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Relatos Ardientes

La madura que decide cuándo me deja terminar

Ella manda. Ella decide, ella corta, ella sabe perfectamente lo que hace. Y sobre todo sabe lo que te hace a ti, que es algo bastante distinto.

Tiene su forma de hacer las cosas y no la cambia por ti ni por nadie. A veces fantaseas con imponerle tus gustos. Llevas en la cabeza un libreto entero, una secuencia que pensás sugerirle un día de estos, escenas en las que sos vos quien dirige. Pero sabés que en cuanto te clave la mirada y sientas su aliento tibio en la cara, con la boca a unos centímetros de la tuya, vas a dejarte hacer.

Y vas a disfrutarlo, como siempre. Más que siempre.

No lo dije todavía, y aunque vos te sepas de memoria cada rincón de su cuerpo, hay gente leyendo que querrá saberlo: ella está en ese tramo borroso entre la mitad de los cuarenta y el medio siglo. No cuesta darse cuenta si uno mira con atención las arruguitas finas que le enmarcan los ojos, o las manos un poco gastadas de tantos años de trabajo de verdad. Pero esas piernas interminables siguen firmes, flexibles, suaves como las de una chica de veinte. El trasero redondo desafía la gravedad con una obstinación que da risa, y la piel apenas tostada, salpicada de lunares que la vuelven única, conserva ese tacto adictivo y ese olor difícil de nombrar que tenía la primera vez.

Los pechos, es cierto, le cuelgan un poco. Más cuelgan tus huevos, si lo pensás bien, y ella no se queja por eso. Además, esos pezones oscuros saben demasiado bien, y son tan agradecidos, tan rápidos para erizarse cuando los rozás con la lengua, que te quedarías lamiéndolos hasta el día siguiente sin parar ni para respirar.

Ella, que es así, que esconde de tus manos sucias y de las de cualquiera su corazón debajo de una coraza hecha de sonrisas torcidas y bromas que no significan nada, sabe siempre lo que hace. Y lo que te hace a vos, por supuesto.

Por eso te recibe con esa mezcla de autoridad y zalamería felina que nunca terminás de descifrar. Te desarma con una risa clara, con una mirada que es brillante y sucia al mismo tiempo, con esa manera sinuosa de caminar moviendo las caderas sobre el equilibrio imposible de unos tacones que, bien lo sabés, no se saca para nada.

Para nada.

Te envuelve con esa voz de timbre ambiguo, de acento que no sabés ubicar, de cadencia perezosa y musical. Te excita, te somete, casi te intimida cuando te clava los ojos encendidos y se acerca sin tocarte todavía, con la respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando a centímetros de vos, la melena revuelta dándole un aire de animal. Tiene los labios tan cerca de los tuyos que casi le sentís el sabor, y está tan decidida que no te animás ni a tocarla. Tan fiera que se te petrifican las manos. Pero tu verga, esa traidora, esa sí se despierta y tira hacia la piel eléctrica de esa mujer.

Sin que digas una palabra te toma de la mano y te lleva a donde quiera, te hace decir lo que quiera, te pone a hacer lo que quiera.

Por suerte para vos no le interesan tus secretos, ni tu plata si la tuvieras, ni tu amor si se lo regalaras. Lo único que quiere es que te arrodilles delante de ella y la mires con ojos de súplica, que le beses los muslos y le pidas permiso para comérsela.

—Por favor, dejame —murmurás—. Dejame que te lo coma.

No te gusta demasiado bajar a comer. El de ella sí. El de ella es la excepción. Se lo pedís, se lo suplicás, sin saber bien ni cómo ni por qué. Lo deseás tanto que le darías cualquier cosa con tal de que diga que sí. Por suerte para vos, lo único que pide es que te tumbes y te quedes quieto para sentarse sobre tu cara y acomodarte ahí ese sexo perfecto, rozándote el mentón con el clítoris caliente y firme, paseándote por la nariz, como sin querer, la raya del culo. Y vos lamés con devoción, dejando que el vello corto te haga cosquillas, que su humedad espesa y apenas salada te empape la cara y los sentidos, que ese aroma de mujer te invada los pulmones y te someta sin esfuerzo.

Ella gime, jadea, te da instrucciones con la naturalidad de quien dirige una orquesta. «Así, justo ahí.» «No tan fuerte.» «Más despacio, más saliva.» Se mueve como en una danza secreta, arquea la espalda, te frota el sexo por toda la cara, te roza el vientre con los pezones duros. Tu verga crece y crece, late de pura impaciencia, está tan dura que duele.

Y entonces, recién entonces, ella la toma en la mano y le da un beso delicado en la punta. Vos suspirás, como cada vez que hace eso, y aunque no entendés por qué, menos sabés cómo evitarlo. Ella, satisfecha consigo misma, se mete tu sexo en la boca y te regala las caricias de su lengua y de esos labios carnosos con una destreza que te hace saltar las lágrimas.

***

Cuando te recuperás de la primera impresión estás tan caliente que le agarrás las nalgas firmes y curvas, le posás la lengua en el lugar más prohibido y te ponés a devorarla con una glotonería desesperada. En ese momento, si se le ocurriera hacer cualquier cosa, la aceptarías y hasta le darías las gracias. Por suerte para vos, no es eso lo que tiene en mente.

—Lengua traviesa, ¿eh? —dice con media sonrisa—. La mía también lo es.

Te tira de las piernas y te deja expuesto, y se lanza a lamerte con un mimo que no esperabas, alternando entre tus testículos tan hinchados que ya no aguantás y un lugar del que te llega un cosquilleo tan intenso que te tiembla el cuerpo entero sin que puedas controlarlo. Te contenés a último momento de pedirle cosas que después te darían vergüenza, y te limitás, colorado y confundido, a lamerla con más ansia todavía, metiéndole la lengua, disfrutando de ese sabor fuerte y salado, obsceno, delicioso.

Cuando te tiene al borde el tiempo exacto que se le da la gana, cambia de posición y se sienta sobre vos, encajándotela centímetro a centímetro, asegurándose de que veas con detalle cómo entra, gozando con esa sonrisa torva tu cara de asombro agradecido. Después te cabalga como una de aquellas amazonas de las leyendas viejas, con un frenesí salvaje, con ferocidad, con una violencia orgullosa. Te duelen las pelotas del golpe repetido de su cuerpo contra ellas, pero no te quejás. No te quejás porque no querés parecer débil, porque no querés que deje de cogerte —de cogerte, sí, porque ahora es ella la que te coge a vos— así de fuerte, y porque te gusta. Qué carajo, te gusta muchísimo. Te encanta.

Tus manos le recorren la piel con avidez, le suben por los muslos de piedra, por las nalgas que tiemblan, por la espalda mojada de sudor, por los brazos tensos con la fuerza del momento. Tu boca busca con desesperación sus tetas que bailan, sus pezones dulces, esos labios con los que te tienta, acercándose y alejándose en un juego inocente y cruel que te enloquece. Cuando por fin te besa, el corazón se te dispara, y solo la presión exacta de los músculos de su sexo en el punto justo te impide acabar ahí mismo.

***

Cuando se cansa de cabalgar te ordena cambiar de posición. Según el humor del día, se pone en cuatro con ese culo divino y ese sexo brillante ofrecidos, mirándote de reojo con gesto de gata, o se tumba abriendo las piernas al máximo con una agilidad de ex gimnasta, acariciándose los pechos mientras te muestra todo en su esplendor.

En cualquiera de las dos posturas, esperás un gesto suyo. Un guiño, un movimiento mínimo del mentón, la punta de la lengua recorriéndole los labios. Y cuando llega, la penetrás de golpe, a fondo, con toda la fuerza del cuerpo. Ella aguanta tus embestidas con una resistencia que sorprende, y de a poco empieza a moverse al ritmo que le conviene, y vos, sin saber por qué, vas acomodando todo a sus movimientos elegantes, provocadores. La cogés con una precisión obstinada, gozando del calor de su carne, sintiendo el sudor bajarte por la espalda, acariciándole el trasero, los pechos, las piernas, los brazos, devorándola con una mirada devota y enamorada que ella no te devuelve.

—Así, papi, qué rico, así. Me voy a correr.

Y se corre. No una vez, ni dos, ni tres. Las que le dé la gana. Sabe perfectamente qué ángulo, qué profundidad, qué frecuencia necesita para llegar una y otra vez, y consigue sin decir palabra que te amoldes a eso. Pero cuando vos estás a punto, te aprieta con los músculos y retrasa todavía más el momento de tu alivio.

Te tortura. Pero es un castigo tan dulce que venderías a quien hiciera falta por seguir gozándolo.

Cuando ya quedó conforme las veces que se le antojaron, afloja el cuerpo, se desarma, se abandona, y te permite por fin ser vos el que la coge a su antojo. Y consumido como estás por una pasión sobreexcitada, la penetrás con furia, una y otra vez, hasta que alcanzás el clímax tantas veces postergado con un espasmo que no podés frenar y un grito primitivo en el que se resumen todos los instintos animales que llevás escondidos.

Caés sobre la cama, rendido, sudoroso, medio inconsciente, tratando de recuperar el aire. Y la parte de tu cabeza que todavía funciona se pregunta cómo es posible que ella, que es mayor que vos, esté tan fresca, tan risueña, tan ágil que se levanta de un salto, se viste, te alcanza la ropa, mira el reloj y te guiña un ojo con burla, dándote a entender que ahí ya no pintás nada.

Te saca casi a empujones de su casa y te despide con un beso tan leve y tan corto que apenas lo saboreás, y te dice que la llames cuando quieras, que si querés quedan otro día.

Lo que no dice, pero vos sabés de sobra, es que será para hacer lo que ella quiera, cuando ella quiera y como ella quiera que se haga.

Y, lo admitas o no, eso es exactamente lo que estás deseando.

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Comentarios(4)

JaviNocturno

que relato!!! me tenia pegado a la pantalla hasta el final. muy bueno

ClaudioF_77

La dinamica entre los dos esta muy bien lograda, se siente la tension en cada parrafo. Excelente trabajo.

Valentina_rdp

Me gusto mucho, me recordo a una situacion parecida jajaja. Hay cosas que no se olvidan.

MarceloBaires

Por favor publica la continuacion, me quede con ganas de mas!!

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