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Relatos Ardientes

Lo que hice con el camionero a mitad de camino

Volví del trabajo con el cuerpo todavía encendido. En el colectivo, un hombre mayor que viajaba a mi lado me sostuvo la mirada durante veinte cuadras, y para cuando bajé yo ya tenía la cabeza en otro lado. Esa mirada, sin que él lo supiera, me hizo recordar una de las mañanas más calientes de mi vida.

Por aquellos años yo rondaba los veintiséis y vivía con mis padres en la ciudad, pero mis abuelos tenían una finca en Villa Sauces, a poco más de una hora en micro. Iba seguido a verlos. O esa era la versión oficial. La verdad es que en aquel pueblo me esperaban otras cosas: los caballos que tanto me gustaban y, sobre todo, un amante que se había vuelto cómplice de mis escapadas.

El camino era corto y el tránsito lo hacía eterno, así que casi siempre tomaba el micro. Pero una que otra vez salía en bicicleta, con la excusa del ejercicio. Esos cuarenta y cinco kilómetros eran míos, una franja de ruta donde nadie me conocía y donde podía ser exactamente quien me daba la gana.

La noche anterior la había pasado con Damián, mi amante de toda la vida. Damián tenía más de cuarenta, las manos grandes y la paciencia de los hombres que ya no tienen nada que demostrar. Pero su mujer volvió antes de lo previsto y tuvimos que cortar de golpe, con la ropa a medio sacar y yo a punto de terminar. Me fui de su casa temblando de rabia y de ganas.

A la mañana siguiente, en lugar de calmarme, amanecí peor. Tenía el viaje a Villa Sauces ya programado, así que decidí ir en bicicleta. Pensé que pedalear me iba a sacar el calor del cuerpo. No tenía idea de lo equivocada que estaba.

Salí temprano, con el sol todavía bajo y la ruta casi vacía. Mientras pedaleaba, mi cabeza no paraba de repetir la escena de la noche anterior: la boca de Damián, sus dedos, el peso de su cuerpo sobre el mío. Cada vez que cambiaba de postura sobre el asiento sentía el roce, y para el kilómetro veinte ya estaba claro que el ejercicio no estaba sirviendo de nada. Al contrario.

A mitad de camino hay una estación de servicio donde siempre paran camiones. Frené ahí con la excusa de tomar agua, pero en el fondo necesitaba bajarme un segundo y respirar, calmar ese fuego que me subía desde adentro. Apoyé la bicicleta contra una columna y entré al patio.

Había un camión a punto de salir. El conductor estaba terminando de cerrar la lona, un hombre de unos cuarenta y tantos, ancho de espalda, con una barba corta empezando a encanecer. Me recordó a Damián, solo que más grande, más rústico. Algo se me apretó por dentro nada más verlo.

Me acerqué con la cara más inocente que pude poner.

—¿Vas para el lado de Villa Sauces? —le pregunté.

—Paso por ahí —contestó sin darse vuelta del todo.

—Es que la bici se me está rompiendo y todavía me falta un montón. ¿No me podrías acercar?

Entonces giró y me miró bien. Vi cómo sus ojos hicieron el recorrido completo, de los pies a la cara, despacio, sin disimular. No hizo falta más.

—Subila atrás —dijo—. Yo te llevo.

—Dame un minuto, voy al baño.

Fui hasta los baños del fondo y me encerré. Me saqué la ropa de ciclismo, sudada y pegada al cuerpo, y me puse lo único que había metido en la mochila: una calza blanca, finita, corta, y una musculosa que me quedaba al límite. Nada debajo. Me miré un segundo en el espejo manchado y supe perfectamente lo que estaba haciendo.

Cuando volví, él ya había cargado mi bicicleta en la caja del camión. Me vio caminar hacia la cabina y se quedó sin habla. La calza no escondía gran cosa; la tela se ajustaba a cada paso. Levanté un poco los brazos para subir al estribo y sentí su mirada clavada en mí como dos manos.

—Cuidado con el escalón —dijo, con la voz más ronca que antes.

—Tranquilo —le sonreí—. Tengo equilibrio.

***

El tránsito estaba pesado y el camión avanzaba lento, parando cada tanto. Mejor para mí. Empezamos a charlar de cosas sin importancia, el clima, la ruta, los precios. En un momento me preguntó si no me daba miedo viajar así, sola, subiéndome al camión de cualquiera.

—No —le dije—. Siempre aparece alguien de buen corazón.

Él se rió, pero la risa le salió tensa. Le pregunté por su vida, por las horas largas arriba del camión. Me dijo que lo peor no era el cansancio sino la soledad, que a veces uno necesita una buena compañía y que esas no se consiguen en la ruta.

—Te entiendo más de lo que creés —le contesté, mirándolo de costado—. Yo también paso mucho tiempo sola.

Se hizo un silencio. De esos que no son incómodos sino todo lo contrario. Yo tenía las piernas cruzadas hacia él, y sin pensarlo demasiado dejé que mi mano descansara sobre su muslo. No la sacó. No dijo nada. Solo apretó un poco más el volante.

—Gracias por llevarme —murmuré.

Y entonces me incliné sobre la palanca de cambios, le abrí el pantalón y se la saqué. La tenía dura desde hacía rato, eso estaba clarísimo. Me la llevé a la boca despacio, sin apuro, mientras él intentaba mantener la vista en la ruta y se le escapaba un gruñido entre los dientes.

—La concha de tu madre —soltó—. Vas a hacer que choque.

No le respondí. Tenía la boca ocupada. Él manejaba con una mano y con la otra empezó a recorrerme la espalda, la cintura, hasta llegar a mi cola. Corrió la tela de la calza con dos dedos y se encontró con que no llevaba nada debajo, con que estaba empapada. Lo escuché respirar hondo. Metió los dedos despacio, jugando, y a mí se me cortó el aliento. Seguí chupándolo con más ganas, ahogando los gemidos contra él.

—Hay un camino de tierra acá adelante —dijo de golpe—. ¿Aguantás dos minutos?

—Apurate —fue lo único que pude decir.

***

Tomó un desvío hacia un callejón entre los árboles, lejos de la ruta, y apagó el motor. El silencio de repente fue enorme, lleno de cigarras y de nuestra respiración. No esperó nada. Me tiró del brazo y me pasó a su lado, y yo me terminé de sacar la poca ropa que tenía encima.

Me senté sobre él, en el asiento del conductor, con las rodillas a los costados. Me agarró los pechos con esas manos enormes, los apretó, me los lamió como si llevara meses sin tocar a nadie. Lo hacía bien, mucho mejor de lo que esperaba. Yo le tironeaba del pelo, le mordía el cuello, le pedía más.

—Bajá un poco —le pedí al oído.

Y bajó. Me hizo girar hasta dejarme contra el respaldo y me besó entre las piernas con una lengua paciente y exacta. Sumó la otra zona también, sin que yo se lo pidiera, leyéndome el cuerpo como si me conociera. Sus dedos gruesos entraban y salían mientras su boca seguía ahí, y el primer orgasmo me agarró de golpe, fuerte, doblándome sobre el asiento con un grito que asustó a los pájaros del callejón.

No me dio tiempo a recuperarme. Lo monté de nuevo para tenerlo bien duro otra vez, lo guié con la mano y lo sentí entrar despacio, llenándome. Después me puso boca abajo sobre el asiento, con todo su peso encima, inmovilizándome. Y empezó a embestir.

Era la primera vez que un hombre me trataba con esa rudeza. Con una mano me apretaba los pechos y con la otra me agarraba del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás. Salía casi del todo y volvía a entrar de un solo golpe, hasta el fondo, cada vez más rápido, mientras yo mordía el tapizado para no gritar. No me lastimaba: me dominaba. Y descubrí, ahí, aplastada contra el asiento de un desconocido, que sentirme tan absolutamente entregada me volvía loca.

—Así —le pedí—. No pares.

No paró. Siguió hasta que lo sentí tensarse entero, hasta que terminó adentro con un último envión que me dejó sin aire. Después se desplomó sobre mi espalda, los dos empapados, el camión hecho un horno.

Nos quedamos unos minutos así, en silencio, escuchando las cigarras. Él trató de revivir para un segundo round, pero ya no daba más; se había vaciado entero. Me reí contra el tapizado. Me había alcanzado y de sobra.

***

Me vestí con lo poco que tenía, me arreglé el pelo lo mejor que pude y le pedí que me dejara en la entrada del pueblo. Bajé la bicicleta de la caja, me despedí con un beso en la mejilla que lo dejó más confundido que todo lo anterior, y me fui pedaleando.

El resto del camino hasta la finca de mis abuelos lo hice con una sonrisa estúpida pegada en la cara. La calentura que me había dejado Damián la noche anterior por fin se había apagado. Aunque, para ser honesta, esa tarde en Villa Sauces todavía me esperaba mi otra sesión pendiente.

Pero eso, queridos, es una historia para otro día.

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Comentarios(4)

Tomas_rdg

Buenisimo!!! Una de las mejores que lei en este sitio, sin duda

LaViajera_M

Me encanto como lo contas, se siente autentico. Muchas veces estos relatos suenan inventados pero este no, tiene algo que te atrapa

RutaLibre_ok

Me recordo una vez que me quede varado en la ruta y me paro alguien a ayudar... aunque en mi caso no paso nada tan interesante jaja. Muy bueno

MarisolCba_ok

excelente!!!

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