Lo que mi vecina hizo con el cuarentón del octavo
—Te juro que me he tomado un café con la del quinto esta mañana y me lo ha soltado todo. Pero todo, todo. Me ha dejado sin palabras.
—¿Con quién? No me dejes así.
—Con Marcos. El del octavo. Sí, mujer, el moreno de las canas en las sienes y las piernas de futbolista retirado. El marido de Diana, esa que parece sacada de una revista pero que sonríe como si le doliera.
—No me lo puedo creer.
—Pues créetelo. Me lo ha contado ella misma, Lorena, con cada detalle, sin saltarse nada. Y mira que yo iba solo a devolverle la batidora, pero se ve que necesitaba contárselo a alguien y me tocó a mí.
—Empieza por el principio, por favor.
—El principio fue lo de siempre. El hola en el ascensor, la sonrisita en el pasillo, el «qué casualidad encontrarte otra vez». Tú ya sabes cómo va eso. Pero dice Lorena que la cosa cambió un martes, cuando él la cruzó saliendo del gimnasio del barrio, toda sudada, con la coleta deshecha. Y el tío, en vez de saludar y seguir, la miró de arriba abajo y le soltó: «¿Tú todavía quieres ponerte más buena?».
—¿Eso le dijo? Qué descaro.
—Tal cual. Y ella, que no tiene un pelo de tonta, le contestó sin pestañear: «Cuanto más, mejor, ¿no te parece?». Dice que el pobre hombre se quedó mudo, rojo como un tomate, y se metió en el portal casi corriendo. Lorena pensó que ahí moría la cosa.
—Pero no murió.
—Qué va. Tres días después le suena el teléfono. Número desconocido. Era él. «¿Qué haces esta tarde?». Ella: «Nada». Y él: «Nos vemos en el centro comercial, en la cafetería de la entrada». Así, directo, sin rodeos.
—¿Y fue?
—Claro que fue. Se sentaron, pidieron un par de cervezas, y al principio hablaron de bobadas, del edificio, de la comunidad de vecinos, de los recibos. Pero dice que él la miraba de una manera que no dejaba lugar a dudas. Y de repente, sin venir a cuento, le cogió la mano por debajo de la mesa y se la llevó al pantalón. Le puso la palma justo encima de la bragueta, y Lorena se encontró la polla del tío ya medio dura, marcando el bulto contra la tela vaquera. Le dio un apretón largo, sintiendo cómo crecía bajo sus dedos, y notó cómo Marcos apretaba la mandíbula para no soltar un jadeo delante del camarero.
—¡En medio de la cafetería!
—En medio de la cafetería, sí. Y ella, lejos de apartarse, le recorrió la polla entera por encima del pantalón, de arriba abajo, con los cinco dedos, y le dijo al oído: «Vámonos a un sitio donde pueda tocarte de verdad. Donde te la pueda sacar y ver cómo la tienes». Tú imagínate la cara del hombre.
—Madre mía. ¿Y adónde fueron?
—A un hostal de la carretera. Sin pasar por casa, sin pensárselo dos veces, sin nada. Dice que en el coche no se dijeron casi nada, que iban los dos con el corazón a mil, como dos adolescentes haciendo una travesura. Él conducía con una mano y con la otra le subía la falda, le apartaba las bragas y le metía dos dedos hasta el fondo del coño, sin preámbulos, mientras ella se agarraba al asidero del techo y se mordía el labio para no correrse allí mismo, en el arcén, antes de llegar a la habitación.
—Sigue, sigue.
—Entraron en la habitación y, según ella, fue como si llevaran toda la vida esperando ese momento. Él cerró la puerta con pestillo, se giró y le confesó que llevaba meses fijándose en ella, que cada vez que la veía esperando el ascensor se le iba la cabeza, que se la había machacado un montón de veces pensando en su culo. Lorena dice que esas palabras le hicieron más efecto que cualquier manoseo, que se le mojaron las bragas de golpe solo de oírle decir «me la he cascado pensando en ti».
Y la entiendo perfectamente, pensé mientras me lo contaba. Hay cosas que se cocinan más en la cabeza que en el cuerpo.
—Se besaron primero despacio, dice, midiéndose, como reconociéndose. Pero el beso se fue calentando y de pronto ya se estaban quitando la ropa a tirones. Él tiene cuarenta y muchos, pero está hecho un toro, fibroso, con la espalda ancha, y una polla gorda, más gorda que larga, con las venas marcadas y los huevos apretados y limpios. Ella se tumbó en la cama como una reina, en bragas, con las tetas al aire, y se quedó mirándolo mientras él terminaba de desnudarse y se la agarraba delante de ella, haciéndosela crecer del todo con la mano.
—¿Y no le dio reparo? Quiero decir, una mujer casada, un hombre casado, en un hostal de mala muerte…
—Eso mismo le pregunté yo. Y me dijo una cosa que se me quedó grabada. Me dijo que precisamente por eso, porque estaba mal, porque no debía, fue por lo que se sintió viva por primera vez en años. Que en casa hacía tanto que nadie la miraba con hambre. Que su marido es un buen hombre, pero que la trata como a un mueble bonito, que hace meses que no la folla y que cuando la folla es un misionero de tres minutos y a dormir. Y de repente aparece este cuarentón mirándola como si fuera lo único de comer en el mundo, con la polla apuntándola desde el otro lado de la cama.
—Ay, eso sí que lo entiendo.
—La cosa es que la habitación olía a humedad, la lámpara parpadeaba y a ella todo eso le daba igual. Dice que se fijó en cómo le temblaban un poco las manos a él al desabrocharle el sujetador, y que esa torpeza la enterneció más que cualquier técnica. Que un hombre de su edad siguiera nervioso como un crío le pareció lo más sexy del mundo. Le liberó las tetas, se las agarró con las dos manos, se agachó y le empezó a chupar los pezones uno detrás de otro, mordisqueándoselos, tirándoselos con los dientes, mientras ella le hundía los dedos en el pelo y le apretaba la cabeza contra el pecho.
—No sé si quiero saber lo que viene.
—Sí que quieres, no disimules. Mira, le propuso un trato. Le dijo, así, medio en broma, pero con la polla del tío ya frotándole el muslo: «Si me haces correrme con la boca, después te la chupo yo entera, hasta los huevos». Y dice Lorena que el hombre se lo tomó como una misión sagrada.
—¿Tan bueno era?
—Según ella, nunca nadie le había hecho lo que le hizo ese hombre. La tiró en la cama, le arrancó las bragas de un tirón y se arrodilló entre sus piernas como si fuera a rezar. Le abrió el coño con los dos pulgares, se quedó mirándoselo un segundo, y le soltó: «Joder, cómo estás de mojada». Y se lanzó. Le pasó la lengua entera de abajo arriba, lento, deteniéndose en el clítoris para chupárselo con los labios, para lamerlo en círculos, para metérselo entre la lengua y el paladar y succionárselo. Le metía dos dedos y los curvaba buscándole el punto por dentro mientras seguía chupándole el clítoris, sin parar, sin cambiar el ritmo cuando ella intentaba escaparse porque no aguantaba más. Con una paciencia de santo, sin prisa, explorando cada centímetro, cada pliegue, cada rincón, como si tuviera todo el tiempo del mundo y ningún otro sitio donde estar. Le iba leyendo la respiración, subía y bajaba el ritmo según ella se tensaba. La hizo arquearse en cuestión de minutos, agarrada a las sábanas, mordiéndose la mano para no gritar y que no la oyeran en la habitación de al lado. Dice Lorena que se corrió como no se había corrido en su vida, con el coño temblándole contra la boca del tío, empapándole la cara, y él sin apartarse, tragándose todo, lamiéndola hasta la última contracción.
—Qué barbaridad.
—Pero ahí no acaba la cosa. Cuando ella todavía estaba temblando, recuperando el aliento, él cumplió su parte del trato y ella la suya. Se puso de rodillas al borde de la cama, con él de pie delante, y le agarró la polla con las dos manos. Se la llevó a la boca despacio, lamiéndole primero la punta, mojándosela entera con saliva, chupándole los huevos uno a uno antes de metérsela hasta el fondo. Le hacía arcadas al llegarle al final de la garganta, pero seguía, con los ojos llorosos, mirándolo desde abajo, con hilos de baba cayéndole por la barbilla. Solo que el hombre se vino casi enseguida, sin avisar siquiera, perdido del todo. Le llenó la boca de corrida de golpe, chorros gordos y calientes, y Lorena, que no se lo esperaba, se tragó lo que pudo y lo demás se le escurrió por las tetas. Se enfadó un pelín, porque la pilló desprevenida, pero se ríe contándolo, dice que tampoco fue para tanto, que además le puso verlo tan reventado, con la polla todavía escupiendo las últimas gotas encima de sus pezones.
—Eres terrible contando esto, lo sabes, ¿verdad?
—Tú me has pedido el principio. Pues aguántate también el final. Se metieron juntos en la ducha, riéndose, todavía con la adrenalina. Y dice que bajo el agua, con las manos enjabonadas recorriéndose, él ya estaba listo otra vez. Ella se la agarró bajo el chorro, se la meneó despacio, y el tío se puso a tope en dos minutos. A esa edad, oye, y con esa energía. Hay cuarentones que dan envidia.
—Desde luego.
—Salieron de la ducha sin secarse apenas, mojados, y ella se subió encima de él. Dice que la tenía dura como una barra de hierro, que no se lo esperaba a esas alturas de la tarde. Se la clavó de una sentada, de un solo movimiento, hasta el fondo, y se quedó un segundo quieta, ajustándose al grosor, notándosela latir dentro del coño. Empezó ella marcando el ritmo, llevándolo, subiendo y bajando encima despacio, apoyando las manos en su pecho, restregándole el clítoris contra la base de la polla en cada bajada. Él le apretaba las tetas, se las chupaba, le mordía el cuello, y le susurraba guarradas al oído: «Qué apretado tienes el coño, qué bien me la montas, no pares». Lorena aguantó así un buen rato, corriéndose otra vez sobre él, con la polla clavada hasta dentro. Pero él aguantó poco con la postura tranquila.
—¿Por qué?
—Porque la giró. La puso a cuatro patas porque, según le confesó, llevaba semanas obsesionado con su culo. Desde que la vio una mañana en mallas en el ascensor, dice que no pensaba en otra cosa. Y se lo dijo así, sin filtros, mientras le daba alguna palmada y le apretaba las caderas con las dos manos: «Este culo me tiene loco, llevo meses cascándomela pensando en follarte así». Se la metió de golpe desde atrás, hasta el fondo, y empezó a follársela duro, sin miramientos, con las embestidas secas, sonoras, chocándole los huevos contra el coño. Le agarraba el pelo con una mano y con la otra le sujetaba la cadera para clavársela más profundo. Lorena tenía la cara aplastada contra la almohada, gimiendo, mordiendo la tela, con las tetas colgando y rebotando a cada golpe.
—Este hombre no tiene vergüenza ninguna.
—Ninguna, y a ella le encantó precisamente eso. Que fuera tan directo, tan sin disimulo. Dice que en su matrimonio todo era tan correcto, tan medido, que sentirse deseada de esa manera tan animal la desarmó. Empezó él a rozarle con el dedo donde no esperaba, en el ojete, despacio, mojándoselo con la saliva que se llevaba de su propio coño, apretando la yema, probando, y ella confiesa que casi se vuelve loca de la sensación. Le fue metiendo el dedo poco a poco, hasta el nudillo, mientras seguía clavándole la polla en el coño, y ella sentía las dos cosas a la vez, el dedo abriéndole el culo y la polla martilleándole por dentro.
—¿Y dejó que…?
—Esta vez no, esta vez solo el dedo, despacito, mientras seguía a lo suyo con la polla en el coño. Y cuando estaba a punto, él se apartó de golpe, se la sacó, se la meneó dos veces con la mano y terminó sobre su espalda, chorreándole toda la corrida por la columna, por el culo, dejándose ir con un gruñido que ella jura que se oyó en todo el pasillo del hostal. Se quedaron los dos derrumbados en la cama, sin aire, con ella boca abajo notándose el semen caliente resbalándole por los costados, riéndose como bobos.
—Vaya tarde.
—Y al vestirse, el muy sinvergüenza, mientras se abrochaba la camisa y ella todavía se limpiaba con una toalla del hostal, le suelta con una sonrisilla: «La próxima vez te la meto por el culo, con tiempo, como Dios manda». Y ella, haciéndose la dura, le contestó: «Quién sabe…». Pero a mí me ha confesado que ya está deseando que la llame otra vez. Que mira el móvil cada media hora, y que se ha masturbado dos veces esta mañana acordándose de cómo se la metía por detrás.
—¿Y Diana? ¿La mujer?
—Esa, pobre, ni se entera. Sigue con su cara de revista, saludando en el portal como si nada. Pero el día que se entere se va a armar la de Dios es Cristo en este edificio. Porque aquí las paredes oyen, y los ascensores hablan más de lo que parece.
—No me digas que tú también…
—Yo no he dicho nada. Yo solo te cuento lo que me han contado. Lo que tú hagas con esta información ya es cosa tuya. Pero hazme un favor.
—¿Cuál?
—La próxima vez que coincidas con Marcos en el ascensor, fíjate bien cómo te mira. Y luego me cuentas. Que para algo somos amigas, ¿no?





