La madura que no pude sacar de mi cabeza
Siempre pensé que Nora era de esas mujeres que sostienen una casa, un negocio y una familia entera sin levantar la voz. Tenía esa serenidad firme que imponía respeto. Era la madre de mi pareja durante años, la mujer que me recibía con café, que resolvía problemas antes de que aparecieran y que, sin proponérselo, se me había metido bajo la piel mucho antes de que yo me atreviera a admitirlo.
Yo ya no estaba con su hija cuando todo pasó. La separación había sido reciente, adulta, sin escándalos, pero incómoda. Lo raro no era que me doliera perder a mi ex; lo raro era que me doliera todavía más la idea de dejar de ver a Nora todos los días, de dejar esa oficina compartida en el fondo de la casa, esas horas de trabajo, esas bromas privadas, esa confianza espesa que se había ido formando entre los dos.
Su esposo pasaba días fuera por trabajo. Ella coordinaba reservas, conductores, pagos y clientes desde la oficina de la casa. Yo había empezado ayudándoles con sistemas y terminé metido también en la gestión diaria. Nos habíamos vuelto un equipo. Demasiado bueno, quizá.
Después de la ruptura, le escribí un mensaje corto y directo: necesitaba hablar con ella a solas. No por trabajo. No por su hija. Por nosotros. Tardó una hora en responder. Me dijo que fuera el martes, al mediodía, cuando la casa quedara vacía.
Llegué con el mismo bolso de siempre y el mismo pulso descompuesto de un adolescente, aunque ya hacía mucho que había dejado de serlo. Ella me abrió la puerta con una blusa clara, pantalón ajustado y el pelo recogido. Se veía impecable, adulta, serena. Pero en los ojos tenía algo nuevo. Algo alerta.
—Te hice café —me dijo.
La seguí hasta la oficina. Dos escritorios, dos pantallas, una impresora, archivadores, una ventana abierta dejando entrar el calor de la tarde. El espacio donde habíamos hablado de rutas, facturas y contratos se sentía distinto. Más pequeño. Más íntimo. Más peligroso.
Me senté frente a ella y, por primera vez en mucho tiempo, no supe improvisar.
—Decime de una vez qué pasa —me pidió—. En tu mensaje sonabas... extraño.
La miré. Era una mujer madura, sí, pero no apagada ni resignada. Tenía un cuerpo lleno, cuidado, una forma de cruzar las piernas que llamaba la atención sin buscarla, una boca que parecía hecha para morder y mandar. La deseaba desde hacía meses, y decirlo en voz alta me dio una mezcla de alivio y vértigo.
—Lo que más me costó de separarme de tu hija no fue eso —dije—. Fue saber que iba a dejar de verte.
Su expresión se endureció apenas. No ofendida. Defensiva.
—Podemos seguir en contacto. No hace falta dramatizar.
Negué con la cabeza.
—No es eso.
Se hizo un silencio corto, tenso. Entonces lo dije.
—No te saco de mi cabeza. Sueño con vos. Te deseo desde hace mucho.
Nora no se movió. Ni un dedo. Solo respiró más hondo.
—No digas pavadas.
—No son pavadas.
—Fui la suegra de tu pareja.
—Fuiste. Ya no lo sos.
—Sigue siendo mi hija.
—Y vos seguís siendo la mujer que más me calentó en los últimos meses.
Le tembló apenas la boca. No de miedo. De impacto. De rabia contenida, quizá. O de otra cosa.
—Esto está mal —dijo al fin.
—Sí.
—Muy mal.
—Sí.
—Entonces andate.
No me moví. Ella tampoco. Nos quedamos mirándonos, como si la orden hubiera sido una prueba y ambos supiéramos que yo acababa de reprobarla a propósito.
Me puse de pie despacio. Rodeé el escritorio. Al llegar a su lado, esperé un segundo que me pareció eterno. Si me frenaba, me iba. Si no decía nada, la besaba. Nora levantó la vista hacia mí, tensa, erguida en la silla.
—No hagas una estupidez —susurró.
Le toqué la cara con el dorso de los dedos. Estaba caliente. Ella cerró los ojos un instante, y eso fue todo lo que necesité. Me incliné y le rocé la comisura de los labios. Un beso mínimo, casi casto. Cuando iba a apartarme, su mano me agarró la muñeca. Fuerte.
—Eso no ayuda —murmuró.
—No quiero ayudar.
La besé otra vez, ya de frente. Esta vez su boca se abrió. No fue un accidente ni una concesión nerviosa. Me devolvió el beso con hambre contenida, con meses de negación volviéndose inútiles de golpe. Su lengua chocó con la mía y su respiración cambió por completo. La escuché soltar aire por la nariz, como si acabara de rendirse a algo que llevaba demasiado tiempo aplazando.
—No puedo estar haciendo esto —dijo contra mi boca.
—Pero lo estás haciendo.
—Callate.
Me besó ella ahora, agarrándome de la camisa y tirando de mí. La silla giró un poco, golpeó el escritorio y el café se estremeció en la taza. Le metí una mano por detrás del cuello y la otra se me fue sola a su cintura. Noté su cuerpo firme bajo la ropa, el calor de su piel, el temblor que ya no podía ocultar.
Cuando le rocé una teta por encima de la blusa, soltó un gemido breve y se separó apenas, avergonzada de haberlo dejado salir.
—Mirá lo que me hacés hacer —dijo.
—Todavía no te hice nada.
—Entonces hacelo.
Eso bastó para volverme bruto. Le abrí la blusa deprisa, apartando los botones con manos torpes. Apareció un sostén de encaje sencillo, oscuro, sosteniendo unas tetas pesadas, hermosas, adultas. Le bajé una copa y le tomé un pezón con la boca. Nora echó la cabeza hacia atrás y apretó los dientes, pero después dejó de fingir compostura y gimió de verdad.
—Joder... —se le escapó.
Le chupé la teta con ganas, alternando lengua y dientes, mientras mi mano le amasaba la otra. Ella me agarró del pelo. No para apartarme. Para hundirme más. Esa fue la señal definitiva de que ya no había vuelta atrás.
La levanté de la silla y la senté sobre el escritorio. Las carpetas se deslizaron, un teclado cayó al piso y a ninguno le importó. Le bajé el pantalón junto con la ropa interior hasta medio muslo. Cuando vi el brillo húmedo entre sus piernas sentí una descarga en todo el cuerpo.
—¿Así me ibas a echar? —pregunté.
Se mordió el labio, humillada y excitada al mismo tiempo.
—No hables. Tocame.
Metí dos dedos entre sus labios y estaban resbalosos de deseo. Ella abrió más las piernas sin pudor, dejándome trabajar. Le acaricié el clítoris en círculos mientras le hundía un dedo, luego dos, entrando y saliendo despacio al principio, mirándola a la cara. Nora tenía los ojos entornados y la boca entreabierta. Cada vez que yo empujaba hasta el fondo, su pelvis venía a buscar mi mano.
—Más fuerte —me pidió en voz baja.
Le hice caso. La follé con los dedos, duro, sintiendo cómo se apretaba alrededor de ellos. Con la otra mano le pellizqué el pezón húmedo de saliva. Su espalda se arqueó.
—Así... así, no pares.
Me arrodillé entre sus piernas. Ella entendió enseguida y quiso cerrarlas por puro reflejo, por pudor tardío. Se las agarré de los muslos y se las abrí.
—No —dije—. Ahora te voy a comer el coño y vas a dejar de pensar.
Me miró con una mezcla de escándalo y hambre.
—No me hables así.
Le pasé la lengua de abajo arriba y su protesta se convirtió en un jadeo roto. Tenía el coño mojado, caliente, con ese sabor espeso de una mujer adulta completamente excitada. Le abrí los labios con los dedos y me metí de lleno, lamiendo lento primero, después más duro, jugando con el clítoris hasta sentirla retorcerse sobre la madera del escritorio.
—Dios... dios... —repetía.
—Decime qué querés.
—Que no pares. Que me hagas acabar.
Le obedecí. Chupé su clítoris mientras le metía dos dedos y los curvaba por dentro, buscando el punto que la hacía temblar. Lo encontré rápido. Nora me agarró del pelo con las dos manos, empezó a mover la cadera sin control y terminó corriéndose en mi boca con un gemido largo, ronco, nada elegante. Se vino fuerte, mojándome la cara y dejándose caer hacia atrás sobre los codos.
La miré mientras respiraba como si hubiera corrido una carrera.
—Todavía querés que me vaya —le dije.
—Quiero que me cojas de una vez.
Me puse de pie y abrí el cinturón sin apartar la vista de ella. Se incorporó y me ayudó a bajar el pantalón y el bóxer con manos ansiosas. Cuando me sacó la polla, la sostuvo un momento, pesándola en la palma, sorprendida y fascinada.
—Con razón caminás tan confiado —murmuró.
Se la acarició despacio, del tronco hasta la punta, extendiendo el líquido brillante con el pulgar. Yo apreté la mandíbula. Verla así, con la blusa abierta, una teta fuera, el pelo desarmado y esa expresión concentrada mientras me masturbaba, era demasiado.
—Sentate bien atrás —le dije.
Retrocedió sobre el escritorio. Le agarré una pierna y se la apoyé en mi hombro. Con la otra le abrí más el paso. Le froté la punta por el coño empapado, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez. Nora gimió como si la estuviera torturando.
—No juegues conmigo.
—Quiero verte pedirlo.
—Métemela ya.
Seguí rozándola sin entrar. La punta de mi polla abría apenas sus labios mojados y volvía a salir. Ella se estremecía a cada pasada.
—Decilo bien.
—Fóllame —soltó—. Fóllame de una puta vez.
Entré despacio, pero no por crueldad sino por lo estrecha y caliente que estaba. Sentí sus músculos abrirse para recibirme centímetro a centímetro. Nora clavó las uñas en mis hombros y apretó la boca, temblando. Cuando la tuve toda dentro, se quedó inmóvil un segundo, respirando con la frente apoyada en la mía.
—Joder... sí... —susurró.
Salí casi por completo y volví a meterme. Después otra vez. Pronto el ritmo dejó de ser prudente. La agarré de las caderas y empecé a embestirla de verdad, fuerte, haciendo crujir el escritorio contra la pared. Sus gemidos llenaban la oficina. No intentó callarlos. Al contrario: cada vez que yo la hundía hasta el fondo, me pedía más.
—Más duro.
Se lo di. Le golpeaban las tetas con cada sacudida, su cuerpo se desordenaba bajo mis manos y su coño apretaba mi polla como si no quisiera soltarla nunca. Bajé una mano entre nosotros y le froté el clítoris mientras la seguía penetrando. Nora me miró con los ojos nublados.
—Me voy a correr otra vez.
—Corréte.
Se vino apretándome con violencia, casi expulsándome con la fuerza del orgasmo. Yo seguí follándola a través de sus espasmos, escuchando cómo pasaba del gemido al insulto y del insulto a la súplica. Me calentó todavía más verla perder la cabeza.
La saqué del escritorio y la giré. Se sostuvo con las manos apoyadas sobre la madera, con el culo hacia mí, el pantalón aún trabado en una pierna. Esa vista sola ya valía una condena.
—Así te quería ver —dije.
Le di una palmada seca en el culo. Ella jadeó y se arqueó más.
—No sabía que te gustaba eso.
—A mí tampoco —contestó, y le salió una risa sucia, excitada—. Ahora no hables y seguí.
Volví a metérsela desde atrás. Entré de un empujón largo que nos arrancó un gemido a los dos. Esa posición me dejaba llegar más hondo y ella lo sintió enseguida. Se agarró al borde del escritorio y empezó a empujar hacia atrás para recibirme mejor.
—Sí... ahí... ahí —decía—. No aflojes.
Le agarré el pelo recogido y tiré apenas para hacerle levantar la cara. La otra mano se me fue a su cuello sin apretar de verdad, solo marcando dominio. Ella respondió echando el culo más atrás, ofreciéndose. La follé con un ritmo duro y parejo, escuchando el golpe de piel, el jadeo roto, el sonido húmedo de su coño tragándome.
Cuando sentí que iba a correrme, salí. Nora protestó.
—Ni se te ocurra dejarme así.
—Callate y arrodillate.
Me miró fijo. Durante un segundo pensé que me iba a mandar al carajo. En vez de eso, bajó del escritorio y se arrodilló frente a mí sobre el piso de la oficina. Elegante de cintura para arriba, desnuda y desordenada de cintura para abajo, parecía otra mujer. O la misma, por fin sincera.
Me agarró la polla con una mano y me lamió la punta despacio, saboreando su propio flujo mezclado conmigo. Después abrió la boca y se la metió toda la parte que pudo de una sola vez. Casi se me doblaron las piernas.
—Mierda, Nora...
Me chupaba con ganas, sin delicadeza, alternando succiones profundas con lamidas largas por debajo. Usaba la mano en la base, donde no alcanzaba su boca, y me miraba de vez en cuando hacia arriba con una expresión obscena que no le había visto jamás. Le acaricié el pelo mientras me la mamaba con ruido, mojándolo todo.
—Así me imaginabas, ¿no? —dijo al sacársela un instante para respirar.
—Mejor.
Volvió a tragársela, esta vez más hondo. Le sujeté la nuca y marqué el ritmo con la cadera, sin forzar de más pero sin esconder que quería usarle la boca. Ella dejó que lo hiciera. Tosió una vez, se recompuso y siguió, convertida ya en pura hambre. La visión de aquella mujer madura, seria, dueña de todo, arrodillada y chupándome la polla con esa entrega, me desordenó la cabeza por completo.
La hice ponerse de pie y la llevé al baño contiguo. Se sentó en la tapa cerrada del inodoro, abrió las piernas y me hizo un gesto con dos dedos.
—Vení.
La besé mientras ella me masturbaba. Después me apartó con firmeza y volvió a hundirse la polla en la boca. Esta vez fue más salvaje. Más sucia. Me chupaba y se rozaba el clítoris con la mano libre, excitada por su propia entrega. Verla correrse casi solo de eso, con mi polla en la boca y los muslos temblando, me puso al borde.
—Tragás? —pregunté, con la voz rota.
Se la sacó despacio, brillante de saliva.
—Quiero todo.
Le corrí el pelo de la cara y se la metí otra vez. Empujé suave pero profundo, hasta sentir su garganta ceder. Me corrí ahí, con un gruñido que no pude contener, descargando en su boca. Nora no se apartó. Tragó, respiró por la nariz y siguió succionando las últimas pulsaciones hasta dejarme vacío. Cuando al fin me soltó, se limpió la comisura con el pulgar y sonrió como si acabara de descubrir un vicio tardío.
—Nunca había hecho eso así —confesó, todavía arrodillada.
—Pues aprendiste rápido.
Se levantó y me besó. Saboreé mi corrida en su lengua y el gesto me terminó de trastornar.
***
Fuimos al dormitorio apenas para tumbarnos unos minutos. Ella se recostó desnuda boca arriba, con una mano sobre el vientre y la otra en mi pecho. El ventilador movía apenas las cortinas. Por un rato solo hubo respiraciones calmándose y una sensación irreal de intimidad, como si después de toda esa animalidad nos hubiera quedado una ternura peligrosa.
Entonces sonó su teléfono.
Miró la pantalla y maldijo en voz baja. Era su marido. Contestó con un tono normal que me habría engañado a mí mismo si no la estuviera viendo desnuda al lado mío, con los pezones todavía duros y las piernas marcadas por mis dedos.
Mientras hablaba de horarios, gastos y conductores, me bajé hacia sus muslos. Ella abrió los ojos al entender lo que iba a hacer y negó apenas, alarmada. Yo no le hice caso. Le besé una rodilla, luego la otra, y seguí subiendo.
—Sí, claro, mandame los datos por mensaje... —decía ella, intentando sonar tranquila.
Le separé las piernas y le pasé la lengua por el coño otra vez. Dio un respingo que tuvo que disimular tosiendo. La conversación siguió. Yo me entretuve lamiéndola lento, demorándome en el clítoris, disfrutando la tortura de verla pelear por sostener una voz cuerda mientras se mojaba de nuevo.
—No... no, todo en orden —dijo ella, y supe por el temblor que estaba a punto de perder la batalla.
Le metí un dedo, luego dos, y la chupé con más insistencia. Nora se tapó la boca con la mano libre. Aguantó pocos segundos más antes de cortar con cualquier excusa.
—Sos un hijo de puta —me dijo apenas colgó, jadeando.
—Y vos estás otra vez empapada.
La giré boca abajo. Le besé la espalda, los hombros, la curva de la cintura. Cuando abrí sus nalgas y pasé la lengua por su ano, se tensó por completo.
—Ahí no.
Le seguí lamiendo alrededor, sin apuro.
—Si no querés, no.
Se quedó callada. El rechazo inicial empezó a aflojarse bajo mi lengua. Besé, lamí, humedecí con paciencia, mientras mi mano volvía a su coño para mantenerla excitada. Su cuerpo fue cediendo poco a poco.
—Hace años que no... —empezó a decir, y cortó la frase con un gemido cuando le metí un dedo en la vagina y seguí acariciándole el culo por fuera.
—No voy a lastimarte.
Busqué lubricante en la mesa de noche y volví con calma. Primero un dedo, apenas la yema, masajeando el aro con presión suave y círculos lentos. Ella respiró hondo, preparada para doler, y en cambio encontró otra cosa. Le fui metiendo el dedo poco a poco, esperando cada reacción, dejándola acostumbrarse.
—Así sí —susurró.
Metí un segundo dedo junto al primero. Los moví despacio, abriéndola, mientras con la otra mano le frotaba el clítoris. Nora empezó a jadear otra vez, sorprendida de estar excitándose con eso. Cuando ya me pidió más, supe que estaba lista de verdad, no por obediencia ni por morbo, sino por deseo.
Apoyé la punta lubricada de mi polla en su ano y me detuve.
—Decime que pare y paro.
Giró la cara sobre la almohada para mirarme de reojo. Tenía los ojos brillantes y la boca entreabierta.
—No pares.
Empujé apenas. El primer tramo fue lento, tenso, exigente. La sentí resistirse y luego ceder milímetro a milímetro. Nora se aferró a la sábana y soltó un gemido mezclado de dolor y excitación. Me quedé quieto un momento cuando la mitad estuvo dentro, dándole tiempo a acomodarse.
—Respirá —le dije.
Lo hizo. Volví a empujar. Entré un poco más, después otro poco, hasta quedar completamente adentro. El calor era distinto, la presión brutal. Ella temblaba debajo de mí.
—No te muevas todavía.
No me moví. Le besé la espalda mientras esperaba a que su cuerpo dejara de pelear. Poco a poco dejó de tensarse. Incluso empujó apenas hacia atrás, dándome permiso.
Empecé con embestidas cortas. Muy medidas. Luego más amplias. El gesto de dolor en su cara fue cediendo y en su lugar apareció una expresión incrédula, casi avara.
—Otra vez —pidió.
Le di otra. Y otra. Cada vez un poco más fuerte. Cuando además le metí la mano por debajo para frotarle el clítoris, se volvió loca. El sonido que salió de su garganta no fue de sufrimiento. Fue de puro vicio.
—Así... así... no pares... por favor...
La follé por el culo con un ritmo cada vez más firme, sintiendo cómo me aceptaba por completo. Su cuerpo respondía entero: el culo recibiéndome, la espalda arqueada, la pelvis buscando mi mano, los jadeos convertidos en órdenes entrecortadas. No había rastro de duda ya. Solo deseo bruto.
—Decime quién te está cogiendo así —le dije al oído.
—Vos... vos, carajo...
—¿Y te gusta?
—Sí. Me encanta. No pares.
Eso me terminó de soltar. La agarré de las caderas y le di con fuerza, sin perder el control, haciendo que la cama golpeara suave contra la pared. Ella se corrió tocándose bajo mi mano, convulsionando alrededor de mí mientras la seguía penetrando. Ese orgasmo la dejó sin aire, pero también más abierta, más entregada. Yo ya estaba al límite.
Salí justo a tiempo y la hice girarse. Se arrodilló, me tomó la polla con las dos manos y me la volvió a meter en la boca como si supiera exactamente lo que quería hacer con ella. Me corrí por segunda vez entre sus labios, menos cantidad, más espasmo, y volvió a tragar sin apartar la mirada.
Quedamos un rato en silencio. Ella fue al baño, se limpió, volvió con una toalla húmeda y me secó como si ese gesto doméstico fuera la cosa más íntima de toda la tarde. Después se puso una bata liviana y se sentó al borde de la cama.
—Esto no puede convertirse en costumbre —dijo.
Me reí sin ganas.
—No sonó muy convincente.
Ella también sonrió, cansada, satisfecha, todavía colorada en el pecho y el cuello.
—No sé qué va a pasar —admitió—. Solo sé que llevaba demasiado tiempo sintiéndome deseada a medias. Y hoy no fue a medias.
Me acerqué, le aparté un mechón del rostro y la besé con suavidad, nada que ver con la brutalidad de antes. Nora apoyó la frente en la mía.
—Andate antes de que vuelva alguien —susurró.
—¿Y si te escribo?
—Vas a escribirme igual.
—Sí.
—Entonces hacelo.
Me fui con el cuerpo agotado y la cabeza ardiendo. Al cerrar la puerta de la calle, miré una vez atrás por la ventana de la oficina. Ahí estaba ella, de pie, ajustándose la bata, seria otra vez. Pero cuando vio que la estaba mirando, se tocó los labios con dos dedos y me regaló una sonrisa breve, culpable y hambrienta.
Supe que no era el final. Lo que no supe entonces fue cuánto tardaría en volver a esa casa. Ni cuántas veces más iba a perder la razón por una mujer madura que ya no pensaba fingir que no deseaba lo mismo que yo.
Para quienes leen desde zona oeste: acompañantes en La Matanza, con fotos reales.