía a menta y a vino blanco—. Camina conmigo. Y no te separes.
Me agarró del brazo y echamos a andar Gran Vía arriba, entre la gente que entraba y salía de los cines y los teatros. Cada vez que llegábamos a un tramo más oscuro, detrás de una columna o cerca de un portal cerrado, se detenía, fingía mirar un escaparate y me apretaba la mano con la suya contra su cintura. Sentía el calor de su cuerpo a través de la tela, el temblor leve de su respiración cuando alguien pasaba demasiado cerca.
En el segundo portal me llevó la mano directamente al pecho, por encima del vestido. El pezón estaba duro, se marcaba contra el encaje. Me lo apretó ella misma con mis dedos.
—¿Notas? —murmuró—. Llevo así desde que salí de la ducha, pensando en lo que te voy a hacer. Sin bragas, además. Métete la mano y compruébalo, si tienes huevos.
Miré alrededor. Un taxi pasaba, una pareja discutía a media calle. Le subí el vestido por un lado, lo justo, y le metí la mano entre los muslos. Estaba empapada. El coño ardía, hinchado, resbaladizo, y en cuanto le rocé el clítoris con la yema del dedo soltó un jadeo breve que se tragó mordiéndose el labio.
—¿No te da vergüenza? —le pregunté, medio en serio, sin sacar la mano.
—La vergüenza la dejé en otra década —contestó sin mirarme, los ojos clavados en un maniquí del escaparate mientras yo le hacía círculos lentos entre las piernas—. A tu edad una se preocupa por lo que piensan los demás. A la mía, una aprende que nadie está mirando tanto como cree. Y cuando miran, mejor: que se queden con ganas de saber.
Había algo magnético en esa serenidad suya. No era la timidez nerviosa de una primera cita ni la urgencia torpe de la juventud. Era una mujer que sabía exactamente cuánto valía cada uno de sus gestos y los administraba como quien reparte cartas marcadas. Yo, que me creía con experiencia, me sentí de pronto como un aficionado al lado de una profesional del deseo.
—Esto es lo que me gusta —dijo, riendo bajito, la voz ronca vibrando junto a mi oído—. Que nos vean sin que sepan nada. Que me mires como si fuéramos los únicos en la calle. Sigue. Un poco más y me corro aquí de pie.
Le hundí dos dedos. Se cerró sobre ellos, apretándolos con las paredes internas del coño, y le tembló todo el muslo contra el dorso de mi mano. Me los sacó antes de que fuera a más, me los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándome a los ojos, para dejarme claro a qué sabía.
—Todavía no —dijo—. En la cama. Que si me corro aquí me caigo redonda.
Junto a la entrada del Imperial se inclinó como para atarse la sandalia. Me pegué por detrás un instante, lo justo para que sintiera la polla dura marcándose contra su culo a través del pantalón. Un grupo de turistas pasó a un metro, riéndose alto, ajenos a todo. El corazón me latía en los oídos.
—Joder, Renata —murmuré—. Nos van a ver.
—Esa es la gracia, mi amor —contestó, empujándome atrás con el culo, restregándose media vuelta contra la bragueta—. Sube conmigo. Ya me cansé de la calle.
***
La suite olía a sábanas limpias y a su perfume. Las luces de la ciudad entraban por el ventanal, anaranjadas, y dibujaban líneas largas sobre la cama. Cerró la puerta con la espalda y me empujó contra la pared.
—Quítame el vestido —dijo—. Quiero que me veas entera antes de tocarme.
Le bajé la cremallera despacio. El vestido cayó al suelo con un susurro. Debajo no había nada más que la piel: las tetas grandes cayendo con su propio peso, los pezones morenos duros como piedras, el vientre blando y tibio, el pubis recortado corto y el brillo de la humedad todavía marcándole la cara interna de los muslos. La miré sin prisa, recorriendo cada curva con la vista, y vi cómo le cambiaba la respiración al sentirse observada. Tenía un cuerpo de mujer que ha vivido, generoso, tibio, hecho para el tacto y no para la foto.
—Mi marido —dijo, en voz baja— me toca como si fuera de cristal. Como si fuera a romperme. Yo no quiero que me traten así. Hace cinco años que no me follan como Dios manda.
—¿Y cómo quieres que te traten? —pregunté.
—Con hambre. Quiero que me comas el coño hasta que grite, que me metas la polla hasta el fondo y que me llenes de leche. Sin miramientos.
La besé. No fue un beso suave: fue uno de esos que dejan claro lo que viene después. Le sostuve la nuca con una mano y con la otra le agarré una teta entera, apretándola, pellizcándole el pezón entre los dedos. Ella gimió contra mi boca, un sonido grave que vibró en mi pecho, y me clavó las uñas en los hombros mientras me buscaba la polla por encima del pantalón. Me la sacó ahí mismo, contra la puerta, y se puso a pajearme despacio, con la mano firme, calibrándome el tamaño y la dureza.
—Menuda polla te gastas —murmuró, apretándomela desde la base hasta la punta—. Con esto vamos a ir bien.
—Despacio —murmuró después, separándose apenas, con los labios todavía rozando los míos—. Lo bueno no se devora. Lo bueno se saborea. ¿Eso también te lo tengo que enseñar?
Que me enseñe lo que quiera, pensé. Me quedaría a aprender hasta el domingo.
La llevé hasta el borde de la cama y la senté. Me arrodillé delante, le separé las rodillas y le besé la cara interna de los muslos, despacio, subiendo. La piel le olía a perfume y a algo más profundo, salado y caliente. Cuando llegué al coño, me lo encontré ya abierto para mí, brillante, los labios hinchados, el clítoris asomando como una perla dura entre los pliegues. Le di primero un lametón largo, de abajo arriba, plano y lento, y ella soltó el aire de golpe contra los dientes.
—Así —susurró, hundiendo los dedos en mi pelo—. No pares.
La trabajé con la lengua, primero en círculos amplios, luego cerrando sobre el clítoris, chupándoselo suave, dejando que la punta lo azotara una y otra vez. Le metí dos dedos y los curvé hacia arriba, buscando ese punto por dentro que la hacía apretar los muslos contra mis orejas. Se lo saqué brillante, empapado, y volví a hundírselos mientras seguía comiéndole el clítoris con toda la boca.
—Chúpamelo bien —jadeaba—. Ay, hijo de puta, qué bien lo haces. No pares, no pares que ya me voy.
Ella empujaba las caderas contra mi boca, cada vez con menos disimulo, hasta que dejó de fingir cualquier control. Se corrió temblando entera, con un gemido ronco que mordió contra su propio brazo para que no se oyera al otro lado del pasillo, y noté cómo se cerraba sobre mis dedos con espasmos que le subían por dentro. Me quedé lamiéndola despacio, recogiendo la humedad que le bajaba por el perineo, hasta que me apartó la cabeza porque ya no aguantaba más el clítoris tan sensible.
—Ven —dijo, jadeando, tirándome del brazo—. Ahora te quiero a ti. En la boca.
***
Se arrodilló en la alfombra y me bajó la cremallera con una calma que contrastaba con la urgencia de antes. No tenía prisa. Disfrutaba del momento, del control, de saber exactamente lo que hacía. Me sacó la polla, se la quedó mirando un segundo como quien tasa una joya, y me dio un lametón largo desde los huevos hasta la punta antes de metérsela entera en la boca. Me miró desde abajo, con esa sonrisa de mujer que ha aprendido a no tener vergüenza de nada, y se dedicó a volverme loco con una paciencia deliberada.
Chupaba profundo, dejando que le llegara al fondo de la garganta, y luego subía despacio, dando vueltas con la lengua alrededor del glande. Me agarraba los huevos con una mano, apretándolos justo lo que había que apretar, y con la otra se pajeaba la base mientras el resto de la polla se le hundía en la boca. De vez en cuando se la sacaba entera para darme lametones lentos por debajo, chuparme los huevos uno a uno y volver a tragársela hasta hacerse arcadas suaves, con los ojos brillándole por el esfuerzo.
—Mírate qué dura la tienes —susurraba, con la voz ronca por la garganta trabajada—. Toda para mí.
—No te corras todavía —murmuró después, separándose un segundo, la barbilla brillante de saliva—. Quiero que aguantes. Quiero la cama.
La levanté y la tumbé. El colchón crujió bajo su peso. Le abrí las piernas de par en par, me coloqué entre ellas y le froté el glande arriba y abajo por la raja empapada, jugando con el clítoris, hasta que empezó a insultarme entre dientes. Entonces me hundí en ella de una sola vez, hasta los huevos. Renata arqueó la espalda y soltó un gemido largo, agarrándose a las sábanas.
—Por fin —jadeó—. Por fin alguien que no me trata como a una abuela. Métemela toda, no te cortes.
Embestí con fuerza, despacio primero, leyendo su ritmo, dejando que sintiera cada centímetro entrando y saliendo, y luego sin tregua cuando ella misma empezó a pedir más. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la suite —el golpe seco de mis caderas contra el interior de sus muslos, el chapoteo del coño empapado tragándose la polla— mezclado con su respiración entrecortada y con las guarradas sueltas que se le escapaban contra mi oído. Tenía las uñas clavadas en mi espalda y las piernas cerradas alrededor de mi cintura, como si tuviera miedo de que parara. Le agarré una teta y me metí el pezón en la boca sin dejar de embestir, mordiéndoselo suave, y ella soltó un grito que no le dio tiempo a ahogar.
—No te quedes quieto —ordenaba—. Más fuerte. Rómpeme. Quiero sentirlo mañana cuando me siente.
La giré y la puse de rodillas, de espaldas a mí, y le abrí las nalgas con las dos manos. Le escupí encima, entre el culo y el coño, y volví a metérsela así, mirándole la espalda arqueada, la cintura estrecha y el culo grande temblándole con cada embestida. Le agarré el pelo con una mano, envolviéndomelo en el puño, y tiré hacia atrás lo justo para que levantara la cabeza. La otra mano se la clavé en la cadera, marcándole los dedos en la carne.
—Así, así, hijo de puta —jadeaba contra la almohada, empujando hacia atrás para encontrarse conmigo—. Dámela toda. Toda.
Le pasé la mano por delante y le busqué el clítoris, se lo froté al ritmo de las embestidas. Ella se apretó tanto que casi me hace correrme ahí mismo. Le mojé el pulgar con la saliva que le chorreaba entre las piernas y se lo apoyé en el culo, apenas empujando, y ella soltó un gemido más grave todavía, un «ay» largo que era pura rendición.
—Métemelo —jadeó—. Métemelo ahí también, poco.
Se lo hundí despacio, hasta el nudillo, mientras seguía follándola por el coño. El sudor le corría por la espalda y le brillaba a la luz anaranjada del ventanal. Cada embestida le arrancaba un jadeo distinto, más ronco, más animal.
Después se subió encima. El peso de su cuerpo sobre el mío, las manos apoyadas en mi pecho, las tetas colgándole delante de la cara, las caderas moviéndose con una seguridad que solo dan los años. Me la montó con soltura, subiendo y bajando la polla entera dentro suyo, dejando que el glande le rozara la entrada antes de tragárselo hasta el fondo otra vez. Me miraba a los ojos mientras se mecía, sin apartar la vista ni un segundo, como si quisiera asegurarse de que yo no me perdía nada.
—Mírame —dijo—. Quiero que te acuerdes de esta cara. La cara de una vieja follándote como no te ha follado ninguna.
Le agarré las tetas con las dos manos, apretándoselas, y ella se inclinó hacia delante para que se las mamara mientras seguía cabalgándome. Se pellizcaba ella misma el clítoris con dos dedos, buscándose el ritmo justo. La sentí empezar a temblar por dentro, apretándose alrededor de la polla en oleadas cada vez más cerradas.
Se corrió otra vez así, encima de mí, temblando, con la cabeza echada hacia atrás y un gemido que ya no se molestó en disimular. El coño se le cerró en espasmos alrededor de mi polla, tirando, ordeñándome. Yo no aguanté mucho más. Le agarré las caderas y la clavé contra mí, hundiéndomela hasta el fondo, y me corrí dentro con embestidas cortas y profundas, descargando chorro tras chorro mientras ella se seguía moviendo despacio para sacarme la última gota. Se dejó caer sobre mi pecho, sudorosa, riéndose bajito contra mi cuello, con el semen empezando a resbalarle por dentro del muslo.
—Joder, qué a gusto —murmuró—. Qué falta me hacía esto.
***
Nos quedamos abrazados en la penumbra, oliendo a perfume caro, a sudor y a semen, mientras la ciudad seguía sonando al otro lado del cristal.
—¿Sabes qué es lo mejor de tener mi edad? —preguntó al rato, dibujando círculos sobre mi pecho con una uña.
—¿Qué?
—Que ya no pierdo el tiempo. Sé lo que quiero, sé pedirlo y sé cuándo me lo dan bien. —Levantó la cabeza y me miró con esa sonrisa ronca—. Y tú me lo has dado bien. Muy bien.
Me reí. Ella se estiró para alcanzar la copa de vino de la mesilla, dio un sorbo y me la pasó.
—Mi familia vuelve el domingo —dijo—. Tienes hasta entonces para demostrarme que la calle no era lo único que sabías hacer. Y para vaciarte dentro las veces que haga falta.
Bebí, le devolví la copa y la atraje otra vez hacia mí. Le noté la polla revivir contra el muslo y ella se rio bajito, bajando la mano para volver a agarrármela. Afuera, Madrid seguía encendida. Adentro, Renata —cincuenta y pico, recién descubierta su propia hambre— ya tenía otros planes, y a mí no se me ocurría ningún sitio mejor donde pasar los próximos tres días.





