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Relatos Ardientes

Mi profesora de piano me metió a la ducha

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Durante meses insistí en seguir con las clases de piano aunque en mi casa nadie entendía para qué. Mi madre decía que, si de verdad me importara la música, practicaría más y me quejaría menos del solfeo. Mi padre opinaba que era plata tirada, porque mis avances eran lentos y yo seguía sonando como un principiante torpe cada vez que me sentaba frente al teclado.

La verdad era otra. Yo iba por ella.

Mi profesora se llamaba Diana, aunque ese no era el nombre que usaba en mi cabeza cuando me pajeaba de noche pensando en sus manos largas, en sus labios pintados y en la forma en que se inclinaba sobre mí para corregirme la postura. Era una mujer adulta, de esas que llenan una habitación sin hacer esfuerzo. No necesitaba escote ni nada exagerado; bastaba con su perfume, con el tono firme de su voz y con esa manera de rozarme el hombro cuando me decía que aflojara la muñeca.

Las primeras semanas no pasó nada fuera de lo normal. Ella me recibía con un beso en la mejilla, daba la clase con paciencia y me despedía igual. Yo tocaba escalas, fallaba arpegios y salía de ahí con la polla dura y una frustración de mierda. Lo único distinto era que cada vez me costaba más mirarla sin imaginarla desnuda.

También noté que hablaba bastante con mi madre al terminar cada clase. Eran charlas cortas en la puerta, casi siempre en voz baja. Yo no alcanzaba a oír mucho, pero sí veía la expresión de Diana: una sonrisa cansada, tensa, como si fingiera que todo estaba en orden.

Algunas veces aparecía su marido. Era un tipo desprolijo, siempre con cara de fastidio, cargando una cartera de trabajo llena de papeles. Entraba y salía sin saludar demasiado. Con solo verlo se notaba que entre ellos había algo podrido.

Una noche escuché a mis padres hablar de eso en la cocina. Mi madre comentó que las cosas entre Diana y su esposo iban mal y que probablemente se separarían. Mi padre soltó una frase seca, medio burlona, diciendo que una mujer así no iba a quedarse mucho tiempo sin que alguien la atendiera. Mi madre lo mandó a callar en cuanto se dio cuenta de que yo andaba cerca.

Esa conversación me dejó excitado durante días.

Pedí agregar una segunda clase semanal. Inventé que quería ponerme al día, que sentía verdadera vocación, que estaba decidido a mejorar. Me creyeron a medias, pero aceptaron. Yo solo quería verla más seguido, respirar su perfume dos veces por semana, seguir alimentando esa fantasía que ya me ocupaba la cabeza entera.

Con el tiempo empecé a notar pequeños cambios. Ella llegaba a abrirme con los ojos hinchados, o con la voz ronca de haber discutido. Se distraía más de la cuenta. En lugar de corregirme con paciencia, a veces se quedaba mirando por la ventana como si estuviera muy lejos. Yo la observaba en silencio, sin saber si sentir pena o aprovecharme de lo cerca que la notaba del quiebre.

El día que todo pasó llegué unos minutos antes. El edificio estaba en silencio, pero al subir la escalera escuché gritos detrás de su puerta. No eran palabras sueltas; era una pelea abierta, con insultos, reproches y un golpe seco que me heló el cuerpo. Me quedé quieto en el rellano, con la carpeta de partituras bajo el brazo, sin saber si tocar o irme.

Entonces sonó otro portazo.

Después, el ruido de una ducha.

Toqué de todos modos, suave al principio y luego un poco más fuerte. La puerta se abrió de golpe y salió él. Tenía la cara roja, la camisa mal abotonada y una furia animal en la mirada. Pasó a mi lado sin decir nada, empujándome apenas con el hombro. Olía a sudor y a cigarro. Bajó las escaleras mascullando insultos y dejó la puerta entornada.

Entré con cuidado.

—¿Diana? —llamé desde el recibidor.

No respondió. Solo escuché el agua cayendo y, un segundo después, su voz desde el baño, alta, quebrada y llena de veneno:

—¡Y encima me engañás con mi prima, hijo de puta!

Me acerqué unos pasos más, atraído y asustado a la vez. La puerta del baño estaba entreabierta. Ella apareció en el marco apenas un instante, empapada, con un brazo cruzado sobre el pecho y el pelo mojado pegado a la cara. Me miró como si tardara en reconocerme. Alcancé a ver un pecho medio cubierto, la aureola rosada y el pezón duro por el agua caliente y por la tensión del momento.

Luego cerró sin decir nada.

Detrás de la puerta la oí llorar. No era un llanto dramático, sino rabioso, entrecortado. Hubo un golpe contra los azulejos y por un momento pensé que se había resbalado o que iba a hacer alguna locura. Me acerqué y apoyé los nudillos en la madera.

—¿Está bien?

No hubo respuesta. Solo el agua y su respiración agitada.

Empujé la puerta despacio.

La imagen me dejó clavado en el sitio. Diana estaba de espaldas, bajo la ducha, con los brazos levantados y las palmas apoyadas en la pared. El agua le corría por la nuca, por la espalda y por la curva firme del culo. El champú todavía hacía espuma sobre su piel y se deslizaba por la raya de sus nalgas, entre sus muslos abiertos apenas lo suficiente para volverme loco. Su pelo oscuro, empapado, le caía pegado al cuello. Todo en ella parecía más real y más crudo que cualquiera de mis fantasías.

Quise apartar la vista para no correrme ahí mismo dentro del pantalón, pero entonces giró la cara hacia mí. El maquillaje se le había corrido. El rímel le manchaba los pómulos y el labial borroneado la hacía ver más feroz, menos perfecta y mucho más excitante. No parecía avergonzada. Parecía harta.

Me sostuvo la mirada unos segundos y habló con una voz baja, cansada, autoritaria.

—Sacate la ropa.

Sentí un tirón en el estómago. Pensé que había escuchado mal.

—¿Qué?

—Que te saques la ropa —repitió, sin moverse—. Si vas a quedarte ahí mirándome, por lo menos dejá de fingir.

Me temblaron las manos. Cerré la puerta detrás de mí y empecé a desnudarme torpemente, con el corazón disparado. Me saqué la camisa, después el pantalón, los calzoncillos al final. Mi polla salió dura de golpe, tiesa y pesada, latiéndome frente al cuerpo como si tuviera vida propia. Sentí vergüenza durante medio segundo. Ella la miró y resopló, casi con desprecio, casi con hambre.

—Vení —dijo—. ¿O también necesitás que te enseñe eso?

Me acerqué descalzo sobre el piso mojado hasta quedar detrás de ella. El vapor me envolvía. El agua me golpeó el pecho y los hombros. Tenía tan cerca su culo mojado que al instante rocé con la polla la curva de sus nalgas. El contacto me arrancó un jadeo. Ella separó un poco más las piernas.

Apoyé las manos en su cintura. Estaba caliente, resbaladiza por el jabón. Mi verga se deslizó torpemente por la raya de su culo y yo empujé sin pensar, ciego de ganas, buscando una entrada donde no era. Ella soltó una risa seca, sin humor.

—Por ahí no —murmuró—. Nunca así, y menos la primera vez.

Sentí que me ardían la cara y el cuello. Quise disculparme, pero ella ya había llevado una mano entre sus piernas. Sin dejar de sostenerse contra la pared, se tocó delante de mí, abrió con dos dedos su coño mojado y luego buscó mi polla. Me la agarró por la base. Su mano estaba llena de agua y jabón, y aun así el contacto fue brutal, firme, exacto.

—Mirá y aprendé —dijo.

Con movimientos lentos, pasó el glande por sus labios hinchados, de arriba abajo, embadurnándolo con su humedad. No era solo agua. Su coño ya estaba abierto y caliente, latiendo. Sentí la punta resbalar por su entrada una vez, dos veces, hasta que me colocó justo donde debía. Luego tiró de mi cadera hacia adelante.

Entré de golpe.

Se me aflojaron las piernas. Su coño me tragó entero, apretado y húmedo, mucho más caliente de lo que había imaginado. Diana arqueó la espalda y soltó un gemido ronco, como si el aire se le hubiera escapado de golpe del cuerpo. Yo me quedé quieto un segundo, enterrado hasta el fondo, con las manos clavadas en su cintura, incapaz de creer que de verdad la estaba follando.

—No te quedés parado —me dijo, mirándome de reojo—. Cogeme.

Empecé a moverme torpemente. Salía apenas unos centímetros y volvía a entrar, demasiado rápido, demasiado ansioso. Cada embestida hacía chocar mis caderas contra su culo mojado. El ruido del agua se mezcló con el sonido húmedo de su coño tragándome. Ella abrió más las piernas y me dio mejor ángulo. Entonces sí pude meterla con fuerza, hasta el fondo, una y otra vez.

—Así —jadeó—. Más fuerte.

La agarré con más firmeza. Mi polla se deslizaba dentro de ella con una facilidad obscena, pero el interior me apretaba en cada salida como si quisiera ordeñarme. Diana echó la cabeza hacia atrás y me mostró el cuello. Besé esa piel mojada mientras seguía follándola, primero con hambre, después con desesperación. Sentía sus nalgas golpearme el pubis, el calor de su espalda contra mi pecho, su respiración entrecortada cada vez que entraba hondo.

—¿Te gusta? —preguntó con una voz ronca, burlona.

—Sí.

—Decilo bien.

—Sí, me encanta. Me vuelve loco.

Ella soltó una risa breve y llevó una mano atrás, entre nuestros cuerpos, para apretarme un huevo y luego la base de la polla mientras yo seguía metiéndosela. Casi me vine del sobresalto.

—Siempre me mirabas el culo cuando me inclinaba sobre el piano —dijo—. No era tan discreto como creías.

Sentí una mezcla de humillación y excitación que me puso todavía más duro.

—Lo sé —admití, jadeando.

—Y seguro te la cascabas pensando en mí.

Empujé más hondo, incapaz de mentir.

—Sí.

—Eso quería oír.

Metió dos dedos en su clítoris y empezó a frotarse mientras yo la follaba desde atrás. Ver esa mano moverse sobre su coño, sentir cómo se contraía alrededor de mi verga cada vez que se tocaba, me desordenó por completo el ritmo. Ella se dio cuenta y me dio una orden seca.

—No aflojés ahora. Seguí. Quiero sentir cómo me llenás antes de correrme.

La frase me atravesó como un golpe. Empecé a embestirla de verdad, sin delicadeza. El jabón ya casi se había ido y ahora la fricción era más cruda, más carnal. Mi polla salía brillante y volvía a hundirse en su coño abierto. Ella jadeaba, gemía, a veces maldecía. El agua seguía cayendo sobre nuestros cuerpos, pero ya nada podía enfriar ese baño.

—Dios, sí —soltó entre dientes—. Ahí. Ahí, no cambies.

Busqué ese punto y lo mantuve. Cada vez que empujaba, su cuerpo respondía con un espasmo. Sentí que sus músculos se cerraban sobre mí, primero suaves, luego con más fuerza. Era como si me estuviera succionando hacia dentro. Mi respiración se volvió animal. Solo podía follar y oírla.

—¿Te vas a correr? —me preguntó.

—Sí.

—Todavía no.

Se apartó de la pared y se giró con una decisión brusca. Por un instante quedé fuera de ella, empapado y jadeante. La vi de frente por primera vez. Tenía los pechos pesados, mojados, con los pezones duros y oscuros por el frío del aire fuera del chorro. Su vientre subía y bajaba rápido. Su coño estaba abierto y brillante, los labios hinchados de tanto frotarse contra mi polla.

Me agarró de la nuca y me besó. No fue un beso romántico. Fue húmedo, urgente, con dientes. Su lengua entró en mi boca como una orden más. Mientras me besaba, bajó una mano y me pajéo con fuerza, apenas unas veces, lo justo para dejarme al borde.

—Arrodillate —dijo.

Obedecí sin pensarlo. El piso estaba caliente y lleno de agua. Ella abrió las piernas frente a mi cara. El olor de su coño me pegó de lleno, mezcla de jabón, piel y excitación fresca. No tuve que esperar otra orden. Le agarré los muslos y metí la cara entre ellos.

Lamerla fue todavía mejor que penetrarla. Su clítoris estaba duro, sensible, y en cuanto pasé la lengua por encima ella se apoyó una mano en la pared y soltó un gemido mucho más agudo. Abrí sus labios con los dedos y la comí con hambre, chupando, lamiendo de abajo arriba, metiendo la lengua en su entrada mientras el agua le resbalaba por el vientre y me caía sobre la frente.

—No pares —jadeó—. Ahí, seguí ahí.

Su coño empezó a palpitarme contra la boca. Yo mamaba y lamía sin vergüenza, tragándome su sabor cada vez más fuerte. Ella me agarró del pelo y empezó a guiarme con movimientos impacientes, apretándome la cabeza contra su vulva. El placer la estaba desarmando; se le notaba en las piernas, en la forma en que se le contraía el abdomen.

—Me voy a correr —dijo, casi sin voz.

No paré. Al contrario, le clavé mejor la lengua y chupé el clítoris con insistencia. Diana se corrió temblando. No fue un gemido bonito ni contenido; fue un gruñido húmedo, un espasmo que le dobló las rodillas. Me apretó la cara entre los muslos mientras su coño se sacudía una y otra vez. Sentí cómo se mojaba más, cómo se abría y se cerraba contra mi boca.

Cuando aflojó la presión de sus piernas, me tiró del pelo para hacerme levantar.

—Ahora sí —dijo, jadeando—. Follame otra vez.

Me levanté medio mareado. Ella se dio vuelta y apoyó las manos en la pared, pero esta vez separó mucho más las piernas y echó el culo hacia atrás en una invitación descarada. Me coloqué detrás. Pasé el glande entre sus labios empapados y volví a entrar. Esta vez fue todavía más fácil, porque estaba completamente abierta y lubricada.

La embestí sin freno.

El sonido de nuestros cuerpos llenó el baño. Mis huevos golpeaban su piel en cada entrada. Su coño estaba tan sensible después del orgasmo que cada penetración le arrancaba un quejido nuevo. Yo ya no podía pensar con claridad; solo sabía que quería hundirme en ella hasta vaciarme entero.

—Sí, así, hijo de puta —escupió ella, con una rabia excitada que me volvió loco—. Que por lo menos uno de los dos sepa para qué sirve una polla.

Esa frase me hizo perder el poco control que me quedaba. La agarré de las caderas y empecé a follarla con embestidas largas y violentas, entrando hasta el fondo y saliendo casi por completo antes de volver a clavarme. Ella respondió echándose más hacia atrás, ofreciéndome el coño como si quisiera que la partiera en dos.

—Me voy a venir —avisé, ya al borde del grito.

Diana apretó los músculos alrededor de mi verga de una forma deliberada, casi cruel. Me estaba ordeñando. Sentí cómo me estrangulaba la polla desde dentro, una vez, dos, tres, y eso bastó.

Me corrí con un gemido ronco, enterrado hasta el fondo. La corrida me salió a sacudidas fuertes, espesas, directamente dentro de ella. Cada chorro me arrancó otro espasmo. Ella siguió apretándome con el coño mientras yo descargaba, temblando, incapaz de moverme más que para dar un par de empujones torpes. Sentí cómo se me vaciaban los huevos dentro de esa mujer que me había tenido meses fantaseando.

Cuando terminé, apoyé la frente entre sus omóplatos, exhausto. Ella respiraba hondo, todavía con el cuerpo vibrando. Mi polla seguía dentro, blanda muy despacio, retenida por el calor de su coño. Al final salí y vi cómo algo de mi leche se mezclaba con el agua que corría por la cara interna de sus muslos y se perdía en el desagüe.

Nos quedamos en silencio varios segundos, oyendo solo la ducha.

Después ella tomó el jabón y me lo pasó por el pecho como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Yo hice lo mismo con sus hombros, sus brazos, la espalda. El gesto era extraño, íntimo y distante a la vez. Ninguno hablaba. Ya no había urgencia, solo ese cansancio espeso que deja un polvo demasiado intenso para ser casual.

Cuando cerró el agua, salimos de la ducha y nos secamos con toallas distintas. Ella se puso una bata blanca sin mirarme. Yo me vestí todavía aturdido, con los dedos torpes y la cabeza llena de imágenes que sabía que no iba a olvidar jamás.

Antes de que abriera la puerta para despedirme, por fin habló.

—La clase la dejamos para otro día.

Asentí, sin encontrar nada inteligente que decir.

Entonces me miró de lado, ya menos furiosa, casi divertida.

—Y la próxima vez no apuntés al culo sin preguntar.

Me puse rojo como un idiota. Ella sonrió apenas, una mueca breve que le cambió toda la cara.

Salí del departamento con las piernas flojas. Bajé las escaleras como si acabara de volver de otro mundo. Llevaba la carpeta de partituras bajo el brazo, pero no recordaba ni una sola nota de las que había practicado esa semana. Solo podía pensar en el calor de su coño, en su voz dándome órdenes y en cómo se había corrido en mi boca bajo el agua.

Volví a verla, claro. Las clases siguieron, aunque ya nunca fueron del todo clases. A veces tocábamos veinte minutos y luego ella cerraba la tapa del piano con un gesto seco. Otras veces ni siquiera llegábamos a sentarnos en el banco. Nunca hablamos de amor, ni de promesas, ni de futuro. Lo nuestro empezó como una explosión en el peor día de su vida y se convirtió en una costumbre sucia, silenciosa y adictiva.

Pero ninguna de las veces que vinieron después tuvo el golpe brutal de aquella primera. La primera vez fue en esa ducha, con su matrimonio haciéndose mierda del otro lado de la puerta, con el rímel corrido, la rabia en la voz y mi polla entrando donde llevaba meses queriendo entrar. Por eso, cuando pienso en mi verdadera educación musical, no recuerdo escalas ni partituras.

Recuerdo el agua caliente, su coño apretándome y la orden que me cambió todo:

—Sacate la ropa.

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Comentarios(7)

SebaMDP

que arranque mas tremendo, no pude parar de leer

NachoRosario

por favor que haya segunda parte!!! me quede con ganas de saber como sigue todo

CarlosBaires

Me gusto como lo contaste, se siente que es real y eso le da otro sabor. Sigue escribiendo!

DarioMza

jajaja la profesora de piano tomando las riendas de la situacion, nadie lo esperaba

SelvaK22

increible!!! los mejores siempre empiezan asi

Ramiro_cba

me recorde de una situacion parecida que vivi de joven, aunque sin tanto drama jaja. Muy bueno el relato

Luchito_MZA

y como termino todo?? necesito saber si hubo mas clases despues jaja

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