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Relatos Ardientes

La mujer madura de mi jefe me buscó en la playa

Entré a trabajar en aquella empresa un enero, hará tres o cuatro años. Era mi primer empleo serio, justo en lo que había estudiado. No llegaba a becario, pero poco le faltaba. Nada más cruzar la puerta, una mujer elegante —Pilar— me explicó mis funciones: iba a ser un puesto de mil tareas, porque tendría que asistir a varios directivos a la vez.

—Siempre de traje y corbata, bien afeitado, buena presencia —me advirtió—. Tienes suerte, físicamente das el pego, y sigue así, porque el jefe de todos es maniático con esas cosas. Y otra cosa: nada de tutear a ningún directivo, bajo ninguna circunstancia. Veo que tienes dos nombres, elige uno o que te llamen por el apellido.

Le dije que casi todos me llamaban Iván. Me puso al día con lo esencial; el resto de las normas me las explicarían los compañeros. Casi todas eran mujeres y mayores que yo, porque del género masculino solo éramos tres. Yo entonces tenía veinticuatro años.

Estaba hablando con mis nuevos compañeros cuando Pilar me llamó con urgencia: había llegado el mandamás y quería presentarme. Don Ernesto era un hombre menudo, delgadísimo, de ojos azules y brazos finos, rondando los cincuenta y muchos. Me miró de arriba abajo y me dio la mano; a pesar de su aspecto enclenque, apretaba con una fuerza sorprendente. Hablamos un par de minutos, algo personal y algo profesional, y dio por zanjada la presentación.

—De momento has aterrizado bien, le has gustado —me dijo Pilar al salir—. Y hazme caso: los zapatos, siempre como hoy, brillantes.

Pasaron los meses y el trabajo resultó agotador. Me gustaba casi todo, salvo cuando me tocaba algo que no creía que entrara en mis funciones. Entre las compañeras, todas casadas o emparejadas, había más de una a la que le habría tirado los tejos, pero no quería líos. Cuando el jefe se marchaba de vacaciones en agosto, la sección entera cerraba. A mí no me correspondía el mes completo, pero me lo dieron igual.

Nada más empezar, puse rumbo a Bellamar, un pueblo de costa donde mi familia tenía un ático pequeño. Mi hermana mayor acababa de tener un niño, así que mis padres se fueron a pasar el verano con ella y me dejaron el apartamento para mí solo.

Era asiduo a la playa nudista, donde no costaba conocer a alguna mujer dispuesta. Se me daba bien; tenía una técnica depurada. Los tres primeros días no me llamó nada la atención. Al cuarto, apareció ella.

Una mujer de unos cuarenta y seis años, morena, con la melena recogida en una coleta. Rellenita pero muy atractiva, con unos pechos grandes de pezones oscuros y anchos. Nos miramos sin disimulo, los dos, y por las caras estaba claro que nos habíamos gustado. Llevaba alianza, pero igual estaba sola de vacaciones, o era de allí y el marido trabajaba.

Se adelantó ella. Me preguntó si podía vigilarle las cosas y, moviendo aquel culo generoso, se metió al agua mientras yo le cuidaba la toalla… y le miraba todo lo demás. Al volver me dedicó una sonrisa peligrosa y me dio las gracias.

—Ponte más cerca si quieres, así te vigilo mejor —le dije.

—Es que estoy esperando a mi marido —contestó.

—No soy celoso. Que venga, que se quede vigilando mientras nos bañamos —solté en broma.

Con cara de pícara me respondió que yo podía ser su hijo. Nos reímos. No me dio tiempo a más: me tumbé boca abajo, me quedé traspuesto con los auriculares puestos y, cuando volví en mí, me incorporé y vi al supuesto marido. Ni más ni menos que Don Ernesto.

Decidí levantarme sin llamar la atención y desaparecer, pensando en todo lo que le había dicho a aquella mujer. Pero cuando iniciaba la huida, ella me miró, le dijo algo a su marido y él se giró hacia mí con la misma cara de tonto que se me había quedado a mí. Le hice un gesto de saludo. Don Ernesto se levantó, me llamó, me dio la mano y me presentó a su esposa, Raquel.

De pie, los dos juntos, éramos para una fotografía. Él, en reposo, apenas levantaba un dedo; lo mío colgaba como otra cosa. Quien sea de por aquí entenderá la diferencia.

Nos bañamos ella y yo. En otras circunstancias habría intentado algo dentro del agua, pero el marido vigilaba desde la toalla. Me invitaron a comer una paella en un chiringuito cercano donde ya tenían mesa reservada. Allí, vestidos, me preguntaron de todo. Salió que estaba viviendo a pocos metros; les señalé el edificio y les expliqué que era de mis padres.

Raquel buscó excusas hasta que consiguió que subiéramos al apartamento. Era más terraza que casa: dos habitaciones y un baño con una ducha minúscula. Ella insistía en que aquello era lo ideal, no un caserón como el suyo. Les ofrecí una copa del alcohol que guardaba mi padre. Don Ernesto pidió varias cosas que yo no tenía; al final fue ella misma hasta las botellas, sirvió algo y se lo dio.

En ningún momento me permitió Don Ernesto el tuteo, y, aunque ella insistía en que la llamara solo Raquel, tampoco me atreví. Yo estaba deseando que se fueran. Se hizo un silencio espeso, como cuando pasa un ángel, hasta que ella lo rompió.

—Me pica todo el cuerpo de la playa, ¿a ti no, Iván? —y sin esperar respuesta añadió—: Si no te importa, me doy una ducha rápida.

No puse pega. Le dije que le sacaba una toalla, lo único que dije. Fui por ella, se la di, y entonces, no sé si tras hablar un instante con su marido en mi ausencia, me soltó:

—Soy muy concienciada con el cambio climático, no hay que desperdiciar ni una gota. Si te parece, nos duchamos juntos y ahorramos.

***

Todo sucedió muy rápido. El corazón me golpeaba las costillas y el aire se espesaba en aquel baño diminuto lleno de vapor. Los ojos verdes de Raquel brillaban entre la picardía y el desafío mientras sus dedos enjabonados se cerraban alrededor de mi polla. No era un agarre tímido: era firme, posesivo. Por la puerta entreabierta alcanzaba a ver la silueta de Don Ernesto, sentado, esperando. Una imagen surrealista.

—Vaya, Iván… Parece que el ahorro de agua te pone muy entusiasta —susurró, con la voz cargada de malicia. Su pulgar trazó un círculo lento justo bajo la cabeza y me obligó a contener la respiración—. Tan joven, tan impresionante. Ernesto siempre dice que tiene buen ojo para el talento. Y tú sí que tienes talento.

Se giró dándome la espalda, apoyó las manos en los azulejos y arqueó la espalda, pegando aquel culo enorme y jabonoso contra mi vientre. Empezó a frotarse arriba y abajo a lo largo de mi miembro, un balanceo lento de caderas que me dejaba una estela de espuma en la piel. Por el rabillo del ojo vi a Don Ernesto. No se había movido. Sostenía la copa, pero su mirada estaba clavada en nosotros, la mandíbula tensa, más pálido que antes.

—Ernesto, cariño —llamó ella, con la voz entrecortada—. ¿Ves lo responsable que es tu nuevo empleado? Coopera de maravilla.

El tono era dulce y envenenado. Empujó las nalgas hacia atrás hasta que la punta rozó la entrada de su sexo. No entró, solo se quedó ahí. Gimió, un sonido grave que sabía en parte fingido. Y entonces, de golpe, se apartó. Rompió el contacto con una sonrisa de puro triunfo y me apretó la muñeca con una fuerza que no esperaba.

—Sé bueno y termina de aclararte, Iván. No tardes —me susurró, y su mirada recorrió despacio mi cuerpo todavía excitado antes de salir de la ducha.

La oí salir, el corazón aún martilleándome los oídos, los pasos sobre el suelo mojado. Luego su voz, clara y cargada de una autoridad que helaba la sangre, llegó desde el salón.

—Ernesto. Esta noche invita a cenar a Iván. Quiero conocer mejor al joven con tanto talento que trabaja para ti. Haz la reserva en Marea Alta. A las nueve. Y que sea una cena memorable, ¿entendido?

No oí la respuesta de Don Ernesto, solo un sonido breve, un suspiro o el roce de una silla. Raquel reapareció en el marco de la puerta, ya vestida con la ropa de playa, el pelo mojado pegado a las sienes. Me miró evaluando mi reacción, mi vergüenza, mi excitación.

—Nos vemos a las nueve, Iván —dijo, y su sonrisa ya no era solo pícara: era de propiedad—. Ponte algo elegante. Informal, pero elegante. A Ernesto le gusta que sus empleados vayan siempre perfectos… en todos los terrenos. Y no llegues tarde, detesto la impuntualidad.

Sin esperar respuesta, se marchó. Oí sus sandalias, un murmullo de palabras con su marido y el clic suave de la puerta. Me quedé solo, sin terminar de creérmelo. La erección ya me incomodaba. Aquello no estaba en mis planes; ni se me había pasado por la cabeza. Solo pensaba en el berenjenal en el que me había metido.

***

A las nueve menos diez estaba frente a Marea Alta sintiéndome un impostor. El maître me guio hasta una mesa en un rincón íntimo, medio oculta tras un biombo de madera y plantas. Ya estaban allí. Don Ernesto se levantó con rigidez militar, me dio un apretón seco y evitó mirarme a los ojos. Raquel, en cambio, era un espectáculo: un vestido negro sencillo, cortado para ceñirse a cada curva, los hombros desnudos y un escote que prometía sin enseñar del todo. El pelo suelto le caía en ondas. Sonrió despacio al verme, como una leona en celo.

—Iván, qué puntual. Me gusta —dijo, señalando la silla a su lado, frente a Ernesto—. Ha pedido ya una botella de albariño. Espero que te guste.

La cena fue un ejercicio surrealista de cortesía tensa. Ernesto hablaba de proyectos, cifras y mercados con voz monótona. Raquel intercalaba comentarios mientras, descalza bajo la mesa, buscaba mis pies. Primero un roce casual, luego la presión del empeine contra mi tobillo, subiendo despacio por la pantorrilla. Mantuve la compostura a duras penas, respondiendo a Ernesto con monosílabos, hasta que su talón llegó al muslo, peligrosamente cerca de la entrepierna. Bajo la mesa, aquello era su reino.

—Debes entender, Iván —dijo Ernesto clavándome al fin los ojos azules—, que en nuestra empresa la lealtad y la discreción no se negocian. Se premia la excelencia y se castiga sin piedad la deslealtad.

Sonaba a advertencia directa, a muro de contención contra lo que su mujer hacía con los pies.

—¡Qué serio eres, cariño! —rio ella, y la risa cortó la tensión como un cuchillo—. Iván ha venido a cenar, no a un interrogatorio.

Su pie no se retiró; al contrario, atacó con más ganas. Propusieron seguir con una copa en su casa. Más que una invitación sonaba a orden, pero acepté: ahora tenía curiosidad por saber cómo eran de verdad el ilustre Don Ernesto y su encantadora esposa.

***

Llegamos a un sedán negro. Raquel dijo que se sentaba conmigo, en los asientos de atrás. Nada más arrancar, Ernesto puso boleros bajitos, lo único que faltaba para que saltaran más chispas dentro del coche. Ella no quiso perder el tiempo: sus manos me desabrocharon el pantalón antes de que el motor cogiera velocidad. Su perfume, intenso y dulce, me ponía de una manera increíble.

Desde el volante, Don Ernesto ajustó el retrovisor y sus ojos azules encontraron los míos con una complicidad que hervía. No había ira, solo una curiosidad lasciva y retorcida. Raquel, con un susurro ronco, le habló al oído mientras me liberaba de la ropa interior.

—Ernesto, mi amor, ¿ves lo que tu mujercita tiene ahora en las manos? No es ese juguetito triste con el que te conformas. Esto es un monumento. Está palpitando, como si tuviera corazón propio. Tu cosita se esconde, pero esto… esto es para adorarlo. En la playa me moría por cogérsela en cuanto la vi al lado de la tuya.

Se inclinó, su aliento caliente sobre mi piel, y se detuvo a milímetros, alargando la tortura, los ojos siempre fijos en el espejo donde sostenía la mirada de su marido. Sus dedos me acariciaban con una destreza que me contraía el vientre.

—Ernesto, cariño, ya está salado en la punta —susurró—. Y el grosor… tu cabecita de alfiler se perdería aquí. Lo estoy midiendo con la lengua. Tu pollita ni llega a mi garganta, pero esta me abre la mandíbula. Mañana me dolerá el hueso y tú, mi cornudito feliz, me darás masajes.

Desde delante, Ernesto gruñó y apretó el volante, pero su voz salió baja, ronca, llena de un deseo sórdido.

—Descríbeme el sabor. ¿A qué sabe la verga de un hombre de verdad? ¿A algo que yo nunca te voy a dar?

—Sabe a poder, mi amor —rio ella, victoriosa—. A testosterona pura. A macho de verdad.

Sentí una ola de poder. No iba a ser el juguete de aquel matrimonio; iba a dirigir la función. Le di un golpecito seco en la mejilla con mi miembro y la hice parpadear.

—Callaos los dos —dije, con una voz más grave de la que me conocía—. Tú, Raquel, solo eres una boca hambrienta y unas manos que tiemblan. Y tú, Ernesto, un espectador patético, un enano mirando un rascacielos. ¿Eso te excita? ¿Saber que tu mujer se atraganta con algo que tú nunca podrás ser?

Raquel gimió, un sonido largo, y se tragó de golpe la mitad de mi longitud, ahogándose a propósito, los ojos llorosos clavados en mí, desafiándome. Don Ernesto jadeó y oí el inconfundible sonido de su cremallera.

—Sí… sí, joder, sí —murmuró, con la voz quebrada.

Ella se separó con un sonido húmedo, jadeando.

—¿Lo oyes, Ernesto? ¿Oyes lo que dice este hombre? Tiene razón: somos sus juguetes. Y esto no es para una sola boca. Es un banquete. Y tú, mi cornudito enclenque, sé que lo estás deseando. Lo he visto en cómo lo miras. No es envidia, es vicio.

Don Ernesto detuvo el coche en un callejón oscuro. Ella abrió la portezuela hacia el asiento del copiloto.

—Ven aquí. Deja el volante. Tu sitio ya no es conducir, es servir. Arrodíllate y mira de cerca lo que tu mujer adora. O mejor: pruébalo tú también, a ver si tu boquita sabe hacer algo que la mía no.

Ernesto no se lo pensó dos veces. Con un movimiento torpe pero urgente apagó el motor, se soltó el cinturón y se arrastró entre los asientos, los pantalones caídos a la altura de los muslos. Respiraba a sacudidas y tenía los ojos fijos en mí. Se arrodilló de cara a mí, el rostro a la altura de mi pelvis. Olía a sudor y a desesperación.

Raquel le agarró la nuca con una mano y a mí con la otra, dirigiendo aquella coreografía depravada.

—Míralo bien, Ernesto. Huélelo. Esto es lo que caliento por las noches cuando cierro los ojos y finjo que eres un hombre.

Le tomé la barbilla y lo obligué a mirarme. Tenía los ojos nublados, completamente entregados.

—¿Lo quieres, enano? ¿Quieres probar lo que ha probado tu mujer? Dilo.

—Lo… lo quiero —suspiró—. Quiero probarlo.

Raquel empujó su cabeza hacia mí. La lengua de Ernesto, tímida al principio, lamió la base de mi miembro, y de su pecho salió un sonido gutural, entre el asco y la excitación. Ella bajó también y se llevó la punta a la boca. Los tres quedamos conectados en un circuito de poder y sumisión, entre jadeos y sonidos húmedos. Hundí los dedos en el pelo de ambos, tirando.

—Muy bien. Dos bocas para una sola polla. ¿Es esto lo que soñabais?

Me aparté con un sonido abrupto y los miré, jadeantes, los labios brillantes.

—Esto es solo el aperitivo —dije—. El banquete es en vuestra cama. Quiero que tiemblen las paredes de tu casa, Ernesto.

—Sí… la casa. Está cerca. Por favor —asintió él, casi sin aliento.

—Conduce —ordenó Raquel, ya acomodándose delante, el vestido empapado y arrugado—. Rápido. Como pares en un semáforo, te la cargas.

***

El coche frenó en seco frente a una casa grande de dos plantas. Ernesto casi se cae al salir, tambaleándose con los pantalones a medio subir. Raquel ya tiraba de mi mano hacia la puerta, jadeando.

—¡Las llaves, Ernesto, las putas llaves! —gritó mientras él, con manos temblorosas, lograba abrir tras varios intentos.

Entramos a un recibidor de mármol que daba a un salón de techos altos con una escalera de caracol. Lejos de intimidarse por el lujo, Raquel parecía alimentarse de él. Me agarró de la camisa, me empujó contra la pared fría y miró hacia arriba.

—Aquí no, no es suficiente. Arriba, en la cama que comparto con ese inútil. Quiero que la rompas, que cruja mientras me abres de par en par.

Subió las escaleras de dos en dos arrancándose el vestido por el camino. La tela fina se rasgó dejando ver su espalda y la curva de las nalgas. La seguí. Ernesto trotaba detrás, su respiración entrecortada el único sonido. El dormitorio era enorme, con una cama con dosel. Raquel se lanzó sobre las sábanas y se giró a mirarme, los pechos subiendo y bajando.

Tenía las piernas ya abiertas, una invitación obscena en medio de tanto lujo. No hubo preámbulos. Me eché sobre ella, le agarré los muslos y me hundí de un solo golpe en su calor húmedo y apretado. Su cuerpo se arqueó, soltó un grito y me clavó las uñas en los hombros.

Ernesto se quedó en la puerta, apoyado en el marco, pálido y sudoroso, la mano moviéndose frenética dentro del pantalón, los ojos fijos en el punto donde nuestros cuerpos se unían. Empecé a moverme, un ritmo duro y profundo. Cada embestida hacía crujir la cama y retumbar el cabecero contra la pared. Raquel había perdido el control; sus gemidos eran largos, guturales, entre súplicas y blasfemias.

—¡Más fuerte! ¡Rompe esta cama! ¡Hazme sentir que existo!

Me apoyé con una mano en el cabecero y con la otra le sujeté el cuello, no para ahogarla, sino para poseerla, para sentir su pulso desbocado bajo el pulgar. Olía a sexo por toda la habitación. Cerca de la puerta, Ernesto se había dejado caer al suelo, los pantalones por los tobillos. Ya ni se tocaba: solo miraba, con la boca abierta. Una mancha oscura se extendía en el suelo frente a él. Se había corrido sin tocarse, solo mirando y escuchando.

—¡Míralo, Raquel! —gruñí sin frenar—. ¡Mira cómo se derrite en el suelo!

Le giré la cabeza hacia donde estaba su marido. Algo se quebró y se encendió en ella al mismo tiempo.

—¡Sí! ¡Mírame, Ernesto! ¡Mira cómo me usa! ¡Esto es lo que nunca pudiste darme!

Le levanté las caderas, le eché las piernas sobre mis hombros y la embestí desde arriba, más profundo. Con la mano libre le apreté un pecho.

—¿Te gusta que te follen delante del inútil? ¿Te gusta ser mi zorra en su propia cama?

—¡Sí! ¡Me encanta! ¡Soy tuya! ¡Solo tuya!

Aquellas palabras fueron el detonante. Le clavé los dedos en las caderas y la embestí sin ritmo, pura necesidad, hasta que me vacié entero dentro de ella mientras su cuerpo se convulsionaba en espasmos.

La habitación quedó en silencio, roto solo por nuestros jadeos y un leve gemido de Ernesto. Me separé y miré a Raquel, exhausta y marcada, con mi corrida empezando a gotearle por los muslos. Luego clavé la vista en él, todavía pegado al suelo, una lágrima sucia bajándole por la mejilla.

—Tú. Ven aquí. Ahora.

Se estremeció. Por un segundo pareció que iba a negarse, pero algo en la mirada de expectación de Raquel lo rompió. Se arrastró hasta el borde de la cama, el rostro a la altura de los muslos manchados de su mujer.

—Hazlo —le susurró ella, ronca—. Límpiame. Lame cada gota.

Ernesto cerró los ojos un instante y luego extendió la lengua. Recorrió el rastro brillante limpiando la mezcla de fluidos con movimientos lentos, meticulosos, como un animal obediente. Raquel arqueó la espalda, le hundió una mano en el pelo y le presionó la cara contra ella.

—Más adentro. No dejes nada. Quiero estar limpia… para la siguiente ronda.

Le susurré al oído dónde tenía el lubricante. Se le iluminaron los ojos y puso una cara que decía que a ella nunca le habían dado por detrás, o que solo lo había intentado su marido con aquella pollita. Me señaló un armario. Saqué un frasco de aceite de almendras y lo dejé caer sobre las sábanas.

—Ya has oído —le dije a Ernesto—. Tu trabajo ha cambiado. Prepara a tu mujer para mí. Enséñame ese culo que nunca te atreviste a tocar.

Tragó saliva. Con manos temblorosas, vertió un chorro de aceite en los dedos y empezó a masajear el ano de su mujer mientras ella, boca abajo, gemía contra la almohada y arqueaba la espalda para ofrecerse más.

—Más aceite, joder —jadeó ella—. No quiero que me lastime, que no es tu mierda de pollita.

Ernesto obedeció, ahora con dos dedos, abriéndola con un giro lento. Miraba su tarea con una concentración enfermiza, su propia excitación traicionándolo. Cuando la vi suficientemente abierta y relajada, le ordené que separara las nalgas. Hundió los dedos en su carne, exponiendo el orificio reluciente que había preparado tan diligentemente.

—Por favor… ahora… —gimió ella.

No la hice esperar. Con una mano firme en su cadera, empujé. La resistencia cedió bajo la presión y un grito ahogado salió de su garganta mientras su culo se abría para recibirme, una sensación abrasadora y apretada que me hizo gruñir. Me hundí centímetro a centímetro mientras Ernesto, hipnotizado, seguía cada movimiento.

—Tu culo es mío ahora —jadeé—. Y tú, Ernesto, haz algo útil. Métete los dedos en la boca. Sabe a ella. Sabe a mí.

Parpadeó, aturdido, y luego se llevó los dedos brillantes de aceite a los labios y los chupó con un estremecimiento. Era la consumación de su humillación: saborear la prueba de mi dominio sobre lo que un día fue suyo. Aumenté el ritmo, los golpes húmedos y las quejas de Raquel llenando el aire. No pude evitar azotarle el culo, primero con cierto temor y, al ver su respuesta, con más fuerza.

—¡Vas a correrte mientras tu marido mira! —le gruñí.

Las palabras de Raquel cortaron el aire, entrecortadas por el éxtasis.

—¡Por favor, antes de que me corra…! ¡Tienes que dárselo a él también! ¡Para que deje de ser mi cornudito y sea tu putita, como yo! ¡Para que sepa cuál es su lugar!

Fue el detonante final. Con un grito desgarrado, mitad agonía mitad triunfo, su cuerpo se convulsionó bajo el mío, contrayéndose en espasmos húmedos alrededor de mi miembro. Giró la cabeza, los ojos vidriosos buscando a Ernesto, que se masturbaba con una desesperación patética.

—¿Lo ves, mi amor? Él es nuestro dueño ahora. Tu culo también le pertenece. ¡Dedícaselo, como yo!

Me separé de ella despacio, con un sonido húmedo, y mi miembro, todavía erecto, apuntó hacia Ernesto. Caminé hacia él, que retrocedió hasta dar con la espalda en la pared.

—No… por favor… —murmuró, débil, sin apartar la vista de mi entrepierna.

—Tu mujer dio la orden —dije—. Ella sabe cuál es tu lugar. Y tú también.

Vertí aceite en la mano, me lo extendí por encima, lo agarré del hombro y lo giré contra la pared. Gimió, pero no se resistió. Lo doblé sobre la cama, los pantalones por los tobillos, la espalda arqueada en una ofrenda temblorosa. Raquel, lejos de estar agotada, se apoyó en un codo y deslizó la mano entre sus muslos empapados, frotándose el clítoris sin perder detalle.

—¡Así, mi amor! —gritó—. ¡Déjalo entrar! ¡Tú también quieres ser su putita! ¡Deja de ser un cobarde y ábrete para tu dueño!

Coloqué la punta contra el orificio apretado de Ernesto y empujé, sin la delicadeza que había usado con ella. Gritó, un sonido agudo, mientras su cuerpo cedía y se tragaba la punta. Era increíblemente estrecho, más que ella, pero el aceite, la humillación y los insultos de su mujer lo abrieron centímetro a centímetro. Le agarré las caderas, los dedos clavados en su carne pálida, y marqué un ritmo brutal desde el principio.

Entre los gemidos de dolor empezó a colarse otra cosa, un sonido entrecortado, traicionero. Raquel lo captó al instante.

—¡Lo he oído! ¡Mi putito está disfrutando! ¡Le gusta! ¡Dilo, Ernesto! ¡Dile a tu dueño que te gusta!

—¿Es cierto? —le gruñí, aferrándome a sus caderas—. ¿Te gusta que te follen el culo como a la perra que eres?

—S-sí… por favor… no pares… —balbuceó, la mente y el cuerpo destrozados.

Aquellas palabras rotas fueron la chispa final. Con un rugido me enterré hasta el fondo y me detuve, derramándome dentro de él, caliente, intenso, marcando su interior como un recordatorio de su nuevo lugar. Raquel gritó y se convulsionó en un segundo orgasmo, los dedos trabajando frenéticos mientras veía cómo su marido era llenado y reclamado.

Me desplomé un momento sobre su espalda, jadeando, antes de retirarme despacio. El resultado de mi dominio goteaba obsceno de su entrepierna enrojecida. Me enderecé y miré el cuadro que habíamos creado: Raquel sonriendo con lujuria satisfecha y Ernesto temblando, derrumbado.

—Bueno —dije con voz tranquila—. Parece que tenemos un nuevo arreglo matrimonial.

Raquel se incorporó, el cuerpo brillante de sudor, y se arrimó a mi lado con una familiaridad posesiva, la mano en mi muslo.

—Un gran acuerdo, sí. El mejor. Ahora tienes dos putas: una que ya sabía serlo… y otra que acaba de descubrir su verdadera vocación. ¿Verdad, mi amor? Ya no tienes que fingir ni esforzarte. Solo ser receptivo. ¿Estás de acuerdo?

Ernesto parpadeó. En sus ojos vidriosos había vergüenza y dolor, pero también una chispa de sumisión liberada. Asintió apenas y un sollozo tembloroso se le escapó.

—Sí… sí —murmuró—. Estoy de acuerdo.

Le tomé la barbilla a Raquel y la obligué a mirarme.

—Buenas putas —dije—. Pero las putas tienen reglas y deberes. Tú, que ya en la playa me di cuenta de que eras vocacional, enséñale cómo se limpia a un dueño con la lengua.

Le brillaron los ojos con un fervor casi religioso. Dijo que sí, pero antes me llevó a su ducha —esa sí que era grande— y allí me habló en otro tono.

—Ahora necesito quedarme a solas con Ernesto. Tienen que asumir muchas cosas y no quiero que, ahora que lo he conseguido, se eche atrás. Mañana, a la misma hora, en la playa.

Le dije que sin problema. Se despidió avisándome de que ella llegaría un poco antes, sola.

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Comentarios (6)

GastonR_lec

Tremendo relato. De lo mejor que lei en esta categoria, bien contado y con suspenso real. Gracias!

Richi_54

Y la segunda parte cuando sale?? Me quede con ganas de mas jaja

DanielMar

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace unos años... las mujeres maduras tienen algo especial que las jovenes todavia no tienen.

Pelayo_cba

Buenisimo. Pero como termino la situacion con el jefe? Eso me tiene intrigado!

SilviaNoche

Que delicia de relato, se lee solo. Las mujeres que saben lo que quieren son otra cosa 🔥

PabloRivas

excelente!! sigue asi

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