La fantasía que le confesé a mi marido en la playa
Bajo la luna, con la arena fría pegada a los muslos, supe que esa noche le iba a contar lo que jamás había dicho. Lo que él me respondió me dejó sin aliento.
Bajo la luna, con la arena fría pegada a los muslos, supe que esa noche le iba a contar lo que jamás había dicho. Lo que él me respondió me dejó sin aliento.
La forma en que él la miraba en la piscina y la forma en que ella se rozó conmigo bailando bachata me hicieron entender que aquella semana cambiaría todo.
El sol nos quemaba la piel desnuda mientras Damián me abría sin clemencia, y en el agua, a pocos metros, mi madre descubría que también ella tenía hambre.
Esa noche en la casa de playa fui la fantasía cumplida de mi ex. Lo que no esperábamos era que su amigo me hiciera pedir las dos al mismo tiempo.
Carla salió de los muslos de Lucía con los labios brillantes, me miró desde la arena y supe que mi tarde tranquila había terminado para siempre.
Marina se durmió desnuda al sol y, cuando abrió los ojos, la cala que parecía vacía ya no lo estaba. Y lo que más me iba a sorprender no fueron ellos: fue ella.
Cerré los ojos en el banco del paseo y separé las piernas un poco más. El viento hizo el resto. Sabía que me miraban y eso era exactamente lo que buscaba.
Bajé del taxi en La Malagueta sin imaginar que aquel chico de ojos azules me esperaba con una servilleta doblada y un mensaje que iba a cambiarlo todo.
Ella temblaba sobre la alfombra cuando entendí que la noche apenas empezaba. Afuera llovía con fuerza y yo tenía los dedos todavía brillantes de lubricante.
Mientras ellas seguían en el agua, él me propuso lo que yo llevaba un año imaginando. Bajé la cerveza sobre la barra y dije que sí antes de arrepentirme.
Siempre fue tímida, pero esa tarde en la playa, desnuda bajo el sol, algo se despertó en ella que yo no había visto nunca.
Cuando Diego puso la mano en su espalda y la presentó como su mujer, Lucía sintió que aquella palabra abría una puerta que ninguno de los cuatro iba a cerrar esa noche.
Llevábamos veinte años siendo amigos y esa tarde, apoyados en la barra del chiringuito, confesamos en voz alta algo que ninguno creía que llegaría a decir nunca.
Cuando sus dedos ajustaron la licra entre mis labios, supe que no iba a volver a casa como había llegado. El juego apenas empezaba.
Soltó la carcajada, bajó la voz y me miró con esa sonrisa de puta satisfecha que ya le conocía. Supe que me iba a contar todo lo que había callado.
Cuando nadie nos veía, él metió la mano bajo mis mallas y me propuso la apuesta más excitante que me han hecho en mi vida.
Había pasado dos años trabajando para Adrián sin cruzar ninguna línea. Esa tarde en el Mediterráneo, entre el calor y el vino, todo cambió.
Le quitó la ropa interior en el mirador, con la pareja al fondo de la playa. Luego le propuso la apuesta más excitante de su vida.
Martín me escuchó en silencio mientras yo le contaba lo que había pasado con el marido de mi madre. Esa noche no dormí pensando en hacerlo.
Se creía sola. Levantó el celular, encuadró su cuerpo desde abajo y esperó al temporizador. Yo no aparté los ojos ni un segundo.