Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La mejor amiga de mi madre me puso en mi lugar

Tenía veintidós años y una rutina que me venía cómoda. Estudiaba por las mañanas y por las tardes me encargaba de la tienda de mis padres, ese ultramarinos de barrio que llevaban abierto desde antes de que yo naciera. Mi parte favorita era preparar los pedidos cuando el cartel ya marcaba «cerrado»: el local en silencio, la radio bajita, las estanterías altas hasta el techo y yo solo, sin nadie a quien dar explicaciones.

Mis padres aprovechaban esas tardes para ir al mercado central de la ciudad, cerrar acuerdos con los proveedores y, de paso, tomarse libre el resto del día. Yo lo agradecía. Era mucho trabajo para una persona, pero me gustaba esa soledad ordenada de cajas y listas.

Aquel martes, sin embargo, no estuve solo. Vino Raquel.

Raquel era la mejor amiga de mi madre desde tiempos que yo no alcanzaba a recordar. Cuando se juntaba demasiado trabajo, se acercaba a echar una mano, como había hecho siempre. Antes ayudaba a mamá; ahora me ayudaba a mí. Tenía casi cincuenta años llevados con una elegancia que daba un poco de respeto: el pelo negro y rizado recogido a medias, los ojos oscuros, un cuerpo de curvas rotundas que parecía no haberse enterado del paso del tiempo.

—Mateo, échame una mano con los botes de arriba —me dijo esa tarde, plantada frente a la estantería del fondo.

Había que subirse a una escalera de mano, una de esas viejas de madera que crujían con cada peldaño. A Raquel le daban miedo las alturas, o eso decía.

—Sujétamela bien, no me vaya a caer —pidió, con un pie ya en el primer escalón.

Y claro que fui. ¿Cómo no iba a sujetarla? Me coloqué detrás, agarré los largueros con las dos manos y miré hacia arriba para controlar cómo iba la cosa. Ese fue mi error. O mi suerte. Todavía no lo tengo claro.

Llevaba un vestido suelto de verano, y al levantar la cabeza me encontré de bruces con que debajo no llevaba absolutamente nada. Ahí estaba ella, sin más, a un palmo escaso de mi cara. Yo no sabía dónde mirar y, al mismo tiempo, no podía mirar a ningún otro sitio.

Noté el calor subirme por el cuello hasta las orejas. Y noté, sobre todo, cómo se me ponía dura de golpe, de cero a cien, sin transición, casi con un tirón que dolía.

—¿Te gustan las vistas? —soltó desde lo alto, sin girarse.

—¿Eh? ¿Qué vistas? Si no se ve nada… —mentí, con la voz quebrada por la mitad.

Vaya si se veía.

No coló. Bajó de inmediato, peldaño a peldaño, con un gesto de fastidio dibujándosele en la cara. Cuando puso los pies en el suelo se giró y se quedó delante de mí, muy cerca, mucho más cerca de lo que dos personas que no han hecho nada deberían estar.

—Ya, no se ve nada —repitió con sorna—. Menudo mentiroso estás hecho.

Me empujó del pecho con dos dedos, sin fuerza, casi un toque. Pero yo retrocedí y había una silla justo detrás que no recordaba haber dejado ahí. Tropecé con ella y caí sentado, con la buena fortuna —o no— de quedar exactamente a su altura.

—No se ve nada, dice el listo —murmuró acercándose—. Pues ahora lo vas a ver. Vaya si lo vas a ver.

Avancé las manos por instinto, sin saber bien para qué, y ella me las apartó de un manotazo seco.

—Quietas. Tú mira y calla.

Se acercó con una parsimonia que era pura intención. Cada paso era una decisión tomada hacía rato. Cuando la tuve a medio metro se recogió el vestido con las dos manos, despacio, subiéndolo desde los muslos hasta la cintura, y se quedó así, descubierta de ombligo para abajo, sosteniéndome la mirada.

—¿Lo ves ahora? —preguntó.

Ya lo creo que lo veía. Tenía el vientre liso, las piernas firmes, torneadas, de mujer que se cuida. Y tragué saliva como un crío al que han pillado en falta, porque eso era exactamente lo que era en ese momento.

—Que si lo ves, te he preguntado. ¿O encima de mentiroso eres sordo?

—Sí… lo veo —admití. No tenía sentido seguir negando lo evidente.

—¿Y? ¿Te gusta? —insistió, dando otro paso.

No me dio tiempo a contestar. Se pegó a la silla, plantó las manos en el respaldo, una a cada lado de mi cabeza, y se quedó tan cerca que sentí su calor en la cara. Levanté la vista. Sus ojos ya estaban allí, esperándome, como si supieran exactamente el momento en que yo iba a rendirme.

—Saca la lengua —ordenó, con una sonrisa que no tenía nada de amable.

No me moví. Sabía perfectamente lo que quería, aunque nunca lo hubiera hecho. No me da vergüenza reconocer que por aquel entonces era virgen. No es que no quisiera; es que no sabía. No tenía ni idea de qué hacer ni de cómo empezar, y el miedo a hacer el ridículo me tenía clavado en la silla.

—Saca la lengua —repitió, más bajo y más firme—. Me lo debes, por mirón.

Me cogió la cabeza con las dos manos, los dedos enredados en mi pelo, y tiró de mí hacia ella sin pedir permiso. No fue brusca, pero tampoco me dejó alternativa. Cerré los ojos.

—Sácala. Ya.

Y la saqué, entre el susto y unas ganas que no sabía que tenía hasta ese instante.

—Mmm… —exhaló, y fue todo el comentario que hizo.

***

No voy a alargar lo que vino después, porque tampoco hubo tanto que contar la primera vez. Raquel empezó a moverse y a dirigirme con una paciencia de maestra severa. Más lengua. Menos. Mueve la cabeza así, como diciendo que sí. Ahora como diciendo que no. Yo obedecía cada instrucción como quien aprende un oficio del que no había leído ni la primera página.

En algún momento levantó la pierna y apoyó el pie en el borde de la silla, entre mis muslos, abriéndose más, pegándose más. La oí cambiar el ritmo de la respiración. La oí suspirar primero y jadear después, soltar alguna palabra que mi madre jamás le habría perdonado. Se agitaba contra mí cada vez más rápido, y yo me dejaba llevar, intentando seguirle el compás sin tener ni idea de si lo hacía bien.

Se corrió apretándome contra ella hasta el punto justo en que empezaba a doler, los dedos hundidos en mi pelo, todo el cuerpo en tensión durante unos segundos que se me hicieron larguísimos. Luego se aflojó de golpe, como una cuerda que se suelta.

Se separó despacio, se bajó el vestido, se recompuso el pelo con dos gestos y volvió a ser, de un instante a otro, la amiga de mi madre que pasaba a echar una mano. Me dio un beso seco en la frente.

—¿Por qué te has resistido tanto? —preguntó, divertida.

—No lo sé —contesté, y era verdad.

Sonrió, se dio media vuelta y se puso a terminar el pedido que habíamos dejado a medias, como si no acabara de pasar nada. Yo me quedé sentado un rato más, con el corazón a mil y la cabeza dándome vueltas, intentando entender qué demonios había ocurrido en mi propia trastienda.

***

A la semana siguiente volvió. Y esta vez no esperó a la excusa de la escalera. Nada más entrar y comprobar que estábamos solos, me señaló la silla con la barbilla.

—Siéntate.

Me senté. Se acercó, se recogió la falda con la misma calma de siempre y me descubrió que aquella tarde había cambiado las reglas: se había depilado por completo.

—¿Así te gusta más? —preguntó con media sonrisa, levantando ya la pierna para apoyar el pie en la silla—. Si era ese todo el problema, ya no hay problema. Ni excusa que valga.

No hubo que pedírmelo dos veces. Esta vez no tuvo que sujetarme la cabeza con tanta fuerza. Esta vez fui yo quien se acercó.

Aquel se convirtió en nuestro ritual, martes tras martes, durante meses que no sabría contar. Al principio me sentía un juguete suyo, algo que usaba y dejaba en su sitio cuando terminaba. Y no me importaba. Le fui cogiendo el truco, aprendí a leer su respiración, a saber cuándo apretar y cuándo aflojar, a reconocer el temblor que anunciaba el final. Llegó un punto en que esperaba los martes con una impaciencia que me costaba disimular delante de mis padres.

Pero con el tiempo aquello empezó a quedárseme corto. Yo quería más. Quería que ella, alguna vez, se acordara también de mí. No me atrevía a decírselo, porque en aquel juego las reglas las ponía ella y yo me limitaba a cumplirlas. Hasta que un buen día, martes como todos, cuando terminé mi parte del trabajo y ella se recomponía la ropa, me lancé.

—Raquel… —titubeé.

—Dime, guapo —respondió, un poco sorprendida de oírme hablar.

—¿Y yo qué? Siempre me quedo con ganas de más. Yo…

—No me digas que mi mirón no se arregla luego sus asuntos solo —preguntó, alzando una ceja.

—Sí, claro que sí. Pero pensé que a lo mejor tú podrías… ayudarme. Por favor.

Me sostuvo la mirada un segundo largo, como sopesándolo, y al final sonrió de un modo distinto, casi tierno.

—Claro que sí, cariño. Pensaba que no me lo ibas a pedir nunca.

Se acercó, me levantó de la silla tirándome de las manos hasta ponerme en pie y empezó a desabrocharme el pantalón con una habilidad que no dejaba lugar a dudas sobre su experiencia. Se arrodilló delante de mí, sin prisa, y bajó a tirar de la goma de la ropa interior.

Yo apenas respiraba. Tenía el cielo entero al alcance de la mano y no me lo podía creer.

Entonces se detuvo. Levantó la vista hacia mí y chasqueó la lengua.

—Vaya.

—¿Qué? —pregunté, con un nudo en la garganta, intuyendo que algo se torcía.

—Nada, Mateo. Que yo no me llevo a la boca nada con tanto pelo —dijo, y mientras se ponía de pie me subió de nuevo la ropa, tapándome con una delicadeza casi cruel—. Lo siento.

Me dio otro beso en la frente, este más burlón que el primero, y se quedó cinco minutos más terminando uno de los pedidos a medias antes de marcharse a casa como si tal cosa.

***

A la semana siguiente yo ya sabía lo que tenía que hacer, y lo hice. Me depilé entero, con un cuidado obsesivo, pensando en su cara cuando lo descubriera. Preparé la tienda, dejé los pedidos casi listos para tener tiempo, y esperé el martes con el estómago encogido de pura anticipación.

Pero Raquel no vino.

Ni ese martes, ni el siguiente, ni el otro. La trastienda volvió a quedarse en silencio, con su radio bajita y sus estanterías altas, y yo solo otra vez, sin nadie a quien dar explicaciones. Tardé casi un mes en entender qué había pasado, y lo descubrí de la peor manera: escuchando sin querer una conversación de mis padres en la cocina. Raquel había encontrado un trabajo a jornada completa en otra parte de la ciudad y ya no podría pasar por la tienda. Tocaba buscar a alguien que la sustituyera en sus tareas.

Me quedé apoyado en el marco de la puerta, con la cuchara a medio camino del plato, sintiéndome el chico más idiota del mundo. Tanto martes, tanto ritual, tanta lección aprendida, y el examen final lo había suspendido por una semana de retraso.

Unas semanas después encontramos a esa persona que la reemplazó. Pero quién fue, y qué pasó conmigo cuando llegó, eso ya es harina de otro costal. Como también lo es la única vez, mucho tiempo después, en que volví a cruzarme con Raquel en la calle, ella del brazo de un hombre y yo ya convertido en alguien que sabía perfectamente lo que hacía.

Pero esas, como decía, son historias para otro día.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(6)

SrMaduro

Tremendo relato, de los mejores que leí en esta categoría. Las maduras saben exactamente lo que hacen!!

ElChicoBaires

Se siente tan real que parece sacado de la vida misma. Excelente narrativa, seguí escribiendo.

Marianela_1987

Por favor una segunda parte! me quede con ganas de saber como siguio todo entre ellos despues de ese dia

JavierMdQ

jajaja la escalera... clasico. Me hizo acordar a una situacion parecida que me paso hace unos años con la vecina de mi vieja. Las mujeres con experiencia no pierden el tiempo

Richi_Cba

Muy bueno! lo que mas me gusto es como construye la tension antes de que pase todo, no va directo al grano sino que te lleva de a poco. Se nota el trabajo en la escritura

AnitaBA_76

me encantan estos relatos donde ella lleva las riendas. mas asi por favor!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.