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Relatos Ardientes

La milf de la graduación me pidió otra vez

Estaba separada desde hacía meses y, aunque no se lo decía a nadie con todas sus letras, llevaba demasiado tiempo con el cuerpo seco y la cabeza llena de fantasías que me avergonzaban. La noche de la graduación de mi hijo debía ser una celebración familiar, algo simple: fotos, brindis, música y regreso a casa. Pero desde que vi a Iván, su mejor amigo, entrar con esa camisa oscura pegada al pecho y esa manera de sonreírme como si supiera algo, sentí un calor bajo el vestido que no tenía nada de maternal ni de inocente.

Iván no era un muchacho cualquiera. Era adulto, ya trabajaba, y desde hacía tiempo rondaba la casa con esa educación tranquila que desarmaba. Siempre me ayudaba a cargar bolsas, me saludaba con un beso demasiado cerca de la comisura y me miraba las piernas cuando creía que yo no me daba cuenta. Yo sí me daba cuenta. Y esa noche, con una copa de más y el ego revivido por primera vez en meses, decidí no apartar la mirada.

Mi hijo se perdió pronto entre sus amigos, baile y tragos. Yo me quedé sentada un rato en una mesa lateral, fingiendo interés por la música, mientras Iván iba y venía con vasos en la mano. A la tercera vez se inclinó para hablarme al oído.

—Te ves increíble esta noche.

La frase era simple, pero me la dijo con una voz baja, grave, despacio, como si me estuviera metiendo la lengua por el cuello. Giré apenas la cara y su aliento me rozó la oreja.

—Estás tomando confianza conmigo —le respondí.

—No. La confianza ya la tenía. Lo que me faltaba era valor.

Me reí por nervios, no por gracia. Él apoyó una mano en el respaldo de mi silla y se quedó ahí, demasiado cerca. Yo podía oler su loción y sentir el calor de su cuerpo en mi hombro desnudo. Cuando levanté la vista, supe que si no me apartaba en ese instante ya no iba a apartarme en toda la noche.

No lo hice.

Su mano bajó del respaldo a mi cintura, discreta, casi invisible entre la gente. La presión de sus dedos me apretó justo donde empezaba la curva de la cadera. Yo seguí mirando al frente, con el corazón golpeándome duro, mientras él me acariciaba apenas por encima de la tela.

—Si te sigo tocando así, vas a terminar temblando —murmuró.

—Y si sigues hablándome así, te voy a meter en un problema.

—Hace rato quiero ese problema.

Lo miré por fin. Tenía esa cara de hombre que ya sabe lo que quiere hacerte. No de chico jugando a provocar, sino de adulto caliente, decidido. Me puse de pie antes de pensarlo demasiado. Él entendió la señal y fue detrás de mí hasta una terraza lateral, lejos de la pista y del ruido.

Afuera el aire era fresco, pero no me sirvió de nada. Apenas quedamos a solas, Iván me acorraló suave contra la pared y me sostuvo la cara entre las manos. Me dio un segundo para apartarme. En vez de eso, abrí la boca antes de que me besara.

Su lengua entró de golpe y me hizo gemir en el primer roce. Llevaba meses sin besar así, con hambre, con saliva, con dientes. Yo le agarré la camisa del pecho y él me apretó la cintura con fuerza, subiendo una mano hasta mi espalda baja, pegándome el vientre a la dureza que ya traía entre las piernas.

—Joder —murmuré contra su boca—. Esto está mal.

—Entonces dime que pare.

No se lo dije. Le mordí el labio.

Él me metió la mano por la abertura del vestido y me acarició el muslo hacia arriba, lento al principio, como saboreando el camino. Cuando sus dedos llegaron al borde de mi ropa interior, soltó un suspiro ronco.

—Estás mojada.

—No hables.

—¿Te excita que sea yo?

—Cállate y sigue.

Su sonrisa me encendió todavía más. Metió dos dedos bajo la tela y frotó directo sobre el clítoris, con una precisión obscena. Se me doblaron un poco las piernas. Apoyé la cabeza en la pared y contuve el gemido como pude, porque a unos metros seguía pasando gente.

—Mírate —dijo—. Toda temblando por unos dedos.

—Si no te callas, te dejo aquí mismo.

—Mentira.

Tenía razón. Abrí las piernas un poco más para él. Sus dedos apartaron la tela a un lado y se hundieron entre mis labios. Entraron dos, resbalando fácil, y me hizo ver las estrellas en la primera embestida de su mano. Los movió despacio, después más rápido, mientras con el pulgar me apretaba el clítoris.

—Joder, sí —se me escapó—. Así… así…

Me estaba masturbando contra la pared de la terraza de la graduación de mi hijo y lo que más me perturbaba era lo mucho que quería que siguiera. Cuando notó que estaba a punto de correrme, me retiró la mano de golpe.

—No aquí —dijo, chupándose mis jugos de los dedos sin vergüenza—. Te quiero entera para mí.

Sentí un vacío rabioso, una necesidad física de montármelo ahí mismo. Pero en vez de eso lo seguí de vuelta al salón, recogí mi bolso y busqué a mi hijo. Apenas pude despedirme de él; estaba ocupado, feliz, borracho de celebración y dispuesto a seguir la fiesta en otra parte. Dijo que volvía al amanecer. Yo asentí demasiado rápido.

Iván condujo mi coche porque yo había bebido. Apenas subimos, cerró las puertas y el silencio del interior se volvió espeso. Encendió el motor, avanzó unas calles, y al primer semáforo en rojo me miró con una sonrisa torcida.

—Ahora sí estamos solos.

No llegamos al siguiente semáforo.

Se desvió a una calle oscura, estacionó junto a un muro y me besó otra vez, esta vez sin ninguna cautela. Yo me giré en el asiento, le agarré la nuca y me monté a medias sobre él. Su mano se coló bajo mi vestido, me arrancó la ropa interior de lado y me tocó con hambre, como si hubiera estado reprimiéndose toda la noche para llegar a ese momento.

—Quiero verte deshecha —me dijo en la boca.

Le bajé la cremallera del pantalón y saqué su polla dura, gruesa, caliente en mi mano. La acaricié un par de veces y él cerró los ojos, apretando la mandíbula.

—Mierda…

—¿Tanto la querías?

—No tienes idea.

Lo masturbé con fuerza, sintiendo cómo le latía en la palma. Después me incliné y lo chupé ahí mismo, en el coche, con la falda subida hasta las caderas y el culo fuera del asiento. La punta ya estaba húmeda, salada. La metí en la boca despacio, mirándolo, y su mano me agarró el pelo enseguida.

—No juegues conmigo —gruñó—. O me la chupas bien o te saco de aquí para follarte en el asiento de atrás.

Ese tono me atravesó. Lo tragué más hondo y empecé a bombearlo con la boca, marcando el ritmo con la mano en la base. Él me guiaba de la nuca, no brutal, pero sí mandando. Cada vez que mi lengua rodeaba el glande, soltaba un jadeo más ronco.

—Qué buena boca tienes… joder… así…

Yo también estaba perdida. El roce del tapizado, la postura incómoda, el morbo de estar en la calle, su olor, su voz, todo me disparaba. Me incorporé jadeando y me acomodé encima de él, con su polla entre mis piernas.

—Métela —le dije—. Aunque sea un poco.

—No. En tu cama.

—Ahora.

Me sujetó de la barbilla y me obligó a mirarlo.

—En tu cama —repitió—. Quiero tiempo para abrirte las piernas y hacerte correrte hasta que me supliques.

Creo que fue esa seguridad lo que terminó de romperme. Le besé la mano y me senté de nuevo como pude, húmeda, frustrada y temblando todo el trayecto a casa.

***

Una vez dentro, el silencio de la casa me golpeó con el morbo de lo prohibido. Las luces estaban apagadas, todo en calma, y cada paso hacia mi cuarto me parecía una locura deliciosa. Apenas cerré la puerta de la recámara, Iván me empujó suave contra ella y me subió el vestido hasta la cintura.

—Quería hacer esto desde hace meses —dijo.

—No digas nada de eso.

—¿Por qué? ¿Porque te gusta?

Su mano volvió entre mis piernas y encontró el desastre en que me había convertido. Metió dos dedos de golpe y me dobló con un gemido. Yo me agarré de sus hombros, clavándole las uñas.

—Más despacio…

—Estás tan mojada que me estás pidiendo lo contrario.

Metió un tercer dedo. Me abrió sin compasión, moviéndolos dentro y fuera mientras su otra mano apretaba una teta por encima del vestido. Después me lo bajó de un tirón, liberándome el pecho, y se agachó a chuparme un pezón con una obscenidad que me hizo arquear la espalda.

—Mierda, sí… sí…

Yo misma me quité el vestido. Quedé casi desnuda, todavía con los tacones puestos, y vi cómo me recorría con los ojos desde el cuello hasta el coño abierto por sus dedos. Su cara era puro hambre.

—Ponte algo para mí —dijo.

Tal vez por juego, tal vez por vanidad, fui al armario y saqué una prenda de lencería que llevaba años olvidada. Entré al baño, me limpié un poco, me perfumé y me la puse. Era ligera, translúcida, apenas un velo inútil sobre el cuerpo. Cuando regresé, él estaba sentado en el borde de la cama, observándome en silencio.

—Ven —ordenó.

No fui enseguida. Puse música baja, me acerqué despacio y empecé a mover las caderas delante de él. La tela rozaba mis muslos, mis pezones marcados se adivinaban debajo y yo notaba cómo se le tensaba la mandíbula. Me acaricié el pecho, luego bajé la mano entre las piernas por encima de la tela.

—¿Te gusta mirar? —pregunté.

—Me gusta pensar en cómo vas a terminar. Toda abierta, toda mojada, pidiéndome más.

Me saqué un tirante del hombro. Después el otro. La prenda cayó al suelo y me quedé desnuda frente a él, con los tacones aún puestos. Su polla se marcaba dura bajo el pantalón. Se levantó de golpe.

Vino directo a mí y me agarró por la cintura para besarme mientras me apretaba el culo con ambas manos. Me metió la rodilla entre las piernas y el roce me hizo soltar un gemido obsceno. Después me dio la vuelta, me abrió los muslos con la mano y me acarició el coño y el culo al mismo tiempo.

—Qué rica estás —murmuró—. Toda caliente.

Me metió un dedo por detrás, apenas la punta, mientras con la otra mano me frotaba el clítoris. Di un respingo y me apoyé en su pecho.

—Ahí no… todavía no.

—Todavía no —repitió, y sonó a promesa.

Me llevó hasta la pared y me levantó una pierna. Se sacó la polla y me la restregó entre los labios, empapándola. Yo podía sentir la punta resbalando, buscando entrada.

—Dímelo.

—Fóllame.

Me la metió de una sola embestida. El golpe me arrancó un grito y tuve que agarrarme a sus hombros para no caer. Entró hasta el fondo, llenándome de una forma brutal y deliciosa. Se quedó inmóvil un segundo, mirándome a los ojos, saboreando mi cara de puro impacto.

—Joder… estás apretadísima.

Entonces empezó a moverse. Primero lento, abriéndome, luego cada vez más fuerte. Mi espalda golpeaba la pared con cada envión y mis tetas rebotaban libres mientras él me las apretaba sin cuidado. Yo no podía hacer otra cosa que gemir su nombre y recibirlo.

—Así… no pares… no pares…

Me tomaba de la cara con una mano y me besaba entre palabra y palabra, babándonos, mordiéndome el labio, embistiéndome con un ritmo cada vez más sucio. La habitación se llenó del sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mí.

—Mírame cuando te folle —ordenó.

Lo hice. Y creo que fue peor. Ver su expresión, el esfuerzo en su cuello, la forma en que me penetraba como si hubiera fantaseado demasiadas veces con ese momento, me empujó al borde enseguida. Me corrí temblando, apretándolo por dentro, con la boca abierta contra su cuello.

Él siguió. No aflojó ni un poco. Me levantó por los muslos y me llevó hasta la cama sin salirse de mí. Me dejó boca arriba y abrió mis piernas de nuevo, entrando con embestidas más hondas, brutales, el colchón crujiendo debajo de nosotros.

—Quiero oírte pedirla.

—Más fuerte.

—Así me gusta.

Se inclinó y me chupó un pezón mientras seguía follándome. Después bajó una mano y empezó a frotarme el clítoris al ritmo de las embestidas. Me corrí otra vez, más desordenada, moviendo la pelvis contra su mano, empapándolo todo.

Él salió de pronto. Yo protesté enseguida, vacía y ardiendo.

—Cállate —dijo—. Ahora te voy a comer como te mereces.

Me abrió más las piernas y hundió la cara entre ellas. Su lengua subió desde la entrada hasta el clítoris con una lentitud que me hizo maldecir. Después empezó a lamerme de verdad, con hambre, con ruido, metiéndome la lengua, sorbiendo, chupando. Yo le agarré el pelo y me entregué entera al placer.

—Joder, sí… así… ahí…

No le daba asco nada. Mi propia humedad, la mezcla de saliva, el olor a sexo reciente; al contrario, parecía encenderlo más. Me abrió con los dedos y siguió lamiendo hasta hacerme estremecer. Cuando añadió un dedo, luego dos, y con el pulgar me apretó el clítoris, tuve un orgasmo tan fuerte que tuve que taparme la boca para no gritar.

Se incorporó con la cara brillante y me besó. Probé mi propio sabor en su lengua y eso me encendió de una manera nueva, casi obscena.

—Otra vez —le pedí.

—Te voy a dar todo.

Me puso boca abajo. Me alzó las caderas, me abrió el culo con las manos y me escupió entre las nalgas antes de meterme dos dedos por detrás, despacio, trabajándome. Gemí contra la almohada, dividida entre la resistencia y el morbo.

—Relájate —murmuró—. Te va a gustar.

Sus dedos entraban y salían con paciencia, luego se sumó un tercero. Mientras me abría por detrás, me metió la polla otra vez en el coño, dura, profunda, y empezó a follarme así, llenándome por delante mientras me preparaba por detrás. Sentí que me volvía loca.

—No sabía que querías esto de mí —dije entre jadeos.

—Quería todo de ti.

Después me giró boca arriba y me hizo chuparle la polla de nuevo. Se arrodilló junto a la cama, me agarró del pelo y me la fue dando en la boca con embestidas cortas, controladas, hasta hacerme lagrimear. Yo la tragaba como podía, excitada por su manera de usarme.

—Buena mujer —dijo con una sonrisa sucia—. Mírate.

Me la saqué de la boca jadeando y me acomodó encima de él para un sesenta y nueve torpe, húmedo, delicioso. Su lengua me recorría el coño y bajaba hasta mi culo, lamiéndome ahí también, despacio al principio y luego con descaro total. Yo seguía chupándosela, mareada, sintiendo cómo volvía a endurecerse más con cada gemido mío.

Cuando me bajó de encima, ya no podía pensar con claridad. Me separó las piernas y volvió a meterme la polla con una violencia que me hizo arquearme.

—Quiero probarte el culo —dijo—. Lo he imaginado demasiado.

Negué por reflejo, pero mi cuerpo dijo otra cosa: seguía abierta, temblando, desesperada por más.

—Despacio —murmuré—. Si lo haces, despacio.

Busqué crema en el buró, torpe, colorada, todavía sintiendo el peso de la culpa vieja. Él me la quitó de la mano y embadurnó sus dedos. Los pasó por mi entrada anal, masajeándola en círculos, insistiendo hasta que aflojé. Uno dentro, luego dos. Respiré hondo, mordiéndome el labio, sintiendo el ardor mezclado con una excitación brutal.

—Eso es… así…

—No pares si te digo que no tan rápido —le advertí.

—No voy a romperte. Voy a follarte bien.

Me puso de lado primero, una postura más amable. Alineó la punta en mi culo y empujó apenas. La sensación de apertura fue intensa, incómoda, extraña. Me tensé.

—Respira.

Obedecí. La cabeza entró y me arrancó un gemido mezclado con dolor y morbo. Se quedó quieto, acariciándome la cadera, esperando a que mi cuerpo aceptara la invasión. Cuando pude relajarme un poco, avanzó otro tramo. Lentamente. Hondo. Hasta que lo sentí completo, enterrado en mí por detrás.

—Mierda… —soltó—. Aprietas demasiado.

Yo tenía los ojos húmedos, no tanto por dolor como por el impacto de estar haciendo aquello y disfrutándolo. Él empezó a moverse con embestidas cortas, medidas. Mi cuerpo fue entendiendo el ritmo, la presión distinta, la forma en que cada salida y cada entrada me estimulaban por dentro.

—¿Así? —preguntó.

—Sí… así… joder…

Fue aumentando poco a poco. Cada vez más largo, más profundo, más firme. Yo me toqué el clítoris para soportar y al mismo tiempo potenciar la sensación. Bastaron unos segundos para que el placer le ganara al ardor. Empecé a empujar yo también hacia atrás, buscándolo.

—Eso quería ver —gruñó.

Entonces me folló el culo de verdad. Sin delicadeza innecesaria, pero sin perder el control. El sonido cambió, más seco, más crudo. Yo gemía contra la almohada, masturbándome sin parar, sorprendida de lo mucho que me estaba gustando. Me corrí con su polla metida hasta el fondo del culo, contrayéndome a su alrededor, y eso bastó para desquiciarlo.

—Me voy a correr… joder…

Se vació dentro con espasmos fuertes, agarrándome de la cadera, enterrado hasta el fondo. Sentí su corrida caliente y el temblor de su cuerpo encima del mío. Nos quedamos así un momento, respirando como animales.

***

Debimos dormir un rato, pero el frío del amanecer me despertó. La luz seguía encendida. Yo estaba medio desnuda, pegada a un cuerpo que todavía olía a sexo y sudor. Podría haberme vestido, haberlo mandado a otro cuarto, haber fingido arrepentimiento. En vez de eso fui al baño, me lavé, me perfumé un poco y volví a ponerme la misma lencería ligera, solo para despertarlo.

Cuando regresé, seguía dormido boca arriba. Me acerqué a la cama y le acaricié el pecho con la punta de los dedos.

—Despierta.

Abrió los ojos despacio, me vio de pie frente a él y sonrió como si todavía estuviera soñando.

—No me basta —le dije—. Quiero otra vez.

Se incorporó de inmediato. Yo ni siquiera dejé que se pusiera de pie. Lo empujé de nuevo al colchón y me arrodillé entre sus piernas. Su polla descansaba pesada, ya medio despierta. La tomé en la mano y empecé a besarla desde la base hasta la punta. Apenas la lengua tocó el glande, respondió endureciéndose bajo mis dedos.

Me encantó sentir ese poder. La chupé con calma al principio, disfrutando cómo crecía en mi boca, cómo se volvía gruesa, viva, insistente. Él me miraba en silencio, con esa expresión oscura que ya conocía.

—Trágala bien —dijo al fin.

Lo hice. Hasta donde pude, dejando que me guiara por el pelo. La saliva me chorreaba por la barbilla y a él le encantaba verme así. Cada vez que me sacaba un gemido ahogado, me apretaba más la nuca.

Luego me tumbó sobre él y me colocó de manera que mi coño quedara en su boca. Su lengua volvió a encontrarme enseguida, larga, firme, subiéndose por mis labios hasta el clítoris y bajando de nuevo. Era obsceno, intenso, perfecto. Yo lo chupaba mientras él me lamía con una concentración casi brutal.

Sus dedos no tardaron en volver a mi culo. Uno, luego dos, mojados de saliva. Los movía dentro mientras me comía el coño como si me estuviera vaciando. Mi respiración se rompió. Solté la polla para apoyar las manos en el colchón y empecé a menearme sobre su cara.

—Me voy a correr…

Él siguió lamiendo. Seguí chupándolo. El orgasmo me explotó entero, dejándome temblando encima de él. Apenas me aparté, me volteó boca arriba y se colocó entre mis piernas con la polla tiesa, reluciente.

Entró en mi coño sin aviso y empezó a follarme fuerte, directo, levantándome las piernas hasta casi ponerme doblada. Cada embestida llegaba hondo. Yo no paraba de gemir ni de abrirme más para él.

Salió justo antes de correrse y buscó de nuevo mi culo. Esta vez no discutí. Solo respiré y le ofrecí la cadera. Metió dos dedos primero, luego la punta de la polla, y volvió a abrirme por detrás con una seguridad que me hizo temblar.

—Te gusta más de lo que quieres admitir.

—Cállate y métemela.

Eso hizo. Despacio primero, luego toda. Me agarró de la cintura y empezó a embestir mientras con la otra mano me retorcía un pezón y después me pellizcaba el clítoris con una presión casi cruel. El dolor me hizo quejarme; el placer me hizo pedir más.

—Más fuerte —jadeé.

Me dio una nalgada húmeda, sonora. Después otra. Y siguió follándome el culo con un ritmo sucio, dominante, que me tenía completamente sometida al placer. Yo lloriqueaba, me corría a intervalos, sintiendo oleadas cada vez que me golpeaba adentro y al mismo tiempo me apretaba entre las piernas.

—Qué buena eres así —gruñó junto a mi oído—. Abierta para mí. Pidiéndome más.

Tenía la cara enterrada en la almohada, el cuerpo hecho un caos de sudor, saliva y temblores. Cuando me jaló del pelo para arquearme más y me dio otra serie de embestidas duras, profundas, me corrí de nuevo con un gemido que ya no pude contener.

Él se vino enseguida después. Lo sentí vaciarse dentro con un espasmo largo, agarrándome fuerte de las caderas mientras me golpeaba una última vez hasta el fondo. Quedé derretida debajo de él, con las piernas flojas y el corazón desbocado.

Tardó en salir. Cuando por fin lo hizo, un hilo espeso me resbaló por el muslo y ambos nos echamos a reír, agotados, sorprendidos de nuestra propia falta de freno. Fui al baño a lavarme y él me siguió. Pensé que ahí terminaba todo.

No terminó.

En la ducha me enjabonó la espalda, los pechos, el vientre. Sus manos volvieron a despertar cada rincón adolorido de mi cuerpo. Yo me incliné para enjuagarme y sentí su polla endurecerse otra vez contra mis nalgas.

—No puedes seguir —le dije, aunque ya estaba abriendo las piernas.

—Mírame intentarlo.

Me dobló contra el lavamanos y se metió por detrás de nuevo, sin pedir permiso, con la facilidad obscena de quien ya sabe cómo abrirte. El agua corría sobre nosotros mientras me follaba el culo en el baño, agarrándome de un pecho con una mano y del cuello con la otra. Me pellizcó los pezones, me mordió la nuca, me frotó el clítoris con violencia.

Era demasiado. Dolía y excitaba al mismo tiempo. Cada nalgada mojada resonaba en los azulejos. Cada embestida me hacía jadear más fuerte. Me corrí una vez, luego otra, casi sin entender cómo seguía respondiendo así.

Él también estaba al límite. Lo sentí en la forma en que perdió el ritmo y empezó a empujar con desesperación. Me tiró del pelo, me obligó a echar la cabeza atrás y se vació otra vez dentro de mí con un gruñido ronco, largo, animal. Yo me vine al mismo tiempo, temblando de pies a cabeza, aferrada al borde del lavamanos para no caer.

Cuando terminó, quedamos quietos bajo el agua, respirando. Tenía las piernas débiles, el cuerpo agotado y una sensación de saciedad brutal. Él me besó el hombro y apoyó la frente en mi espalda.

Por primera vez en muchos meses no me sentí sola, ni vieja, ni apagada. Me sentí deseada hasta el exceso, usada como quería ser usada, viva en cada rincón del cuerpo. Y aunque sabía que al salir de esa ducha tendría que enfrentar el peso de lo ocurrido, en ese instante no me importó nada.

Solo cerré los ojos, apreté los muslos y dejé que el agua se llevara el sudor mientras una última gota caliente me corría por dentro de la pierna.

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Comentarios(7)

Ale_Mdp

increible!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo, seguí así

PatricioRosario

Por favor necesito la segunda parte, no puede quedar ahi. Saludos desde Rosario!

NochereraBA

Esto me recordo a algo que me paso en una reunion de egresados hace años... digamos que no fui el unico que termino la noche diferente de como la empezo jaja

Mauro_cba

Buenisimo, muy bien narrado. Me imagino la cara del amigo si se enterara algun dia jajaja

RolandoCorr

Las maduras siempre llevan la batuta ;) excelente relato

Felipe_Sur

Quede con ganas de mas!!! tremendo

NachoPdP

Me encanto como lo contaste, se siente autentico sin pasarse de la raya. Espero que haya continuacion porque esta historia tiene mucho mas para dar.

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