El trato que cerré con un empresario maduro
Vuelvo con una historia que nunca me había animado a escribir. Pasó hace un par de años, a comienzos de la primavera. Por aquel entonces estaba dada de alta en una de esas aplicaciones para conocer gente que se vende como exclusiva: casi todos los hombres que andan ahí tienen dinero, porque la membresía mensual cuesta una pequeña fortuna y eso, supongo, filtra a los curiosos.
Yo entré por aburrimiento y por morbo. Trabajo de día como profesionista, llevo una vida ordenada, y la idea de abrir una ventana a otro mundo me parecía un juego. También, lo confieso, me intrigaba la posibilidad de sacar algo de dinero. No porque me hiciera falta, sino por probar hasta dónde llegaba esa fantasía que tantas veces había acariciado a solas.
Ahí apareció Andrés. No es su nombre real, pero así lo llamaré. Un hombre maduro, de unos cuarenta y tantos, aunque se conservaba mejor que muchos de treinta. Alto, cerca del metro noventa, delgado pero firme, de pelo oscuro con apenas algunas canas en las sienes. No era guapo en el sentido clásico, pero tenía esa clase que solo dan los años y un buen traje. Se dedicaba a los negocios, algo de bienes raíces, según me contó.
Empezó él. Me escribió, le contesté, y caímos en la charla de siempre: qué hacía yo ahí, qué buscaba, esas preguntas que todos repiten como guion. Hablábamos por mensajes a lo largo del día, sin prisa, midiéndonos el uno al otro.
Una tarde se me ocurrió buscarlo en redes sociales y me llevé una sorpresa que me heló la sangre: teníamos un contacto en común. Y no cualquiera, sino uno de los socios de la empresa donde trabajo. Sentí una mezcla de pánico y, lo reconozco, de adrenalina pura.
—Andrés, tenemos un conocido en común —escribí, con el corazón latiéndome en la garganta.
—¿Quién? Déjame busco… —respondió.
—Ah, sí, lo conozco, hasta hemos coincidido. Pero no te preocupes, voy a ser una tumba. A mí tampoco me conviene que esto se sepa —añadió enseguida.
—¿Seguro? —escribí, mordiéndome el labio—. La verdad es que me da más morbo así. Pero soy una chica de bien, cuido mi imagen. Dama de día, otra cosa de noche.
—Tranquila, Renata. Esto queda entre nosotros.
Esa promesa de discreción, en vez de calmarme, me prendió todavía más.
***
Acordamos vernos. Me citó en un departamento que tenía en una de las avenidas más exclusivas de la ciudad, un edificio mixto: en la planta baja, locales y restaurantes; arriba, vivienda. La elección era perfecta porque, con tanto movimiento, si alguien me veía entrar podía decir tranquilamente que iba a cenar a alguno de los sitios de abajo.
Yo ya cargaba con una mala experiencia de ese tipo de encuentros. En la anterior, el hombre que apareció no se parecía en nada a las fotos de su perfil, y la desconfianza me hizo dar media vuelta y marcharme. Solo perdí la tarde, sin concretar nada y sin cobrar un peso. Así que esta vez puse mis condiciones desde el principio.
—Oye, una cosa: todo será por adelantado —le escribí, medio en broma medio en serio.
—Claro, no te preocupes. Te transfiero ahora una parte y el resto te lo doy en mano cuando estés aquí.
Y lo hizo. Me adelantó una buena tajada de lo acordado sin que yo se lo pidiera dos veces. Eso me dio confianza. Un hombre que cumple antes de empezar es un hombre que sabe lo que quiere.
***
Llegué al edificio al caer la noche y le avisé que ya estaba abajo.
—Yo también ya estoy arriba. Sube, te espero —contestó.
Como una niña obediente, tomé el elevador, recorrí el pasillo y toqué la puerta. Me abrió, y la sorpresa fue agradable: era todavía más alto e imponente de lo que aparentaba en las fotos. Este me va a dejar buen recuerdo y de paso un dinerito, pensé mientras le sonreía.
El departamento era precioso, decorado con gusto, sobrio y caro. En el dormitorio había una cama enorme y, a un lado, un sillón de dos plazas donde él se sentó después de hacerme pasar. Empezamos a conversar para soltar los nervios. Yo llevaba un vestido negro, corto, ajustado, ropa interior a juego, y me sentía sexy, dueña de la situación.
Caminé hacia el sillón y me senté sobre sus piernas sin dejar de hablar. Él me miraba con una calma que desarmaba. Se acercó y me besó, despacio, con sus manos grandes apoyadas sobre mis muslos. Ese beso me encendió por dentro, y al moverme sentí, bajo mi cuerpo, cómo su erección iba creciendo. Eso me puso a mil.
Yo intentaba mantener mi papel de mujer fina y experimentada, ese personaje que tantas veces había ensayado en mi cabeza mientras veía películas a solas y tomaba nota mental de lo que algún día querría probar. Pero la realidad superaba al ensayo.
Estuvimos besándonos un buen rato, cada vez con más hambre. Sus manos empezaron a separarme las piernas con una firmeza que no admitía discusión. Sus dedos llegaron hasta la tela de mi ropa interior y comenzaron a moverse en círculos lentos justo donde más lo necesitaba. Yo ya estaba completamente mojada.
Apartó la tela a un lado y sentí el contacto directo de las yemas de sus dedos. Siguió con esos círculos, marcando un ritmo que me hacía arquear la espalda contra él. Aprovechó ese arco para hundir dos dedos en mí, poco a poco, hasta que los tuvo del todo dentro. Yo gemía bajito, masajeando por encima del pantalón el bulto que se adivinaba duro.
No aguanté las ganas. Con las dos manos le solté el cinturón, le desabroché el pantalón y bajé la cremallera. Metí la mano y la encontré como la había imaginado: larga y gruesa, con las venas marcadas que mis dedos recorrieron de arriba abajo. Ni siquiera la había visto y ya sabía que me iba a gustar.
***
Se levantó cargándome y me recostó en la cama, en una posición en la que mi cabeza quedaba colgando por el borde del colchón. Aprovechó para acercarme su sexo a la boca mientras él, desde arriba, volvía a abrirme las piernas y a jugar con sus dedos. Lo recibí por puro instinto, abriendo la boca.
En esa postura yo no tenía ningún control. Él marcaba el ritmo, entraba hasta el fondo de mi garganta y se retiraba, una y otra vez. Se me saltaban las lágrimas y, sin embargo, estaba en una especie de trance, entregada, sin querer que parara.
Se echó hacia atrás, me dio la vuelta, terminó de quitarme la última prenda y se colocó un preservativo. Me penetró por detrás. Sentía cada embestida llegar hasta lo más hondo, su cuerpo entrando y saliendo con una cadencia que mezclaba fuerza y técnica.
Me sujetaba del pelo, me ponía la mano en la nuca, me daba alguna palmada, y yo solo podía gemir y repetir que no parara. Me sentía la mujer más deseada del mundo y, a la vez, la más entregada, perdida en cada golpe de cadera.
Después se tendió de espaldas, todavía firme, y me invité yo misma a subirme encima. Me acomodé sobre él, casi en cuclillas, para tener libertad de movimiento de arriba abajo. Levanté los brazos para que me sacara el vestido, me deshice del resto de la ropa y empecé a cabalgarlo como quien monta sin freno.
Me dejaba caer con fuerza mientras observaba cómo sus ojos se entornaban y su respiración se volvía irregular. Hasta que noté ese temblor inconfundible que avisa de que el final está cerca.
Me levanté, le retiré el preservativo y lo terminé con la boca, porque quería sentir esa descarga tibia y espesa hasta el último instante. Después abrí los labios frente a él para que viera que no había quedado nada, lo besé y me dejé caer a su lado, agotada y satisfecha.
***
Andrés se levantó a ducharse. Salió ya cambiado, sacó una cajita negra y la dejó sobre la cama.
—Me tengo que ir —dijo, abrochándose el reloj—. Quédate el tiempo que quieras.
La abrí. Dentro estaba el resto del dinero acordado, envuelto con un lazo rojo, como si fuera un regalo. Ese detalle, esa forma de presentarlo, me hizo sentir poderosa y deseada de un modo que no esperaba.
Me levanté, pasé por la regadera, me vestí y salí del edificio fingiendo que volvía de cenar, mezclándome con la gente de los restaurantes de abajo.
Ahora que escribo todo esto, vuelven a mi cabeza cada detalle, cada imagen de aquella noche, y compruebo que el recuerdo todavía me enciende igual que entonces. Hay encuentros que se pagan con dinero y, aun así, una termina llevándose mucho más de lo que cobró.
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