La madura del gimnasio que se dejó llevar
El gimnasio había sido durante meses mi excusa favorita. Las pesas, el sudor, el zumbido constante de las cintas: todo aquello pasó a segundo plano el día que llegó la invitación a la cena por mensaje. Un grupo mixto, diez personas en total. A algunos apenas los conocía de cruzar un saludo en la sala de máquinas. Y luego estaba ella: Elena.
Una mujer madura de las que detienen una conversación cuando entran en una habitación. Melena rizada y oscura, un cuerpo trabajado con paciencia, firme donde debía serlo, y esa forma de moverse entre los aparatos que me obligaba a tragar saliva sin que ella se enterara. Tenía cuarenta y pico, aunque jamás lo habría adivinado nadie.
La noche de la cena, por pura suerte, me tocó sentarme a su lado. Iba vestida con algo sencillo, un pantalón oscuro y una camisa azul, nada que pretendiera llamar la atención. Pero en ella hasta lo discreto adquiría otro peso. No la miraba de forma descarada, sino con una atención silenciosa, la que solo entiende quien lleva tiempo deseando algo en secreto.
—A ver, Marcos, ¿qué te gusta más, el vino o la charla? —me preguntó con una sonrisa, pillándome con la guardia baja.
—La combinación —respondí, acercando mi copa a la suya en un brindis improvisado—. Aunque sobre todo me quedo con la compañía.
Se rio, un sonido bajo y cálido, y se ruboreó un poco. Esa mezcla de seguridad y timidez me desarmó por completo.
La cena se alargó entre anécdotas y botellas vacías. Los más jóvenes hablaban ya de seguir la fiesta en alguna discoteca. Nosotros, los veteranos, teníamos planes de retirada.
—¿Compartimos taxi? Vivimos cerca —le propuse.
—Claro, así me aseguro de que llegas entero. —Me guiñó un ojo.
El interior del coche se convirtió en un espacio íntimo. El vino nos había soltado la lengua y la conversación se volvió más personal, más atrevida. De pronto, con una naturalidad que me hizo perder el hilo, ella soltó:
—Menos mal que hoy tengo la casa para mí sola. Mi marido se ha ido a otra ciudad con los niños a ver un partido. Unas horas de silencio. Pienso ponerme una serie y no moverme del sofá.
Algo se encendió dentro de mí. Aquello sonaba demasiado parecido a una señal.
—Pues estamos igual —dije, apoyando la mano en su rodilla con una caricia casi imperceptible que ella no apartó—. Natalia ha salido con sus amigas y no volverá hasta tarde.
Se hizo un silencio cargado de electricidad. Me miró, y en sus ojos había un destello que ya no tenía nada de ingenuo.
—Oye… ¿y si te tomas la última copa en mi casa?
El corazón me dio un vuelco. No lo pensé dos veces.
—Me parece un plan inmejorable, Elena.
***
El ascensor subió en un silencio incómodo y delicioso a la vez. Su piso era cálido, ordenado, con luz tenue. Me sirvió una copa de vino y nos sentamos en el sofá del salón. La conversación fue subiendo de tono como una marea que ninguno de los dos quería frenar.
—Elena, en serio, hoy estás radiante. Esa camisa te sienta de maravilla, pero es que tú estarías guapa hasta en pijama. —No mentía. Era la pura verdad.
Volvió a ruborizarse, aunque saltaba a la vista que le gustaba oírlo.
—Ay, Marcos, qué cosas dices. Si voy de lo más normal. Que se lo dijeras a Bárbara, que siempre enseña la mitad, lo entendería. Pero a mí…
—Es que me pareces una mujer espectacular. —Me acerqué un poco más en el sofá—. Me da rabia que alguien como tú no sea consciente de lo que tiene.
Bajó la mirada, a medio camino entre la incomodidad y el halago.
—Mi marido es muy tradicional. De costumbres fijas. Y en la cama… más de lo mismo. Se me sube encima, cumple en cuatro minutos y a dormir. Ni me toca, ni me mira, ni me pregunta. Hace años que no me corro con él.
Aquella confesión me encendió por dentro. La imaginación se me disparó.
—¿Y nunca te has planteado probar otras cosas? —Bajé la voz, la hice más grave—. Yo, por ejemplo, te he imaginado mil veces. Cada vez que te veo entrenar con ese conjunto negro, el de los pantalones cortos… se me pone dura solo de recordarte agachada frente al espejo.
Soltó una risa nerviosa y se puso colorada. Una mezcla de vergüenza y excitación que reconocí al instante.
—¡Marcos, por favor! Qué barbaridades. ¿Tú a qué vas al gimnasio?
—A lo mismo que tú. Pero me resulta imposible no fijarme en ese culo cuando haces sentadillas.
—Ya veo…
—Eres preciosa. Y no me digas que no te gusta que te lo recuerden. Me imagino el tacto de esa tela ajustada a tu piel, cómo se te mete entre las nalgas cuando te agachas, cómo se te marca el coño por delante.
Se levantó de golpe, con las mejillas ardiendo.
—Un momento. Voy a por más hielo.
Desapareció hacia la cocina y yo me recosté en el sofá, sonriendo, sintiendo el bulto duro apretado contra la bragueta. Sabía que había cruzado una línea y ella no me había frenado. Los minutos se estiraron, la expectación me carcomía. Y entonces volvió.
La copa estuvo a punto de resbalárseme de los dedos. Elena no había ido a por hielo. Había vuelto convertida en la fantasía que yo acababa de poner en palabras. Llevaba un pantalón corto deportivo negro, tan ceñido que parecía una segunda piel, y un top a juego que realzaba la firmeza de su pecho. El vientre, plano y trabajado, quedaba al descubierto. Los pezones se le marcaban a través de la lycra, duros, apuntando hacia mí.
Me quedé sin habla, incapaz de articular sonido. Era perfecta.
—¿Era este? —preguntó, señalándose el conjunto con un gesto, como si dudara de si era lo que yo había imaginado o solo estuviera jugando conmigo.
Asentí tan rápido que pensé que se me iba a torcer el cuello. Me puse en pie. No podía seguir sentado: necesitaba verla de cerca. La recorrí con la mirada, centímetro a centímetro. Las piernas torneadas por años de ejercicio, la línea suave de los abdominales que nacía bajo el top y se perdía en la cintura del pantalón, el triángulo perfecto que se le marcaba entre las piernas.
—Joder, Elena. Estás… estás para follarte contra la pared ahora mismo.
Se rio, un poco más relajada, pero también más caliente.
—Qué exagerado. Si en el gimnasio no me mira nadie. Solo tú, por lo visto.
—¿Que no te mira nadie? Estás muy equivocada. Hay más de uno que te sigue con los ojos y se va a las duchas a hacerse una paja pensando en ti, te lo aseguro.
Su sonrisa se ensanchó y clavó la mirada en la mía, cargada de una picardía que no le había visto hasta entonces. Los ojos se le fueron directos a mi entrepierna, donde el bulto ya no disimulaba nada.
—¿Más de uno? —susurró, tanteándome, provocándome. Y yo caía encantado en su juego.
Me acerqué. Las manos me pedían tocarla.
—Ya que te has puesto el uniforme de guerra… ¿me haces una demostración? Esos estiramientos que haces antes de entrenar.
Soltó una carcajada, pero no se negó. Giró el cuerpo, se inclinó hacia delante, dándome la espalda, y se agarró los tobillos. El pantalón se le tensó de tal forma que se le marcaron perfectamente los labios del coño bajo la tela, un surco que subía y se dividía en el nacimiento del culo. Se puso de puntillas, elevó los brazos y el top subió un poco más, dejando más piel a la vista. Cada movimiento era una tortura deliciosa.
—¿Así? ¿Te gusta cómo estiro? —dijo con voz juguetona, mirándome entre las piernas desde abajo.
—Me estás poniendo la polla como una piedra, Elena.
No pude resistirlo. Salvé la distancia que quedaba y mis manos aterrizaron directas en sus nalgas, apretándolas por encima del pantalón. Ella se estremeció, pero no se apartó. Se enderezó despacio y quedó pegada a mí, el culo restregado contra mi bragueta, sintiéndome duro contra ella.
—Qué bien estás. Qué bien hueles. Qué ganas tengo de arrancarte esto de encima.
Se giró para mirarme, nuestros cuerpos casi pegados. Su risa nerviosa se había transformado en otra cosa, una respiración entrecortada, los pezones erizados rozándome el pecho a través de la ropa.
—Marcos… esto no sé si está bien…
—¿Quieres que pare?
—No —respondió en un susurro—. No pares. Por favor.
Le aparté un mechón de la cara y la besé. Fue un beso lento al principio, de reconocimiento, que enseguida se volvió ávido, sucio, de lengua, de los que se buscan con los años de deseo acumulado. Sus manos se aferraron a mi nuca, las mías bajaron directas a su culo y se lo amasé sin disimulo. Ella jadeó dentro de mi boca y una mano suya se me fue a la entrepierna, palpándome por encima del pantalón, apretando la forma dura de la polla.
—Nadie me había hablado nunca como tú esta noche —murmuró contra mi boca—. Y no sé por qué me gusta tanto. Me tienes empapada, Marcos. Se me ha calado la braga.
—Porque te mereces que te lo digan. Y mucho más. Te mereces que te folle como llevas años sin que te follen.
Le metí la mano por dentro del pantalón corto, por debajo de la braga, y le pasé los dedos por el coño. Estaba mojada, tanto que dos dedos se me hundieron sin resistencia. Ella soltó un gemido largo y se agarró a mis hombros para no caerse.
—Dios… Marcos… así… llevo toda la noche así, desde el taxi.
La bombeé despacio, entrando y saliendo, con el pulgar buscándole el clítoris hinchado. Ella empezó a mecer las caderas sobre mi mano, follándose ella sola mis dedos, con la boca abierta contra mi cuello.
***
La guie de vuelta al sofá. Me senté y la atraje hacia mí, hasta que quedó a horcajadas sobre mis piernas. Desde ahí podía sentir el calor húmedo de su coño a través de la tela fina del pantalón, restregándose sin vergüenza contra mi bulto. Le quité el top con cuidado y descubrí unos pechos que, pese a los años, seguían firmes, redondos, con unos pezones oscuros y gordos, endurecidos. Me lancé sobre ellos, chupándolos uno tras otro, mordisqueándoselos, tirando de ellos con los dientes hasta arrancarle gemidos que ya no intentaba callar.
—No te aguantes —le pedí, con un pezón entre los labios—. Quiero oírte gritar.
Ella enredó los dedos en mi pelo y me apretó la cara contra sus tetas. La tumbé sobre los cojines y le retiré el pantalón corto sin prisa, disfrutando de cada centímetro que iba quedando expuesto. La braga se le había pegado al coño, empapada, y se le marcaba una línea oscura de humedad en el centro. Se la bajé despacio, con los dientes, respirando su olor. Su cuerpo entero temblaba de anticipación.
Le abrí las piernas de par en par. Tenía el coño depilado, brillante de flujo, los labios hinchados y el clítoris asomando entre ellos. Le pasé la lengua de abajo arriba, en un lametón largo y plano, y ella arqueó la espalda de golpe y se mordió el dorso de la mano para ahogar un grito.
—Chupa… chupa fuerte… llevo años sin que me la coman así…
La trabajé con calma, leyendo sus jadeos, ajustando el ritmo a lo que su cuerpo me pedía. Le chupé el clítoris con los labios cerrados, dando tirones suaves, mientras le metía dos dedos y se los curvaba hacia arriba, buscándole el punto. Ella empezó a temblarme entre las manos, a apretarme la cabeza contra el coño con las dos manos, sin dejarme respirar.
—Sí, ahí, ahí, no pares, joder, no pares…
Los muslos se le cerraron en torno a mi cara y un temblor la recorrió de arriba abajo. Se corrió con un grito largo, ronco, que se le quedó a medias en la garganta, apretándome los dedos con las paredes del coño en espasmos, empapándome la barbilla.
—Marcos… —jadeó, con la voz rota, la cara colorada, el pecho subiendo y bajando—. Hacía años que no me corría así. Años.
—Esto no ha hecho más que empezar. Ahora te toca a ti.
Me deshice de mi ropa y me quedé desnudo delante de ella, con la polla dura y goteando. Ella se relamió los labios y se incorporó, sin dejar de mirarme, y la agarró con una mano. Me la miró de cerca, la sopesó, y luego se la metió en la boca hasta el fondo, hasta que la punta le tocó la garganta. Fue mi turno de gemir.
—Joder, Elena, así…
Me la chupó con hambre, sacando y metiendo, ayudándose de la mano para masturbarme la base mientras la lengua me trabajaba el glande. Con la otra mano me acariciaba los huevos, sopesándolos, y sacaba la polla de la boca solo para lamerla de arriba abajo y volver a tragársela. Los ruidos húmedos de su boca llenaban el salón. Un hilo de saliva le caía por la barbilla hasta las tetas.
—Para, para o me corro en tu boca y quiero follarte antes.
Sacó la polla de la boca con un chasquido, sonriendo, con los labios brillantes.
—Fóllame ya. Rómpeme, Marcos. Llevo toda la noche pidiéndotelo con los ojos.
La tumbé de nuevo, le abrí las piernas y me coloqué entre ellas. Le pasé el glande por los labios del coño, arriba y abajo, empapándolo en su flujo, rozándole el clítoris. Ella intentaba empujar las caderas para atraparme, pero yo la tenía sujeta.
—Pídemelo.
—Métemela. Por favor. Métemela toda.
La penetré de una embestida larga y firme, hasta el fondo. El gemido que se le escapó fue de puro alivio, como si llevara mucho tiempo esperando exactamente eso. Se me clavó las uñas en los brazos y arqueó la espalda. Me quedé quieto un instante, sintiendo cómo su coño me apretaba y palpitaba alrededor.
—Joder, cómo aprietas.
—Muévete. Muévete ya, no puedo más.
Empecé a follármela despacio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo, notando cómo su cuerpo se ajustaba al mío. Ella me miraba con la boca abierta, con los ojos entrecerrados, con las tetas moviéndose al ritmo de cada embestida.
—Así, no pares —susurró, clavándome las uñas en la espalda—. Más fuerte. Más fuerte, joder.
Le hice caso. Le agarré una pierna y me la eché al hombro, abriendo el ángulo, entrando más profundo. El ritmo fue creciendo solo, marcado por su respiración y por el modo en que sus caderas salían a mi encuentro, chocando contra las mías con un chasquido húmedo. La habitación se llenó del sonido de nuestros cuerpos, del golpeo de mis huevos contra su culo, y de su voz, que ya no intentaba contener nada.
—Ay, sí, así, rómpeme el coño, dame más…
La saqué, la giré boca abajo y le levanté las caderas. Le empujé la cabeza contra el cojín para que arqueara el culo hacia mí y la penetré de nuevo, esta vez a lo perro, agarrándola por la cintura. Desde ese ángulo me hundía todavía más y ella soltaba gemidos ahogados contra la tela.
—Este culo… llevo meses soñando con este culo… —le solté un azote seco en una nalga y ella dio un respingo y apretó el coño alrededor de mí.
—Otra vez. Pégame otra vez. Y no pares de follarme.
Le solté un segundo azote, más fuerte, que le dejó la marca roja de mi mano en el culo blanco. Ella gimió con la boca abierta contra el cojín y empezó a echarme las caderas atrás, empalándose ella sola, como si no le bastara con lo que yo le daba.
En algún momento cambiamos de postura. Me tumbé de espaldas y ella se incorporó y, con una seguridad que no había mostrado en toda la noche, se colocó encima de mí. Se agarró la polla, se la colocó en la entrada del coño y bajó despacio, sentándose hasta el fondo. Apoyó las manos en mi pecho y empezó a moverse sin dejar de mirarme a los ojos, subiendo y bajando, girando las caderas. Verla así, con las tetas rebotando, la boca abierta, el pelo pegado a la cara por el sudor, dueña por fin de su propio deseo, era lo más excitante que había vivido.
—¿Cuántas veces te imaginaste esto? —me preguntó, entre el desafío y la sonrisa, sin dejar de cabalgarme.
—Más de las que te imaginas. Todos los días en la ducha, con la polla en la mano.
Le agarré las tetas y se las apreté, le pellizqué los pezones. Ella echó la cabeza atrás y aceleró el ritmo. Se pasó una mano por el vientre y se bajó hasta el clítoris, frotándoselo mientras se me montaba, y a los pocos segundos empezó a gemir cada vez más agudo.
—Me corro otra vez… Marcos, me corro otra vez encima de tu polla…
—Córrete, mi amor, córrete toda encima de mí.
Su ritmo se volvió frenético, descontrolado. Tuve que apretar los dientes para no terminar antes de tiempo. Se dejó caer con toda su fuerza dos, tres veces, y de pronto se quedó rígida encima de mí, con la boca abierta en un grito mudo, temblando entera, con el coño apretándome la polla en oleadas.
La sujeté por las caderas y, aprovechando que estaba deshecha, la giré y la puse otra vez de espaldas y le eché las piernas al hombro. Le di las últimas embestidas, seco, fuerte, mirándola a los ojos.
—¿Dónde te la echo?
—Encima. En las tetas. En la cara. Donde quieras. Pero córrete ya, quiero verte.
Salí a tiempo, me arrodillé sobre ella, me la sacudí dos veces con la mano y me corrí con un gemido ronco. Los primeros chorros le cayeron en el cuello y las tetas, otros le salpicaron el vientre. Ella se pasó los dedos por los pechos, recogiendo el semen, y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme, chupándoselos uno a uno.
Se derrumbó sobre los cojines, temblando, con la respiración entrecortada y la piel cubierta por una fina capa de sudor y de mi corrida. Me dejé caer a su lado, sin aliento.
Nos quedamos un rato así, en silencio, recuperando el aire. Después se rio, bajito, contra mi hombro.
—No me reconozco —dijo—. Y, sin embargo, me siento más yo que nunca. Nunca me habían follado así. Nunca me había corrido tres veces seguidas.
—Pues quédate con esta versión. Me gusta mucho.
***
Más tarde, ya vestidos a medias, compartimos la última copa de vino en la cocina. La luz de la campana extractora le iluminaba la mitad de la cara, igual que aquella primera vez que la imaginé. Hablamos sin prisa, como dos cómplices que acaban de descubrir un secreto.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, jugando con el borde de la copa.
—Ahora seguimos viéndonos en el gimnasio. Y fingimos que no ha pasado nada. —Le sonreí—. Aunque los dos sepamos que sí. Y que la próxima vez que te vea agacharte en las sentadillas voy a estar recordando cómo te corres.
—Eres un peligro, Marcos.
—Y a ti te encanta.
No lo negó. Se limitó a sonreír y a darle un sorbo al vino, con una calma nueva, la de quien ha recuperado algo que creía perdido. Supe entonces que aquello no sería un único encuentro, sino el principio de algo que ninguno de los dos había buscado pero que ya no estábamos dispuestos a soltar.
Cuando bajé al portal, la ciudad seguía dormida. Caminé hasta casa con una sonrisa idiota en la cara, pensando ya en la próxima clase de spinning, en la próxima mirada cruzada entre máquinas. La madura tímida del gimnasio había decidido dejarse llevar. Y yo no pensaba dejar que volviera a esconderse.





