A sus 42, esa copa en la barra lo cambió todo
La ruptura había sido mucho menos dolorosa para Carolina que para Sergio. Para ella, los quince años de matrimonio habían sido una larga cuesta abajo desde casi el primer día. A veces, cuando se quedaba sola en el sofá con una copa de vino, se preguntaba por qué demonios se había casado. Sergio era un buen hombre, atento, cariñoso, incapaz de levantarle la voz. Quizá fue eso lo que la confundió.
Con veintisiete años, el cuento del príncipe azul y la boda perfecta todavía pesaban demasiado en su cabeza. Por eso le dijo que sí al que durante el resto de su vida sería el padre de su único hijo. Lucas, sin duda, era lo mejor que le había dejado aquella historia.
Para Sergio, en cambio, la separación fue un calvario. La consideraba la mujer de su vida. Una mujer inteligente, divertida, de carácter abierto —demasiado abierto a veces, pero se le perdonaba—. Y, sobre todo, alguien que desprendía una sensualidad magnética sin esfuerzo, sin proponérselo.
Por eso, cuando aquella mañana de invierno ella le dijo que no aguantaba más, a él se le vino el mundo encima. Era cierto que hacía mucho que lo suyo no funcionaba. Apenas hacían nada juntos, no se tocaban desde hacía meses. Lucas era el único hilo que todavía los unía.
—Esto me asfixia, Sergio —le dijo ella, sin dramatismo, casi con alivio.
—Podríamos intentarlo un poco más. Por Lucas, por nosotros.
—No queda nada por lo que intentarlo. Y lo sabes.
Él no supo qué responder. Carolina sintió una liberación difícil de explicar, como si por fin pudiera respirar hondo después de años con el pecho apretado. Decidieron no pelear por nada para no salpicar al niño. Ella se quedó en el piso familiar con Lucas; él se mudó a un chalet de sus padres, demasiado grande para uno solo.
***
Durante los seis meses siguientes el contacto fue diario y casi siempre en una sola dirección. Sergio le escribía mensajes constantes y la llamaba al menos una vez al día. Carolina contestaba más por educación que por ganas. No sentía nada por él. Si alguna vez sintió algo, ni siquiera estaba segura de que hubiera sido amor y no simple costumbre.
Cualquier excusa le servía a él para mantener el cordón: las notas de Lucas en el colegio, la subida de la luz, la cita del pediatra, una gotera en el baño. Pretextos para no soltar del todo a la mujer a la que seguía queriendo aunque no le correspondiera.
Cuando Carolina empezó a salir con sus amigas, a Sergio no le sentó nada bien. Una madrugada le escribió un mensaje y lo borró al segundo, al entender que no era nadie para pedirle explicaciones a una mujer libre. Pero el rastro del «mensaje eliminado» quedó ahí, a las dos de la mañana, y a ella le olió mal.
Fue la única vez que lo llamó para dejarle algo claro.
—No vuelvas a escribirme de madrugada, Sergio. Se acabó.
—Tienes razón. Perdona.
Él asumió el error, pero pensar que Carolina pudiera dormir en la cama de otro hombre le quemaba el estómago. Un ardor sordo que terminaba por descomponerlo cada noche.
***
Casi un año después, aunque los mensajes habían bajado mucho, seguían manteniendo el contacto justo por Lucas. Acordaron que ese viernes el padre recogiera al niño para pasar con él el fin de semana, y que el domingo se verían para cerrar los detalles del siguiente.
Con el sábado libre, Carolina organizó una cena en su casa con sus amigas para preparar la salida de la noche. Eran cuatro inseparables: dos casadas, una soltera y ella, separada. Hacía meses que no coincidían todas, así que esa noche pensaban arrasar la ciudad.
A las diez salió de casa embutida en un vestido negro palabra de honor, ajustado, que dibujaba a la perfección su silueta de metro ochenta. El escote no era espectacular, pero la buena lencería hacía milagros. Las horas de gimnasio habían dado resultado en sus piernas largas y torneadas, y sobre todo en unos glúteos que lucían más firmes que nunca. La melena suelta y los labios pintados de rojo terminaban de rematar el conjunto.
No era una belleza de portada, y lo sabía. Era otra cosa. Era una mujer que rezumaba erotismo en cada gesto, en cada forma de cruzar las piernas, en cada manera de apartarse el pelo de la cara.
Después de cenar fueron a una sala conocida del centro a bailar. Tras un par de copas, Carolina se movía en la pista como si el suelo fuera suyo. No le faltaron pretendientes dispuestos a marcarse unos pasos con ella. Declinó con una sonrisa la propuesta de dos chicos demasiado jóvenes. A sus cuarenta y dos años estaba justo en esa edad en la que atraía por igual a los veinteañeros y a los hombres maduros, y disfrutaba de las dos cosas.
Cuando decidió descansar y pedir algo en la barra, su amiga Marta le clavó un codo en las costillas.
—Tía, mira quién está en la otra punta. Es Tomás.
Carolina giró la cabeza de manera instintiva. Tomás. Un viejo conocido con el que siempre había habido una tensión rara, nunca resuelta, de esas que se quedan latiendo en el aire años enteros sin que nadie se atreva a tocarlas. Él levantó su copa y le dijo algo a la chica de la barra. La chica se acercó.
—Aquel de allí dice que pidas lo que quieras, que invita.
Carolina volvió a mirarlo y arqueó una ceja. Pidió un whisky con refresco, lo levantó al aire en señal de brindis hacia él y le sostuvo la mirada un segundo de más. Tomás dejó la compañía con la que estaba y cruzó la sala hacia ella.
—Cuánto tiempo, guapa —dijo, inclinándose para besarle la mejilla.
—Demasiado —contestó ella, imitando el gesto.
Al acercarse, de manera involuntaria —o no—, su pecho rozó el brazo de él. Ninguno de los dos se apartó. Empezaron a hablar de cualquier cosa, de esas conversaciones que sirven solo para ganar tiempo mientras el cuerpo decide otra cosa.
Poco a poco rompieron el hielo y regaron la charla con más copas. Las amigas de Carolina fueron desfilando hacia la salida una a una, despidiéndose con miradas cómplices. El final era inevitable y los dos lo sabían desde el primer brindis. Tomás se ofreció a acompañarla a casa y ella aceptó como si fuera la cosa más natural del mundo.
***
En el portal se miraron en silencio. Él quería pasar la noche con ella; ella, sencillamente, no quería pasarla sola. Subieron abrazados, enganchados por los labios, tropezando con los escalones sin dejar de besarse.
Apenas cerró la puerta, Tomás la acorraló contra la pared del recibidor. Le sujetó la cara con las dos manos y la besó despacio, hondo, mientras ella deslizaba las palmas por su espalda ancha. El vestido negro cayó en algún punto del pasillo. La camisa de él, en otro. Llegaron al dormitorio dejando un reguero de ropa detrás.
Él se tumbó en la cama. Ella se desabrochó lo que le quedaba y se quedó de pie un instante, dejando que la mirara, sabiéndose deseada después de tanto tiempo sintiéndose invisible. Luego se arrodilló entre sus piernas y se lo tomó con calma, sin prisa, disfrutando cada reacción, cada respiración entrecortada que se le escapaba a él. Los gemidos contenidos de Tomás delataban hasta qué punto la había echado de menos sin saberlo.
Pasaron varios minutos así, ella marcando el ritmo, él rindiéndose a su boca con las manos enredadas en su melena. Cuando Tomás no pudo más, se incorporó y giró sobre ella hasta quedar encima. Sus bocas se buscaban con ansia, sus cuerpos encajaban como si llevaran años ensayándolo.
Con un movimiento firme de cadera la penetró hasta el fondo, arrancándole un grito a medio camino entre la sorpresa y el placer. Carolina lo rodeó con sus piernas larguísimas y le clavó las uñas en los hombros. Él aceleró, hundiéndose una y otra vez, y los suspiros de ella se volvieron gemidos, y los gemidos, casi gritos, hasta que un calambre le recorrió la columna entera, del cuello a las caderas, y reventó en un orgasmo que la dejó temblando. Tomás lo celebró tensando todo el cuerpo y dejándose ir dentro de ella con un gruñido ronco.
Quedaron exhaustos, él sobre ella, los dos con la piel perlada de sudor. Se miraron, se rieron sin motivo, se besaron otra vez. Ella ya estaba lista para más; él necesitó algo de tregua. A lo largo de la noche lo repitieron dos veces más. Una, ella encima, cabalgándolo despacio hasta arrancarse otro orgasmo. Otra, de rodillas, dejando que él disfrutara mientras la sujetaba por las caderas.
Se durmieron al amanecer, enredados, sin haber hablado de nada que no fueran las ganas atrasadas de los dos.
***
La persiana estaba subida cuando el sol entró de lleno por la ventana y despertó a Tomás. Se giró y se quedó mirando a Carolina dormida. Empezó a recorrerla con besos lentos, del cuello al ombligo. Un leve suspiro de ella le confirmó que solo dormitaba. Siguió bajando, despacio, dibujando un camino tibio sobre su piel, hasta hundir la cabeza entre sus muslos.
Ella separó las piernas casi sin darse cuenta, todavía a medio camino entre el sueño y el deseo. Tomás se tomó su tiempo, atento a cada estremecimiento, a cómo ella arqueaba la espalda y se agarraba a las sábanas con los dedos crispados. Carolina terminó por sujetarle la cabeza con las dos manos y mover las caderas contra su boca, buscando el final que se le acercaba como una ola.
Y entonces, segundos antes de llegar, sonó el timbre.
Los dos se quedaron quietos, en silencio, conteniendo la respiración. Un segundo timbrazo la puso en alerta y la memoria le cayó encima como un jarro de agua fría.
—Mierda. Es Lucas con su padre. No me acordaba de que habíamos quedado para llevarlo al parque acuático.
Saltó de la cama, se vistió a toda prisa y le pidió a Tomás en un susurro que se metiera en el baño y no hiciera ruido. Se pasó las manos por el pelo, respiró hondo y abrió la puerta.
Lucas corrió a abrazarla por la cintura. Sergio, detrás, preguntó con una media sonrisa si se había quedado dormida.
—No me encuentro muy bien para pasar el día fuera —improvisó ella—. Lo siento.
El niño puso cara de fastidio y Sergio aprovechó para presionar un poco.
—Mujer, no le hagas eso. Con la ilusión que tenía.
—Bajad al bar de abajo y os alcanzo para desayunar, ¿vale?
Carolina no quería que ninguno de los dos sospechara que había pasado la noche acompañada. Pero Sergio insistió en desayunar allí, en casa. Hasta había traído churros, como en los viejos tiempos. No hubo forma de echarlos sin que cantara.
Desde el baño, Tomás lo oía todo. Y cuando escuchó a Lucas decir que necesitaba el baño con urgencia, entendió que no le quedaba más remedio que salir.
Apareció en el salón intentando parecer natural. Se creó una tensión que se habría podido cortar con un cuchillo. La rompió el niño, que en cuanto lo vio salió disparado.
—¡Tío Tomás! —gritó, lanzándose a sus brazos.
La cara de Sergio se quedó del color de un difunto. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras encajaba, de golpe, lo que tenía delante. Nunca, ni en su peor pesadilla, se habría imaginado que su propio hermano pequeño hubiera amanecido en la cama de su exmujer.





