Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cuatro desconocidos y mi bañera con hidromasaje

Me llamo Mariela y a los cuarenta y dos ya creía haberlo probado casi todo. Tengo un marido, Bruno, que me da lo que necesito casi siempre, pero hay una parte de mí que él no alcanza a saciar: la curiosidad. Esa cosquilla que aparece cuando una situación se sale del guion y de pronto una mujer se descubre haciendo cosas que jamás había planeado. Eso fue exactamente lo que me pasó aquel domingo, y todavía me cuesta creer que fui yo quien movió cada pieza.

Todo empezó en la sala de espera de una clínica del centro. Yo estaba ahí por un control de rutina, hojeando una revista vieja, cuando escuché a un grupo de médicos jóvenes hablar entre ellos. Comentaban que ese fin de semana volvían a un barrio de las afueras, uno de esos donde el asfalto se termina, a atender a gente sin techo a través de una fundación. Antes de irse repartieron unos folletos pidiendo colaboración.

Una de las doctoras se me acercó y me tendió el papel con una sonrisa cansada.

—Cualquier ayuda suma —me dijo.

—Soy arquitecta —le respondí, y la idea se me ocurrió ahí mismo—. Si no les molesta, me gustaría ir. A lo mejor puedo aportar algo desde lo mío, un comedor, un refugio, no sé.

Me anotó la dirección y la hora. Lo cierto es que mi interés era mitad genuino y mitad esa curiosidad mía que nunca se queda quieta.

El sábado me presenté en el lugar. Los consultorios móviles, unos camiones acondicionados, estaban estacionados detrás de una loma, y la gente hacía fila para entrar a revisarse. Yo subí la pendiente con mi cámara para sacar fotos del terreno; tenía en la cabeza el boceto de un comedor con un patio interno.

Fue desde ahí arriba, con el lente, que vi algo que no esperaba. A través de la ventanilla entreabierta de uno de los camiones, una de las doctoras estaba muy lejos de hacer un examen médico. Estaba de rodillas frente a uno de los hombres que atendían, con la boca abierta bien pegada a una polla dura que le entraba entera, las mejillas hundidas de tanto chupar. El tipo tenía las manos en su nuca y la empujaba a fondo, y ella lo mamaba con hambre, sin soltarla ni para respirar. Bajé la cámara despacio. El corazón me golpeaba el pecho y sentí que se me humedecía el calzón de golpe. Así que esto también pasa acá, pensé, apretando los muslos mientras el calor me subía desde el coño hasta la cara.

***

Me quedé un rato más de lo necesario, fingiendo medir distancias, pero en realidad espiando esa mamada que no me correspondía. Vi cómo el hombre se corría dentro de la boca de la doctora y cómo ella tragaba sin soltarlo, chupándole hasta la última gota. Cuando por fin bajé la loma y caminé hacia mi auto, con las bragas pegajosas y las piernas flojas, me crucé con cuatro hombres que reían a carcajadas a un costado del camino. Por la manera en que se daban codazos y bajaban la voz, entendí que comentaban algo parecido a lo que yo acababa de ver.

No pude con mi genio. Me detuve con la excusa de preguntar cómo salir del barrio, y entre indicaciones y bromas se armó una charla larga. Eran hombres curtidos, de esos a los que la vida les pasó por encima sin pedir permiso, todos mayores que yo, con manos grandes y miradas directas. Me lanzaban piropos que en otra boca habrían sido groseros, pero en la de ellos sonaban casi a halago honesto. Yo sentía las miradas clavadas en mis tetas, en mis caderas, y no me molestaba: me gustaba.

—¿Y usted qué hace por acá, tan elegante? —me preguntó el más alto, un tipo flaco de barba descuidada.

—Quiero ayudar —contesté—. Si les interesa, les puedo conseguir ropa, llevarlos a darse un buen baño, comer algo decente. Nada más.

Se miraron entre ellos. Aceptaron al instante. Quedé en pasar a buscarlos al día siguiente, porque justo estaba por mudarme y la casa nueva todavía estaba medio vacía: nadie iba a notar nada.

***

Mentiría si dijera que esa noche dormí pensando en planos. Pensé en otra cosa, en la doctora tragándose la corrida de rodillas, en las manos grandes de esos cuatro hombres agarrándome, en cuántas pollas podía manejar yo sola en una tarde. Me toqué en la cama al lado de Bruno, que roncaba, y me hice acabar mordiéndome la mano para no despertarlo. A la mañana siguiente, cuando fui a buscarlos, ya había tomado mi decisión.

Me vestí para que no quedaran dudas. Un vestido liviano, sin corpiño, sin bombacha, la tela ajustada en los lugares correctos, los pezones marcándose a través de la tela cada vez que el aire acondicionado soplaba. Subieron al auto y los cuatro se quedaron en un silencio incómodo al principio, hasta que el calor de mi perfume y la manera en que abría un poco las piernas cada vez que apoyaba la mano en la palanca de cambios fueron diciéndoles, sin palabras, que esto no era exactamente caridad. El flaco alto, sentado al lado mío, me miraba el muslo desnudo con la boca entreabierta y yo dejaba que se le acomodara un bulto notorio en el pantalón.

Llegamos a la casa nueva. Atrás había un quincho amplio con dos baños, perfecto para lo que tenía en mente.

—Primero el agua —dije, y les señalé las duchas—. Después vemos.

Mientras ellos se aseaban, junté la ropa vieja que habían dejado tirada y la metí en una bolsa. Cuando salieron, con toallas atadas a la cintura y el pelo mojado, los hice sentarse de a uno en una silla. Saqué una máquina y me dediqué a cortarles el cabello y emparejarles la barba con una calma que no sentía por dentro. Las toallas se les abrían al sentarse y yo veía perfectamente cada verga colgando entre las piernas, algunas ya empezando a hincharse.

Ellos no se quedaban quietos. Estiraban las manos buscando rozarme las piernas, la cintura, subían por debajo del vestido y descubrían que no llevaba nada, y yo les daba un manotazo suave, fingiendo seriedad, mordiéndome la sonrisa.

—Quieto —decía—. Todavía no.

El más bajo, un hombre fornido de hombros anchos, me miró desde abajo con una sonrisa pícara y con la polla parada empujando la toalla como una carpa.

—¿Y cuándo, señora?

—Cuando yo diga.

***

Terminé de acomodarles el pelo y les dije que faltaba enjuagarse mejor. Fue el pretexto que estaba esperando. Los llevé a la bañera grande con hidromasaje, donde entrábamos los cinco sin apretarnos. Y entonces, porque ya no aguantaba un minuto más el papel de anfitriona prolija, dejé caer el vestido al piso y entré con ellos, desnuda entera, las tetas al aire y el coño depilado bien a la vista.

Se quedaron mudos. Cuatro pares de ojos recorriéndome el cuerpo como si fuera la primera vez que veían a una mujer, y cuatro pollas empezando a levantarse al mismo tiempo bajo el agua. Esa mirada, esa sorpresa, me encendió más que cualquier caricia.

—Pensé que era en serio lo de la caridad —murmuró uno.

—Lo era —dije, hundiéndome en el agua tibia y llevando la mano directamente a la verga del que tenía más cerca—. Ahora es otra cosa.

La agarré firme, con la mano cerrada alrededor del tronco, y empecé a masturbarlo despacio bajo el agua mientras miraba a los otros tres a los ojos. El agua caliente y los chorros del hidromasaje aflojaron lo poco de vergüenza que quedaba. Estiré la otra mano y agarré otra polla, y a los pocos segundos tenía dos vergas duras, una en cada puño, mientras los otros dos se acercaban por detrás y me manoseaban las tetas, apretándome los pezones entre los dedos.

—Qué rica está la señora —dijo uno pegado a mi oído, mientras me mordía el cuello—. Qué tetas hermosas tenés.

—Chupámelas —le pedí sin pensarlo, y él bajó la boca a mi pezón derecho y empezó a mamármelo con hambre, mientras el otro hacía lo mismo con el izquierdo.

Yo seguía puñeteando a los dos de adelante bajo el agua, sintiendo cómo se les iban hinchando las vergas entre mis dedos. Me arrodillé en el agua, con el pelo mojado cayéndome sobre la cara, y me metí en la boca la polla del flaco alto. Estaba dura y salada por el agua, y me la tragué lo más adentro que pude, dejando que me llegara al fondo de la garganta hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. Él me agarró de la cabeza y me marcó el ritmo, cogiéndome la boca despacio primero, más fuerte después.

—Así, chupá bien esa verga —me dijo, y yo obedecí porque quería obedecer.

Cambié a la del fornido sin sacar la mano de la primera. Su polla era más corta pero mucho más gruesa, y me abría la boca hasta doler. La mamé con ganas, dejando que se me escurriera la saliva por el mentón, mientras con la mano libre me tocaba el clítoris bajo el agua. Los otros dos esperaban su turno acariciándose ellos mismos, mirándome como si fuera la mejor función del mundo.

Cuando los cuatro estuvieron duros como piedra, me sentaron en el borde de la bañera con las piernas abiertas. Uno se arrodilló en el agua y hundió la cara entre mis muslos, lamiéndome el coño de abajo hacia arriba, chupándome el clítoris con lengua y labios como si fuera un caramelo. Otro se subió al borde a mi lado y me metió la polla en la boca, y yo lo chupaba mientras el de abajo me hacía acabar. El primer orgasmo me sacudió entera, con el agua caliente subiéndome por la cintura, la lengua trabajándome el coño y una verga entrándome hasta la garganta. Grité con la boca llena y se me nubló la vista.

***

Salimos de la bañera empapados y sin paciencia. Nos secamos a medias y terminamos en el living, sobre la alfombra todavía cubierta de plástico de la mudanza. Ahí dejé de dar órdenes y dejé que ellos llevaran el ritmo.

Me pusieron en cuatro patas y el flaco alto se puso detrás mío. Me agarró de las caderas, me apoyó la cabeza de la verga contra la entrada del coño chorreando y me la metió de una sola estocada, hasta el fondo. Grité de placer y arqueé la espalda. Empezó a cogerme fuerte, sin cuidado, hundiéndomela hasta las bolas cada vez, y el sonido de sus caderas chocando contra mi culo se mezclaba con mis gemidos.

—Cogéme —le pedí entre jadeos—. Cogéme fuerte, no pares.

El fornido se puso adelante y me plantó la verga gruesa en la boca. Lo agarré de las nalgas y me lo tragué hasta el fondo mientras el otro me embestía por atrás. Estar así, empalada por dos vergas al mismo tiempo, me tenía temblando, y los otros dos no se quedaban quietos: uno se paseaba alrededor tocándome las tetas colgando, apretándome los pezones hasta hacerme gemir con la boca llena; el otro se acariciaba mirándome, con la polla en la mano, esperando su turno.

Se fueron turnando sin coordinación, guiados solo por las ganas. Cuando el flaco alto se cansó, otro se le puso al lado y ocupó su lugar de un salto, metiéndomela sin transición, y yo lo recibía con el coño ya bien abierto y mojado. Cada uno cogía distinto: el flaco era paciente y sabía exactamente cuándo frenar para hacerme rogar; el fornido era pura fuerza contenida y me embestía como si quisiera partirme; el tercero, medio pelado, me agarraba del pelo y me la clavaba a fondo; el cuarto, el más callado, era el que mejor lo hacía, con un ritmo lento y profundo que me tocaba adentro donde nadie me había tocado antes.

—Así, no pares —le pedí al que tenía detrás, con la voz quebrada—. Así, más adentro, más fuerte.

No paró. Ninguno paró. Cambiábamos de posición sin coordinación, guiados solo por las ganas. Me tumbaron boca arriba y uno se me metió entre las piernas mientras otro se me sentaba encima de la cara y yo le chupaba las bolas y la polla desde abajo. Perdí la cuenta de cuántas veces el placer me sacudió de arriba abajo. Sentía manos en mi cintura, en mis pechos, en mi pelo; bocas en mi nuca, en mi espalda; cuatro cuerpos distintos turnándose para llevarme al borde y dejarme caer, otra vez y otra vez.

El más bajo, el fornido, terminó debajo de mí porque quise montarlo yo, marcar el ritmo, sentir que aún tenía el control de algo. Me senté sobre su verga gruesa y la sentí abrirme hasta el fondo, tan adentro que me quedé un segundo quieta, ajustándome a esa vara. Apoyé las manos en su pecho y me moví en círculos, luego arriba y abajo, dándole al culo contra sus muslos. Otro se me puso detrás, me abrió las nalgas con las manos y me lamió el culo despacio antes de escupirme y de meterme un dedo. Yo grité de puro placer.

—Metémela ahí también —le dije, porque ya no me quedaba nada por decir que no.

Y me la metió. Con cuidado al principio, empujando de a poco, hasta que me tuvo empalada por los dos lados a la vez, con dos pollas moviéndose adentro mío al mismo tiempo, separadas solo por una membrana fina. Nunca había sentido nada parecido: me sentía llena hasta un punto que no sabía que existía, y cada empujón me arrancaba un gemido nuevo. Los otros dos se pusieron uno a cada lado, con las vergas duras a la altura de mi cara, y yo iba pasando de una a la otra, chupándolas por turnos, saboreando mi propio flujo mezclado con el gusto de sus pollas.

Los cuatro fueron llegando, uno tras otro. El fornido, debajo mío, fue el primero: clavó los dedos en mis caderas, gritó y se corrió adentro del coño, y yo sentí el chorro caliente inundándome. El del culo aguantó un poco más y terminó vaciándose ahí también, apretándose contra mi espalda. Los dos de los costados se pajearon rápido y me acabaron en la cara y en las tetas, chorros gruesos de semen que me caían por el mentón y me colgaban de los pezones. Yo estaba temblando, con las piernas flojas, acabando por última vez mientras me terminaban de bañar en corrida. El living quedó en silencio salvo por el sonido de cinco respiraciones tratando de volver a la normalidad, y yo tirada de espaldas sobre el plástico, con las piernas abiertas, todo mi cuerpo cubierto de semen y sudor, sonriéndoles al techo.

***

Después les serví de comer. Caminaba entre ellos todavía sin vestir, con la piel todavía brillante de sudor y algún hilo de corrida secándose entre los muslos, sirviéndoles el plato, y ellos me miraban con una mezcla de incredulidad y agradecimiento que no tenía nada que ver con la comida. Me decían cosas, me lanzaban miradas, alguno estiraba la mano y me daba una palmada suave en la cadera al pasar o me apretaba una teta al vuelo, y yo me reía, todavía caliente, todavía sin querer que terminara.

El más alto, mientras masticaba, me miró serio por primera vez.

—¿Esto pasó de verdad o me lo voy a inventar después? —preguntó.

—Pasó —le dije—. Pero no va a volver a pasar. Mañana me mudo y ustedes siguen su camino.

Asintió sin discutir. Eran hombres que entendían de cosas que duran poco.

Cuando se fueron, ya entrada la tarde, me quedé sola en esa casa medio vacía, con la alfombra de plástico arrugada y manchada, el olor a sexo todavía en el aire y el eco de lo que había hecho rebotando en las paredes desnudas. Me di una última ducha, larga, dejando que el agua se llevara los restos de semen del cuerpo pero no el recuerdo.

No volví al barrio. No retomé el proyecto del comedor; mandé el dinero por otra vía, porque la culpa, cuando aparece, también sabe transformarse en algo útil. Pero cada vez que paso cerca de una clínica y veo a un grupo de médicos jóvenes repartiendo folletos, sonrío para adentro y pienso que una nunca sabe dónde la espera la próxima curiosidad.

Y yo, de curiosidad, ando sobrada.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(2)

LectorBSAS92

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Romina_RP

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.