Siempre fui la sombra del cuerpo de mi madre
Marisa, mi madre, tiene cuarenta y nueve años y unos rulos espesos que le caen hasta los hombros, el marco perfecto para su cara redonda y sus rasgos exageradamente femeninos. Tiene una nariz fina, igual a la mía, y unos labios gruesos que se pinta de un rojo casi desafiante. Sus ojos son grandes, marrones, tan expresivos que cuando te miran de verdad sentís que no tenés dónde esconderte.
Su cuerpo nunca pasa desapercibido. Tetas grandes, pesadas, que se marcan bajo cualquier escote e incluso bajo un buzo de invierno. Tiene una cintura definida con esos pequeños pliegues que te recuerdan que es una mujer de carne y hueso, con su historia, sus cicatrices, su vida entera encima, y no una figura de plástico salida de un quirófano.
Caderas anchas, muslos llenos que se mueven al caminar y hacen girar la cabeza de los hombres en la vereda. En resumen: una mujer enorme en todos los sentidos, que irradia sensualidad y belleza natural a una edad en la que muchas se rinden.
Cuando nació mi hermana menor, Lucía, mamá empezó a vestirse de forma más insinuante. En mi inocencia de entonces no entendí el porqué, pero con los años lo comprendí: toda mujer merece sentirse linda y deseada, y ella, que se había pasado años tapándose por inseguridad y entregada a la casa, decidió por fin habitar su propio cuerpo. Nadie le había dicho nunca que valía la pena mostrarlo.
Durante toda mi adolescencia me comió la cabeza la misma idea: mi vieja era más atractiva que yo. Y no un poco. Mucho. Yo me considero una chica linda, tengo una cara que siempre elogiaron, pero mi cuerpo es más bien delgado, sin curvas que llamen la atención. Al lado de ella, parecía la versión en borrador de una mujer todavía sin terminar.
Me pasó muchas veces caminar por la calle con mamá y que alguien le gritara una grosería a ella, ignorándome por completo. Para ser honesta, los piropos de la calle me parecen un horror. Pero en aquellos años, que la destinataria fuera ella y nunca yo me hacía sentir invisible, inadecuada, como si me faltara algo esencial.
En esa época sufrí algo que no sé si llamar acoso. Eran bromas pesadas, comentarios subidos de tono de mis compañeros sobre el cuerpo de mi madre. Hoy, con un poco de distancia, sé que eran un puñado de idiotas. Pero en ese momento me quería morir, los quería matar a ellos y, de paso, también a mi vieja, en cualquier orden.
—Con semejantes tetas tu mamá amamanta a medio barrio —me dijo uno una mañana, muerto de risa.
—A vos te cambiaron en la clínica, flaca, porque de ese cuerpo no heredaste nada —remató otro.
Cosas así, no todos los días, pero lo bastante seguido como para que todavía las recuerde. Mamá iba escotadísima a cada reunión, así que siempre era tema de conversación al día siguiente. Lo peor llegó cuando alguien creó una cuenta falsa y me mandó por mensaje una foto editada de ella, una imagen humillante que evidentemente habían armado solo para lastimarme. Quedé destrozada. No podía creer que alguien tuviera tantas ganas de hacerme daño. Si querías fantasear con mi madre, hacelo en silencio, qué ganabas mandándomelo a mí. Era profundamente humillante, pero al menos era algo privado y lograba manejarlo.
¿Qué podía hacer? Bajar la cabeza y seguir adelante.
Por suerte, en menos de un año los comentarios desaparecieron del todo. Supongo que maduraron, aunque las miradas insistentes siguieron. Me conformaba con que ya no me dijeran asquerosidades. Creo que también ayudó mi novio. Uno de los que más me jodía me pidió disculpas poco después de que empezáramos a salir en serio. Si fue por madurez o porque mi novio le habló, nunca lo supe, pero disfruté cada segundo de esa disculpa incómoda. Por supuesto, la acepté.
Sin embargo, eso no iba a terminar ahí.
Una tarde, estando mi novio en casa, mamá salió de su cuarto descuidada, en ropa de entrecasa que dejaba a la vista más de lo que ella hubiera querido. La vimos los dos. Mi novio se quedó congelado un segundo, que a mí me pareció una eternidad, y enseguida giró la cabeza hacia mi lado. No sé si alcanzó a notar la furia en mis ojos, pero el pobre se puso rojo como un tomate. Mamá pidió perdón, se disculpó diciendo que no sabía que él estaba ahí, volvió a su cuarto, se cambió y reapareció como si nada.
Pasamos el resto de la tarde abrazados, besándonos, haciendo planes para el futuro. Esa etapa era hermosa: nos pasábamos horas pegados, riéndonos, soñando con la casa que íbamos a tener algún día. Lo amaba con una intensidad que me dolía en el pecho.
Al día siguiente, sola en casa con mamá, protagonicé una de las cosas de las que más me arrepiento en la vida. Una pelea brutal, alimentada por toda esa incomodidad acumulada.
—Ma, otra vez me hiciste pasar vergüenza —dije al borde del llanto.
—¿Qué pasó, Flor?
—Ayer apareciste medio desnuda delante de mi novio.
—Ya pedí perdón, no sabía que estaban ahí. Tampoco es para tanto, son grandes los dos.
—Siempre lo mismo. Todo el año pasado me cargaron por cómo te mostrás. ¿Sabés las cosas que me decían por tu culpa?
—Perdón, ¿mi hija me va a venir a decir cómo vestirme? ¿Te avergüenza cómo me veo?
—Todos piensan que andás buscando algo, y se aseguraban de hacérmelo saber.
—Bajá un poco el tono, que yo te estoy hablando bien —respondió, todavía calmada—. Si unos chicos sin códigos se desubicaban conmigo, el problema eran ellos, no yo. No tengo por qué taparme por un grupo de inmaduros que no saben comportarse. Y, por si te falta que te lo aclare, soy una mujer adulta y me visto como se me da la gana.
—Te odio. Ojalá no tuviera una madre que parece otra cosa —escupí, y me fui llorando, dando un portazo.
Hoy me avergüenzo de cada palabra de esa tarde. Estuvimos un par de días distanciadas, hablándonos lo mínimo, hasta que tuve que pedirle ayuda para una tontería. En su ternura me di cuenta de que ya me había perdonado, sin que hiciera falta que yo le pidiera disculpas.
Esa noche estábamos solas. Mi papá andaba de viaje por trabajo y mi hermana se había quedado a dormir en casa de una amiga.
Mi novio se había quedado a cenar con nosotras, pero se volvió a dormir a lo suyo. Me hubiera encantado que se quedara, aunque todavía no nos dejaban dormir juntos salvo en contadas ocasiones.
Me costó horrores conciliar el sueño. Repasaba la pelea con mamá, lo injusta que había sido con ella, lo bien que mi novio siempre se había portado con ella sin desubicarse jamás, los besos que me habían quedado pendientes, las caricias que no le hice. Pensaba en él, en su cuerpo, en su polla, en lo que todavía no me animaba a darle.
Me acordé de una tarde en que él había vuelto de entrenar, transpirado, y por alguna razón que no entiendo del todo eso me ponía más caliente. Lo había acompañado y volvimos caminando hasta su casa, que estaba vacía, así que pasé. Nos besamos apenas cruzamos la puerta. Yo estaba ardiendo, con el coño empapado abajo del jean.
Él me frenó, dijo que necesitaba bañarse. Y a mí me nació, sin pensarlo, hundir la cara en su cuello, en su pecho, respirarlo entero. Le mordí el cuello, le lamí la clavícula, chupé el sudor salado de su piel mientras él se dejaba hacer, con la respiración ya cortada. Lo arrastré al cuarto y lo empujé sobre la cama. Le arranqué la remera, le desabroché el jean y le bajé el bóxer de un tirón. Su polla ya estaba dura, apuntándome a la cara, con la punta brillante de la gota que le había asomado. Me arrodillé entre sus piernas, se la agarré con las dos manos y me la quedé mirando un segundo, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, siguiendo la vena gruesa que le corría por abajo. Después se la metí en la boca de golpe, hasta donde pude, y él soltó un gemido que llenó todo el cuarto. Empecé a chupársela con hambre, subiendo y bajando la cabeza, apretando los labios contra el tronco, dejando que la saliva le chorreara por la verga hasta los huevos. Se los agarré, se los masajeé mientras seguía mamándosela, y él me hundió los dedos en el pelo.
—Así, Flor, así, no pares —jadeaba.
Le dibujé círculos con la lengua alrededor de la punta, se la chupé como si fuera un caramelo, y después me la metí entera otra vez, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y sentí las arcadas. Me quedé ahí, aguantando, con los ojos llenos de lágrimas y la baba escurriéndome del mentón, y él me sostenía la nuca marcándome el ritmo. Le lamí los huevos, uno y después el otro, me los llevé a la boca de a uno, y volví a subir por el tronco lamiéndoselo entero. Estaba haciendo todo eso para compensar lo que todavía no me animaba, para que sintiera con la boca lo que no le estaba dando por abajo.
—Me voy a venir, Flor —jadeó él.
—Acabame en la boca.
Saqué la lengua y la apoyé contra la punta mientras él se masturbaba rápido, apuntándome con precisión. El primer chorro me pegó en la lengua, caliente y espeso, después vino otro en el paladar, y otro más que me chorreó por el mentón. Cerré la boca y me lo tragué entero, despacio, mirándolo a los ojos, mientras él seguía apretándose la polla para sacar hasta la última gota. Le pasé la lengua por la punta, limpiándolo, chupándole lo que le quedaba. Siempre estuve dispuesta a entregarme así a él, a tragarme cada gota, a bajarme al piso por él.
Acostada en mi cama, reviviendo ese recuerdo, me metí la mano dentro del pantalón del pijama. Tenía el coño mojado, resbaloso, palpitándome. Me acaricié los labios primero, después empecé a rozarme el clítoris con dos dedos, en círculos lentos, cerrando los ojos. Me imaginé la polla de mi novio en la boca otra vez, el sabor de su corrida en la lengua. Me metí un dedo, después dos, y los curvé buscando ese punto que me hacía perder la cabeza. Con la otra mano me apreté una teta, me pellizqué el pezón duro. Se me escapó un gemido bajito. Seguí frotándome el clítoris cada vez más rápido, sintiendo cómo se me contraía todo por dentro, hasta que llegué al orgasmo con la mano tapándome la boca y las caderas levantándose solas de la cama. Me quedé unos minutos así, jadeando, con los dedos todavía adentro, sintiendo los últimos espasmos. Más relajada, me dormí cerca de la una de la mañana.
***
Alrededor de las tres me despertaron unas voces que venían de abajo.
Sentí terror de que estuvieran entrando a robar, así que agarré el celular por si tenía que llamar a la policía y salí descalza, en medias, para no hacer ruido. Abrí la puerta de mi cuarto con cuidado. Las voces venían del living. Desde la escalera, que dobla en forma de ele, podía espiar la planta baja apoyada en la baranda, sin que me vieran.
Y ahí lo vi. Mi novio, de pie frente al sillón, con el pantalón por los tobillos y la polla dura al aire.
Iba a bajar a abrazarlo cuando noté que mi madre estaba sentada en el sofá, con la verga de él metida hasta el fondo de la boca.
Con un dolor que me atravesó el pecho, decidí controlar las emociones, tragarme las lágrimas y esperar a ver qué pasaba. No podía estar haciéndome esto mi novio, y peor todavía, mi propia madre. Se estaban cagando en mí y en toda la familia. Levanté el celular y empecé a grabar, para mostrárselo a mi papá cuando volviera del viaje.
Mamá le sostenía la polla con una mano y con la otra le masajeaba los huevos, mientras subía y bajaba la cabeza con un ritmo obsceno. Se escuchaban los sonidos de garganta, los chapoteos de la saliva, los gemidos ahogados de ella cuando se la metía hasta el fondo.
—Qué bien la chupás —gimió él—. Sos la mejor.
—¿Viste? ¿Lo hago mejor que tu noviecita? —preguntó ella, sacándosela de la boca un segundo, con un hilo de saliva colgándole del labio a la punta.
—Muchísimo mejor. Pero nunca se lo voy a decir.
—Es muy chica todavía. Y encima apuesto a que es una mojigata.
Mamá volvió a metérsela, esta vez más despacio, con los labios apretados alrededor del tronco. La vi tragárselo entero, sin esfuerzo, hasta que la nariz le tocó el pubis. Se quedó ahí, con la polla enterrada en la garganta, aguantando, mientras él echaba la cabeza hacia atrás y soltaba un gemido ronco. La sostuvo de la nuca con las dos manos y empezó a moverle la cara adelante y atrás, cogiéndole la boca a su ritmo. Ella se dejaba, entregada por completo, con la baba chorreándole por el mentón y cayéndole entre las tetas.
—Flor nunca me hizo esto —murmuró él—. Sos otra cosa.
—Pará —dijo ella, separándose un segundo, jadeando—, que me vas a hacer acabar antes de tiempo y no quiero.
—¿Viste lo que es de verdad? Cuánto le falta aprender a ella para ser una mujer como vos.
Mamá se quitó la remera y el corpiño de un movimiento, y sus tetas enormes cayeron pesadas, con los pezones oscuros y duros. Se agarró la polla de él, se la escupió encima para lubricarla, y después envolvió las tetas alrededor del tronco, apretándolas con las manos. Empezó a frotarlo entre ellas, subiendo y bajando, y cada vez que la punta le asomaba entre el escote se la chupaba, se la mordía suave, la ensalivaba de nuevo. Él le miraba las tetas moverse contra su verga con la boca abierta, incapaz de disimular el gusto.
—Nunca en mi vida sentí tanto placer —jadeó él—. Sos una diosa, Marisa.
—Todavía no probaste nada, malcriado.
Nunca había visto a mi novio con esa cara de éxtasis. Yo ya no aguantaba las lágrimas, pero al menos lloraba en silencio. Me quería morir ahí mismo, arruinarles la vida para siempre.
—Te quiero coger fuerte, Marisa —dijo él, con la voz quebrada de deseo—. Bien fuerte, como nunca pude.
—Lo que quieras.
Mamá se levantó, se sacó la pollera y la bombacha de un tirón, y se apoyó en cuatro patas sobre el sofá, con el culo levantado y las piernas abiertas. Le vi el coño hinchado, brillante de mojado, y el ojo del culo apretado justo arriba. Mi novio, que conmigo siempre fue cuidadoso, se acomodó atrás, se agarró la polla y le pasó la punta por los labios del coño, mojándose, antes de empezar a penetrarla despacio.
—¿Así está bien? —preguntó, hundiéndosela de a poco.
—Más fuerte.
—¿Así?
—Más, más fuerte, que se escuche.
Él la agarró de las caderas con las dos manos y empezó a embestirla en serio. Se escuchaba el golpe seco de las pelvis chocando, el chapoteo del coño de ella empapado, los gemidos que a mi madre se le escapaban a cada estocada. Le vi las tetas balanceándose colgando debajo de ella, marcando el ritmo. Lo veía embestirla con una furia que jamás había mostrado conmigo. Le dio una nalgada, después otra, dejándole la marca roja de la mano en la piel blanca del culo. Era imposible que yo pudiera darle eso. Era lógico que buscara una mujer capaz de seguirle el paso y que a mí me dejara de lado. ¿Pero por qué tenía que ser ella? Habiendo tantas mujeres en el mundo, ¿justo eligió a mi madre?
—Ojalá tu hija hubiera salido a vos —dijo él, sin dejar de moverse, con la voz entrecortada—. No estaríamos haciendo esto si ella supiera disfrutar así.
—Ay, cómo me cogés —gemía ella, con la cara contra el respaldo del sofá—. Qué bien que estás, pendejo. Rompeme el coño.
La agarró del pelo, se lo enrolló en el puño y se lo tiró para atrás, arqueándola. Le seguía metiendo la polla hasta el fondo, con embestidas brutales, y ella no paraba de gritar. Después la soltó, la dio vuelta, la puso boca arriba sobre el sofá y le levantó las piernas apoyándoselas en los hombros. Se le hundió de nuevo, doblada casi en dos, y siguió cogiéndosela mientras le chupaba las tetas, se metía los pezones enteros en la boca, se los mordía.
Mamá se incorporó jadeando, buscó algo en un frasco de la mesita —vaselina, entendí después—, se untó los dedos y le embadurnó bien la polla, y después se metió los dedos en el propio culo, aceitándose. Se preparó para algo que yo nunca me había animado a dar. Se acostó boca arriba otra vez, se agarró las piernas por atrás de las rodillas, se las abrió al máximo y lo miró, dejándole el culo a la vista.
—Dame todo, malcriado. Por el culo.
—¿Me vas a cumplir la fantasía?
—¿Qué, la santurrona de mi hija nunca te dejó?
—Nunca quiso.
—Bueno, dejá que te enseñe. Despacio al principio.
Desde la escalera vi a mi novio apoyar la punta de la polla contra el culo de ella y empujar. Vi cómo el ojito se abría lentamente, cediendo, hasta que la cabeza le entró de golpe y ella soltó un quejido grave, entre el dolor y el placer. Él siguió empujando, sin frenar, hasta que se la metió entera, hasta los huevos. Se quedó quieto un segundo, con la cara desencajada, y después empezó a moverse. Despacio primero, sacándola casi entera y volviendo a hundirla, y después cada vez más rápido. En su cara apareció una expresión que jamás le había visto. Era evidente: ella le provocaba un placer que estaba fuera de mi alcance.
—Me encanta, me encanta —repetía mamá, con una mano en el clítoris frotándose—. No pares. Cogeme el culo.
—¿Te gusta cómo te cojo el orto?
—Me fascina. Más fuerte. Rompémelo.
La odiaba con todas mis fuerzas. Era una traidora, se estaba revolcando con mi novio mientras yo me ahogaba en la escalera, dejándose coger por atrás como una perra, gozando de una forma que yo nunca había sabido darle. Él la embestía con una dureza que conmigo nunca tuvo, y ella no paraba de gritar de placer, con los dedos volándole sobre el clítoris. La vi acabar así, con la polla en el culo y la mano en el coño, arqueándose entera, temblando, apretándolo con un grito ronco que me atravesó los oídos.
—No aguanto más, me vengo —avisó él.
—Adentro, dame todo adentro.
Lo vi tensarse, hundírsela hasta el fondo y quedarse ahí, temblando, mientras le vaciaba la corrida en el culo. Soltó un gemido largo, animal. Después se separó despacio, y le vi el ojito abierto, hinchado, con el semen escurriéndosele por el perineo hasta el coño. Se derrumbó sobre ella, agitado, con la polla todavía chorreando.
—Tenés que venir a verme más seguido —ronroneó mamá, acariciándole el pelo, todavía con las piernas abiertas y la corrida saliéndosele—. Alguien como mi hija nunca te va a satisfacer como una mujer de verdad.
—Cuando quieras. Este va a ser nuestro secreto.
Me arrastré vencida hasta mi cuarto, me metí en la cama, me tapé hasta la cabeza y lloré sin consuelo. Quería desaparecer de todas las formas posibles.
***
Agarré el celular, busqué el video y le di play. Quería mostrárselo a mi papá, que viera que su mujer, mientras él se rompía el lomo de viaje por la familia, se acostaba con el novio de su hija.
La imagen se veía bien, pero por encima del audio sonaba un timbre.
Veía a mi madre con mi novio, pero el timbre sonaba más fuerte.
La escena seguía, y el timbre se volvía ensordecedor.
El timbre se repitió hasta que abrí los ojos.
Todo había sido una pesadilla. La tarde con mi novio, la inseguridad eterna frente a la sensualidad de mamá y la culpa por la pelea se habían mezclado en ese sueño espantoso. No fue el único de mi adolescencia; tuve tres o cuatro en los que mi novio me traicionaba con ella.
Pero ese fue, sin dudas, el peor de todos. Porque me desperté empapada, y no supe nunca si de lágrimas, de sudor o de algo que prefiero no nombrar.





