La madura del taller se dejó grabar
Cuando llegaron a instalar los cortineros, yo ya llevaba media mañana aburrida y de mal humor. Mi esposo estaba fuera de la ciudad, la casa en silencio y yo, recién salida de la ducha, con esa mezcla de calor y ansiedad que a veces me sube al cuerpo sin pedir permiso. Los dos hombres trabajaban en mi dormitorio: uno más hablador, de sonrisa torcida; el otro callado, ancho de hombros y con una mirada que pesaba más de la cuenta.
No eran muchachos. Eso me quedó claro desde que los vi entrar con las herramientas. Dos hombres adultos, curtidos, con manos fuertes y esa seguridad seca del que sabe hacer su trabajo sin inclinar la cabeza ante nadie. Aun así, me divirtió notar cómo se les iba la vista cuando crucé el pasillo con la bata entreabierta.
Siempre me ha gustado provocar un poco. No por romanticismo ni por juego inocente, sino por el placer simple de sentir el efecto que puedo causar. A mi edad ya no necesito fingir timidez ni hacerme la sorprendida; sé lo que pasa cuando un hombre imagina lo que no debería tocar.
Salí de bañarme y recordé que había dejado la ropa interior en la cómoda del dormitorio. Dudé apenas un segundo. Luego me envolví en la toalla, la ajusté por encima de los pechos y entré como si nada, con la cabeza alta, convencida de que bastaría una mirada fría para mantener cada cosa en su sitio.
—No tarden mucho —dije, caminando hasta la cómoda—. Quiero ordenar esto antes de la noche.
El más hablador, que después supe que se llamaba Mauro, se bajó de la escalera sin dejar de mirarme las piernas mojadas.
—Ya casi terminamos, señora.
El otro, Iván, no dijo nada. Solo me siguió con los ojos mientras yo abría el cajón. Sentí el aire fresco en los muslos. La toalla se aflojó apenas, lo suficiente para que vieran un destello de piel, la curva de una nalga, el lateral de mi cadera desnuda.
No la acomodé enseguida. Lo hice a propósito. Ese fue mi error, o mi decisión, según cómo quiera contarlo.
—¿Buscaba esto? —preguntó Mauro a mi espalda.
Me giré y lo vi demasiado cerca. En la mano tenía mis bragas negras, que debió de haber recogido del suelo junto a la cama. No sé cuándo se movió ni cómo se atrevió a tanto. Lo que sí sé es que el dormitorio se encogió de golpe y el silencio se volvió otra cosa.
—Déjalas ahí —ordené.
—Si viene por ellas —dijo, acercándomelas a la cara—, tendrá que pedirlas mejor.
Debí haberle cruzado la cara de una bofetada. Debí haberlos echado de la casa. En vez de eso, me quedé inmóvil, con el corazón golpeándome dentro del pecho y una humedad torpe empezando a reunirse entre mis piernas. Iván seguía detrás de mí. Pude sentirlo por la presión del cuerpo, por el calor de su respiración cerca del hombro.
—Se están pasando —murmuré, aunque mi voz salió menos firme de lo que quería.
Mauro sonrió. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un hombre que ya había notado mi vacilación.
—Entonces díganos que paremos —dijo—. Pero mírenos a la cara cuando lo haga.
No lo hice. Bajé la vista a mis propias manos cerradas sobre la toalla, y ese gesto bastó. Iván me tocó primero: una mano ancha en la cintura, pesada, segura. Mauro me apartó un mechón mojado de la frente y luego deslizó dos dedos por mi cuello hasta el escote improvisado de la toalla.
—Está temblando —dijo—. Y no es de miedo.
—No se equivoquen —respondí, aunque ya sentía los pezones duros contra la tela húmeda.
Mauro me besó sin pedirme permiso. Fue un beso directo, de boca abierta, metiéndome la lengua como si tuviera derecho. Quise apartarlo. De verdad quise. Pero la mano de Iván bajó desde mi cintura hasta mi vientre y me sostuvo con una firmeza que me desarmó. Cuando Mauro me apretó un pecho por encima de la toalla, gemí contra su boca antes de poder callarme.
Eso los encendió del todo.
Iván tiró de la toalla desde atrás. Cayó al suelo como una rendición. Quedé desnuda entre los dos, chorreando todavía un poco del baño, con la piel erizada y la cara ardiendo de vergüenza y calentura. Mauro soltó una risa baja al verme entera.
—Mírate —dijo—. Tanta autoridad para terminar así de abierta.
—Cállate —le respondí, pero no tapé mi cuerpo.
Me empujaron hasta la cama. No con violencia descontrolada, sino con esa determinación que no deja espacio a discutir. Caí sentada en el borde del colchón y Mauro se arrodilló entre mis piernas. Iván tomó el celular que había dejado sobre la mesa de noche. Vi cómo encendía la cámara y un escalofrío me cruzó completa.
—Ni se te ocurra —le dije.
—Solo un recuerdo —contestó, enfocándome—. Si te portas bien, luego vemos.
Quise discutir, pero Mauro me abrió las piernas de un tirón y me calló con la cara hundida entre mis muslos. La primera lamida me sacó el aire. Tenía la lengua ancha, caliente, obscena. Me abrió el coño a lengüetazos, subiendo desde la entrada hasta el clítoris y volviendo a bajar despacio, como si quisiera probarlo todo. Yo llevaba tanto tiempo tensa que el placer me golpeó con una violencia casi humillante.
—Joder… —se me escapó.
—Eso —dijo Iván detrás del teléfono—. Así suena mejor.
Mauro me chupo sin delicadeza bonita. Metió la lengua, me succionó el clítoris, me separó los labios con los dedos y escupió sobre mi coño antes de volver a comerme. El ruido de su boca, el brillo de mi humedad y la certeza de que me estaban mirando me encendieron más de lo que quería admitir. Empecé a moverme sola, buscando su boca, frotándome contra su cara como una desesperada.
—Mírenla —dijo Mauro, alzando apenas la cabeza para hablar—. Hace un minuto mandaba y ahora se está follando mi lengua.
Iván soltó una risa baja. Yo giré la cara hacia él y vi el celular apuntándome directo, captando mi cuerpo abierto, mis piernas temblando, mi pecho agitado.
—Basta de grabar —jadeé.
—Cuando acabes la primera vez —dijo—. Antes no.
Mauro me metió dos dedos de golpe. Gruñí y me arqueé. Los sacó, los volvió a meter, más hondo, curvándolos adentro mientras me lamía el clítoris con una insistencia brutal. La mezcla me deshizo. Sentí cómo el orgasmo me subía rápido, caliente, inevitable. Le agarré el pelo, cerré los muslos contra su cabeza y me corrí temblando sobre su boca, gimiendo sin elegancia, sin poder pensar en otra cosa que en ese placer sucio que me vaciaba.
Iván no dejó de grabar ni un segundo.
—Qué buena puta —dijo en voz baja—. Mira cómo se corre.
Escuchar eso me hizo apretar los dientes. Debería haberme ofendido. En vez de eso, abrí más las piernas mientras Mauro lamía lo que salía de mí.
Cuando por fin levantó la cabeza, tenía la barbilla húmeda. Me miró como se mira un plato del que todavía se quiere más.
—Ahora sí quiero oírte pedirlo.
—No les voy a pedir nada.
Iván dejó el celular en una repisa, enfocado hacia la cama, y empezó a desabrocharse el pantalón. La verga le salió dura, gruesa, pesada, y sentí un golpe en el estómago al verla. Mauro hizo lo mismo. Entendí en ese instante que no iba a quedarme en una sola boca ni en una sola polla. Y esa certeza me mojó más.
—Ponte en cuatro —ordenó Mauro.
Lo miré con rabia, respirando hondo. Luego obedecí. Subí a la cama, apoyé las manos y las rodillas y levanté el culo. No porque me vencieran a la fuerza, sino porque ya estaba ardiendo y quería sentir cómo me abrían de verdad. Escuché a Mauro chuparse dos dedos, luego sentí su mano apartándome las nalgas.
—Mojada como una perra —dijo.
Me metió un dedo, luego dos, dentro del coño, bombeándome despacio mientras Iván se colocaba frente a mí. Me agarró de la barbilla y me obligó a alzar la cara.
—Abre la boca.
Lo hice. La punta de su verga me tocó los labios y entró pesada, sabiendo a piel y a un leve rastro salado. No me la clavó hasta el fondo de entrada. Me dejó acostumbrarme, empujando poco a poco, mientras Mauro seguía dedándome por detrás. Quedé atrapada entre ambos ritmos, con una polla en la boca y dedos profundos en el coño. Empecé a gemir alrededor de él, y el sonido vibró en su verga.
—Así, señora —dijo Iván—. Chúpela bien.
Le agarré los muslos para acomodarme y empecé a mamársela con ganas. Ya no tenía sentido seguir fingiendo recato. Lo tragué todo lo que pude, dejé que me marcara el ritmo con una mano en el pelo y sentí cómo se endurecía todavía más. Mauro me sacó los dedos y me untó la entrada con mi propia humedad antes de colocarme la punta de la polla.
—Ahora sí —dijo—. Quieta.
La primera embestida me arrancó un gemido ahogado con la boca llena. Entró fuerte, grueso, abriéndome de una vez. Me quedé rígida, sujetando las sábanas con una mano mientras con la otra seguía aferrada a la pierna de Iván. Mauro se retiró apenas y volvió a entrar, esta vez más hondo. Sentí cómo mis nalgas chocaban contra su vientre y mi coño lo tragaba a tirones.
—Joder… sí… —logré decir cuando Iván me dejó sacar la boca un segundo.
Eso bastó para que Mauro empezara a follarme en serio. Nada de caricias lentas ni promesas suaves. Me cogió con estocadas largas, hondas, abriéndome una y otra vez hasta que el golpe dejó de doler y se convirtió en puro placer bruto. Cada vez que entraba, mi cuerpo iba hacia adelante y me metía más la verga de Iván en la boca. Terminé babeándolo, tragando saliva y gemidos mientras por detrás me reventaban el coño.
—Dilo —murmuró Mauro, agarrándome de la cadera—. Dime que te gusta.
Saqué la boca de Iván con esfuerzo, escupiendo un hilo de saliva sobre la sábana.
—Sí… me gusta… me encanta que me cojan así.
Mauro me dio una palmada en la nalga. Dura. Luego otra.
—Eso quería oír.
La escena se volvió cada vez más sucia. Iván me la metía en la boca hasta hacerme lagrimear y después me dejaba recuperar el aire apenas para volver a hundírmela. Mauro me follaba con un ritmo constante y salvaje, usando mi cuerpo como si ya fuera suyo. Yo terminaba apretándolos a ambos, gimiendo cada vez más fuerte, perdida en ese punto en el que el cuerpo manda y la cabeza sobra.
El segundo orgasmo me llegó mientras tenía media verga en la garganta. Mi coño se cerró alrededor de Mauro y él soltó una grosería entre dientes al sentirme corrida. Me quedé temblando, con la boca abierta y el cuerpo empapado, pero no me dieron descanso. Iván me sacó la polla de la boca y me volteó sobre la cama.
Quedé boca arriba, con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando sin control. El celular seguía grabando desde la repisa. Mauro me agarró las rodillas y me las abrió más. Iván se subió conmigo y me puso la punta en la entrada del coño, todavía dilatado.
—Te la vas a comer entera —dijo.
Entró despacio al principio, empujando con el peso de la cadera. Era más grueso que el otro, y lo sentí abrirme poco a poco, estirándome hasta llenarme de verdad. Me quejé, lo arañé en el brazo, intenté cerrar las piernas, pero Mauro me las sostuvo firmes.
—Relájate —dijo con una calma casi cruel—. Ya viste que te cabe.
Iván siguió hundiéndose hasta quedar clavado casi por completo. Me dolió un poco. Me excitó mucho. Cuando empezó a moverse, corto y profundo, el dolor se mezcló con una sensación de llenura brutal que me hizo girar los ojos. Mauro se apartó a un lado para ponerse su polla frente a la cara.
—Ahora chúpamela mientras él te parte —dijo.
Obedecí sin discutir. Lo tomé en la boca mientras Iván me follaba con un ritmo cada vez más fuerte. La cama crujía, mis pechos rebotaban, la saliva me corría por la barbilla y yo ya no sabía qué me excitaba más: sentirme usada por los dos o saber que después tendría que enfrentar lo que habían grabado.
Mauro me sacó la polla de la boca y me acarició la mejilla con la punta húmeda.
—Mira la cámara.
Lo hice. Vi mi cara descompuesta de placer, los ojos brillosos, el pelo pegado a la frente, la boca abierta. Vi a Iván entrando y saliendo entre mis piernas. Vi a Mauro sonriendo, orgulloso de tenerme así.
—Si no cooperas, esto no se borra —dijo él.
El chantaje me golpeó más frío que el aire del cuarto. Tragué saliva. Por un momento me llené de rabia. Pero en lugar de detener todo, lo que salió de mi boca fue otra cosa.
—Entonces háganlo bien —dije—. Si van a cogerme, háganlo hasta dejarme sin fuerzas.
Mauro soltó una carcajada y me besó de golpe.
—Así me gusta.
Iván empezó a follarme más fuerte. Sin pausa. Estocadas hondas que me sacudían entera. Yo lo recibía abriendo más las piernas, clavándole los talones en la espalda, sintiendo su verga rozarme por dentro justo donde necesitaba. Acabé otra vez con un grito ronco, apretándolo tanto que él se quedó quieto un segundo para no correrse. Luego salió de mí y me dejó jadeando, chorreando.
—Date la vuelta —dijo Mauro.
—¿Otra vez?
—Ahora por el culo.
La sola frase me tensó completa. Yo había jugado con juguetes, había probado dedos, incluso una polla alguna vez, pero nunca algo así, no con uno de esos dos y mucho menos después de todo lo que ya llevaba encima. Cerré las piernas por reflejo.
—No me entren así —dije—. Si quieren mi culo, me lo trabajan primero.
Mauro arqueó una ceja, divertido.
—Vaya, la señora tiene experiencia.
—Tengo sentido común —respondí—. En el cajón de la cómoda hay lubricante y tapones. Úsenlos o no van a entrar.
Eso los excitó todavía más. Mauro abrió el cajón y soltó un silbido bajo al ver los juguetes. Iván trajo el lubricante y me hizo arrodillarme otra vez, esta vez con el pecho pegado al colchón y el culo bien arriba. Sentí el primer chorro frío del gel entre las nalgas. Luego el dedo de Mauro, lubricado, rodeando la entrada con paciencia inesperada.
—Respira —dijo.
Metió un dedo despacio. Ardió un poco. Lo dejé pasar. Luego añadió un segundo, moviéndolos dentro con cuidado, abriéndome y cerrándome alrededor de ellos mientras Iván me acariciaba el coño por delante, manteniéndome mojada, excitada, distraída. Acabé empujando yo misma hacia atrás, pidiendo más sin decirlo.
—Mírala —murmuró Iván—. Se le está aflojando el culo solo de caliente.
Mauro sacó los dedos y usó el tapón pequeño. Entró con resistencia, pero terminó cediendo. Me hizo jadear fuerte. Lo dejó un momento, luego lo cambió por el mediano. Ese ya me hizo apretar las sábanas y soltar un quejido más serio. Lo trabajaron despacio, entrando y saliendo, añadiendo lubricante, esperando a que mi cuerpo cediera. Para cuando sacaron el segundo, yo tenía el culo latiendo y el coño escurriendo sin parar.
—Uno más —dijo Mauro, tomando el mayor.
—Hazlo bien —le pedí, con la voz rota.
Lo apoyó en la entrada y empujó muy despacio. Sentí cómo me abría de manera uniforme, caliente, insistente. Me dolió, sí, pero también me llenó de una electricidad rarísima, una mezcla de vulnerabilidad y morbo que me puso a gemir contra la almohada. Cuando por fin entró hasta la parte más ancha, me quedé inmóvil, respirando a sacudidas.
—Joder, qué culo —dijo Iván, dándome una palmada suave.
Mauro lo movió un poco antes de sacarlo. Noté la abertura sensible, preparada, hambrienta y temerosa a la vez.
—Ahora sí —dijo.
Iván se tumbó boca arriba en la cama y Mauro me indicó que me montara sobre él. Entendí su idea enseguida. Quedé sentada a horcajadas sobre la verga de Iván, bajando poco a poco hasta clavármela entera otra vez en el coño. Él me agarró de la cintura mientras yo empezaba a subir y bajar, buscando el ritmo. Mauro se colocó detrás de mí, alineando la punta lubricada en mi culo abierto.
—Tranquila —murmuró—. Entra cuando respires.
La cabeza me empujó el ano y el cuerpo me reaccionó solo, cerrándose. Mauro me sostuvo de las caderas para que no huyera. Volvió a presionar. Sentí el quemor nítido de la punta entrando, estirándome despacio, obligándome a ceder. Solté un grito corto y me desplomé hacia adelante sobre el pecho de Iván.
—Eso es, ya está dentro —dijo Mauro.
No toda. Solo la punta y un poco más. Pero el tamaño se sentía inmenso. Yo seguí respirando, con Iván dentro del coño y Mauro trabajando mi culo milímetro a milímetro. La doble sensación me aturdió. Cada vez que bajaba sobre una polla, la otra se movía también. Mi cuerpo no sabía dónde concentrarse. Dolía y gustaba al mismo tiempo, y esa mezcla me puso al borde de la locura.
—Más despacio… —pedí.
—Si quieres que siga, dilo bonito —contestó Mauro.
Apreté los dientes. Luego cedí.
—Sígueme cogiendo el culo… pero despacio.
Él sonrió y obedeció a medias. Avanzó otro poco, luego salió apenas, luego volvió a entrar, usando el lubricante y mi propio temblor para abrirme más. Yo cabalgaba a Iván casi sin darme cuenta, empalada en su verga mientras por detrás me iban conquistando palmo a palmo. Cuando Mauro metió más de la mitad, creí que me partiría. En vez de apartarme, gemí más fuerte.
—Qué puta maravilla —dijo Iván, mirándome la cara—. Estás disfrutando esto de verdad.
Lo estaba. No podía negarlo. Las lágrimas me brotaron por la intensidad, no por arrepentimiento. Me sentía llena por dos lados, estirada, usada, completamente fuera de control. Mauro ya me bombeaba con un ritmo corto pero firme, entrando y saliendo del culo mientras Iván me alzaba y me bajaba sobre su polla del coño. Cada choque me hacía ver destellos.
—Me voy a correr —avisé, casi llorando.
—Pues córrete —gruñó Mauro—. Córrete con las dos dentro.
Eso hice. Me corrí de una forma brutal, apretando a ambos a la vez, con el cuerpo convulsionando y la cabeza vacía. Grité sin poder evitarlo. Mauro siguió empujando unos segundos más, hasta que noté su respiración cortarse. Se quedó enterrado en mi culo y se corrió dentro con un gemido grave, descargando en pulsos largos mientras yo seguía temblando.
Se salió despacio. Sentí el vacío y luego el lubricante mezclado con su corrida deslizándose entre mis nalgas. Iván me sostuvo todavía un momento, enterrado en mi coño. Yo estaba floja, agotada, pero cuando me besó el cuello reaccioné otra vez con un gemido bajo.
—Todavía no he terminado —dijo él.
Mauro tomó el celular de la repisa y se acercó a grabar de cerca. Vi el brillo de la pantalla y se me revolvió algo dentro, mitad miedo, mitad morbo.
—Bórralo después —le dije, jadeando.
—Ya veremos —respondió.
Iván me volteó, me puso boca abajo y me levantó apenas la cadera. Sin mucho aviso, volvió a colocar la punta en mi culo todavía abierto. Entró más fácil que el otro. Más fácil, pero no menos intenso. Solté un gemido ronco y empujé la frente contra la almohada mientras él me la enterraba profunda, aprovechando lo dilatada que ya estaba.
—Ahora sí cabe toda —dijo, con satisfacción.
Empezó a cogerme por el culo con hambre vieja, como si hubiera esperado toda la tarde este momento. Cada embestida me movía la pelvis y me hacía apretar el coño vacío. Mauro, viendo eso, se colocó delante de mi cara y me metió dos dedos en la boca para que los chupara, luego me frotó el clítoris con la otra mano. La combinación fue obscena. Yo ya no tenía fuerzas para discutir nada. Solo abría más las rodillas y dejaba que me hicieran suya durante esos minutos interminables y calientes.
Iván terminó corriéndose dentro de mi culo también, con una última serie de golpes secos que me hicieron gritar su nombre. Luego se salió con un siseo y se dejó caer sentado al borde de la cama. Yo quedé tendida, respirando a bocanadas, con las piernas temblando y el cuerpo empapado de sudor, saliva, lubricante y semen.
Por unos segundos no habló nadie. Solo se oían nuestras respiraciones.
Después Mauro apagó la cámara.
—Ahora sí —dije, girando la cabeza hacia él—. Dame el teléfono.
Se me quedó mirando. Yo seguía desnuda, abierta, agotada, pero volví a sostenerle la mirada con la autoridad que había perdido al principio y que poco a poco regresaba.
—Te dije que si cooperaba, lo borrabas.
Mauro me lo entregó. Quizá porque ya había conseguido lo que quería. Quizá porque en el fondo sabía que yo no iba a denunciar nada de lo que también había deseado. Tomé el celular con manos todavía temblorosas y borré el video delante de los dos, vaciando también la papelera.
—Listo —dije.
Iván soltó una risa cansada.
—Qué carácter. Hasta después de que la dejamos sin poder caminar.
Me incorporé despacio. Tenía el coño sensible, el culo ardiendo y las piernas flojas. Aun así, sonreí.
—No confundan haberme cogido con haberme domesticado.
Ellos se vistieron mientras yo fui al baño a lavarme. Al verme en el espejo, con la cara colorada, el cabello desordenado y marcas de dedos en las caderas, sentí una descarga íntima de satisfacción que me avergonzó y me excitó otra vez. Había cruzado un límite brutal con dos vecinos que entraron a mi casa a trabajar. Y lo peor, o lo mejor, era que sabía que esa no sería la última vez que pensaría en llamarlos.
Cuando salí, Mauro estaba ajustando el último soporte de la cortina. Iván recogía las herramientas como si no me hubiera vaciado el culo minutos antes. La normalidad de la escena me resultó casi indecente.
—Terminamos, señora —dijo Mauro, con media sonrisa.
Me acerqué a la puerta del dormitorio y la sostuve abierta para que salieran. Antes de pasar a mi lado, Iván me rozó apenas la cintura con dos dedos, suficiente para hacerme apretar los muslos.
—Si necesita otro arreglo en la casa —murmuró—, ya sabe a quién llamar.
Esperé a oír la puerta principal cerrarse. Luego volví a la cama, me senté despacio sobre el borde y miré las cortinas nuevas, perfectamente instaladas. Entre las piernas todavía sentía el pulso de todo lo que había pasado. Cerré los ojos, me toqué apenas el muslo interno y sonreí sola.
La próxima vez, pensé, la cámara no se enciende si yo no quiero. Pero que me cojan otra vez… eso no pienso negarlo.
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