Mi hermana me pidió fingir ser su novio en la playa
Cuando mi hermana me besó delante de su ex en la playa, supe que esa mañana había dejado de ser un día normal entre nosotros.
Cuando mi hermana me besó delante de su ex en la playa, supe que esa mañana había dejado de ser un día normal entre nosotros.
Llevábamos meses jugando con la idea hasta que esa noche en la casa de la playa, con mi exmarido mirando desde el sillón, todo se nos fue de las manos.
Volvía de la fiesta cuando vio a su padre dormido en la galería. Los calzoncillos viejos no alcanzaban a tapar lo que él escondía debajo.
Bajé a trotar por la playa para escapar del hotel. Dos kilómetros después, un bote de pesca atracó frente a mí y un hombre joven me invitó a seguirlo entre las palmeras.
Cuando el sol empezó a hundirse, ella me pidió que me apartara y mirase. Y entonces se quitó la parte de arriba del biquini frente a sus dos amigas.
Se quedó dormida desnuda sobre la toalla y yo, sentado a su lado, descubrí que seis chicos jóvenes no le quitaban la vista de encima desde las rocas.
Cuando se aferró a mí dentro del agua y noté su respiración cambiar, supe que el verano de nuestros dieciocho no terminaría como ningún otro.
Tenía diecinueve años cuando su mano se coló bajo la manta. La cuenta quedó abierta cinco años, hasta el verano en que su novia se fue del puerto.
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Cuando Marcos cerró la puerta del apartamento y preguntó si iban a dormir con su «nueva pareja», el silencio de los cuatro lo dijo todo.
Cuando empujé la puerta del cuarto, mi tía no estaba sola. Ya era tarde para volver atrás, y demasiado pronto para marcharme.
A las dos de la madrugada bajé descalza por un vaso de agua y los oí discutir bajito sobre mí, con esa voz de los matrimonios que ya no necesitan terminar las frases.
Bajo la luz del sillón estaba ella, perfumada y maquillada, ya no como mi hermana sino como una mujer cualquiera. Y supe que esta vez no nos detendría nadie.
Cuando Lucía salió del agua y los miró desde la orilla, ellos dos supieron que aquella tarde no iba a terminar en sus tumbonas.
Quería tenerla desnuda bajo el sol, lejos de todo. Pero un pescador apareció entre las rocas y ninguno de los dos hizo nada por detenerlo.
Valen apoyó la mano en mi muslo en mitad de la autopista. Llevábamos cuarenta minutos y ya sabíamos las dos cómo iba a terminar el día.
Laura llevaba la rabia en la piel y yo sabía exactamente cómo ayudarla a soltarla. Esa noche en el departamento no fue como las otras.
Llevaba meses fantaseando con verla con otro hombre. Cuando le propuse a Valeria el viaje, los tres sabíamos que algo iba a cambiar para siempre.
Cuando lo vi mirarla así, en lugar de celos sentí algo que no esperaba. Ese primer día en el resort ya no éramos la misma pareja que había llegado por la mañana.
Llevábamos apenas dos cervezas cuando Valeria se quitó las sandalias y me dijo que había que ponerle remedio a que hacía años que no pisaba la arena. Esa noche aprendí muchas cosas.