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Relatos Ardientes

Reconocí a mi maestra en un bar veinte años después

Los viernes siempre fueron mi día favorito. Es la noche en la que mejor me va, cuando el cansancio de la semana se transforma en ganas de buscar a alguien. Esa vez fui al bar de siempre, el de la esquina, a tres calles del piso donde vivo. Tiene buena ubicación, está justo en el centro y lo frecuenta todo tipo de gente, lo que lo hace impredecible y por eso me gusta.

Entré directo hacia la barra. Había bastante gente, pero el ambiente se mantenía tranquilo, sin esa tensión de los locales abarrotados. Mientras esperaba que me atendieran, miré hacia el fondo casi por inercia. Y no podía creer a quién estaba viendo sentada sola en una de las mesas.

Era la señorita Marcela. La que había sido mi maestra en la primaria. La reconocí al instante, aunque hubieran pasado dos décadas. Había sido mi amor platónico, el primero de todos. Sonreí sin poder evitarlo y me acerqué.

—Hola —dije.

Levantó la vista y me devolvió la sonrisa. Estaba sola, con una copa de vino a medias.

—Hola —respondió, con cierta curiosidad.

—¿Usted es la maestra Marcela? —pregunté, aunque no me quedaba la menor duda.

—Sí —dijo—. Esa soy yo.

—¡Lo sabía! —solté, casi como un crío.

—Déjame adivinar, eres el padre de algún alumno —dijo con un tono algo cansado—. Perdóname si no te ubico, son demasiadas caras.

—¿El padre de un alumno? —reí—. No, para nada. Ni siquiera tengo hijos.

—¿Entonces?

—No me va a recordar —dije—, pero usted fue mi maestra.

—¿Hablas en serio? —se rió, sorprendida—. ¿Pero qué edad tienes? Si eres todo un hombre.

—Treinta y dos —contesté—. Sí, he crecido un poco.

—Madre mía —murmuró—. Debes de ser de los primeros a los que di clase.

—Exacto —dije—. Creo que usted y yo empezamos el mismo año. Fue mi primera maestra y yo uno de sus primeros alumnos.

Se me quedó mirando, sonriente, como buscando en mi cara al niño que alguna vez fui.

—¿Puedo sentarme? —pregunté.

—Sí, claro, por supuesto —dijo, ahora genuinamente interesada.

Pedí algo de beber y nos pusimos a hablar. Pasó una hora entera entre copas y recuerdos, anécdotas de aquella época que yo desempolvaba y que a ella le iluminaban el rostro.

—Por favor, deja de llamarme maestra —dijo riendo—. Me llamo Marcela. Dime Marcela.

—Está bien, está bien… es que, bueno… ya sabe.

Cuanto más conversábamos, más claro tenía que no me recordaba en absoluto. Pero cada vez que mencionaba un detalle concreto, una travesura, un día de lluvia en el patio, se le encendía la mirada.

—Ay, no —dijo, tapándose la cara con las dos manos—. Con todo lo que cuentas, no puedo creer que no te ubique.

—Tranquila, no pasa nada —respondí—. Es normal, son muchísimos alumnos.

Me miró con una nostalgia suave, casi tierna.

—Me haces acordar a una época mejor —confesó—. En ese entonces estaba ilusionada. Recién empezaba a ejercer y, al mismo tiempo, acababa de comprometerme.

Se hizo un silencio en el que ninguno de los dos supo qué decir. Y entonces, no sé por qué, sonreí.

—¿Sabe, maestra…? Marcela —me corregí—. Usted fue mi primer interés romántico.

—Me halagas —dijo—. Yo, y no alguna de tus compañeritas. ¿Tan bonita te parecía? ¿Qué era lo que te atraía de mí? —lo dijo con un tono distinto, más bajo, como si estuviera tanteando el terreno.

—Mmm…

—Te has sonrojado —se rió.

—Será el vino —mentí.

Parecíamos un par de adolescentes torpes.

—Vamos, no pasa nada —insistió—. Puedes decirlo.

—Bueno… pero no se vaya a molestar.

—Tranquilo —dijo, apretando los labios hacia adentro—. Quiero escucharlo.

—Era su culo —dije con la voz un poco ronca, ya sin filtros—. La forma en que se movía cuando caminaba entre los pupitres, cómo se le marcaba bajo la falda cada vez que se agachaba a corregirle el cuaderno a algún compañero. No le podía quitar los ojos de encima.

Se mordió el labio superior.

—¿Así que mirabas el culo de tu maestra? —dijo, arqueando una ceja—. Eso es bastante atrevido para haber sido apenas un chiquillo. No lo estarás diciendo por cómo me ves ahora, ¿verdad?

—Le sorprendería lo que podía pasar por mi cabeza en aquel entonces. Y lo que sigue pasando ahora que la tengo enfrente.

Se quedó observándome fijamente, midiéndome, con la punta de la lengua asomando entre los dientes.

—Cuando llegué usted ya estaba sentada —dije—, así que tendré que confiar en mi memoria. Aunque seguro que el tiempo la trató más que bien.

Su gesto fue derivando despacio en una sonrisa contenida, de esas que esconden algo.

—Voy un momento al baño —dijo, poniéndose de pie y arqueando una ceja.

Al darse la vuelta, mis ojos hicieron justo lo que ella quería que hicieran. Tenía las caderas anchas, los muslos firmes, un culo redondo y pesado, una silueta plena que veinte años atrás yo apenas había intuido. Llevaba un pantalón beige que se le ceñía en las piernas y se aflojaba de las rodillas hacia abajo, marcándole cada curva de la parte de atrás. Sentí cómo se me endurecía la polla dentro del pantalón de solo mirarla alejarse.

Si antes me parecía guapa, ahora directamente me deja sin aire, pensé. O quizá sea solo porque es ella, porque es mi maestra. La noche pinta bien. Si juego bien mis cartas, esta noche me la follo. Cumplo una fantasía que tengo guardada desde niño.

Volvió y se sentó de nuevo frente a mí.

—¿Y bien? —dijo—. ¿Qué tal?

—Notable —respondí, sonriendo.

Se rió, sorprendida.

—¿Me has puesto nota? —preguntó.

—Y aprobó con holgura —dije—. La mejor de la clase. Ese culo merece matrícula de honor.

Soltó una carcajada. Se la notaba ya un poco achispada.

—Marcela —dije—. No le he preguntado, pero ¿qué hace una mujer como usted sola en un bar como este? ¿Esperaba a alguna amiga?

—No —contestó—. Verás… mi marido falleció hace ya un año. Y yo, bueno… me he sentido bastante sola. Hace demasiado que nadie me toca.

Lo dijo mirándome a los ojos, sin vergüenza, sin rodeos. Tenía muy claro a qué había salido esa noche y no le temblaba la voz al admitirlo.

—Mi piso está cerca —dije.

Sonrió, otra vez de esa forma contenida.

—Eres demasiado joven —dijo—. Fuiste mi alumno. No vine a pasar la noche charlando con alguien de tu edad.

—Si me da la oportunidad, puede que se sorprenda —dije, sosteniéndole la mirada.

—No esperarás que me acueste contigo —repitió—. Fuiste mi alumno. Eras un niño.

Seguí mirándola sin pestañear.

—Deja de mirarme así —pidió.

—¿Cómo?

—No sé, no sé. Solo deja de hacerlo. Me estás poniendo húmeda ahí sentado sin hacer nada.

—Está bien, Marcela —dije, notando cómo se me hinchaba la polla al escucharla—. Pero tampoco tiene mucho sentido que los dos nos vayamos de aquí a dormir solos. Usted vino buscando compañía y yo también. Después de veinte años nos reencontramos justo cuando los dos queríamos lo mismo.

En su rostro asomó una sonrisa pequeña, casi rendida.

—Está bien —dijo—. Vamos.

Apreté el puño por debajo de la mesa, en un gesto de triunfo que ella no llegó a ver.

***

Pagué la cuenta y salimos. En la puerta nos dimos un beso breve, con la punta de la lengua rozándose apenas, suficiente para ponerme la polla dura contra el pantalón. A ella también, lo noté por cómo apretó las piernas al separarse. Caminamos hacia mi piso sin hablar demasiado. Yo apenas conseguía hilar dos frases coherentes, y ella se dedicaba a mirarme, a sonreír y a jugar con sus labios. En algún momento me atreví a posar la mano en su cintura y fui bajándola hasta agarrarle una nalga por encima del pantalón. Estaba caliente, firme, y ella no me apartó la mano.

—¿Funciona? —preguntó al entrar al portal, señalando el ascensor.

—Sí —dije—, pero tiene cámara —añadí, sonriendo al adivinar por dónde iban sus intenciones.

—Mmm… qué pena —dijo—. Te habría chupado la polla ahí dentro.

—No habría dado tiempo —contesté, con la boca seca.

—Vivo en el primer piso.

—Qué pena lo del primer piso, entonces —dijo, riéndose contra mi hombro y frotando la cadera contra mi bulto.

En cuanto cerré la puerta del piso nos besamos como si nos faltara el aire. Ahora sí con lengua, mordiéndonos los labios, sus manos ya buscando la hebilla del cinturón. Mi camisa salió volando hacia un lado, el cinturón hacia el otro. Me deshice del pantalón a tirones, quedándome en calzoncillos con la polla marcándose gruesa contra la tela. Ella, en cambio, seguía completamente vestida, observándome con una mezcla de deseo y diversión.

—Maestra…

—¿Qué? —dijo—. Ya te he dicho que me llames por mi nombre.

—Es que llamarla maestra me pone más —confesé, apretándome la polla por encima del calzoncillo sin disimulo—. Mire cómo me tiene.

Sonrió y se mordió el labio al ver el bulto. En un impulso llevé las manos a su blusa y la abrí de un tirón, saltando algún botón. Quería sentirla contra mí. Debajo llevaba un sujetador negro que apenas contenía dos tetas grandes, pesadas, con el escote hundiéndose entre ellas. Le sujeté el rostro con ambas manos y la besé despacio, una y otra vez, mientras con las otras le desabrochaba el broche por la espalda. El sujetador cayó y ahí estaban, colgando plenas, con los pezones ya duros y oscuros apuntándome.

—Joder, maestra —murmuré—. Tiene unas tetas de escándalo.

Bajé la boca y le atrapé un pezón, chupándolo con ganas mientras con la otra mano le apretaba la teta libre. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido corto, agarrándome del pelo. Cambié al otro pezón, tironeándolo con los labios, mordiéndolo suave, y volví a subir a su cuello.

—Date la vuelta —dije.

Lo hizo. La rodeé con los brazos, le solté el botón del pantalón y se lo fui bajando con calma, arrodillándome a su espalda. Debajo apareció un tanga negro finito, la tela estirada sobre ese culo enorme que yo llevaba veinte años imaginando. Le mordí una nalga por encima de la tela y ella soltó un jadeo.

—Vas a cumplir tu sueño de niño —dijo, mirándome por encima del hombro y arqueando el culo hacia atrás.

—No tiene usted idea de cuánto —respondí.

Le arranqué el tanga hacia un lado y le abrí las nalgas con las dos manos. Su coño ya brillaba de mojado entre los muslos, los labios hinchados y separados, invitándome. Enterré la cara ahí, con la lengua plana, lamiéndola de abajo hacia arriba, del clítoris al culo. Ella soltó un grito ahogado y se agarró al respaldo de una silla para no caerse.

—Oh, dios… ¡oh, dios! —murmuró—. ¿Quién te enseñó a hacer esto?

Le clavé la lengua en el coño, entrando y saliendo, saboreando lo mojada que estaba. Subí al clítoris y lo chupé despacio, luego rápido, alternando lametazos largos con succiones cortas. Le metí dos dedos a la vez y los curvé buscando el punto, mientras seguía comiéndole el coño desde abajo. Ella empezó a mover las caderas contra mi cara, restregándose sin ningún pudor.

—No te detengas —pidió, con la voz quebrada—. Por favor, no te detengas. Métemela ya, joder, no aguanto más.

Le besé la espalda baja, la cintura, fui dejando un reguero de besos lentos mientras me ponía de pie. Apoyé las manos en sus caderas, saqué la polla del calzoncillo y se la pasé por la raja del culo, empapándola en su propio flujo. Mis manos se aferraban a ella con firmeza, recorriéndola entera. No tenía prisa. Veinte años de espera bien merecían tomarse el tiempo.

La empujé sobre la mesa del recibidor, doblándola por la cintura. Le abrí las piernas de una patada suave y le clavé la polla de una sola embestida. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo sin resistencia, y ella dio un grito largo, con las tetas aplastadas contra la madera.

—¡Joder, joder! —gimió—. ¡Qué gorda la tienes, dios mío!

Empecé a follármela así, doblada, agarrándola de las caderas y tirando de ella hacia atrás con cada embestida. El sonido de mi pelvis chocando contra su culo llenaba el pasillo, y ella cada vez gemía más fuerte, sin importarle nada.

—Veinte años, maestra —jadeé, dándole una nalgada que le dejó la marca roja—. Veinte años imaginando cómo era su coño.

—Fóllame, fóllame más fuerte —pidió—. Rómpeme, por dios.

Le agarré del pelo, tirando de él hacia atrás para arquearla más, y le clavé la polla hasta el fondo con embestidas lentas y profundas. Ella se corrió así, con el coño apretándome la verga en espasmos, mordiéndose el brazo para no gritar demasiado.

—Ya no aguanto más —dijo, dándose la vuelta cuando la solté y tirando de mí hacia la cama—. Te necesito ahora, en la cama, encima.

La dejé caer sobre el colchón y me tendí sobre ella. Le abrí las piernas y me acomodé entre sus muslos. Su cuerpo se abrió al mío con una facilidad desarmante, como si llevara demasiado tiempo esperando exactamente esto. Le volví a meter la polla de un empujón y ella cruzó las piernas por detrás de mi espalda, clavándome los talones para que no me saliera.

—Vamos —susurró contra mi oído—. No me hagas esperar más. Rómpeme el coño.

Le hice caso. Y durante un rato largo dejamos de ser la maestra y el alumno para ser solo dos cuerpos que se reconocían por primera vez. Me la follé despacio primero, deteniéndome hasta el fondo, restregando mi pelvis contra su clítoris. Después fui subiendo el ritmo, saliendo casi entera y volviendo a hundirle la polla de golpe, mientras ella se aferraba a mi espalda, gemía bajito, mordía las palabras antes de soltarlas. Le chupaba las tetas cada vez que bajaba a besarla, mordisqueándole los pezones hasta dejárselos rojos. Cada movimiento la dejaba más entregada, más perdida en el momento.

La puse a cuatro patas y me metí detrás. Le abrí las nalgas y le clavé la polla otra vez, esta vez sin freno, follándomela como llevaba años queriendo. Ella hundía la cara en la almohada para ahogar los gritos, pero de vez en cuando levantaba la cabeza y giraba para mirarme con los ojos vidriosos.

—¿Se acuerda —le dije al oído, sin frenar, inclinándome sobre su espalda— de cuando me lanzó el borrador por no callarme?

—¡Joder! —se rió entre jadeos, con la polla dentro—. Eras tú. Ahora me acuerdo de ti, condenado. ¡No pares, no pares!

—¿Se acuerda? —insistí, dándole una nalgada—. ¿De verdad?

—Sí, sí… —dijo, clavándome las uñas en el muslo por detrás—. Eras el más travieso de toda la clase. ¡Ay, ay, ahí, ahí!

—Ese mismo —dije, sintiendo que ya no aguantaba más.

La puse de espaldas otra vez, le abrí las piernas de par en par y me la follé mirándole la cara mientras se corría por segunda vez, con la boca abierta y los ojos entrecerrados. Le grité que me iba a correr y ella tiró de mí hacia dentro con las piernas.

—Dentro no, en las tetas —jadeó—, córrete en mis tetas.

Saqué la polla justo a tiempo, me arrodillé sobre su pecho y me la meneé un par de veces mientras ella se juntaba las tetas para recibirlo. Le solté un chorro largo de leche caliente que le cayó entre el escote, otro sobre los pezones, y los últimos hilos le salpicaron el cuello y la barbilla. Ella se pasó los dedos por el semen y se metió las yemas en la boca, chupándolas mirándome a los ojos.

—Ese era yo —repetí, dejándome caer a su lado, todavía jadeando—. Ese era el travieso.

***

Después me dejé caer sobre ella, con la cara hundida entre su cuello y su hombro, escuchando cómo se le iba calmando la respiración. Le pasé la lengua por el pecho, limpiando un poco de mi propia corrida, y le besé un pezón que tenía todavía duro.

—¿Con qué nota me califica, maestra? —pregunté, agotado—. ¿Aprobé el examen?

Me abrazó y empezó a pasear las manos por mi espalda.

—Hacía mucho que no me sentía así —confesó—. Sí. Te doy un notable alto. Me has dejado el coño hecho polvo.

Se quedó a pasar la noche. Por la mañana desperté con su mano ya rodeándome la polla, despertándomela con caricias lentas. Me miraba con una expresión que no supe descifrar, entre hambrienta y tímida.

—Anoche me dejaste hecha trizas —dijo, sonriendo, sin dejar de acariciarme.

—Usted tampoco se quedó atrás —respondí.

Sin decir nada más, se bajó por mi cuerpo y me atrapó la polla con la boca. La chupaba entera, hasta el fondo, con la lengua enrollándose en el glande cada vez que subía. Una mano me acariciaba los huevos, la otra la usaba de apoyo en mi cadera. Le agarré el pelo, sin forzarla, solo apartándoselo de la cara para verla. Se la sacaba, me la lamía por el tronco, me chupaba los huevos uno a uno, y volvía a tragársela entera hasta que se le humedecían los ojos.

—Joder, maestra, así, así —jadeé.

Se subió encima, se sentó sobre mi polla y empezó a montarme lento, meciéndose adelante y atrás. Sus tetas subían y bajaban a la altura de mi cara y yo levantaba la cabeza para atraparle un pezón cada vez que se me acercaba. Iba subiendo el ritmo, apoyándose en mi pecho, corriéndose otra vez con la boca abierta.

—Antes de enviudar me consideraba una mujer apasionada —dijo, todavía cabalgándome despacio, acariciándome el pecho—. Pero mi difunto marido era… más bien rutinario. Nunca me dio ni la mitad de lo que me diste anoche. Tú te mueves distinto. ¿Dónde aprendiste tanto? No me digas que tienes esposa escondida por ahí.

—¿Esposa? ¿Yo? —reí, con las manos en su cintura ayudándola a moverse—. Para nada.

—¿Y eso? —preguntó—. No me creo que con esa soltura sigas soltero. Aunque, claro, ustedes los de ahora…

—Conozco gente en ese mismo bar donde estábamos anoche —dije, dando un empujón desde abajo que le arrancó un jadeo—. Mujeres que buscan lo mismo que buscaba usted. Nada más.

—Ya veo… —dijo, con un dejo de pudor fingido—. Mujeres como yo.

—Mujeres adultas que saben lo que quieren —maticé, agarrándola de las caderas y empezando a follármela desde abajo—. Como usted.

—No soy como ellas —dijo, medio en broma, medio en serio, mientras se corría otra vez por el ritmo que le imponía—. Yo solo me he acostado con mi marido y… y ahora contigo.

Guardé silencio. No sabía si creerle, pero me daba igual. Me gustaba pensar que yo era apenas el segundo hombre en su vida, aunque sospechara que exageraba. La volví a girar, la puse debajo y le vacié el segundo polvo dentro del coño, sin sacarla esta vez. Se lo corrí a chorros hasta que se me escurría entre los muslos.

—Mejor no insistas —dijo, leyéndome la cara mientras se limpiaba la corrida con la sábana—. Que me ofendo.

—No insinúo nada —respondí, riendo—. Al contrario.

***

Se marchó esa mañana con la promesa, dicha por ella misma, de que no volveríamos a vernos.

—Estoy demasiado mayor para andar con amoríos de exalumnos —dijo, de pie frente a la cama, todavía desnuda mientras buscaba la ropa por el suelo.

—No hay nada que complicar —dije—. Es solo lo que ambos queríamos.

—Claro que lo hay —insistió—. Soy una mujer viuda. En aquel bar no buscaba solo una noche.

—Pues en ese bar no iba a encontrar nada más —dije con suavidad.

—Ahora lo sé —admitió—. Lo supe en el instante en que me senté allí. Pero entonces apareciste tú.

Preferí callar. Pensé que tal vez tenía razón, que si a ella le asustaba complicarse, lo mejor era no forzar nada. Ya había cumplido la fantasía que llevaba dentro desde niño. Le presté una sudadera para que saliera, porque había dejado su blusa hecha un desastre y con los botones arrancados, y me hizo gracia verla con ella puesta, tan distinta a la maestra de mis recuerdos.

—Adiós —dijo, y se fue antes de que pudiera responderle.

Pero los recuerdos de aquella noche —su culo abriéndose para mí, su coño empapado, sus tetas manchadas de leche— no me dejaron en paz. Dejé pasar un par de días y me presenté en la vieja escuela, justo a la hora del recreo. Habían pasado casi veinte años desde que me gradué de ese lugar y todo me pareció más pequeño de lo que lo recordaba.

—Maestra —dije, tocando el marco de la puerta abierta del aula.

Estaba corrigiendo unos exámenes. Levantó la vista y el rostro se le iluminó al verme. Se veía hermosa, con esa belleza serena que solo da la madurez.

—¿Puedo pasar? —pregunté, sonriendo.

—Sí, claro, pasa —dijo, levantándose, sin disimular la alegría.

Nos acercamos el uno al otro y, otra vez, no pudimos evitarlo. Nos besamos despacio primero, después con hambre, con las lenguas buscándose.

—Cierra la puerta —murmuró contra mi boca—. Con seguro.

Lo hice. Volví hacia ella y la senté sobre el escritorio, apartando de un manotazo los exámenes. Le subí la falda hasta la cintura y le encontré las medias hasta el muslo y unas bragas blancas de algodón que le corrí a un lado con el dedo. Estaba ya empapada, con el coño palpitándome contra la yema.

—Rápido, rápido —jadeó—, van a volver los críos.

Me bajé el pantalón hasta las rodillas, le abrí las piernas y le clavé la polla sobre su propio escritorio. Ella me mordió el hombro para no gritar mientras yo la embestía rápido, con la mesa golpeando la pared a cada empujón. Le tapé la boca con la mano y ella me chupó los dedos mientras se corría, arqueándose sobre los papeles. Me salí, me la meneé dos veces sobre su vientre y le solté la corrida sobre el estómago y las bragas blancas.

—Límpiate —jadeé, alcanzándole unos pañuelos del escritorio.

Por un rato volvimos a olvidarnos del mundo, del aula y de los veinte años que nos separaban, hasta que el timbre del recreo nos devolvió a la realidad.

—Debes marcharte —dijo, acomodándose la ropa con las mejillas encendidas y las piernas todavía temblando.

—¿Viene esta noche a mi piso? —pregunté.

Asintió con la cabeza, mirándome con algo parecido al miedo, pero también con ganas.

Esa noche tocó mi puerta. Y la siguiente. Y la otra. Lo de «no volvemos a vernos» quedó en nada. Hoy, varios meses después, camino por el parque tomado de la mano de la que alguna vez fue mi maestra. La gente nos mira y supone lo que quiere. Nosotros solo sonreímos, porque sabemos exactamente cómo empezó todo: un viernes cualquiera, en un bar de esquina, cuando reconocí al fondo a la mujer que había deseado toda la vida.

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Comentarios(6)

MarceloRdz

tremendo!!! me engancho desde las primeras lineas, imposible parar de leer

PatriciaRN

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber que pasa despues. No puede quedar ahi jaja

Nico_BA

Me recuerda a un reencuentro que tuve hace años, aunque no tan intenso jajaja. Hay algo muy especial en esas situaciones que el tiempo cambia todo

CuriosaLect

¿Esto paso de verdad? Porque si es real merece segunda parte si o si. Muy bueno de todas formas!

DiegoV_lect

El ambiente del bar esta muy bien descripto, te mete dentro de la historia de entrada. Buen trabajo

TobiasRDT

las maduras ganan siempre jajaja excelente relato!!!

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