A mis cuarenta, el vecino no dejaba de mirarme
No pretendo ser un ejemplo de nada. Ni la esposa perfecta, ni la mujer que lo hace todo bien. A mis cuarenta y dos años solo aspiro a seguir siendo yo misma, con mis virtudes y mis grietas, y a que de vez en cuando la vida me recuerde que todavía estoy viva.
La televisión me adormece, así que leo muchísimo. Soy morena, no demasiado alta, y aunque pasé hace rato de los cuarenta, todavía me considero una mujer atractiva. No lo digo por vanidad. Esta misma semana, mientras desayunaba en la terraza de mi cafetería de siempre, un hombre que ya había visto otras veces se presentó con educación y me preguntó si podía sentarse a mi mesa. Le mostré mi anillo por toda respuesta, pero en lugar de rendirse, sonrió y me enseñó el suyo.
Me lo pasé bien. Durante quince minutos me olvidé de mis dos hijos adolescentes y de que, pese a los consejos de mi mejor amiga, sigo casada con un hombre al que los años fueron apagando.
¿Cómo terminé siendo tan previsible?
Esa tarde de julio no había nada urgente que hacer. Hugo, mi marido, estaba en la oficina, y los chicos pasaban el día fuera con sus amigos. El calor era espeso, de esos que se pegan a la piel. Bebí un trago largo de limonada fría y, un instante después, ya volvía a estar sofocada.
—Saldré un rato a tomar sol —me dije en voz alta, como si hubiera alguien para escucharme.
Subí al cuarto, abrí el tercer cajón y busqué mi bikini rojo, el que deja la menor marca posible. Me miré en el espejo de cuerpo entero y comprobé, con una mezcla de orgullo y vértigo, que la tela apenas alcanzaba a contener lo que prometía. Vi a una mujer de media melena castaña salpicada de alguna cana, piel clara, caderas anchas y un cuerpo todavía firme. Los triángulos rojos me tapaban a duras penas los pezones, que se marcaban tercos contra la tela, y la braguita era tan estrecha que se me metía entre los labios del coño en cuanto daba un paso. Apoyé las manos en las caderas y me sostuve la mirada. No me va tan mal, después de todo.
Nuestro jardín trasero es discreto, rodeado por un seto alto y tupido. Fue una exigencia mía cuando heredé la casa de mis padres, porque nunca me llevé bien con el vecino. La única forma de que alguien me espíe es desde la ventana del segundo piso de al lado, o desde su balcón. Pero a esa hora, me dije, ese hombre debía estar trabajando como todo el mundo.
Me tendí boca arriba en la tumbona, con los auriculares puestos y una lista de canciones suaves. El sol me revitalizaba el cuerpo y, sin darme cuenta, me quedé dormida.
***
Desperté como nueva, descansada de una manera que hacía meses no sentía. Me giré para alcanzar la botella de agua y entonces, de reojo, lo vi: alguien asomado al balcón de la casa vecina. Disimulé. Con las gafas de sol puestas era imposible que notara que lo había descubierto, así que terminé de beber con calma fingida mientras el corazón se me aceleraba.
Era Damián, el vecino. No el muchacho tímido que yo recordaba de años atrás, sino un hombre hecho y derecho, de unos cuarenta y largos, ancho de hombros, con esa barba entrecana que algunos hombres saben llevar. Apoyado en la baranda, no fingía siquiera disimular. Me miraba.
¿Cuánto tiempo llevará ahí?
Mi primer impulso fue de fastidio. No está bien espiar a una vecina casi desnuda en su propio jardín. Pero junto a la indignación me trepó otra cosa, una corriente tibia que me bajó directa al coño, un cosquilleo que no sentía desde hacía demasiado. Me di cuenta, con cierto asombro, de que me gustaba. Me gustaba ser mirada así, con hambre, sin disculpas. Me gustaba imaginar que a esa distancia se le estaba poniendo la polla dura por mí.
Pues bien, Damián. Vas a tener tu espectáculo.
Me levanté como si nada y empujé la tumbona un poco, para orientarla mejor hacia el sol. Y hacia él. Sin mirar arriba ni una sola vez, me recosté boca abajo y separé apenas las piernas, lo justo para que la braguita del bikini se hundiera aún más entre las nalgas y le enseñara todo lo que quisiera ver. El pulso me latía en sitios donde hacía tiempo no latía: en la garganta, en los pezones apretados contra la lona, y sobre todo entre las piernas, donde ya sentía la tela húmeda pegada al sexo. Me sentía una desvergonzada, y me encantaba. A mi edad, eso era un lujo.
Pasaron varios minutos. Cuando ya no aguanté la curiosidad, me giré con total naturalidad, fingí revisar el móvil y, por fin, miré de reojo. Seguía ahí, en la misma posición, los ojos clavados en mí. Y ahora que estaba boca arriba, con las tetas casi desbordando el triángulo rojo, no le quitaba la vista de encima.
Qué poca vergüenza. Y qué bien me hace.
Respiré hondo. El cuerpo no se relajaba; al contrario, cada segundo me ponía más nerviosa, más necesitada. Sentía el coño hinchado, latiendo, empapando la tela. Hacía semanas que con Hugo no pasaba nada, y antes de eso tampoco mucho. Como mucho una vez al mes, y casi siempre como un trámite que yo intentaba terminar cuanto antes: él encima, dos minutos de embestidas mecánicas, un gruñido corto y a dormir. Yo hacía años que no me corría con él. Años. ¿Tan terrible era desear que alguien me mirara de verdad, que alguien me quisiera follar como en aquella noche del bosque?
Decidí agarrar el toro por las astas. Lo observé con más detalle y me pareció que su brazo derecho se movía con un ritmo discreto, oculto en parte por la balaustrada. Un vaivén lento, constante, inconfundible. Sonreí para mis adentros. Así que de eso se trata. El muy cerdo se está haciendo una paja mirándome. En lugar de escandalizarme, se me escapó un suspiro largo. Todavía era una mujer capaz de encender a un hombre hasta el punto de sacarse la polla en su propio balcón, a plena luz del día, con tal de correrse mirándome.
Mi mano se deslizó despacio sobre el vientre, bajó hasta el borde del bikini y se quedó ahí, indecisa. Es una locura. Pero ya era tarde para la cordura. Me acaricié por encima de la tela, primero suave, apenas la yema del dedo repasando el bulto del clítoris a través del bikini empapado. La tela estaba tan mojada que se transparentaba. Aumenté la presión y giré el dedo en círculos lentos, y de mi garganta salió un gemido bajo que me sorprendió a mí misma. Mordí el labio.
Sin pensarlo demasiado, aparté la braguita a un lado. Que la viera. Que viera el coño de su vecina de cuarenta y dos años, hinchado y brillante bajo el sol, con los labios abiertos, el clítoris hinchado, todo empapado por él. Metí dos dedos, despacio, y los saqué relucientes. Los volví a meter. Los curvé buscando ese punto que hacía tanto que nadie me tocaba. Con la otra mano me apreté una teta por encima del bikini, me pellizqué el pezón hasta hacerme daño, y ese pequeño ramalazo de dolor me subió hasta la nuca.
Sabía que él me observaba, y eso lo multiplicaba todo, lo volvía eléctrico, prohibido, mío. Me imaginaba su polla, la que había sentido dentro de mí veinte años atrás en el bosque, cómo la tendría ahora en el puño, cabezal rojo y brillante, empujando el prepucio arriba y abajo, embarrada de saliva y de precorrida, hinchada por mí. Aceleré el ritmo. Los dedos entraban y salían con un ruidito húmedo que a mí misma me daba vergüenza y me ponía más aún. Apreté el clítoris con el pulgar y me arqueé sobre la tumbona, mordiendo el interior de la mejilla para no gritar.
No me corrí del todo —no quería, no allí, no tan rápido— pero llegué muy cerca, tan cerca que las piernas se me pusieron a temblar solas y tuve que sacarme los dedos con urgencia, dejándome flotando en ese vacío tembloroso que precede al orgasmo. Me llevé los dedos a la boca sin pensarlo, chupándolos despacio, sabiendo que él me miraba, saboreando mi propio coño mientras le enseñaba la lengua. Le enseñé todo. Que aprendiera qué se estaba perdiendo.
Cuando volví a levantar la vista, Damián seguía ahí, y por un instante nuestras miradas se cruzaron de verdad. Vi su brazo detenerse. Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Se estaba corriendo. El muy cabrón se estaba corriendo mirándome, y yo lo estaba viendo hacerlo. Él inclinó apenas la cabeza, como un saludo cómplice, y se metió hacia dentro con la mano todavía sobre el bulto de su pantalón.
Me quedé sola con el pulso desbocado, los muslos brillantes de humedad y una sonrisa idiota. Necesitaba una ducha fría. O quizás todo lo contrario.
***
Subí al cuarto, me encerré en el baño y dejé que el agua tibia me corriera por la espalda. Pero la mente no se quedaba quieta. Aquella sensación, la de ser deseada sin permiso, de sentirme peligrosa y joven otra vez, me arrastró sin remedio hacia un recuerdo que tenía guardado bajo llave desde hacía veinte años.
«Eres una mujer encantadora.» Sus palabras seguían zumbándome en el oído, prueba de que aquello no fue un sueño.
Yo tenía veinticuatro años aquel verano. Llevaba más de un mes esperando el día del festival, el primero al que iba en mi vida. Era al aire libre, en plena naturaleza, con escenarios repartidos entre los bosques, miles de personas y música hasta el amanecer. Fui con mi mejor amiga, Lorena, y otras dos chicas. Elegí mi atuendo con cuidado: una falda corta y unas medias de rejilla que me hacían sentir invencible, y debajo unas braguitas negras minúsculas que apenas me tapaban nada.
Cinco horas después bailaba en mitad del recinto, rodeada de mis amigas y de una multitud feliz. Lorena señaló la barra y todas asentimos.
—¿Otro gin-tonic? —preguntó.
—Sí, por favor —respondí, alegre y un poco achispada.
Cuando me alcanzó la copa, me miró de arriba abajo.
—Estás guapísima esta noche. Todos van a estar pendientes de ti.
—Tú tampoco te quedas atrás —contesté, y nos fundimos en un abrazo de esos que solo se dan entre amigas de toda la vida.
A mitad de camino del escenario principal, el alcohol y la emoción me pasaron factura: necesitaba ir al baño con urgencia. La fila ante los baños químicos era interminable.
—¿Y si nos metemos entre los árboles? —sugirió Lorena—. Esos baños deben de ser un asco.
—Así se habla. Paso de esperar.
Nos internamos en el linde del bosque, donde otras chicas habían tenido la misma idea. Eso lo hacía menos vergonzoso. Lorena eligió un árbol grande con arbustos alrededor. Ella se acuclilló de un lado y yo a unos metros, bajándome con cuidado las medias para no mancharme los zapatos, mirando al suelo.
Al levantar la vista, me quedé de piedra. Al otro lado del tronco había un hombre de pie, mirándome con una calma desconcertante. Bajé la cabeza de golpe, el corazón a mil. Nunca me había sentido tan expuesta. Cuando terminé y me incorporé donde él no pudiera verme, le susurré a Lorena lo que había pasado.
—Vámonos de aquí —respondió ella, alarmada.
—No. Espera un momento.
El alcohol me había sacado el lado más bravo. Aquello no estaba bien y alguien tenía que decírselo. Antes de que Lorena pudiera frenarme, rodeé el árbol.
—¿Se puede saber qué hace? —le espeté, y me quedé sin aire.
—Hola, Marisa —dijo él, con una sonrisa burlona.
Era Damián. Mi vecino. El mismo que veinte años después me observaría desde un balcón. Por entonces él rondaba los treinta y largos y yo lo conocía desde niña: había sido mi amor platónico, el adulto inalcanzable de la casa de al lado. Su seguridad me sacaba de quicio tanto como me atraía. Y en ese momento, con la bragueta abierta y la polla fuera, todavía medio dura en su mano, ni siquiera se molestaba en taparse.
—¿Qué hace usted aquí? —insistí, sin saber si por enfado o por nervios, sin poder despegar los ojos de aquella verga gruesa que se acariciaba lentamente sin ningún pudor—. Desde luego, no está perdiendo el tiempo.
Lorena me tiró del brazo, pero le expliqué entre dientes que lo conocía, que era mi vecino, que estaría bien. Ella sabía lo terca que me ponía cuando bebía, así que, a regañadientes, se alejó dejándome a solas con él.
—No debería andar asustando a la gente —le reproché con mi voz más firme, aunque me temblaba.
—¿Te molesto yo? —preguntó él con una calma exasperante, sin moverse, sin guardarse la polla, sin ni siquiera dejar de acariciársela—. ¿O te molesta que te haya visto a ti?
El muy canalla se creía muy listo. Y lo peor es que tenía razón. Intenté ordenar mis pensamientos, pero su presencia los desbarataba todos. Y esa verga en su puño, cada vez más hinchada, más brillante en la punta, me tenía hipnotizada.
—No se trata de eso —murmuré.
—Claro que sí. —Dio un paso hacia mí, la polla dura moviéndose sola con cada paso—. Te conozco desde hace años, Marisa. Siempre me mirabas. No pasa nada.
Su osadía me dejó muda. Y por alguna razón que todavía no entiendo del todo, en lugar de marcharme, me quedé. Su confianza tenía algo embriagador, una corriente a la que era imposible oponerse. Cuando me tomó de la mano y me la puso directamente sobre la polla dura, cerrándome los dedos alrededor de la verga caliente, mi cuerpo obedeció antes que mi cabeza. Aquello latía. Estaba durísima y le palpitaba en la mano. Me tembló todo por dentro.
—Ven —dijo—. Donde nadie nos moleste.
No me arrastró. Caminó con decisión, llevándome con él hacia un claro más profundo, y yo lo seguí como en un sueño, con el pulso golpeándome en la garganta y la falda rozándome los muslos, sintiendo cómo las bragas se me empapaban a cada paso.
Cuando se detuvo, contuve la respiración. Él me sostuvo el rostro entre las manos y me besó despacio, como si tuviéramos toda la noche, y luego no tan despacio. Su lengua me abrió la boca con hambre, buscándome, invadiéndome, y yo se la chupé de vuelta como si me fuera la vida. Sentí sus dedos subir por mis piernas, encontrar el borde de las medias, demorarse ahí, y después subir más, apartar la braguita empapada de un tirón y meterse directamente en mi coño. Dos dedos gruesos, hasta el fondo. Un gemido roto se me escapó contra su boca.
—Qué mojada estás, Marisa —susurró contra mi cuello, curvando los dedos dentro de mí—. Estás chorreando. Todo esto es por mí, ¿verdad?
—Sí… —respondí en un hilo de voz, sin fuerzas ya para fingir orgullo.
Me empujó despacio hasta que la espalda me quedó contra el tronco de un árbol. Me arrancó las medias con una sola tirada, me subió la falda hasta la cintura y se arrodilló ante mí. Yo, que había llegado dispuesta a echarle un sermón, me encontré con las piernas abiertas, apoyada contra la corteza, con la cara de Damián enterrada entre mis muslos. Me abrió los labios del coño con los dedos y me pasó la lengua entera de abajo arriba, larga y golosa, hasta cerrarla sobre el clítoris. Solté un grito ahogado y me tapé la boca con la mano. La música lejana latía como un corazón gigante entre los árboles, y él me comía el coño como si llevara años esperando ese momento, chupándome el clítoris, metiéndome la lengua bien adentro, gimiendo él mismo contra mi carne.
—Espera, espera —jadeé—, me voy a caer…
Se levantó, me dio la vuelta contra el árbol y me empujó la espalda para que me inclinara. Sentí la corteza áspera bajo las palmas, el aire fresco del bosque en las nalgas desnudas, y luego el calor de su polla, dura y espesa, restregándose entre mis labios empapados. La empujó despacio, apenas la punta, para que la sintiera bien. Yo empujé el culo hacia atrás, buscándola.
—Métemela ya, por favor —susurré con una voz que no reconocí como mía.
Damián me clavó la verga entera de una sola embestida y yo grité contra el antebrazo que había apoyado contra el tronco. Era gruesa, larga, me llenaba entera. Me la sacó casi del todo y me la volvió a hundir hasta la raíz, y otra vez, y otra, agarrándome de las caderas con las dos manos, cogiéndome contra el árbol con un ritmo brutal y sostenido que hacía chocar sus huevos contra mi clítoris a cada embestida.
—Así te gusta, ¿verdad, vecinita? —jadeaba él contra mi oído, sin dejar de embestir—. Así, follada contra un árbol como una guarra…
—Sí… sí… así… —le contestaba yo, más allá de toda vergüenza, empujando el culo hacia atrás para recibirlo entero.
Me tiró del pelo, me giró la cara para besarme mientras me seguía metiendo la polla, y me pasó la mano libre por delante hasta encontrarme el clítoris. Empezó a frotármelo con dos dedos al ritmo de sus embestidas y a los pocos segundos se me contrajo todo. Me corrí ahogando un grito contra su boca, temblando de la cabeza a los pies, apretando la polla con el coño hasta hacerle gemir a él también. Lo que vino después lo recuerdo a fogonazos: sus manos volviéndome hacia él, tumbándome sobre las hojas secas, mi falda hecha un bollo en la cintura, sus dientes en mis pezones por encima del sujetador, su peso encima del mío, y él volviendo a meterme la polla y follándome ahora cara a cara, con las piernas mías subidas a sus hombros, mordiéndome el cuello mientras me susurraba guarradas al oído.
Me corrí una segunda vez, todavía más fuerte, con él golpeándome hondo, y sentí cómo se le tensaban las nalgas bajo mis pies, cómo apretaba los dientes.
—Fuera —jadeé—, no dentro…
Sacó la polla en el último segundo y se me corrió sobre el vientre y las tetas en chorros largos y espesos, gruñendo mi nombre convertido en algo grave y posesivo. Un chorro me llegó hasta el cuello. Él se quedó ahí, arrodillado entre mis piernas, respirando fuerte, con la verga todavía dura goteando sobre mi coño abierto. Me besó hasta dejarme sin aire y me sostuvo después, cuando ya temblaba y no podía ni mantener los ojos abiertos, limpiándome con un pañuelo que sacó del bolsillo.
—Eres demasiado para una sola noche —me dijo al oído, casi con ternura, mientras me apartaba una hoja del pelo.
Y por alguna razón absurda, me importó que lo pensara de verdad.
Cuando volvimos cada uno por su lado, con las medias hechas jirones en mi bolso y las bragas guardadas en el suyo, Lorena me esperaba al borde del bosque con cara de susto y de envidia a partes iguales.
—No pueden demostrar nada —bromeó él antes de irse, dándome un beso en la sien—. No queda ninguna prueba.
Reímos los dos, y esa risa fue lo último que me llevé de aquella noche.
***
El agua de la ducha se había enfriado sin que me diera cuenta. Cerré el grifo y me quedé un rato frente al espejo empañado, dibujando con el dedo la silueta de la mujer que era ahora, veinte años más tarde. Tenía los pezones todavía duros, las mejillas encendidas, y entre las piernas seguía sintiendo el latido tozudo de un coño que hoy había pedido demasiado y muy poco a la vez.
Damián seguía viviendo en la casa de al lado. Ya no era el treintañero arrogante del festival, ni yo la chica de las medias de rejilla. Éramos dos adultos cansados de fingir, separados apenas por un seto y unos metros de aire caliente.
Me envolví en la toalla y me asomé un instante a la ventana del cuarto. Su balcón estaba vacío, pero sobre la baranda, doblada con cuidado, había una toalla blanca que no estaba antes. Una señal sin palabras. Una puerta entreabierta.
Sonreí. No sabía todavía qué iba a hacer con todo aquello, ni si me atrevería a cruzar el límite que llevaba veinte años intacto. Pero por primera vez en mucho tiempo, la tarde no me parecía aburrida. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo en mi vida volvía a estar a punto de empezar.





