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Relatos Ardientes

Mi exmarido no imaginó en lo que me había convertido

Hay una versión de mí que mi exmarido nunca conoció. La mujer con la que estuvo casado doce años no sabía pedir lo que quería, se quedaba quieta en la oscuridad y esperaba a que él terminara. Esa mujer desapareció el día que Andrés hizo las maletas y se fue con Claudia, su nueva pareja, sin mirar atrás. Lo que vino después me costó descubrirlo, pero cuando lo hice, ya no hubo vuelta atrás.

Así que, cuando se me ocurrió la idea, la disfruté incluso antes de ejecutarla. Lo llamé un martes por la tarde y le dije que se había dejado en casa una de sus camisetas favoritas. Era mentira, claro. No quedaba nada suyo entre estas paredes desde hacía meses, pero él no lo sabía.

—Pásate a buscarla cuando salgas del trabajo —le dije con una calma que no sentía—. Y quédate a cenar, te lo debo por las molestias.

Aceptó demasiado rápido. Esto va a ser más fácil de lo que pensaba.

Cuidé cada detalle. Elegí un conjunto de lencería color rosa que me quedaba como una segunda piel y, encima, un vestido azul oscuro que terminaba un palmo por encima de la rodilla y tenía un escote que no dejaba mucho a la imaginación. Me miré al espejo y sonreí. La señora insegura de la que él se había aburrido ya no estaba ahí.

La cena transcurrió entre risas y vino. Hablamos de cosas viejas, de gente que ya no veíamos, y todo el tiempo noté cómo sus ojos bajaban hacia mi escote y volvían a subir, fingiendo que no lo hacían. Cada vez que lo pillaba, yo apartaba la mirada despacio, dándole permiso sin decir una palabra.

Cuando recogimos los platos, nos sentamos en el sofá. Él paseó la vista por el salón.

—Casi no has cambiado nada de la casa —comentó—. Está todo igual que cuando me fui.

Me acerqué, dejé que mi rodilla rozara la suya y bajé la voz hasta volverla casi un susurro.

—El que ha cambiado eres tú. Se nota que Claudia te cuida bien. Estás más guapo que nunca.

Le sostuve la mirada un segundo de más y entonces acorté la distancia. El beso fue largo, profundo, de los que nos dábamos al principio de todo, cuando aún no nos conocíamos los defectos. Cuando me separé, le acaricié la mejilla.

—Tranquilo —le dije—. Esto va a quedar entre nosotros. Claudia no tiene por qué enterarse.

Lo tomé de la mano y lo llevé hasta el dormitorio. Allí me quité el vestido sin prisa y me quedé frente a él en lencería, dejando que mirara todo lo que se había perdido.

—Vaya —murmuró—. No todo sigue igual. Has aprendido a vestirte.

—¿Claudia también usa ropa interior así? —pregunté, girando despacio—. Con su figura seguro que le queda mejor que a mí.

—Tú estás increíble —dijo con la voz ronca—. Y no quiero pensar en ella ahora.

—Está bien. Pero entonces tienes que hacerme cosas que no me hacías cuando estábamos casados. Ya no soy tu mujer. Hoy soy una de esas con las que te acostabas mientras seguías conmigo. —Me tumbé en la cama y separé las piernas—. Empieza por ahí.

No se hizo de rogar. Me deslizó el tanga hasta sacármelo y se arrodilló entre mis muslos. Cuando su lengua me encontró, tuve que morderme el labio para no gritar. No se parecía en nada a como lo recordaba; el muy cabrón había aprendido, y aprendido bien.

—¿Por qué no me hacías esto cuando vivíamos juntos? —jadeé, agarrándome a la sábana.

No me respondió. Siguió explorando cada centímetro con una paciencia nueva, leyendo mis reacciones, ajustando el ritmo hasta que el placer me arrancó del cuerpo en una sacudida larga. Me corrí contra su boca sin contenerme.

Pero yo no había planeado esto para quedarme quieta recibiendo. Mientras él seguía vestido de cintura para abajo, me incorporé, lo empujé suavemente y me arrodillé frente a él. Le desabroché el pantalón, se lo bajé junto con el resto y dejé que cayeran al suelo.

—Raquel… —empezó a decir, usando un viejo apodo cariñoso, pero lo callé tomándolo en mi boca.

—¿Dónde has aprendido a hacer esto? —preguntó al cabo de un momento, con la respiración entrecortada.

Me detuve apenas lo justo para contestar.

—Me dejaste porque decías que no sabía. No quería que me volviera a pasar con nadie. Así que me dediqué a practicar.

—Pues lo conseguiste —gimió—. Lo haces de maravilla.

Lo escuché perder el control poco a poco, esos gemidos que en doce años de matrimonio nunca le había sacado. No aguantó mucho más. Cuando terminó, me tragué todo y lo miré desde abajo, satisfecha de ver en su cara la mezcla de placer y de culpa.

Tardó en reaccionar. Luego, como si se le encendiera algo, me empujó de nuevo sobre la cama y deslizó los dedos dentro de mí mientras me preguntaba al oído cuántos hombres había conocido desde que se fue, si más grandes o más pequeños, si mejores que él.

—Ha habido de todo —le dije, retorciéndome bajo su mano—. Y últimamente hay uno que me da más placer del que tú me diste nunca.

No era del todo cierto, pero ver cómo le cambiaba la cara con la idea de tener competencia valió la mentira. Sus dedos se movieron con más rabia, como si quisiera demostrar algo, y me llevaron a otro orgasmo que me dejó temblando.

—Cuando estábamos casados no eras así de caliente —dijo, casi con resentimiento—. Creo que ya es hora de que lo hagamos.

—De acuerdo —respondí—. Pero no como cuando éramos un matrimonio aburrido.

Me abrió bien las piernas y entró de una sola vez. Levanté un pie hasta apoyarlo en su hombro y él empezó a moverse con una intensidad que no le conocía. La idea de competir con un fantasma lo había encendido. Me dejé llevar un rato, acariciándome los pechos, hasta que decidí recordarle quién mandaba esa noche.

—Cambiamos. Quiero ponerme encima.

Se quedó sorprendido, pero se tumbó de espaldas. Me senté sobre él y marqué yo el ritmo, lento primero, luego implacable, mirándolo a los ojos mientras él se deshacía debajo de mí.

—Date la vuelta —pidió al final, con la voz quebrada—. Quiero terminar de otra forma.

Me puse a cuatro patas sobre el colchón. Él se incorporó detrás y entró despacio por donde, de casados, nunca nos habíamos atrevido. Eso le dio un morbo nuevo, lo noté en cómo se aferró a mis caderas. El placer me alcanzó rápido; él aguantó un poco más, hasta que terminó con un gemido largo y se derrumbó a mi lado.

Nos quedamos dormidos. Por la mañana me despertó su mano buscándome otra vez entre las piernas. Insaciable. Me dejé acariciar hasta que el cuerpo me pidió más, y entonces me giré, lo tomé de nuevo en la boca y lo desperté del todo.

—Joder —murmuró entre dientes—. Si me hubieras besado así de casados, jamás me habría ido.

Lo hicimos otra vez, de lado primero, luego con él encima, como si quisiera reclamar un territorio que ya no era suyo. Cuando los dos terminamos, me levanté y preparé el desayuno. Fue entonces, con el café en la mano, cuando soltó la pregunta que yo esperaba.

—¿Tú crees que deberíamos intentarlo de nuevo?

Lo miré y sentí algo parecido a la libertad. No el rencor que habría tenido un año atrás, sino una calma absoluta.

—Para nada —dije, y sonreí—. ¿Para qué quedarme con un solo plato cuando ahora puedo elegir el menú completo?

Se fue sin insistir, con esa cara de hombre que entiende demasiado tarde lo que dejó escapar. Cerré la puerta y respiré hondo. No fue venganza, fue justicia.

***

Pero esa no fue mi única historia de aquella semana. Un par de días después, un cortocircuito dejó muerta la lámpara del dormitorio. Llamé a Gonzalo, un vecino del rellano, que tenía buena mano para esas cosas. Vino enseguida y en diez minutos lo había arreglado.

—No me debes nada —dijo cuando le ofrecí pagarle—. Era una tontería.

Pero mientras lo decía, sus ojos no estaban en la lámpara. Estaban en mi escote y en mis muslos, recorriéndome con un descaro que él creía disimular. Gonzalo no era el hombre más atractivo del edificio, pero yo ya había aprendido que el deseo de alguien por mí valía más que cualquier cara bonita. Y la idea de cobrarme el favor de otra manera me pareció demasiado tentadora para dejarla pasar.

Me acerqué, le tomé la cara entre las manos y lo besé. Se quedó congelado un segundo, sin creérselo, antes de responder con una urgencia contenida durante meses.

—Si no le cuentas nada a Patricia —le dije, refiriéndome a su mujer—, puedo pagarte de otra forma.

Me desabroché la blusa despacio y dejé a la vista un sujetador morado que apenas me sostenía. Él me hizo sentarme en el sofá, se agachó y volvió a besarme mientras me acariciaba.

—Las tienes preciosas —murmuró contra mi cuello.

—Patricia también las tiene grandes —dije, solo por escuchar la respuesta.

—Pero las tuyas son otra cosa.

Desde donde estaba me resultó fácil bajarle los pantalones. Lo tomé en la boca y me dediqué a él sin prisa, escuchándolo gemir cada vez más fuerte, hasta que me detuvo agarrándome del pelo.

—Espera —jadeó—. Ahora me toca a mí.

Me quité el tanga y me reclinó en el sofá. Se arrodilló y hundió la cara entre mis piernas, y resultó que lo hacía mejor de lo que su aspecto prometía. Me corrí con un gemido largo, agarrándole la cabeza. Cuando se incorporó, me buscó la boca otra vez.

—No sabes las veces que he soñado con esto —confesó—. Te cruzaba en el portal y te deseaba. Más de una vez pensé en ti cuando estaba con Patricia.

—Entonces deja de soñar —le respondí, tirando de él—. Te quiero dentro.

Le pedí que se sentara y me coloqué encima. Empecé a moverme con una agilidad que lo sorprendió; pese a estar algo rellenita, sabía exactamente cómo cabalgar a un hombre para que no pensara en otra cosa.

—Hace siglos que no disfruto así —dijo, agarrándome las caderas—. Con Patricia todo es siempre igual, siempre a oscuras.

No aguantó mi ritmo mucho tiempo. Cuando terminó, fui a lavarme, y al volver lo encontré listo otra vez, como si el cuerpo le hubiera resucitado. Me senté de nuevo sobre él, esta vez dándole la espalda, y marqué un compás más lento y profundo.

—Me encantaría hacer esto con mi mujer —murmuró, y casi me dio risa la sinceridad triste de aquello.

Cuando sintió que estaba cerca, me lo dijo. Me bajé, me arrodillé frente a él y dejé que terminara así, parte en mi boca, parte sobre mi piel. Se quedó mirándome como quien no entiende cómo ha llegado hasta ahí.

Descansamos un rato, charlando de nada, y entonces preguntó, con la timidez del que pide un imposible:

—¿Lo haces también por detrás? Con Patricia hace años que no.

—Si es lo que quieres —contesté.

Me puse a cuatro patas sobre la cama y él me acarició despacio antes de entrar.

—Cuando te veía caminar por el pasillo, me preguntaba cómo sería esto —dijo—. La realidad ha superado lo que imaginaba.

Yo estaba acostumbrada a esa clase de visitas, así que no hubo dolor, solo un placer que fue creciendo con cada embestida. Durante un buen rato no se oyó otra cosa que nuestra respiración. Me corrí antes que él; él me siguió poco después, sujetándome con fuerza.

Se vistió en silencio, todavía aturdido. En la puerta se volvió con una sonrisa torpe.

—Si se te avería cualquier cosa, no dudes en llamarme. Lo que sea.

—Lo tendré en cuenta —respondí, y cerré la puerta.

Me quedé sola en el salón, con una copa de vino y la certeza tranquila de que esta mujer en la que me había convertido no pensaba pedir permiso a nadie nunca más. Andrés se había marchado creyendo que me dejaba rota. Lo que en realidad hizo fue soltarme. Y yo, por fin, había aprendido a disfrutarlo.

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Comentarios(6)

Martina_RC

Que buenisimo!!! Me atrapo desde el titulo y no me soltó hasta el final.

PabloSur88

Muy buen relato. Hay segunda parte? Me quedé con ganas de saber cómo termina todo entre ellos.

AnaLucia_BA

Me encanta cuando la protagonista es una mujer que se reinventó sola. Se siente autentico, sin dramatismo innecesario. Seguí escribiendo así!

RamonGDL

el titulo me vendio jaja, y el relato cumplió de sobra. Muy bien narrado

Coti_baires

Eso que le pasa al exmarido es lo mejor... entrar esperando una cosa y encontrarse con otra completamente distinta. Tremendo momento.

LectoraNoc

Hace tiempo no leia algo con tanto estilo. Sin vulgaridades innecesarias y con una protagonista que sabe exactamente lo que quiere. Me gustó muchisimo, espero tu proximo relato.

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