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Relatos Ardientes

Mi fantasía de ser actriz porno casi se hizo real

Siempre he tenido claro que mi mayor fantasía no era enamorarme ni casarme de blanco. Lo que de verdad me encendía era otra cosa: que me miraran, que me desnudaran con los ojos, que alguien me pusiera frente a una cámara y yo abriera las piernas sin una gota de vergüenza. Ahora tengo más de treinta y cinco, me cuido, entreno, sé lo que provoco cuando camino con un vestido ajustado, y también sé que todavía puedo volver loco a un hombre con una sonrisa lenta y un escote bien puesto.

No voy a fingir modestia. Tengo tetas grandes, firmes, una cintura trabajada a fuerza de disciplina y un culo redondo que siempre ha sido mi mejor arma. Pero no es solo el cuerpo. Es la manera en que sostengo la mirada. La seguridad con la que dejo que un hombre note que sé exactamente lo que está pensando. Desde muy adulta entendí que el deseo ajeno puede sentirse como una corriente eléctrica, y a mí esa corriente siempre me ha empapado.

Me gusta el sexo. Mucho. Me gusta coger, chuparla despacio al principio y después con hambre, me gusta abrirme de piernas y sentir que pierden la cabeza por mí. También me gusta exhibirme. No necesariamente desnuda en la calle, sino en ese borde donde todo parece accidental y nada lo es: una falda apenas demasiado corta, un cruce de piernas que muestra más de la cuenta, una inclinación calculada para que me miren el escote. Ese juego me pone caliente desde hace años.

Durante mucho tiempo consumí porno con la fascinación de quien está viendo la vida que le gustaría vivir. No me interesaba como simple entretenimiento. Yo me imaginaba ahí. En la cama, contra la pared, en un sofá, con focos encima y un hombre sujetándome de las caderas mientras me abría para la cámara. Fantaseaba con ser esa mujer a la que todos reconocen por lo bien que mama, por lo rico que gime, por lo descarada que se deja usar y lo mucho que disfruta.

Lo más fuerte no era imaginar el sexo. Lo más fuerte era imaginar las miradas. Saber que otros me verían desnuda, en cuatro, con el maquillaje corrido y la boca llena, y que justo eso me volvería inolvidable. Esa idea me hacía masturbarme hasta temblar. Más de una noche terminé con las piernas abiertas sobre la cama, un juguete entre las manos, pensando en una cámara apuntándome mientras yo decía exactamente lo puta que quería ser delante de todos.

Hubo hombres que me prometieron caminos para entrar a ese mundo. La mayoría solo querían probarme gratis. Algunos eran habladores, otros más serios. Yo jugaba, escuchaba, fantaseaba, pero siempre me echaba para atrás. No por falta de ganas, sino por miedo. Miedo al qué dirán, a que me reconocieran, a no poder sostener después la imagen de mujer correcta que tantas veces fingí. Y así se me fueron años: ardiendo por dentro y aparentando control por fuera.

La vez que más cerca estuve de cruzar esa línea pasó en un hotel donde trabajé una temporada. No voy a dar nombres, pero era un sitio discreto, de esos donde entra gente elegante con secretos debajo de la ropa. Yo llevaba un uniforme entallado que me marcaba el culo y me hacía sentir observada todo el turno. Había aprendido a disfrutar esa sensación mientras fingía que no la notaba.

Una noche llegó un hombre extranjero, alto, moreno, con esa seguridad tranquila de quien está acostumbrado a comprar lo que quiere. No era joven, tampoco mayor: un adulto en plena edad de dominar una habitación con la voz. Me pidió ayuda con una reserva, pero tardó demasiado en soltar mi mano cuando le devolví el documento. Su mirada bajó a mi escote y subió otra vez a mis ojos con descaro medido.

—Tienes cara de estar aburrida de fingir —me dijo en un español torpe, pero muy claro.

Yo sonreí por educación, aunque la frase me golpeó justo entre las piernas.

—Y usted tiene cara de decir eso muy seguido —le respondí.

—No. Solo cuando veo a una mujer que disfruta que la miren.

Sentí el calor subirme por el cuello. No porque fuera una frase brillante, sino porque había dado en el centro. Durante el resto de la noche siguió bajando al lobby con cualquier excusa. Una botella de agua. Una toalla extra. Una pregunta ridícula sobre el desayuno. Cada vez se acercaba un poco más al mostrador y hablaba un poco más bajo. Cuando mi turno estaba por terminar, me dejó una tarjeta doblada.

—Sube cuando puedas —murmuró—. Quiero proponerte algo.

Guardé la tarjeta sin mirarla, pero durante media hora no pude pensar en otra cosa. Cuando al fin fui al baño, me levanté la falda, aparté la ropa interior y me toqué. Estaba húmeda de verdad, no por romanticismo, sino por la simple excitación de haber sido leída con tanta precisión. Me metí dos dedos despacio y cerré los ojos. Solo sube a escuchar. Solo eso.

Subí.

***

La suite olía a whisky caro y aire acondicionado. Él estaba sin chaqueta, con la camisa abierta en el cuello, sentado en un sillón como si hubiera sabido desde el principio que yo acabaría entrando. Me sirvió una copa y señaló el sofá frente a él. No me senté. Preferí quedarme de pie, con las piernas cruzadas, sintiendo el peso de su mirada sobre mis muslos.

—No voy a hacerte perder tiempo —dijo—. Trabajo con contenido para adultos. Nada de trata, nada raro, nada obligado. Veo mujeres todos los meses. Tú tienes algo que no se aprende.

—¿Y qué es eso? —pregunté, aunque quería oírlo.

—Disfrutas que te deseen. Y te gustaría que te vieran hacerlo.

Tragué saliva. Me acerqué a la mesa, dejé la copa y crucé los brazos para disimular que me estaban temblando las manos.

—Habla claro.

—Quiero hacer una prueba contigo. Una grabación privada. Sin compromiso. Si te gusta, seguimos. Si no, te vas y no pasa nada.

La propuesta me dejó muda unos segundos. No era una fantasía abstracta esta vez. Era una puerta abierta de verdad. Miré la habitación y vi, sobre un mueble, una cámara pequeña, un trípode plegado y una maleta medio abierta. Sentí un latigazo de excitación tan fuerte que tuve que apretar los muslos.

—¿Una prueba de qué? —dije con la voz más baja.

Él sonrió apenas.

—De presencia, actitud… y química. Si subiste, supongo que ya sabes qué clase de química.

Mi pulso se aceleró. Lo pensé un momento, pero la verdad es que ya lo había decidido desde que metí la tarjeta en mi bolsillo. Me acerqué despacio hasta quedar a un paso de él. Pude ver la tensión en su mandíbula cuando miró mi boca.

—Quiero reglas —dije.

—Tú marcas el ritmo. Si dices que pare, paro. Nada sin tu permiso.

—Y si no me gusta, me voy.

—Claro.

Me incliné lo suficiente para que oliera mi perfume.

—Entonces quiero que me digas exactamente qué viste en mí.

Él levantó la mano y me acarició la cadera por encima del uniforme. Despacio. Sin apuro. El simple roce hizo que se me erizara la piel.

—Veo una mujer que lleva años imaginando que la ponen frente a una cámara —dijo—. Veo una mujer que quiere abrirse de piernas y comprobar si es tan buena como fantasea. Veo a una mujer caliente, adulta, consciente de su cuerpo, esperando una excusa para dejar de fingir decencia.

No le respondí. Me agaché y lo besé.

Fue un beso hambriento, directo, sin tanteos torpes. Su mano subió a mi nuca y la mía fue al bulto que ya empujaba contra el pantalón. Lo apreté por encima de la tela y él soltó un jadeo ronco. Eso me encantó. Lo besé más fuerte, metiéndole la lengua, mientras le desabrochaba el cinturón.

—Así que esto era la prueba —murmuré contra su boca.

—Esto es lo que querías desde que entraste.

Tenía razón, y me calentó oírselo. Me arrodillé frente a él sin apartar la mirada. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón. Su polla salió dura, gruesa, ya tensa por completo. La miré un segundo y me relamí, disfrutando el efecto que eso le causaba. Entonces acerqué la boca y le di una primera lamida lenta desde la base hasta la punta.

—Joder… —se le escapó.

Eso bastó para que me metiera su polla entera lo más que pude. Sentí el peso caliente sobre la lengua, el roce firme contra mis labios y el leve tirón en la garganta cuando profundicé. Empecé despacio, saboreándolo, envolviéndolo con saliva. Después aceleré. Una mano en su muslo, la otra apretando la base mientras mi boca subía y bajaba con ganas de lucirme.

Siempre he sabido mamar rico y esa noche quería demostrarlo como si de verdad me estuvieran evaluando. Saqué la lengua para recorrer la punta, chupé con fuerza, volví a hundirlo. Él me tomó del pelo en un gesto firme, sin violencia, guiando el ritmo. Me encantó sentirme usada así, a medio camino entre obedecer y presumir.

—Mírame —ordenó.

Le obedecí sin dejar de chupársela. Levanté los ojos y mantuve la boca trabajando sobre su polla mientras él me veía babearla. Esa imagen me encendió todavía más. Me la saqué un momento para escupir sobre la punta y seguir con más ruido, más humedad, más descaro. Quería que viera lo bien que podía hacerlo, lo mucho que disfrutaba ensuciarme por él.

Él se incorporó del sillón y me hizo ponerme de pie. Su boca fue directa a mi cuello mientras me desabrochaba el uniforme. Bajó el cierre lentamente, como si desenvolverme fuera parte del espectáculo. Cuando apartó la tela y dejó mis tetas casi al aire dentro del sostén, soltó un gemido de aprobación que me hizo sonreír.

—Mierda, sí que debían mirarte en ese lobby.

—Todo el tiempo —le dije—. Y yo dejaba que lo hicieran.

Me apretó una teta por encima del encaje y después bajó la copa del sostén para sacar el pezón. Lo chupó con hambre mientras su mano se colaba por debajo de mi falda. Encontró mi ropa interior empapada y se quedó quieto un segundo, palpando la humedad.

—Así que ya estabas lista.

—Desde antes de subir.

Metió dos dedos por debajo de la tela y me frotó el clítoris con una precisión brutal. Tuve que agarrarme de sus hombros. El placer me subió seco, caliente, y se me escapó un gemido sin ninguna elegancia. Entonces apartó la ropa interior a un lado y me metió los dedos dentro, hasta el fondo, comprobando lo mojada que estaba.

—Joder, qué coño tan caliente —murmuró.

—No hables. Hazlo.

Me gustó oírme así de necesitada. Él sonrió como si acabara de confirmar algo importante. Me giró y me inclinó sobre la mesa junto a la ventana. Me subió la falda hasta la cintura, me bajó la ropa interior hasta los muslos y abrió mis piernas con las manos. El aire frío de la habitación me rozó el coño húmedo y el culo. Sentí una mezcla de vergüenza y excitación tan intensa que casi me dobló las rodillas.

Escuché el clic de la cámara.

Giré la cabeza de golpe.

—Tranquila —dijo—. Solo si quieres.

Lo pensé medio segundo. Miré el lente negro apuntándome desde el mueble, pequeño, discreto, pero muy real. Ahí estaba la fantasía. No en abstracto. Delante de mí. Con la falda levantada, las nalgas abiertas y el coño brillando de mojado.

—Déjala grabar —le dije, y casi me corrí solo por decirlo.

Él me apartó el cabello del cuello y me besó la nuca. Después escupió en sus dedos y me abrió más el culo, rozándome apenas el ano antes de volver al coño. Ese juego bastó para arrancarme un gemido ronco. Entonces se arrodilló detrás de mí y me abrió con ambas manos para meter la lengua de lleno.

No me lo esperaba así de intenso. Su boca me comió sin delicadeza, lamiendo desde abajo hasta el clítoris, metiendo la lengua, chupando con fuerza, alternando lamidas largas con succión corta justo donde más me hacía perder el control. Mis piernas temblaron. Yo trataba de sostenerme sobre la mesa, pero cada vez que él me abría y me chupaba de ese modo sentía que me derretía.

—No pares… no pares, joder… —jadeé.

Me respondió agarrándome mejor de las caderas y hundiendo la cara con más hambre. Lamió mi clítoris en círculos, luego rápido, luego lo succionó mientras me metía dos dedos y los doblaba dentro de mí buscando ese punto que me desarma. La combinación fue demasiado. Me arqueé, apreté los muslos contra sus hombros y me corrí temblando sobre su boca, gimiendo fuerte, sin acordarme ya de ninguna prudencia.

Él se levantó lentamente, se limpió la boca con el pulgar y me mostró mis propios fluidos.

—Eso sí merece una cámara.

Lo besé de nuevo y me supo a mí. Ese detalle me volvió loca. Le desabroché la camisa del todo, la arrojé al suelo y volví a acariciarle la polla, dura todavía, húmeda de saliva. Él me giró otra vez hacia la mesa, me tomó de la nuca y me hizo inclinarme más.

—Quiero verte abierta cuando te la meta.

Sentí la punta rozarme entre los labios y casi grité de la anticipación. La deslizó arriba y abajo, empapándose bien con mi humedad. Después empujó despacio, solo la cabeza al principio, apenas para torturarme.

—Métela toda —le exigí.

Eso hizo. Me sujetó de las caderas y me la enterró de una embestida, completa, hasta el fondo. El golpe me sacó el aire y me arrancó un grito sucio, verdadero, de esos que salen del vientre. Me quedé un segundo quieta, sintiéndolo adentro, grueso, duro, llenándome por completo.

—Así te quería oír —dijo detrás de mí.

Empezó con un ritmo firme, largo, entrando y saliendo entero. Cada embestida me hacía chocar contra la mesa. La cámara seguía ahí, y saberlo me excitaba todavía más. Yo abría más las piernas, empujaba el culo hacia atrás para recibirlo mejor, y cada vez que me entraba hasta el fondo sentía cómo me latía el clítoris de puro morbo.

—Joder… sí… así… —gemía sin control.

Él me agarró del pelo y me arqueó la espalda.

—Dilo.

—¿Qué?

Me clavó otra embestida.

—Que te gusta que te miren.

Gemí con la cara pegada a la mesa.

—Sí… me gusta… me pone caliente que me miren…

Volvió a follarme más fuerte, con golpes secos que me hacían estremecer las tetas dentro del sostén medio bajado. Yo podía sentir cómo la humedad me corría por los muslos y cómo el sonido de nuestras embestidas llenaba la habitación. No había nada elegante. Solo sexo crudo y el placer brutal de estar haciendo exactamente lo que siempre había fantaseado.

Me sacó de golpe y me giró para sentarme al borde de la mesa. Separó mis piernas y me levantó una hasta ponerla sobre su hombro. Desde ahí volvió a penetrarme, esta vez mirándome de frente. Su polla entraba y salía con un ritmo profundo, y yo podía ver su abdomen tensarse, su mandíbula apretada, el brillo de sudor en su pecho. La visión me encendió más.

Metí una mano entre nuestros cuerpos para frotarme el clítoris mientras él me follaba. No me lo impidió. Al contrario, me miró hacerlo con un gesto de puro hambre.

—Eso. Tócate para mí.

Lo hice. Rápido, húmedo, sin apartar los ojos de los suyos. Cada vez que me la hundía hasta el fondo yo me frotaba más fuerte, sintiendo cómo el orgasmo empezaba a crecer otra vez. Él bajó la mano y me agarró la muñeca.

—No. Quiero hacerlo yo.

Me apartó los dedos y ocupó su lugar con los suyos, presionando justo donde me deshacía. La coordinación entre su mano y sus embestidas fue exacta, despiadada. Me follaba y me frotaba al mismo tiempo, sin darme un segundo para recuperar el aliento.

—Me voy a correr —le dije casi llorando de placer.

—Hazlo.

Me corrí con una sacudida entera del cuerpo, gimiendo tan fuerte que me dio igual si alguien podía escuchar al otro lado de la pared. Él no aflojó. Siguió metiéndomela mientras yo todavía temblaba, aprovechando esa sensibilidad extrema que vuelve todo casi insoportable y deliciosa a la vez. Eso me hizo gemir más, suplicar, pedirle otra y otra vez que no parara.

Entonces me bajó de la mesa y me llevó hasta la cama. Me empujó suavemente de espaldas sobre el colchón, me quitó por fin la ropa interior de los tobillos y la arrojó lejos. Me abrió las piernas y se quedó un segundo mirándome, sin tocarme, solo observando mi coño hinchado y mojado, mi pecho subiendo y bajando, el uniforme arrugado a medio quitar. Esa pausa me hizo sentir más exhibida que cualquier otra cosa.

—Mírate —dijo señalando el espejo lateral del armario.

Volví la cabeza. Podía verme abierta de piernas, despeinada, con la falda en la cintura y la expresión de una mujer completamente caliente. La imagen me golpeó de lleno. Era vulgar, sí. También era exactamente lo que había querido durante años.

Él subió a la cama, me tomó de los muslos y me los empujó hacia el pecho. Desde esa posición me penetró otra vez, despacio al entrar y salvaje al empezar a moverse. Sentí cada centímetro. Cada tirón. Cada golpe en el fondo. Él me abrió más con sus manos y me folló mirándome en el espejo. Yo veía cómo mi cuerpo se estremecía con cada embestida y cómo mis tetas rebotaban libres fuera del sostén. Verlo fue casi tan excitante como sentirlo.

—Así te imaginabas, ¿no? —dijo entre jadeos—. Abierta, grabada, follada sin pudor.

—Sí… sí, joder… así mismo…

Me soltó una mano para acariciarme la garganta, no apretando, solo sujetándome firme. Ese gesto de dominio medido me encendió todavía más. Abrí la boca, jadeando, y él aprovechó para meterme dos dedos. Los chupé sin pensar, mirándolo mientras lo hacía. Ver su cara al notar mi obediencia sucia me dio otra descarga de placer.

La cama crujía con fuerza. El sudor nos pegaba la piel. Yo ya no pensaba en nada salvo en lo buena que se sentía esa polla entrando una y otra vez, en la mezcla de humillación y orgullo de saberme tan abierta, tan disponible, tan feliz de ser mirada así. Siempre había temido sentirme usada. La verdad fue otra: me sentí poderosa por desearlo tanto.

—Ponte en cuatro —me dijo al fin.

Obedecí de inmediato. Me acomodé sobre las rodillas, con la falda aún subida y el uniforme medio colgando de los brazos. Él se colocó detrás y me abrió el culo con ambas manos para contemplarme. El simple gesto me hizo apretar las sábanas.

—Qué vista —murmuró.

Me dio una palmada seca en una nalga. No muy fuerte, pero sí lo suficiente para hacerme jadear. Luego otra. Después me la metió de nuevo desde atrás, duro, directo, sin preparación teatral. El ángulo fue brutal. Sentí que me abría por completo y lancé un gemido ahogado contra la almohada.

Desde esa posición me folló como si quisiera arrancarme toda la vergüenza a base de embestidas. Yo movía el culo hacia atrás para recibirlo, cada vez más caliente, más suelta, más entregada. Él me agarraba de la cintura y luego de las nalgas, marcando el ritmo, hundiéndose hasta hacerme perder las palabras.

—Así… así… no pares… —repetía yo.

Metió una mano por debajo de mi vientre y empezó a frotarme el clítoris mientras me daba por detrás. La mezcla fue devastadora. Me tensé entera. Él se dio cuenta y aceleró, golpeando más rápido, más sucio, respirando cada vez con más dificultad.

—Quiero sentirte correr otra vez —dijo—. Quiero que te corras mientras te graban.

Ese detalle me explotó dentro. La idea de quedar registrada así, gimiendo, abierta y siendo follada sin ningún pudor, me disparó el orgasmo. Me corrí sacudiéndome, con las piernas débiles y el coño apretándolo con fuerza. Él gruñó al sentirlo y siguió unas cuantas embestidas más, ya descontrolado.

—Me voy a correr —avisó, agarrándome fuerte de las caderas.

Giré la cara hacia él lo justo para hablar entre jadeos.

—Hazlo donde quieras.

Salió de mí con un gemido grave y me hizo recostarme de espaldas. Me masturbó rápido, apenas unos segundos más, mientras se colocaba sobre mí. Después empezó a correrse sobre mis tetas y mi vientre, caliente, espeso, en varias sacudidas. Lo vi hacerlo con la boca entreabierta, excitada hasta la médula por la imagen. Cuando terminó, recogí parte con los dedos y me los llevé a la boca.

Él soltó una risa incrédula y se dejó caer a mi lado. Yo respiraba agitada, con el cuerpo temblando todavía, sintiéndome absurdamente plena. No era amor. No era romance. Era algo más simple y más honesto: había tocado la fantasía con las manos.

***

Nos quedamos en silencio unos minutos. Luego se levantó, apagó la cámara y volvió con una toalla. Me limpió despacio, casi con cuidado, y ese contraste después de tanto sexo crudo me pareció extrañamente íntimo. Cuando terminó, me dio un vaso de agua y se sentó frente a mí en la cama.

—Podrías hacerlo —dijo sin rodeos—. No te falta cuerpo, ni actitud, ni hambre. Pero esto solo funciona si de verdad quieres cargar con lo que implica.

Miré la toalla, luego el espejo, luego mis piernas todavía abiertas. La pregunta real no era si podía. Era si me atrevía.

—Esa es la parte que siempre me frena —admití.

—Entonces tal vez tu verdadera fantasía no es la fama —respondió—. Tal vez es este borde. Estar a punto. Probarlo. Saber que puedes.

Sus palabras me dejaron pensando más de lo que esperaba. Me vestí despacio, acomodándome el uniforme sobre la piel todavía sensible. Antes de irme, él me tendió una memoria pequeña.

—Llévatela. Mírala cuando quieras. Decide después quién quieres ser.

La guardé sin prometer nada. Salí de la suite con las piernas flojas y el coño aún latiendo. Bajé en el ascensor como si cargara un secreto vivo entre los muslos. Cuando me vi en el espejo del lobby, despeinada apenas lo justo y con la boca hinchada de besos, supe que algo había cambiado.

No me convertí de inmediato en actriz porno. No salí corriendo a buscar estudios ni a gritarle al mundo mis ganas de ser el centro de todas las miradas. Pero aquella noche me dio una verdad que ya no pude negar: mi fantasía no era un capricho pasajero ni una pose. Era parte de mí. El deseo de exhibirme, de ser grabada, de dejar que me vean gozar, de ofrecer mi cuerpo sin vergüenza porque disfruto hacerlo.

Y desde entonces, cada vez que cierro la puerta de mi cuarto y saco esa memoria, vuelvo a verla. Me veo en cuatro, me veo abierta, me veo chupando, me veo corriéndome delante de una cámara. A veces me masturbo hasta acabar con el juguete enterrado y la otra mano apretando las sábanas. A veces paro justo antes y dejo que la frustración me queme.

Porque tal vez ese sea mi vicio más grande: no solo fantasear con ser vista, sino quedarme a un paso de cumplirlo por completo. Saber que pude. Saber que todavía puedo. Saber que, si un día me canso de fingir, bastará con abrir las piernas y mirar directo al lente.

Y entonces sí, que me vean todos.

Si leés desde zona sur, en Chicas Elite Esteban Echeverría vas a encontrar perfiles con fotos reales.

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Comentarios(7)

VoyeurMdp

esto si que me engancho desde la primera linea, tremendo relato

FlorA_22

Por favor que haya segunda parte!!! me quede con ganas de mas

NenaRio23

Me encanto, me recordo a una conversacion que tuve hace tiempo jaja... cosas que uno se guarda pero a veces confiesa

Matias86

jajaja la parte de la confesion me mato, que atrevida

CuriosaRed

Y al final como termino todo? quede intrigada y con ganas de saber mas

GaboNoche_33

la mejor categoria del sitio y este relato le hace honor, bien ahi

SombraLuna_ok

Muy bien narrado, se siente autentico sin exagerar. Sigue escribiendo!

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