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Relatos Ardientes

La directora me pidió que la llevara a casa

—Vamos, Adrián, deja ya lo que estés haciendo, que la reserva es para las dos —dijo Esteban mientras se ponía el abrigo.

—Sí, lo sé. Solo quería terminar de redactar un último informe antes de salir —respondió él, consultando la hora en su reloj.

Apenas un minuto después, la incorporación más reciente del departamento jurídico apagó el ordenador y se dispuso a abandonar el edificio. Adrián era un hombre joven, recién cumplidos los treinta y uno, soltero por convicción más que por falta de oportunidades. Tras un proceso de selección largo y exigente, había accedido a un puesto de responsabilidad en una empresa importante. Nunca se había considerado nada del otro mundo, aunque admitía que tenía cierto éxito con las mujeres. Medía algo más de uno ochenta, cuidaba su cuerpo en el gimnasio y tenía los brazos y la espalda de quien no falta una semana.

Aquel era el día de la tradicional comida de Navidad, la que la directora del área, Beatriz Salinas, organizaba cada año con toda la plantilla antes de que empezara el goteo de vacaciones.

Adrián fue solo en su coche y lo dejó en un aparcamiento cercano al restaurante. Cuando llegó, el resto del equipo ya estaba allí, tomando vino y cerveza antes de sentarse a la mesa. Fue la propia directora quien lo recibió, ofreciéndole una copa de blanco que él no rechazó.

Beatriz se esforzó por integrarlo en el grupo, en el que había gente con la que el joven abogado apenas había cruzado palabra en las pocas semanas que llevaba en la casa.

Cuando todos ocuparon su sitio alrededor de la gran mesa, ella se las arregló para que Adrián quedara a su lado. Beatriz era una mujer de edad difícil de precisar, en algún punto pasados los cincuenta, locuaz, de gesto cercano y con un atractivo que la hacía magnética, imposible de ignorar.

La comida y la sobremesa transcurrieron entre bromas y conversaciones cada vez más sueltas, lo que ayudó a que Adrián terminara sintiéndose parte del grupo, como si llevara años y no días.

—Caes bien a la gente —le dijo Beatriz casi al oído.

—Ha sido gracias a ti. Nadie se atreve a llevarle la contraria a una directora con tu carisma —respondió él.

—Anda, que tú también tienes lo tuyo. ¿No te has dado cuenta de cómo te miran Lucía y Noelia?

—No, la verdad. ¿Cómo me miran?

—Con ojos de lobas hambrientas —contestó ella, sin apartar la vista de su boca.

La sobremesa se alargó. Las copas y la charla terminaron convirtiéndose en bailes, después de que alguien pidiera permiso al personal del restaurante para apartar mesas y sillas y habilitar un espacio en el centro.

Tal como había anticipado Beatriz, Lucía y Noelia se acercaron decididas hasta el sitio que ocupaba Adrián y casi lo obligaron a bailar con ellas. Eran dos mujeres muy distintas: Lucía rondaba los cuarenta, divorciada, de rostro simpático y pelo corto y oscuro; Noelia era poco mayor que él, delgada y de carácter directo, de las que suplen cualquier duda con un exceso evidente de disponibilidad.

El trío bailó al ritmo de una música latina que no era del gusto de Adrián, pero no le quedaba otra que seguirles la corriente y esperar a que se cansaran. Lucía aprovechaba cada giro para rozarle, y Noelia procuraba que las manos de él tropezaran una y otra vez con su cuerpo.

Tras varios minutos observando la escena desde su silla, Beatriz acudió al rescate de su joven colaborador.

—Chicas, ¿me prestáis un rato a Fred Astaire? —preguntó, tirando con suavidad del brazo de Adrián.

Las dos se miraron resignadas, intuyendo que hasta ahí llegaba su parte de la fiesta.

—Gracias, jefa —dijo él en voz baja.

—No me las des todavía. Ahora tendrás que bailar conmigo.

La nueva pareja se hizo un hueco en la improvisada pista. Adrián no era amante del baile, pero se sentía halagado al ver cómo dos compañeras, y ahora su propia directora, se disputaban su atención.

Igual que antes habían hecho Lucía y Noelia, Beatriz fue pasando poco a poco de la distancia inicial a apretarse contra el cuerpo del joven, cada vez con menos disimulo.

Para Adrián, la actitud de su jefa no pasó desapercibida. Y su cuerpo respondió antes de que él pudiera evitarlo, con una erección que se marcaba bajo el pantalón y con la que ella tropezó más de una vez, como sin querer.

—Creo que debería sentarme un rato. No estoy acostumbrado a tanto baile —dijo él, antes de que alguien notara su estado.

—Me parece bien. Yo también necesito descansar. A mi edad no aguanto el ritmo de Noelia —respondió ella.

—¿A tu edad? Pero si estás hecha una chavala —repuso Adrián, en tono adulador.

—Ya quisiera. El tiempo no pasa en balde, y aunque me siguen apeteciendo las mismas cosas que hace años, no siempre las consigo —dijo Beatriz, mirando sin disimulo el bulto que se adivinaba en la entrepierna del joven.

Unos minutos después, mientras apuraban las últimas copas, Adrián anunció que se marchaba.

—¿Puedo pedirte un favor? —preguntó ella.

—Claro.

—Acércame a casa. He venido en taxi porque sabía que iba a beber. A ti, en cambio, no parece haberte afectado. Otra ventaja de la juventud.

—Por supuesto. Faltaría más.

Tras las despedidas de rigor, los dos salieron juntos hacia el aparcamiento. Caminaban despacio, muy cerca el uno del otro. Aunque Beatriz bien podría haber sido su madre, Adrián no se sentía incómodo a su lado: era una mujer tan atractiva como interesante. La brisa de la tarde le agitaba el pelo, y el vestido largo se ceñía a su cuerpo dibujando una silueta que era la envidia de cualquiera, sin importar la edad.

En el trayecto hasta el coche apenas hablaron. No por incomodidad, sino por lo contrario: estaban tan a gusto que ninguno quería estropear el momento con palabras de más.

Ya dentro del vehículo, fue ella quien rompió el silencio.

—¿Sabes adónde tienes que llevarme?

—A tu casa. Es lo que has dicho.

—Muy gracioso. Pero no creo que sepas dónde vivo.

—No, no lo sé.

—En la urbanización Bosque de los Almendros. ¿Sabes ir?

—Claro. Es de las más exclusivas de la ciudad. Está claro que te ha ido bien —dijo, arrepintiéndose al instante del comentario.

—No me quejo. Aunque no siempre viví en sitios así. Mi familia es muy humilde. Me tocó estudiar y trabajar mucho para poder permitirme lo que tengo —respondió ella, sin un ápice de molestia.

—Perdona. No tienes que darme explicaciones.

—No te preocupes. No me importa que sepas algo más de mí. Por cierto, ¿qué sabes tú de mí?

—Lo evidente: que te llamas Beatriz, que diriges el área jurídica, que eres muy exigente, y me da que te gusta viajar y que no tienes hijos.

—Tienes buena intuición. ¿Cómo lo has sabido?

—En tu despacho no hay nada que hable de hijos, pero sí fotos de monumentos y paisajes de otros países. He visto referencias a Lisboa, a Buenos Aires, a alguna ciudad asiática.

—Veo que no me equivoco contigo. Eres observador. Me encanta viajar —dijo, mirándolo mientras él conducía—. ¿Te gustaría acompañarme algún día?

—¿En alguno de tus viajes de trabajo?

—Eso ya se verá cuando toque. De momento te invito a casa, a tomar algo antes de despedirnos. Siempre que no haya una novia esperándote…

—No hay nadie. No he nacido para las relaciones de pareja.

—Entonces sube. Te lo ordena tu jefa —dijo Beatriz, posando con suavidad la mano sobre el muslo del joven.

Instantes después, una gran verja automática se abrió ante ellos, dando paso a un jardín amplio con una casa preciosa al fondo. Había espacio de sobra para varios coches.

Los dos bajaron y caminaron despacio hasta la entrada. Cuando Beatriz encendió las luces, Adrián pudo apreciar la elegancia del lugar: un recibidor decorado con gusto, muebles que destilaban calidad. Ella lo condujo hasta un gran salón presidido por dos sofás de piel color crema, una librería que cubría toda una pared y un enorme ventanal por el que, en los días de sol, la luz debía de inundarlo todo.

—Tienes una casa preciosa —dijo él, sinceramente maravillado.

—Gracias. Es mi refugio. El sitio donde de verdad me siento yo misma —respondió Beatriz.

—En la oficina también eres la reina. La gente te respeta y te adora a partes iguales.

—Una parte de eso obedece al cargo, no te creas. Sé que tengo carácter y que soy exigente, y la gente sabe que no me tiembla el pulso cuando hay que poner a alguien en su sitio —dijo con naturalidad—. Pero aquí vienen solo las personas a las que de verdad aprecio. Otras veces prefiero estar sola, con mi música y mis libros.

Durante unos segundos se hizo el silencio. Beatriz se alejó un par de pasos en dirección al mueble donde guardaba las botellas. Adrián la observó: una figura casi perfecta a pesar de los años. Pensó en lo que acababa de decirle, en cómo se había excitado al bailar con ella. Y notó, de nuevo, la presión bajo el pantalón.

Caminó despacio hasta situarse detrás de ella. Apenas los separaban unos centímetros. Beatriz percibió su aliento cálido en la nuca y supo que él estaba pegado a su cuerpo. Hacía rato que soñaba con ese momento.

Por eso, cuando Adrián la abrazó por la espalda y la atrajo hasta que el bulto de su pantalón rozó las nalgas de la mujer, ella no se resistió. Al contrario: se supo ganadora de la partida.

Él se inclinó para besarle el cuello y la nuca. Recorrió la piel suave con los labios, besando y lamiendo, mientras una de sus manos subía desde la cintura hasta cubrir uno de sus pechos.

Un gemido escapó de la garganta de Beatriz cuando sintió cómo la mano fuerte del joven apretaba con firmeza creciente. Los pezones reaccionaron al instante, endureciéndose como hacía tiempo que no ocurría, mientras una humedad cálida nacía entre sus piernas.

Ella se giró sobre sí misma y le ofreció la boca entreabierta. Adrián no dudó: se lanzó a besarla con determinación, hundiendo la lengua sin pedir permiso. El beso fue largo, hambriento, acompañado de un manoseo mutuo. Beatriz recorría la espalda fuerte del joven hasta llegar a sus nalgas, mientras él alternaba las manos entre los pechos y el trasero de ella, premiando de vez en cuando con alguna palmada sonora.

Casi sin darse cuenta, la pareja fue desplazándose por el salón hasta uno de los sofás. Allí, Adrián bajó la cremallera del vestido y lo dejó caer en una caricia larga hasta el suelo. Beatriz quedó únicamente con un conjunto de ropa interior gris perla, ajustado y elegante, que la hacía aún más deseable.

Él no resistió la tentación. Hizo caer uno de los tirantes y atrapó con la boca el pezón que quedaba a su alcance, succionando con un ímpetu que parecía a punto de desbordarse.

Ella se dejó hacer. Necesitaba la fuerza de un cuerpo joven, esa energía capaz de hacerla vibrar y recordar otros años, los que había perdido casada con un hombre del que terminó separándose después de demasiado tiempo de desencuentros.

Adrián seguía atendiendo el pezón mientras sus manos recorrían el cuerpo de la mujer, deslizándose por la curva cálida de su entrepierna hasta arrancarle un gemido que ya no pudo contener. Poco a poco, el deseo venció a cualquier prudencia.

Beatriz se sentó en el borde del sofá y atrajo al joven hacia ella tirando del cinturón que había desabrochado. Le bajó el pantalón y descubrió una erección que tensaba la ropa interior al límite. Una chispa de emoción le encendió los ojos. Liberó por fin el sexo del muchacho y lo acarició con una mano, dibujando trazos suaves con la punta de los dedos.

Después acercó el rostro, se rozó la cara con él, lo recorrió con los labios y, por fin, abrió la boca para acogerlo. Le costó: era más grueso de lo que había tenido nunca. Pero Beatriz no era mujer de rendirse, y se aplicó con esfuerzo y entrega, succionando, recorriéndolo con la lengua, mientras una mano se entretenía masajeándolo más abajo.

Adrián cerró los ojos. Al principio mantuvo los brazos en jarras, pero pronto le fue imposible, y terminó sujetando con suavidad la cabeza de su jefa, marcándole un ritmo lento. Era él quien gemía ahora, sintiendo la boca cálida volcada en su placer.

Pasados los cincuenta, Beatriz se había liberado por fin de viejos prejuicios. Le había costado años de matrimonio y de soledad, pero lo había logrado. Antes había buscado consuelo en hombres de su edad, ejecutivos poderosos acostumbrados a conseguir lo que querían, y ninguno había sabido saciar su hambre. Adrián era distinto. Era ella quien lo había elegido, y ahora ese hombre joven le iba a servir para calmar todas sus ansias.

El ritmo se fue acompasando. Adrián no paraba de gemir, los dedos hundidos en el pelo de su jefa, mientras ella se acostumbraba a la sensación. En un momento dado fue él quien tomó la iniciativa: hizo que Beatriz apoyara la espalda en el respaldo y empezó a marcar el vaivén él mismo, de pie sobre el sofá, una pierna a cada lado del cuerpo de la mujer.

Por un instante ella temió no soportar la presión, tosió un par de veces, pero superó el momento agarrada con firmeza a las caderas del chico. La recompensa llegó en forma de orgasmo brutal: Adrián se vació con un gemido largo, apretando los dedos contra el pelo de su jefa. Cuando por fin se retiró, ella le mostró satisfecha el resultado antes de tragarlo, asegurándose de que él la viera hacerlo.

El joven se dejó caer a su lado, todavía agitado. Beatriz le acarició la cara y el pelo y se arrimó hasta rozarlo con todo el cuerpo. Para ella la noche no había hecho más que empezar.

—Adoro lo que me haces sentir —le susurró, besándole las mejillas con dulzura.

—Ha sido un placer acompañarte a casa —respondió él.

—Esto va a ser una noche muy larga —añadió ella.

Beatriz se colocó a horcajadas sobre él. Le besó la boca y se movió despacio sobre su pelvis, sintiéndose poderosa. Apenas habían pasado unos minutos cuando notó cómo la erección del joven volvía a crecer, atrapada todavía bajo la fina tela de la ropa interior de ella.

Volvió a gemir, sobre todo cuando Adrián capturó de nuevo uno de sus pezones para mordisquearlo. Enloquecida, ella apartó la prenda que aún la cubría y, sin dudarlo, dejó que él la penetrara por primera vez. El placer fue mucho mayor de lo que había imaginado.

Se abrió paso despacio, llenándola por completo, mientras ella lo recibía entre gemidos y movía las caderas cada vez más rápido. Así empezaron a entregarse el uno al otro, hasta lo más hondo.

Adrián le sujetaba el trasero, marcaba el ritmo, atrapaba sus pechos con la boca siempre que podía. Olvidando del todo quién mandaba en la oficina, el joven le habló al oído con palabras sucias que, lejos de molestarla, la encendieron aún más.

—Eso es. Siéntelo entero —murmuró él.

—Dios, sí. No pares —respondió ella, fuera de sí.

Adrián le propinó una tanda de palmadas en las nalgas, y aquello multiplicó el morbo. Beatriz cabalgaba sin freno hasta que una corriente la recorrió entera, sacudiéndola en un orgasmo largo que la dejó temblando sobre el cuerpo del joven.

Él siguió moviéndose, prolongando el placer de ella, hasta que una nueva sacudida lo llevó también al límite y se vació por segunda vez en su interior. Beatriz se sintió halagada por el trato, por la energía de aquel hombre al que había elegido, y alcanzó un nuevo orgasmo casi de inmediato, con el cuerpo rebotando contra el suyo en movimientos profundos y lentos.

Cuando por fin quedaron saciados, volvieron a besarse. Las lenguas se buscaban y se evitaban, los ojos encendidos, el pelo revuelto, los cuerpos cubiertos de sudor.

Sin decir palabra, Beatriz se incorporó, terminó de quitarse la última prenda y, dejándola en manos de Adrián, salió del salón. Desde la puerta llamó a su amante.

—¿Quieres conocer mi dormitorio? —preguntó.

—Será un placer —respondió el joven, levantándose para seguirla.

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Comentarios(6)

NachoCba91

que buenazo, de los mejores que leí acá en mucho tiempo!!

LecturaNocturna_AR

necesito una segunda parte urgente, no puede quedar así jajaja. Tremendo final.

RosaM_lectora

me encanto como está escrito, se lee de un tiron sin querer parar. Sigue publicando por favor!

DiegoMdz

la tension entre los dos personajes esta muy bien lograda, sin pasarse. Se siente real.

Hernan_BA

jajaja el titulo ya lo dice todo... tremendo. Muy bueno esto.

Tadeo_R

increible relato, me tuvo enganchado hasta la ultima linea. Saludos desde México!

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