Mi suegra me llevó sola a la casa del lago
Cuando mi hermana Lucía me llamó para su cumpleaños, supe que no iba a poder seguir esquivándola. Llevaba días friéndome el teléfono con mensajes y audios, y cuando por fin contesté, ni siquiera me saludó.
—¿Te piensas presentar o vas a seguir haciéndote el desaparecido? —soltó con esa boca suya, siempre directa.
Lucía era así: escandalosa, guapa y descarada. Su marido, Julián, en cambio, era todo lo contrario. Un tipo correcto, educado, tímido, de esos hombres que parecen pedir perdón hasta por respirar. Nunca entendí qué hacía con ella, aunque también sabía perfectamente cómo había empezado todo entre los dos.
Yo conocía demasiado bien a mi hermana. Mejor de lo que debería. Habíamos cruzado una línea un par de veces desde que se casó, y precisamente por eso yo evitaba verla demasiado. No porque no me pusiera, sino porque si nos acercábamos demasiado, acabábamos liándola.
—No me jodas, Lu —le dije—. ¿Quién va?
—Los de siempre. Mi cuñado Ramiro con su mujer, mis suegros y ya. Una tumba si tú no apareces.
Me eché a reír, aunque sabía que no exageraba. La familia política de mi hermana tenía dinero, modales y una facilidad insultante para convertir cualquier reunión en una misa con vino. Aun así, terminé aceptando.
Fui porque era su cumpleaños. Fui porque no tenía otro plan. Y fui, aunque no lo admití ni ante mí mismo, porque me intrigaba que su suegra hubiera preguntado por mí.
Esa mujer, Elena, siempre me había llamado la atención. No era una belleza de revista, pero tenía esa elegancia seca que obligaba a mirarla. Alta, delgada, espalda recta, vestidos impecables y unos ojos oscuros que parecían juzgarlo todo. La había visto pocas veces, y aun así mi hermana insistía en que yo le caía bien. Demasiado bien.
La otra mujer de la noche era Vera, la esposa del hermano de Julián. Más joven que Elena, menuda, discreta, siempre vestida como si temiera llamar la atención. Tenía un cuerpo rico escondido bajo ropa seria: tetas pequeñas pero firmes, culo apretado, cintura estrecha. A simple vista parecía una mujer tímida. Yo no me fiaba de las apariencias.
La cena fue en un salón privado con espectáculo y pista de baile. Cuando llegué, todos estaban ya sentados. Los hombres me dieron la mano como si les debiera dinero; ellas, dos besos. Lucía me abrazó por el cuello y me dejó la mejilla húmeda de carmín y vino.
Ella iba apretada dentro de un vestido color vino que le marcaba las tetas y el culo con descaro. Elena, en cambio, apareció con un vestido azul oscuro mucho más sobrio, aunque esa noche más ceñido de lo habitual. Lo suficiente para que se le notara el pecho, la cintura y un culo estrecho pero bien puesto para su edad. Vera llevaba uno claro, corto hasta medio muslo, y por primera vez vi que bajo tanta corrección había unas piernas que daban ganas de abrir.
Al principio todo fue formalidad. Refrescos, entradas, comentarios de trabajo, risas suaves. Luego empezó a correr el vino y me puse a hacer lo que Lucía quería que hiciera: contar historias, romper silencios, pinchar a los hombres, provocar carcajadas. Poco a poco se aflojaron. Incluso Elena sonrió de verdad un par de veces.
Después vino la música. Ochentas, luces bajas, pista llena. Lucía se levantó la primera.
—Vamos a bailar —ordenó.
Los maridos hicieron lo esperable: esquivaron la mirada, se hundieron en las sillas y fingieron interés en sus copas. Así que acabamos en la pista las tres mujeres y yo.
Con Lucía fue fácil. Demasiado fácil. La agarré por la cintura, giró pegada a mí y aproveché para pasarle la mano por el culo. Ella ni se inmutó; al contrario, se apretó más un segundo antes de separarse riendo.
Luego fui por Vera. La noté tensa al principio, pero cuando le marqué el giro y le deslicé la mano por el culo pequeño y redondo, soltó una risita nerviosa y no me apartó. Ahí supe que debajo de su voz suave había hambre.
La última fue Elena. Se hizo la difícil con un gesto de manos, con esa cara de mujer controlada que parece no ceder nunca. Pero cedió. Le tomé la cintura y la hice girar. En el segundo paso, la mano bajó y le apreté el culo por encima del vestido.
—Oiga —protestó, pero riéndose por lo bajo.
La besé en la mejilla antes de soltarla, y aunque me empujó un poco, no parecía ofendida. Más bien incómoda por haberse divertido.
Cuando empezó una lenta, Lucía se quedó conmigo. Bailamos pegados, y enseguida noté el calor de sus tetas contra mi pecho y el movimiento deliberado de su pelvis buscando mi polla.
—Estoy harta de esta familia —me dijo al oído.
—Y yo que pensaba que te encantaba vivir bien.
—Me encanta follar bien. No es lo mismo.
Me reí. Ella me apretó el culo con descaro.
—Necesito una buena cogida —murmuró—. De las tuyas.
—No empieces.
—Eres un cabrón. Y encima me dejas caliente.
Su aliento olía a vino y a ganas. Si hubiéramos estado solos, me la habría comido allí mismo. Pero no era el sitio. Se lo dije. Entonces se separó lo justo para mirarme con una sonrisa torcida.
—Pues saca a bailar a las otras. A ver si logras mojarles las bragas a esas dos estiradas.
La frase me hizo gracia, pero también me dejó la idea clavada. Cuando volvimos a la mesa, pedí otra copa y dejé que la noche siguiera.
Saqué primero a Vera a bailar una lenta. En cuanto la tuve entre mis brazos, puso las manos sobre mi pecho para marcar distancia.
—No muerdo —le dije.
—Soy casada —respondió casi en un susurro.
—Y yo no te he pedido matrimonio. Solo que bailes.
Le cogí las manos y se las puse detrás de mi cuello. Luego la pegué a mí por el culo. Su respiración cambió enseguida.
—Así se baila mejor.
Mi polla ya empujaba contra su bajo vientre. Acerqué la boca a su oreja y se lo dije claro, sin poesía.
—Te estás poniendo caliente y lo sabes. Tu marido no sabe encenderte, pero tu cuerpo sí sabe responder.
Tembló. Le lamí el lóbulo. Le apreté el culo con las dos manos.
—A ti te gustaría que te agarraran así, que te abrieran bien las piernas y te follaran como hace tiempo nadie te folla.
No contestó. Ni una palabra. Pero el temblor de su cuerpo y cómo me buscó sin querer con las caderas dijeron bastante. Cuando acabó la canción, volvió a la mesa muda, colorada y con los labios entreabiertos.
Entonces fui por Elena.
Ella no se resistió esta vez. En cuanto nos internamos entre las parejas, me puso los brazos al cuello con una naturalidad que no esperaba. La tomé por la cintura y sentí su pecho contra el mío. Tenía buenas tetas, maduras, pesadas, bien recogidas por el sujetador.
—Hace mucho que no bailaba así —murmuró.
—Se nota que tu cuerpo sí se acuerda.
Apoyé la mejilla en la suya y empecé a hablarle bajo. Sabía que a una mujer como ella la excitaba casi tanto el descaro como la atención.
—Tienes pinta de llevar años portándote bien. Demasiados.
—No sé de qué me hablas.
—Claro que lo sabes. Te gusta que te toquen. Te gusta sentir un hombre duro pegado a ti y fingir que te escandaliza.
Mis manos bajaron hasta sus nalgas y se las apreté sin pudor. Noté cómo se quedaba quieta, no por rechazo, sino por impresión.
—¿Te gusta tocar culos ajenos? —preguntó con una frialdad quebrada.
—Cuando el culo lo pide, sí.
La apreté más fuerte y arrimé la polla. La notó. Respiró hondo. Seguía sin apartarse.
—A ti te hace falta que te hablen claro —le dije—. Que te metan mano, que te coman el coño despacio hasta hacerte gemir de verdad, y luego una polla dura para que se te quite tanta compostura.
Sus dedos se crisparon detrás de mi cuello. Ni protestó ni se rió. Solo se quedó pegada a mí, oyendo cada palabra.
—Nunca me habían hablado así.
—Por eso sigues aquí.
Cuando la canción terminó, se apartó de golpe y dijo que volviéramos a la mesa. Creí haber empujado demasiado. Por eso me sorprendió que al día siguiente, cerca del mediodía, Lucía me llamara otra vez.
—Mi suegra quiere que vengas este fin de semana a la casa del lago.
—¿Después de lo de anoche?
—Justamente por lo de anoche. No sé qué le hiciste, pero está rara. Y encima insiste.
Me quedé pensando. Lucía siguió hablando de piscina, caballos, una finca enorme y otra cena con la misma gente. Yo solo me quedé con una cosa: Elena quería volver a verme.
Fui el viernes por la tarde y llegué antes que nadie a propósito. Quería encontrarme con ella a solas.
La finca era un exceso. Portón automático, camino largo, árboles, un caserón de piedra y un silencio caro. Me recibió su marido, un hombre correcto y distante, y me hizo pasar al salón. Elena estaba junto a la cristalera, vestida con falda y camisa clara anudada a la cintura. Muy señora. Muy compuesta. Muy follable.
Se acercó a saludarme con dos besos y me sostuvo la mirada un segundo de más. No fue nada evidente. Fue suficiente.
Tomamos una cerveza en la cocina. Hablamos de tonterías. Del camino, del calor, de la casa. Ella seguía con esa postura recta y esa voz medida, pero el aire entre los dos era otro. Yo me acerqué y le puse una mano en la cintura.
—Pensé que te habías ofendido anoche.
—No me gusta la vulgaridad —dijo—. Eso no significa que no entienda ciertas cosas.
Se apartó justo cuando apareció el empleado de la casa. Después, con total calma, propuso enseñarme los caballos. Antes me llevó a mi habitación. Estaba al final de un pasillo y daba a una terraza con vista al bosque y al lago.
En cuanto salimos a la terraza y se apoyó en la barandilla, supe que no iba a esperar más.
Me puse detrás de ella y le rodeé la cintura. Mi polla se pegó a su culo a través de la tela. Su cuerpo se tensó de inmediato.
—No me invitaste para enseñarme el paisaje —le murmuré al oído.
Tardó un segundo en responder.
—¿Y para qué crees que te invité?
Le agarré las tetas por encima de la camisa. Llenaban la mano mejor de lo que esperaba: blandas, pesadas, vivas. Ella soltó un jadeo ahogado y se aferró a la barandilla.
—Para continuar la conversación —dije, apretándole los pezones entre los dedos a través del sujetador.
—Para... para —murmuró, pero sin fuerza.
No la solté. Le abrí la camisa, metí la mano dentro del sujetador y le encontré el pezón ya duro. Lo froté despacio mientras le besaba el cuello. Su respiración empezó a romperse.
—Tanto control te está pudriendo por dentro —le susurré—. Llevas años deseando esto y todavía te da vergüenza admitirlo.
Bajé la otra mano por su vientre hasta el interior de sus muslos. Rozó la tela de las bragas y su cuerpo dio un pequeño salto.
—No —dijo, pero era un no débil, casi de costumbre.
Metí dos dedos por debajo de la tela y toqué su coño. Estaba menos seco de lo que había imaginado. El vello espeso me rozó los nudillos y me hizo sonreír. Busqué la raja, presioné, froté, y al instante noté cómo empezaba a humedecerse.
—Mírate —le dije—. Dices que no y me estás mojando los dedos.
Un gemido largo se le escapó esta vez sin poder frenarlo. Le subí la falda por detrás y le apreté el culo con la palma abierta, masajeando aquella carne madura mientras le metía un dedo dentro. Ella se inclinó más sobre la barandilla.
—Así, joder. Eso es. Déjame tocarte.
Metí el segundo dedo y empecé a abrirla despacio, hundiendo y sacando mientras con la otra mano le amasaba una teta y le pellizcaba el pezón.
—Aah... —jadeó—. Dios...
Su tono ya no tenía nada de señora. Era pura necesidad. Pura mujer caliente. Movía las caderas hacia atrás para buscar más y se abría sola a mis dedos. Yo le di una nalgada seca.
—Buena chica.
Gimió más fuerte. Saqué la polla y se la froté entre los muslos, por la raja de las bragas mojadas, empujando el bulto contra su vulva.
—Quiero que la sientas bien dura.
La mano que tenía en su coño trabajó más rápido. Dedos dentro, pulgar sobre el clítoris, un ritmo firme. Elena empezó a jadear sin control. Las piernas le temblaban. El culo lo echaba hacia atrás como una puta necesitada.
—No pares... —soltó por fin, casi con rabia por habérselo oído a sí misma.
—Eso quería oír.
La hice correrse así, de pie, agarrada a la barandilla, con la falda subida, dos dedos enterrados y mi polla restregándose contra ella. Se corrió duro, temblando, apretándome la mano con el coño y soltando gemidos cortos, rotos, como si cada uno le diera vergüenza y placer a la vez.
Cuando la giré, tenía la cara encendida y los labios húmedos de respirar por la boca. La besé. Al principio rígida, luego abierta. Le metí la lengua y ella me la chupó con una necesidad torpe, tardía, como alguien que llega tarde al deseo pero llega con hambre.
Le bajé las bragas hasta los tobillos y la senté en el borde de una tumbona. Me arrodillé entre sus piernas.
—¿Qué haces? —preguntó, aunque ya lo sabía.
—Lo que llevan años sin hacerte.
Le abrí bien las piernas y me encontré un coño maduro, con vello y con brillo. Hermoso a su manera. Real. Le pasé la lengua desde abajo hasta el clítoris y me respondió con un tirón de muslos.
—Ah... no...
—Sí. Ahora sí.
La comí sin delicadeza fingida. Lengua plana, luego punta, chupadas en el clítoris, dedos volviendo a entrar para abrirla más. Elena me agarró del pelo. No sabía si apartarme o hundirme más, así que hizo las dos cosas a la vez. Yo seguí. Le separé los labios del coño con los dedos y metí la lengua más profundo, saboreando su humedad, su calor, el pequeño temblor que le recorría el abdomen.
—Joder... joder... —repetía ya sin clase alguna.
Me encantó oírselo. Una mujer como ella diciendo joder con la voz rota mientras le tragaba el coño entero. La chupé hasta que volvió a correrse, esta vez soltando un gemido más largo, con las piernas cerrándose sobre mis hombros y la pelvis sacudiéndose contra mi boca.
Cuando me levanté, se quedó mirándome como si no reconociera a la mujer que acababa de correrse dos veces. Yo me bajé el pantalón del todo y le puse la polla delante de la cara.
—Ahora te toca a ti.
Sus ojos bajaron. Tragó saliva. Estaba nerviosa de verdad.
—No sé si...
—Sí sabes. Solo no lo has hecho.
Le cogí la mano y se la cerré alrededor. La apretó demasiado al principio. Le indiqué que aflojara. Empezó a moverla despacio, mirando cómo la piel subía y bajaba. Fascinada.
—Es grande —murmuró.
—No la admires tanto. Chúpala.
Se arrodilló muy despacio. La escena me puso todavía más duro: esa mujer altiva, con la camisa abierta, las tetas medio fuera, arrodillada ante mí en la terraza de su propia casa. Dudó un segundo con los labios a un palmo del glande. Le pasé la punta por la boca.
Entonces sacó la lengua y lo lamió. Una vez. Luego otra, más larga. Después abrió los labios y se metió solo la cabeza, torpe pero obediente.
—Así. Despacio. Siente cómo se pone más dura.
Le sujeté el pelo mientras ella repetía el movimiento. Cada vez un poco mejor. Chupaba el glande, lo soltaba, pasaba la lengua por el frenillo, volvía a atraparlo. Aún no sabía mamarla bien, pero el morbo de verla aprendiendo me estaba volviendo loco.
—Más saliva —le dije.
Obedeció. La mano subía y bajaba por el tronco mientras la boca trabajaba arriba. Empezó a gemir con la polla dentro, y esa vibración me remató. Se lo advertí tarde.
—Me voy a correr.
Ella apenas tuvo tiempo de apartarse. Le llené la boca y la barbilla de corrida. Parte tragó por reflejo, parte se le derramó por los labios. Se quedó quieta, sorprendida, respirando por la nariz, con la cara manchada.
La visión era brutal.
—No me avisaste bien —dijo cuando pudo, ronca y desconcertada.
—Bienvenida al mundo real.
Se limpió como pudo y, contra todo pronóstico, no salió corriendo. Al contrario. Se recompuso, se subió las bragas, se abrochó la camisa a medias y me miró con una mezcla de vergüenza y hambre que me puso otra vez duro.
—Esto queda entre nosotros —dijo.
—Claro.
—Y no vuelvas a hablarme así delante de nadie.
—En privado te gusta.
No me contestó. Solo apartó la mirada. Eso ya era una respuesta.
***
Más tarde me llevó a caballo hasta una caseta junto al embarcadero del lago. Allí, lejos de la casa, del marido y de los demás, estaba menos tensa. O eso creyó ella. Yo veía el deseo a simple vista: la forma en que se mordía por dentro, cómo me buscaba de reojo, cómo se tocaba el cuello cuando estaba nerviosa.
Dentro de la caseta olía a madera vieja y agua quieta. Había una mesa, un par de hamacas y silencio. Elena dejó una mano sobre una de las telas y miró hacia el lago.
—A veces vengo aquí sola —dijo—. A pensar en la vida que no tuve.
Me pegué a su espalda y le abrí la camisa otra vez.
—Pues hoy vas a vivir una parte.
Le saqué la camisa por los brazos, luego el sujetador. Sus tetas cayeron libres, maduras, generosas, con los pezones ya tiesos apenas rocé el aire sobre ellos. Se estremeció. Le desabroché la falda y cayó al suelo. Quedó solo con las bragas y las botas de montar.
La imagen era preciosa y sucia a la vez. Una señora elegante casi desnuda en una caseta apartada, esperando que la manoseara otra vez.
Le agarré las tetas por detrás y las amasé con fuerza.
—Dime que estás caliente.
—Estoy caliente —jadeó.
—Dime que quieres más.
—Quiero más.
—Dime que quieres mi polla.
Tardó un segundo. Luego cerró los ojos.
—Quiero tu polla.
Eso bastó. Le bajé las bragas de un tirón. Ella levantó primero un pie y luego el otro sin protestar. Abrí sus piernas con la rodilla y le metí dos dedos otra vez. Estaba mucho más mojada que antes. Muchísimo más.
—Ahora sí pareces una mujer que sabe lo que quiere.
—No me humilles —dijo, pero el tono no era de enfado. Era de excitación.
—No te humillo. Te estoy follando la cabeza antes de follarte el coño.
Se volvió para besarme con hambre. Yo me bajé el pantalón y la agarré por la cintura. Ella miró mi polla y, sin que se lo pidiera, se agachó otra vez. Esta vez la chupó mejor. Con menos miedo. Más suelta. Más puta. Se llevó más dentro, cerró los labios, me miró desde abajo y empezó a mover la mano al compás.
—Así me gustas —le dije—. Aprende rápido.
La aparté antes de correrme de nuevo. La giré y la incliné sobre la mesa, empujándole el pecho contra la madera. Le abrí las nalgas y me quedé un segundo viendo su coño húmedo y abierto, el culo justo arriba, la espalda arqueada. Le di una palmada fuerte.
—Ah...
Le froté el glande por la entrada, arriba y abajo, manchándola más. Después se lo empujé despacio. Muy despacio al principio, para sentir cómo me tragaba. Elena apretó las manos sobre la mesa y dejó caer la cabeza.
—Joder... qué llena...
—Todavía no ha entrado toda.
Le metí más, hasta el fondo, con una embestida lenta pero firme. Gemió tan fuerte que miró después hacia la puerta por puro reflejo. Le sujeté la cintura y empecé a follarla de verdad.
Entraba y salía con un ritmo cada vez más duro, viendo cómo le temblaban las tetas, cómo el culo me recibía cada golpe, cómo el coño se iba poniendo más blando y más mojado alrededor de la polla. Elena no sabía dónde agarrarse. Gemía, resoplaba, a ratos intentaba callarse y a ratos se olvidaba.
—Así te gusta, ¿eh? Que te cojan doblada y te den polla sin tanta ceremonia.
—Sí... sí...
Eso me encendió más. Le metí la mano por delante, le agarré una teta y con la otra empecé a frotarle el clítoris mientras la embestía. Cada choque hacía sonar la madera.
—Mírate. Tan fina, tan correcta... y aquí estás, abierta de piernas para mí.
—No pares... por favor...
Por favor. De su boca. Ya no quedaba rastro de la mujer rígida de la noche anterior. Solo una madura hambrienta, descubriendo tarde lo mucho que le gustaba que la follaran sucio.
Aumenté el ritmo. Le hundía la polla hasta el fondo y se la sacaba casi entera antes de volver a clavársela. El coño le sonaba mojado. Mis huevos le golpeaban la piel. Ella echó el culo más atrás, pidiéndome más. Le mordí el hombro.
—Correrte otra vez.
—Sí... hazme correr...
Le froté el clítoris más rápido y la seguí follando sin aflojar. Elena se corrió con un gemido ronco, largo, las piernas temblándole tanto que casi se le doblaron. La sujeté por la cintura y seguí un poco más, aprovechando las contracciones de su coño sobre mi polla hasta que no pude aguantar.
La saqué y me corrí sobre su culo y su espalda baja, viendo cómo la corrida blanca le resbalaba entre las nalgas. Le di una palmada suave después, por puro gusto de verla estremecerse.
Nos quedamos un momento así. Ella inclinada sobre la mesa, jadeando. Yo detrás, aún duro a medias, respirando fuerte.
Cuando se incorporó, tenía la mirada ida, las mejillas encendidas y el cuerpo distinto, como si se hubiera aflojado por dentro.
—No pensé que sería así —dijo.
—¿Así cómo?
—Tan... animal.
Sonreí.
—Y te ha encantado.
Bajó la vista. No lo negó.
Se limpió con un pañuelo que encontró en un cajón de la caseta y empezó a vestirse despacio. Yo la miré sin ayudarla. Me gustaba verla volver a construirse: primero las bragas, luego la falda, luego el sujetador sujetando de nuevo esas tetas que hacía un momento había tenido en la boca y en las manos.
Antes de salir, me tomó del brazo.
—Quiero repetir —dijo sin rodeos, todavía colorada por atreverse a decirlo—. Pero con discreción.
—Hecho.
—Y una cosa más.
—Dime.
—No me trates como a una cualquiera delante de los demás.
Le acaricié la mejilla.
—Delante de los demás serás la señora perfecta. A solas, serás la mujer que me pide que no pare mientras se corre con mi polla dentro.
Cerró los ojos un instante. Ese pequeño gesto me confirmó que ya la tenía. No solo el cuerpo. También el secreto.
Volvimos a caballo a la casa como si nada hubiera pasado. Pero yo ya sabía que aquel fin de semana apenas estaba empezando, y que en esa familia tan correcta había más hambre de la que nadie se atrevía a reconocer.
Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Palermo, con fotos reales.